El grupo editorial Penguin Random House ha comunicado el fallecimiento del autor este sábado en Barcelona
El dibujante e historietista Francisco Ibáñez, creador de ‘Mortadelo y Filemón’, ha fallecido en Barcelona a los 87 años, según ha informado este sábado la editorial Penguin Random House a través de un mensaje en la red social Twitter.
“Despedimos a la figura más importante del cómic español”, afirma la editorial. “Nos deja el enorme legado de su lucidez, sentido del humor y más de 50.000 páginas con personajes memorables que han hecho felices a un gran número de lectores”.
Además de las tiras de los detectives ‘Mortadelo y Filemón’, que recientemente celebraron su 60 aniversario, Ibáñez firmó otros trabajos que han servido para iniciar en la lectura a varias generaciones, gracias a las aventuras de los agentes de la T.I.A., las anécdotas de la comunidad de vecinos del ’13, Rue del Percebe’ y las de ‘El botones Sacarino’, ‘Rompetechos’ o ‘Pepe Gotera y Otilio’.
Nacido en Barcelona en 1936, Ibáñez es conocido como uno de los “maestros” de la profesión y uno de los más influyentes. El dibujante publicó la primera tira de ‘Mortadelo y Filemón’ en 1958, en la revista ‘Pulgarcito’ de la editorial Bruguera, que este sábado le ha dado las gracias “por hacernos felices y ampliar nuestra capacidad para reírnos de nosotros mismos”.
Al final de su carrera había vendido más de 30 millones de ejemplares de sus tiras, que han sido recordadas con cariño este sábado por numerosas figuras de la cultura y de la política. El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, ha afirmado en Twitter que “nos hiciste la vida mucho más divertida a varias generaciones de este país. Te echaremos de menos, Francisco Ibáñez” y el Ministerio de Cultura y Deporte ha celebrado a Ibáñez como “una figura imprescindible del cómic español” cuyos personajes “han acompañado a varias generaciones de lectores y permanecerán para siempre en el imaginario colectivo”.
La candidata a la presidencia del Gobierno y líder de Sumar, Yolanda Díaz, ha expresado que “pocos creadores han dejado una huella tan profunda en la memoria cultural de este país”, según un mensaje publicado en Twitter. “Era mordaz y divertido. Lo leíamos por placer y lo seguiremos leyendo porque su obra le ha legado a varias generaciones el regalo de la risa y del ingenio”.
Seis décadas de éxito
Desde las primeras andanzas de los agentes de la T.I.A., los trabajos de Ibáñez han sido adaptados a la televisión y al cine. Y durante estas seis décadas, también han superado los obstáculos del franquismo, demandas, el cierre de su sello editorial y “la competencia desleal” de los políticos —según ha manifestado en el pasado el autor— a la hora de hacer reír a sus lectores.
La larga carrera del dibujante, que ha hecho que lectores que le descubrieron en su infancia le acompañen durante décadas, le permitió incluir entre los personajes de uno de los cómics más populares de nuestro país a Luis Bárcenas, el extesorero del PP, como investigado por sus personajes más conocidos, Mortadelo y Filemón’.
En 2015, TVE se negó a cubrir el lanzamiento de El tesorero para no mencionar a Luis Bárcenas. “Cuando se hace una cosa de estas, el resultado es todo lo contrario a lo que se pretendía”, declaró entonces a elDiario.es. “Cuando la censura se mete de por medio, lo único que consigue es que el público se lance más a comprar lo que sea. O sea, que hasta doy las gracias por casos como el de esta censura porque al final he vendido más”.
Ibáñez reivindicó recientemente que el mejor uso que debería hacerse de sus cómics es el de ayudar a enseñar a leer a los niños, “si cogieran un Mortadelo y Filemón aprenderían antes a leer”, puntualizó en la presentación de ‘El tesorero’.
El dibujante ha lamentado en varias ocasiones el declive del cómic en nuestro país y cómo han ido desapareciendo los lectores leales que compraban sus tiras cada semana en detrimento de la televisión y otras formas de entretenimiento.
“El verdadero lector iba semana tras semana a comprar su colección y esto ha desaparecido completamente”, explicaba en esta entrevista a elDiario.es. Ibáñez, atribuía esta situación a que los chicos antes no tenían ninguna distracción y ahora disponen “de 40.000 programas en la televisión, consolas, ordenadores y videojuegos”.
