Este primer volumen publicado por Dolmen Editorial no es solo una curiosidad para completistas ni un ejercicio arqueológico: es una pieza fundamental

Barbudo, ferozmente crítico con la industria y con una imagen a medio camino entre el escritor contracultural y el mago victoriano, Alan Moore ha construido una reputación singular: revolucionó el cómic comercial… y después decidió alejarse de todo.
Cuando pensamos en Alan Moore solemos hacerlo en el autor casi mítico de obras como Watchmen, V for Vendetta o From Hell, por citar solo algunas de sus obras decisivas. Sin embargo, no todo el mundo sabe que este autor inglés nacido en Northampton comenzó su carrera mucho antes de convertirse en una figura de culto, y lo hizo en las páginas de la revista británica 2000 AD, con historias muy alejadas de la densidad narrativa y la ambición formal que marcarían sus trabajos posteriores.
Allí encontramos a un Moore todavía en construcción: más juguetón, más directo, entregado a relatos breves de ciencia ficción, humor negro y aventuras.

‘Alan Moore en 2000 AD: Las Obras Completas’. Volumen 1, publicado por Dolmen Editorial, recupera precisamente esa primera etapa del autor en la mítica cabecera británica. Un recorrido por los años en los que empezó a despuntar con series y relatos como Future Shocks, Abelard Snazz, ABC Warriors o Rogue Trooper.
Si hay un descubrimiento especialmente revelador en este volumen, ese es Abelard Snazz, probablemente el primer gran personaje genuinamente “mooreano”
La mayoría de estas aventuras permanecían inéditas en España y permiten asistir casi en directo al nacimiento de una voz única dentro del medio.
Aquí todavía no está el Moore monumental de Watchmen, pero ya aparecen muchas de las características que terminarían definiéndolo: el gusto por las ideas desbordantes, el humor ácido, la sátira social, los finales inesperados y una extraordinaria capacidad para condensar conceptos enormes en muy pocas páginas.
Además, esta etapa temprana reunió al guionista con algunos de los grandes dibujantes británicos del momento, nombres como Dave Gibbons —con quien años después firmaría Watchmen—, Steve Dillon, Jesús Redondo o Alan Davis. Todos ellos aportan personalidad y energía visual a unas historias que oscilan entre la aventura clásica, la ciencia ficción especulativa y la comedia más corrosiva.

Moore llegó a principios de los ochenta tras pasar por publicaciones británicas menores y pequeños encargos. En 2000 AD encontró el formato ideal para desarrollar una habilidad que acabaría convirtiéndose en una de sus señas de identidad: introducir una idea gigantesca en apenas tres o cuatro páginas.
El lector que se acerque hoy a este recopilatorio encontrará relatos sorprendentemente frescos, llenos de ritmo, imaginación y sentido del humor. Historias que funcionan como pequeñas cápsulas narrativas y que casi siempre desembocan en un giro final que obliga a reinterpretar todo lo leído.
Entre lo más interesante del volumen destacan las entregas de Future Shocks, probablemente el gran laboratorio creativo de Moore. Son relatos ultracortos de ciencia ficción donde el autor disfruta de libertad absoluta para experimentar con conceptos, sátira y estructuras narrativas. Ahí encontramos piezas como Vacaciones infernales, donde imagina un mundo en el que las personas pagan por destruir robots durante sus vacaciones —una idea que inevitablemente recuerda al universo de Westworld de Michael Crichton—, o Los Grawks traen regalos, donde unos entrañables extraterrestres esconden intenciones mucho menos inocentes de lo que aparentan.
Pero si hay un descubrimiento especialmente revelador en este volumen, ese es Abelard Snazz, probablemente el primer gran personaje genuinamente “mooreano”. Creado a comienzos de los años ochenta, Snazz es un científico y super genio dotado de dos cerebros y cuatro ojos que, paradójicamente, convierte su inteligencia extraordinaria en una fuente constante de caos.

Cada una de sus ideas pretende resolver problemas imposibles, pero acaba generando consecuencias todavía más absurdas. Moore construye así una sátira brillante sobre la arrogancia intelectual y sobre una idea que recorrerá buena parte de su obra posterior: ser más inteligente no implica necesariamente comprender mejor el mundo. Entre las historias recopiladas destaca especialmente La solución final, una de las aventuras más afiladas y divertidas del personaje.
El tomo también recupera episodios de Ro-Busters, centrados en un escuadrón robótico especializado en rescates imposibles, y ofrece un auténtico regalo para coleccionistas: la etapa de Moore en Rogue Trooper, la serie protagonizada por el célebre supersoldado genéticamente diseñado para sobrevivir en Nu-Earth, un planeta devastado por la guerra química y condenado a un conflicto perpetuo.
Aunque en estas historias Moore todavía trabaja dentro de universos ajenos, ya se percibe su capacidad para introducir ideas filosóficas, ironía y dobles lecturas incluso en relatos de acción aparentemente convencionales.
Este primer volumen publicado por Dolmen Editorial no es solo una curiosidad para completistas ni un ejercicio arqueológico: es una pieza fundamental para entender cómo se construyó uno de los autores más importantes de la historia del cómic. Además, el volumen se abre con un extenso prólogo firmado por Sergio Aguirre, en el que se recorren con enorme detalle los primeros pasos de Alan Moore en 2000 AD y cómo, poco a poco, empezó a tomar forma el talento que terminaría convirtiéndolo en una figura fundamental del cómic contemporáneo. Más que una introducción, funciona casi como una guía de lectura y una contextualización imprescindible para entender el alcance de estas primeras historias. Solo por este texto introductorio, el volumen ya merece la pena.
A la espera de los siguientes volúmenes, historias como Abelard Snazz o Future Shocks funcionan como pequeñas ventanas abiertas al laboratorio creativo de Alan Moore; el lugar donde empezó a tomar forma una de las voces más influyentes del noveno arte.
Fuente: nuevatribuna.es

