La gentrificación provoca desarraigo, la comunidad del barrio se desarticula y volvemos a sentirnos extranjeras en uno de los pocos espacios donde vivíamos seguras como personas migrantes

Vivo en un quinto en el barrio obrero de Carabanchel, al sur de Madrid. Sí, hasta hace unas décadas aquí estaba una de las cárceles más conocidas del franquismo; hoy solo queda de ella lo que fuera la enfermería, que es una cárcel para migrantes, un CIE (Centro de Internamiento para Extranjeros). Tal vez por eso nunca tomamos muy en serio la amenaza de la gentrificación.
La ventana de mi terraza da a un patio de manzana interior de unos 1.000 metros cuadrados que ha estado enteramente ocupado hasta ahora por un aparcamiento privado, una especie de nave que funcionaba desde los años 70, cuando el espacio central entre edificios fue vendido. Siempre me pareció extraño que un patio tuviera esa construcción, pero ya se sabe que en aquellos años las licencias de uso de suelo se daban como regalos de Navidad. Hoy sería impensable venderlo a un comprador privado, como impensable debería ser también montar una cocina industrial en medio de nuestras viviendas y, sin embargo, pasa. En mi patio han instalado una bomba de relojería que amenaza no solo con desplazarnos, sino con consecuencias más graves que implican la salud y la vida de las vecinas.
Hace unos meses nos enteramos que iban a construir un rocódromo. Cuando nos lo contó el conserje yo me eché a reír, una de mis vecinas no sabía qué era eso y la otra pensaba que montarían una cocina fantasma.
Comentamos que seguro era una tapadera para lavar dinero y nos quedamos un poco tranquilas, pero hace un mes colocaron una placa enorme en la entrada del patio que pone: Arkose. Efectivamente, nos han montado un rocódromo en el patio de vecinas o, mejor dicho, nos ha invadido una empresa francesa que gestiona, palabras suyas, 21 “lofts de escalada” en Francia, Bélgica y España. Prometen una experiencia única en escalada (hoy consumimos experiencias, ya no tenemos vivencias), sostenible y en armonía con el medio ambiente —¿en un patio de vecinas?—; cuenta con una cantina de comida ecológica, un espacio de coworking, y organizarán eventos y fiestas para escalalovers.
De las siete de la mañana a las 12 de la noche las vecinas tendremos también una “experiencia única”, de hecho llevamos meses viviéndola, todos los que ha durado la obra del rocódromo. De ser una manzana con una composición en su mayoría de familias migrantes, donde a las 10 de la noche ya no se escucha casi ruido, pasaremos a ser un espacio “de moda”, donde, sin lugar a dudas, llegará hasta mi cocina un ligero sonido de música electro chill.
El periodista Ta-Nehisi Coaters dice que la palabra “gentrificación” es un eufemismo para decir robo
Siento un nudo en la tripa cada vez que abro la ventana y miro los tubos de extracción de humo. Lo más grave que imagino es un incendio, una explosión, un cortocircuito. ¿Qué pasaría si explota la cocina que está a la altura de las vecinas del primero? Si soy menos catastrofista, pienso en el aumento de temperaturas, en la contaminación del aire del patio. En las cientos de golondrinas que se refugian aquí durante el verano y revolotean por las mañanas en este trocito de cielo madrileño que hasta ahora seguía siendo nuestro. El periodista Ta-Nehisi Coaters dice que la palabra “gentrificación” es un eufemismo para decir robo. Nos han robado el patio, el fresco, las golondrinas.