Ibáñez ganó en 1994 el Gran Premio del Salón Internacional del Cómic en reconocimiento a toda su obra. En 2002, también se le concedió la Medalla de Oro al Mérito en las Bellas Artes y hace dos años, en 2021, recibió la Creu de Sant Jordi de la Generalitat.
Fuente: eldiario.es
Foto portada :Muere a los 87 años Francisco Ibañez | Quique García
Fuente: Javier Pérez Andújar en eldiario.es
Ibáñez, el dibujante que convertía a los lectores en amigos
Francisco Ibáñez es la persona que más me ha hecho reír en la vida. Cuando sentía que reía de verdad, sin parar. Me hubiera encantado conocerlo personalmente, porque era mi amigo
El suyo fue el primer nombre de dibujante que aprendí: Ibáñez. Yo era un crío y sus dibujos me hacían sentirme moderno, soñar que estaba conectado con el mundo de los mayores. Lo sentía en sus rotulaciones tan setenteras (aquellos títulos de las aventuras a mitad de página). Nos enganchaba a la realidad mediante su observación de los tipos y de las costumbres. La manera de pasar calor de la gente, el modo de arremangarse, las chaquetas, los autobuses… Esa instantaneidad y conexión con la calle se veía sobre todo en las series americanas de policías, como Kojak. En Ibáñez, el calor era insoportable, nadie ha dibujado los veranos como él. Por eso no había fin de curso que se preciara sin el extra de verano de Mortadelo y Filemón. Porque la realidad existía si la reflejaban los tebeos. En sus viñetas, la canícula era un horno de panadero. (Por su parte, Raf, el dibujante de Sir Tim O’Theo, entre otros personajes, era más otoñal, con aquellas bufandas ondulantes y las hojas de los árboles volando por el aire). Pero Ibáñez era el sudor y el ventilador. El esclavo.
Era el sudor de una sangre, sudor y lágrimas, que en su caso se convertían en tinta, sudor y risas. Su esclavitud nos recordaba que este nunca ha sido un país para artistas. Hay algo de José Luis López Vázquez en el aspecto de Francisco Ibáñez. También hay algo de Agustín González en su actitud, en su alzar los brazos desentendiéndose de las cosas. Pero José Luis López Vázquez interpreta un papel (y puede que hasta Agustín González hiciera lo mismo), e Ibáñez lo es verdaderamente. Es lo que leemos. Esto Ibáñez lo manifiesta cuando dice que, de todos sus personajes, su favorito es Rompetechos.
Muchas veces se ha querido ver el alter ego Ibáñez en Rompetechos, su creación preferida, en ese español de negro que no entiende lo que pasa, que no ve lo que tiene delante de las narices, y que se desquicia y recurre al grito y a la violencia. Ibáñez es un pacífico que muestra la violencia estructural de la sociedad en que vive. Todo en sus historietas son voces, tortas, porrazos; pero no es por influjo del cine mudo, es porque a la gente le iba la bronca. Cuando Ibáñez es ya un dibujante reconocido por el público, aún vive buena parte de la generación que hizo la guerra. Se tiende a comparar a Rompetechos con el Quijote porque, al final de cada aventura, Rompetechos también acaba apaleado, y porque ve guardias municipales donde hay buzones en las esquinas.
Muchas veces se ha querido ver el alter ego Ibáñez en Rompetechos, su creación preferida, en ese español de negro que no entiende lo que pasa, que no ve lo que tiene delante de las narices, y que se desquicia y recurre al grito y a la violencia. Ibáñez es un pacífico que muestra la violencia estructural de la sociedad en que vive. Todo en sus historietas son voces, tortas, porrazos; pero no es por influjo del cine mudo, es porque a la gente le iba la bronca. Cuando Ibáñez es ya un dibujante reconocido por el público, aún vive buena parte de la generación que hizo la guerra. Se tiende a comparar a Rompetechos con el Quijote porque, al final de cada aventura, Rompetechos también acaba apaleado, y porque ve guardias municipales donde hay buzones en las esquinas.
[Foto:13 rue del percebe – Tienda de Vitoria – Zarateman, CC0, via Wikimedia Commons]

La Barcelona de Francisco Ibáñez es la de Juan Marsé. Los dos son de la misma generación y de la misma ciudad. Las clases populares de Marsé, las que van a los cines de barrio y viven en oscuras escaleras de vecinos, leen Pulgarcito, la revista donde Ibáñez da muchos de sus personajes. Lo que une a Cervantes con Marsé (y de este modo con Jaime Gil de Biedma) es Rompetechos. Porque cuando Gil de Biedma escribe ese verso donde llama a España “intratable pueblo de cabreros” (y años después lo recoge Marsé, y recibe cartas de protesta de pastores y cabreros, y eso que no existían las redes sociales), nos está explicando que Rompetechos no es el Quijote usurpado por Sancho, sino el cabrero en persona. La diferencia entre el Quijote y el cabrero es la historia de España.
