Al igual que la película que se rueda en la isla, el cómic persigue una estética y un tono claramente vinculados al neorrealismo italiano, evocando casi de manera mística el cine de Luchino Visconti o Roberto Rossellini

Animales a la fuga, la primera novela gráfica de Daniele Kong, llega a nuestras librerías tras cosechar un notable éxito de ventas y crítica, además de haber sido candidata al Premio Strega 2025, uno de los más prestigiosos del panorama literario italiano. Estamos ante una de esas obras que no dejan indiferente y cuyas más de 600 páginas en blanco y negro no conceden descanso al lector: sí, este es uno de esos trabajos que se aman o se detestan, con escaso espacio para el término medio.
Y precisamente esa ha sido mi sensación durante buena parte de la lectura: por momentos tenía la impresión de estar ante una genialidad; en otros, frente a un rotundo fracaso. Una obra que conduce a territorios incómodos, aunque también profundamente sugerentes.
En Animales a la fuga no existe un solo personaje verdaderamente noble o amable con el que podamos identificarnos plenamente

Animales a la fuga, publicado por Astiberri Ediciones, cuenta muchas cosas, pero su gran protagonista es, sin duda, la isla de Dieci, en el mar Tirreno. Una isla inventada, algo así como un Macondo italiano, suspendido fuera del tiempo y de la historia, que parece existir al margen del mundo moderno. Un lugar sin policía, sin iglesia y casi sin futuro, donde apenas quedan normas más allá de la supervivencia y donde la vida parece condenada a repetirse generación tras generación. Es allí donde la novela nos traslada a los años cincuenta para narrar la vida de dos huérfanos, Franco y Marcello, dos jóvenes destinados a convertirse en pescadores, la única profesión posible en ese territorio aislado y olvidado por todos.
Todo cambia con la inesperada llegada de Augusto Campagnoli, un director de cine venido a menos y alcohólico, acompañado de su hija Clareta, quienes pondrán patas arriba la vida del pueblo con el rodaje de una película. Un acontecimiento que sacará a la isla de su ostracismo y traerá una prosperidad que, sin embargo, no siempre va ligada a la felicidad.
Todo conforma un universo oscuro y desencantado en el que Daniele Kong reflexiona sobre cómo la llegada del progreso no siempre implica una mejora moral
Sobre esta premisa, que desde el inicio se ramifica en numerosas historias paralelas, Daniele Kong construye una novela gráfica extraña y amarga, llena de buenas intenciones, pero que en demasiadas ocasiones se pierde en su propia complejidad y en una narrativa fría y aséptica. Sí, estamos ante un trabajo que aspira constantemente a ser una obra maestra, y en el que su autor parece olvidar aquello de que, en ocasiones, menos es más.
Al igual que la película que se rueda en la isla, el cómic persigue una estética y un tono claramente vinculados al neorrealismo italiano, evocando casi de manera mística el cine de Luchino Visconti o Roberto Rossellini. La novela busca retratar, de forma cruda y sin artificios, la pobreza, la desesperanza y la dureza de la clase trabajadora en una isla olvidada de Dios. Por ello, estamos ante una historia sucia, poblada de personajes ásperos y físicamente poco idealizados, dibujados con un trazo que persigue la máxima expresividad y una dureza casi constante, impregnando cada viñeta de un tono gris y opresivo. Una personalidad visual que se acentúa gracias a la sensación de estar leyendo un manuscrito o una especie de diario íntimo, reforzada por la caligrafía del propio protagonista.
Y esa búsqueda del neorrealismo constituye, precisamente, la gran virtud de Animales a la fuga: sus personajes resultan profundamente humanos, carnales, sexuales, sudorosos y miserables. El problema es que, en su empeño por alcanzar esa verdad incómoda, Kong se excede en más de una ocasión con un tono sexual y moral deliberadamente soez, incluso de mal gusto, que termina alejando al lector en lugar de acercarlo a la obra. Tampoco ayuda la grandilocuencia con la que el autor pretende construir una gran historia coral, sobrecargando el relato con constantes saltos temporales, trampas narrativas y ramificaciones innecesarias.
Y es que en Animales a la fuga no existe un solo personaje verdaderamente noble o amable con el que podamos identificarnos plenamente. Todo conforma un universo oscuro y desencantado en el que Daniele Kong reflexiona sobre cómo la llegada del progreso y de las nuevas oportunidades no siempre implica una mejora moral o humana, y sobre cómo aquellos condenados por su propia historia parecen destinados a repetirla una y otra vez.
Fuente: Vicente I. Sánchez | @Snchez1Godotx en nuevatribuna.es

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