Esta obra de Emmanuel Reuzé y Nicolas Rouhaud habla de cosas comunes, con un humor es deliberadamente incómodo

Norma Editorial nos trae No hay que tomar a los imbéciles por gente, un cómic que no intenta caerte bien. De hecho, hace todo lo posible por lo contrario. La obra de Emmanuel Reuzé y Nicolas Rouhaud habla de cosas comunes: la precariedad cotidiana, la normalización del absurdo, el cinismo como lenguaje común y la sensación de estar atrapados en un sistema que funciona exactamente como debería, aunque eso sea lo más aterrador de todo.
Desde la primera página queda claro que aquí no hay concesiones. El humor es deliberadamente incómodo. Aplicaciones para rebuscar en la basura, consejos para sobrevivir a hospitales colapsados, anuncios que llevan el consumo salvaje a su lógica final… todo está exagerado, aunque se parezca a lo que ya vivimos. El trazo acompaña esa crudeza con una estética directa, sin adornos, que refuerza la sensación de estar leyendo un catálogo del desastre contemporáneo.

El gran tema del libro es el poder, o mejor dicho, la vida bajo el poder de otros. Los protagonistas —si es que puede hablarse de protagonistas— son gente precaria, cansada, ilusa, personas que estudian, trabajan o simplemente sobreviven mientras el mundo sigue funcionando sin ellas. No hay épica ni redención, solo una sucesión de situaciones que se encadenan como sketches con cierto toque cruel. En ese sentido, el cómic conecta con una tradición de humor político y social que va de Charlie Hebdo a ciertas derivas del meme contemporáneo. Pero conviene decirlo claro: No hay que tomar a los imbéciles por gente es un cómic de todo o nada. Para entrar en él hay que aceptar su tono, pillarlo desde dentro. Si el lector no conecta con ese humor se quedará fuera desde la segunda página. Te gusta o no te gusta.
También tiene límites. La acumulación de ideas y golpes puede resultar agotadora, y no todas las ocurrencias tienen el mismo peso. A veces la provocación se impone al matiz. Pero incluso en esos excesos hay coherencia: el libro no pretende ser equilibrado, sino reflejar un mundo desequilibrado.
De alguna forma Emmanuel Reuzé y Nicolas Rouhaud son conscientes del ruido en el que estamos metidos.
Fuente: Pablo D. Santonja | @datosantonja en nuevatribuna.es