Como se retrataba mucho en los tebeos, a su lado Rembrandt era un tímido, todos sabíamos cómo era Ibáñez. Y así sabíamos quién era, porque se dibujaba siempre trabajando y fumando. Y una persona, entonces, era eso, su trabajo y sus vicios. Se dibujaba siempre rodeado de un montón de personajes, en un remolino de brazos como una diosa hindú, junto a un cenicero rebosante de colillas encima de la mesa de dibujo, y con lápices hasta entre los dedos de los pies. Ibáñez era un siervo, un esclavo, que se encontró con que en la mayoría de los niños de su país tenía a admiradores y amigos.
Un niño es amigo de sus autores y de sus personajes. Son los mejores compañeros que tiene. Porque leer es hablar, y una y otra vez se está hablando con ellos,se les oye con esa voz que ninguna otra voz real va a poder reemplazar. Un Mortadelo leído furtivamente debajo del pupitre mientras el maestro explica el conjunto vacío manda toda la realidad a ese vacío al que la realidad pertenece. Leer es subversivo. Y leer tebeos es la monda. “¡Calle y corra!”, con esta frase acaban muchas aventuras Mortadelo y Filemón. “Calle y corra, jefe”. Pero lo que en ese momento estaba yo haciendo era callar y leer. Porque leer y correr eran sinónimo. Leía para huir.
Cada personaje de Ibáñez era muy diferente y así creó su universo. A veces se entrecruzaban sus personajes. En el mundo de los superhéores estas series cruzadas son toda una categoría. En Ibáñez eran una sorpresa, una fiesta. Los personajes de Bruguera van a llevar pegado hasta el último día un aire de posguerra, una modestia, una herida, un sarcasmo, una resignación, un vivir explotados, una trampa de la que no hay manera de salir. Sus personajes no están tanto en el cine de Berlanga, como en El mundo sigue, de Fernando Fernán Gómez. Ibáñez es un autor realista que se expresa mediante la caricatura. Para Berlanga, la realidad es un pretexto; para Ibáñez es una cárcel. El piso de la familia Trapisonda es el del propio Ibáñez, en la recta final de la ciudad, frente a la hoy desaparecida Hispano-Olivetti, la fábrica de máquinas de escribir. Por eso todas sus historias están impregnadas de oficinismo. Ibáñez dibuja como un mecanógrafo, con pulsaciones, a toda castaña. Dibuja como se teclea una máquina de escribir, y nunca va a detener la máquina. Hasta que hoy se le ha parado.
También hay un Ibáñez metaliterario, es decir, intelectual. La casa de 13, rúe del Percebe, son Las joyas de la Castafiore en Ibáñez. Es el tebeo dentro del tebeo (el álbum de Hergé era la televisión dentro del tebeo). Aquella página de 13 rúe del Percebe, piso por piso, rellano por rellano, se convertía en un tebeo por sí mima. Leer así también nos hacía sentirnos modernos. No modernos por ser conscientes de esa metalectura, sino modernos por el mero hecho de leer. El botones Sacarino representaba la indolencia contra la que nos educaban en casa y en el colegio. Sus adultos eran bestias y crueles. Y Sacarino tenía un mechero de yesca y un uniforme de botones de hotel pasado de moda. En esas historietas el presente éramos nosotros. Pepe Gotera y Otilio nos hacían sospechar de qué trabajaban nuestros padres. De la familia Trapisonda, el mejor era el perro, y así aprendíamos que era recomendable ver la familia desde fuera. Con los disfraces de Mortadelo, Ibáñez nos enseñó que la creatividad consistía en no parar, en demostrar que todo es posible porque todo es dibujable. No hay mayor humanidad en Ibáñez que en sus animales. En sus elefantes e hipopótamos. Los respeta.
Francisco Ibáñez es la persona que más me ha hecho reír en la vida. Cuando sentía que reía de verdad, sin parar. Fue la primera persona que me hizo troncharme de risa. Me hubiera encantado conocerlo personalmente, porque era mi amigo.
Fuente: Javier Pérez Andújar en eldiario.es

Sin levantar sospechas
Fuente: Bernardo Vergara en eldiario.es