“La escalada es el fit de la gente moderna que dice que no iría al gym porque no le mola entrenar encerrada, pero que provoca que se construyan rocódromos”, dice una amiga; y, aunque parezca un comentario superficial, la verdad es que cobra un gran sentido político si lo relacionamos con la gentrificación de mi barrio. Este simple comentario apunta a la capacidad adquisitiva de las personas a las que en 2024 llamamos “modernas” y cómo pueden permitirse “disfrutar” de según qué ocio, en según qué espacios, pero también a cómo sus deseos se van imponiendo y transformando el territorio. ¿Quiere esto decir que todas las personas que escalan son gentrificadoras? No. Lo que quiere decir es que deberíamos cuestionarnos más por nuestras prácticas de ocio y consumo, sobre todo si financian a grandes inversores como Arkose, que son los agentes de gentrificación que pueden transformar del todo un barrio, como las inmobiliarias, las cadenas de comida “sana” o las de ropa vintage.
Los procesos de gentrificación no suceden de un día para otro, pero como dice Ruth Glass en su texto pionero sobre la gentrificación, London: aspects of change [Londres: aspectos de cambio], publicado en 1964: “Una vez que el proceso de gentrificación comienza en un distrito, avanza con rapidez hasta que toda o la mayor parte de la población original de clase obrera ha sido desplazada, de modo que el carácter social del distrito cambia por completo”.
Hace unos años una revista que hace guías de viaje y libros turísticos denominó Carabanchel como el nuevo SoHo madrileño, un paraíso para artistas y galeristas, con locales de vanguardia y una oferta gastronómica “entre lo tradicional y lo moderno”; esa misma revista hizo una encuesta a sus lectoras y lectores y resultó que Carabanchel era el tercer barrio más cool del mundo para vivir.
Aunque es cierto que el “efecto SoHo” se utiliza casi como un sinónimo de gentrificación, la comparativa con el barrio neoyorkino es bastante certera en el caso de Carabanchel debido a las construcciones de tipo industrial que se desarrollaron en ambos barrios durante el siglo XIX y hasta mediados del XX, cuando inicia la desindustrialización de las llamadas ciudades globales, que hoy viven de los servicios. En el SoHo, a pesar de no contar con las condiciones de habitabilidad necesarias y la prohibición de vivir en ellas, las naves industriales o cast iron building comenzaron a ser habitadas por artistas que en los años 70 lograron legalizar las viviendas gracias a un programa llamado Artist In Residence, que otorgaba la habitabilidad de los inmuebles con la condición de que tuvieran un uso de carácter artístico (algo parecido intentaron proponer hace un año al Ayuntamiento de Madrid los artistas asentados en el Polígono ISO de Carabanchel sin mucho éxito). En pocos años el barrio se aburguesó, así que los artistas se fueron al vecino Tribeca, repitiendo el proceso de gentrificación. Hoy lo único que recuerda al pasado artístico del SoHo son las galerías de arte, rodeadas de tiendas, hoteles y restaurantes de lujo. Tribeca es ahora uno de los barrios más caros de Nueva York.
La gentrificación blanquea los barrios y también los convierte en espacios de uso y disfrute de familias nucleares blancas
Quienes vivimos en Carabanchel sabemos que es uno de los distritos madrileños más infradotados. Tenemos uno de los centros de salud más castigados por los recortes, el de Abrantes, que no cuenta con médicas y pediatras suficientes, además de no tener un hospital público de referencia. La mayor parte de los colegios e institutos son privados o concertados. Los precios de los alquileres están disparados y en los últimos años se ejecutan entre dos y tres desahucios por semana. Según la Policía Municipal, es uno de los distritos menos seguros, por eso hay una altísima presencia policial. También es el distrito con mayor población migrante de Madrid, en su mayoría latinoamericana. Muchas de las mujeres latinas que viven aquí se encargan de los cuidados del gran porcentaje de personas mayores blancoespañolas que viven solas. Tenemos todas las papeletas para ser un barrio que en muy poco tiempo sea gentrificado y, esta mañana mientras escribo esto, escucho ese sonido amenazante que hacen las ruedas de las maletas (trolleys) contra las baldosas. En mi calle hay siete apartamentos turísticos en los bajos de los edificios. En esos bajos había antes un local anarquista que tenía una biblioteca popular; una frutería regentada por un marroquí que me regalaba los aguacates más maduros y un locutorio que llevaba un hombre de Bangladesh con el que charlaba un rato largo cuando recargaba mi tarjeta de prepago. Esas personas formaban parte de mi comunidad, hacían barrio con y como todas nosotras, sabían mi nombre y que soy de México. El desarraigo que provoca la gentrificación se siente así: aunque no nos veamos forzadas (todavía) a mudarnos, nuestra comunidad comienza a desarticularse, hasta que en algún momento nos sentimos de nuevo extranjeras en uno de los pocos espacios en donde nos sentíamos seguras como personas migrantes.
