Masacre: Rey de los Monstruos cumple con su objetivo de entretener, sacudir un poco el polvo y recordarte por qué Deadpool llegó a ser lo que fue

Hay personajes que nacen para ser tomados en serio… y otros que existen precisamente para recordarte que todo esto, en el fondo, es un juego. Y ahí es donde entra Masacre: Rey de los Monstruos, editado por Panini Comics, un intento bastante claro de volver a agitar el avispero con un personaje que lleva años caminando en la fina línea entre la genialidad y el cansancio.
Porque sí, Deadpool —Masacre para los amigos— hace tiempo que dejó de ser una sorpresa. El mercenario bocazas que rompía la cuarta pared, que se reía del lector, del guionista y del propio cómic, se convirtió en marca. Y cuando algo se convierte en marca, el riesgo es evidente: deja de incomodar. Y Deadpool, sin incomodar, pierde gran parte de su gracia, aunque en parte de se lo debemos a la sobreexplotación de esta industria.

Este tipo de cómics funcionan casi como termómetro. No tanto de lo que cuenta Marvel, sino de cómo queremos leer nosotros
Este volumen, que recoge el arranque de la etapa reciente del personaje en Marvel, intenta precisamente eso: recuperar cierto caos. La premisa es tan absurda como efectiva si entras en el juego: monstruos, amenazas desmedidas, situaciones que escalan rápido y un protagonista que responde a todo con ese humor suyo que mezcla nihilismo, autoparodia y, a ratos, lucidez. No estamos ante una historia que busque coherencia férrea ni una épica al uso. No va de eso. Va de ritmo, de impacto, de ver hasta dónde se puede tensar el concepto antes de que reviente.
Y aquí está la clave. No es tanto lo que cuenta, sino cómo decide contarlo. El guion apuesta por una narrativa acelerada, casi atropellada por momentos, donde las ideas se encadenan sin darte demasiado tiempo a procesarlas. Es un cómic que se lee rápido porque está construido para que no te detengas. Como una conversación caótica en un bar a las tres de la mañana. O entras en el ritmo… o te quedas fuera.
Visualmente, el despliegue acompaña bien esa sensación de exceso. Hay músculo, hay espectáculo, hay ese punto de grandilocuencia que encaja con el tono de “esto se nos está yendo de las manos”. Y funciona.

Ahora bien, este tipo de historias tienen fecha de caducidad emocional. El humor constante, la ruptura de la cuarta pared, el guiño continuo… todo eso que en su día era rompedor, hoy corre el riesgo de sentirse como un eco. No es que no funcione. Funciona. Pero ya no sorprende igual. Y ahí es donde el lector tiene que decidir qué busca: si quiere reencontrarse con el personaje o si necesita algo más.
Ojo, que Masacre: Rey de los Monstruos cumple con su objetivo de entretener, sacudir un poco el polvo y recordarte por qué Deadpool llegó a ser lo que fue. Pero incluso dentro de ese caos, hay una lectura interesante.
Deadpool sigue siendo ese espejo deformado donde el lector se ve reflejado más de lo que le gustaría. Su cinismo, su forma de trivializar todo, su incapacidad para tomarse nada en serio… no están tan lejos de cómo consumimos cultura hoy. Rápido, superficial, buscando el estímulo constante. Más ruido. Más estímulo. Más todo.
Al final, este tipo de cómics funcionan casi como termómetro. No tanto de lo que cuenta Marvel, sino de cómo queremos leer nosotros. Porque si Deadpool sigue funcionando, quizá no sea solo por él. Quizá sea porque, en el fondo, nos hemos acostumbrado a ese ruido.
Fuente: Pablo D. Santonja | @datosantonja en nuevatribuna.es

