Lo interesante es que Pedro Vera no intenta disfrazar nada de gran ensayo político. No va de intelectual solemne ni pretende colocarse por encima del lector

Vivimos en un país donde la realidad política ha alcanzado un punto tan absurdo que la sátira ya no exagera: documenta. Ese es probablemente el gran drama —y la gran virtud— de la obra de Pedro Vera.

Durante años nos hemos acostumbrado a escuchar barbaridades en prime time, ver ruedas de prensa convertidas en sketches involuntarios y asumir que el esperpento es simplemente otra capa más de la actualidad nacional. Y claro, llega un momento en el que el humor deja de ser evasión para convertirse en mecanismo de supervivencia.
Vera hace algo muy llano: señalar el absurdo sin anestesia y dejar que la propia realidad haga el resto
Ahí entra Titanes del bochorno. Tomo 1: Política nacional, publicado por Astiberri Ediciones dentro de su sello ¡Caramba!, una obra que funciona como una especie de museo grotesco de la política española reciente. Un catálogo de egos descontrolados, contradicciones públicas, discursos imposibles y personajes que llevan tantos años ocupando portadas y tertulias que ya parecen parte del mobiliario del país.
Lo interesante es que Pedro Vera no intenta disfrazar nada de gran ensayo político. No va de intelectual solemne ni pretende colocarse por encima del lector. Hace algo muy llano: señalar el absurdo sin anestesia y dejar que la propia realidad haga el resto. Porque el secreto de su humor siempre ha sido ese: no necesita deformar demasiado, España ya viene deformada de fábrica.

Vera observa la fauna política con la misma mezcla de fascinación y agotamiento con la que uno mira Twitter después de medianoche: sabes que deberías cerrar la aplicación, pero no puedes apartar la vista. Sus caricaturas son retratos de un ecosistema donde la pose ha sustituido al discurso y donde la política hace años que entendió que ya no necesita convencerte, solo entretenerte lo suficiente para que sigas mirando.
Ahí está la clave de Titanes del bochorno, no habla solo de políticos. Habla del espectáculo. De cómo convertimos la vida pública en un reality permanente donde importa más el zasca que la gestión, más el meme que la idea, más la performance que el contenido. Y claro, en los espectáculos los personajes más histriónicos siempre tienen ventaja.

Visualmente, Vera sigue teniendo ese trazo de mala leche. Hay algo muy reconocible en su forma de dibujar la decadencia nacional: caras cansadas, sonrisas artificiales, y cuerpos tensos. Sus personajes siempre tienen pinta de haber dormido poco y mentido mucho. Y probablemente sea lo correcto.
El giro final de todo esto es cuando entiendes que Pedro Vera no ridiculiza al poder, sino a nosotros, que también formamos parte del circo. Que llevamos años consumiendo política como quien sigue una serie de Netflix, esperando el siguiente escándalo, el siguiente personaje viral, la siguiente humillación pública, consiguiendo que el bochorno sea colectivo.

Fuente: Pablo D. Santonja | @datosantonja en nuevatribuna.es