Si para Ruth Glass la gentrificación significaba un cambio económico y demográfico basado en la clase, donde la burguesía invadía los barrios obreros y los transformaba a su imagen y semejanza, en consonancia con sus gustos y necesidades. Para teóricas actuales como Leslie Kern, autora de La gentrificación es inevitable y otras mentiras, este proceso tiene un alto componente de género y de raza. La gentrificación blanquea los barrios y también los convierte en espacios de uso y disfrute de familias nucleares blancas; el mandato de género y la normatividad imperan en la forma de habitar estos espacios transformados.
Cuando las personas migrantes y racializadas son expulsadas de los territorios a los que han llegado el ciclo colonial continúa
Para Briana L. Urena-Ravelo, hija de migrantes de República Dominicana criada en Chicago (Estados Unidos) y organizadora comunitaria, cuando las personas migrantes y racializadas son expulsadas de los territorios a los que han llegado el ciclo colonial continúa, porque primero han sido colonizadas y también expulsadas —en el caso de las personas afrodescendientes, secuestradas— de sus territorios de origen. Quienes descienden del colonialismo y del desplazamiento de ayer vuelven a experimentar el trauma del pasado en la actualidad.
Esto pasa ahora en Madrid, pero, partiendo de la reflexión de Briana L. Urena-Ravelo, ¿qué supone en Latinoamérica en donde muchas veces la población de pueblos originarios es expulsada de sus casas y lanzada a las periferias urbanas? Un caso paradigmático sería Oaxaca, en el sur de México, en donde el aumento de la desigualdad y la expulsión de la población ha generado conflictos muy violentos y represivos. En una de las últimas manifestaciones contra la gentrificación detuvieron a seis activistas de derechos humanos y miembros de colectivos como Comedora Comunitaria Nkä’äymyujkëmë, que en mixe quiere decir “comamos todes”, colectivo que ofrece comida a las personas migrantes que atraviesan México en su tránsito migratorio. Oaxaca es una ciudad declarada patrimonio de la humanidad, hoy turistificada y folklorizada para consumo de turistas, nómadas digitales o expats del norte global, personas con un nivel adquisitivo muy alto en comparación a la población local, que suele tener sueldos en euros o dólares. El caso de Oaxaca o San Cristóbal de las Casas o las comunidades alrededor del Lago de Atitlán, en Guatemala, son solo algunos de los cientos de casos en los que la gentrificación tiene un claro componente de colonialismo y despojo.
“Esta es nuestra casa, no nos sacarán de aquí”
Desde este patio en Carabanchel, un barrio obrero y migrante del norte global, las vecinas tenemos claro que plantaremos cara a Arkose y todo lo que traiga consigo, haremos asambleas y acciones contra la gentrificación, porque no es inevitable, porque el desarrollo de los barrios es posible sin expulsar a la población más vulnerabilizada y porque, como diría una conocida canción de punk berlinés, —Berlín es otra ciudad destrozada por la gentrificación— interpretada por Ton Steine Scherben: “Esta es nuestra casa, no nos sacarán de aquí”. “Ihr kriegt uns hier nicht raus, Das ist unser Haus”.
Fuente: Tatiana Romero Reina en pikaramagazine.com
Imagen portada: montaje doblando imagen original de Carol Caicedo
