‘La bola negra’: heredar también las luchas

«Reconocerse en otras vidas y otros cuerpos puede ayudarnos a entender que nuestra libertad tiene una historia compartida», escribe Sonia Herrera sobre la película de Javier Calvo y Javier Ambrossi. Un filme que, 90 años después de la muerte de Lorca, apunta directamente al presente

Milo Quifes y Hugo Welzel en una escena de ‘La bola negra’. / JULIA CARBALLADA

La bola negra, de Javier Calvo y Javier Ambrossi, tiene la ambición de un cine que quiere llegar lejos y a mucha gente. La construcción temporal del relato, su belleza visual y la manera en que la música participa de la narración hacen de ella una experiencia cinematográfica deslumbrante y, a la vez, dolorosa, que muestra que el cine con propósito puede ocupar las grandes pantallas, convocar a públicos amplios y desplegar toda su capacidad estética y narrativa. El compromiso político también se juega en esas decisiones de forma, en cómo se nos invita a mirar.

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Y en ese modo de ver entra la fotografía de Gris Jordana, pero también la espléndida banda sonora de Raül Refree, que acompañan un maravilloso trabajo de casting, firmado por Eva Leira y Yolanda Serrano. Porque esa combinación de Guitarricadelafuente, Miguel Bernardeau, Milo Quifes y Carlos González arropados por intérpretes consagradísimas y consagradísimos como Lola Dueñas, Penélope Cruz, Albert Pla, Antonio de la Torre o Glenn Close da al conjunto una riqueza que va más allá del atractivo de sus nombres en los créditos. Las miradas, el equilibrio entre la contención y el desborde, la cercanía de los cuerpos… Todo ello hace perceptible y aprehensible lo que los personajes apenas pueden decir. Y ahí radica buena parte de la fuerza política de la película.

«Yo te oculto, llorando, perseguido / por una voz de penetrante acero», escribió Federico García Lorca en «El amor duerme en el pecho del poeta», de sus Sonetos del amor oscuro (1935). Hay en esos versos una intimidad asediada, un amor que necesita esconderse porque alguien se ha arrogado el derecho de perseguirlo, de censurarlo, de odiarlo… Noventa años después del golpe de Estado que desencadenó la Guerra Civil y del asesinato del poeta, La bola negra nos devuelve a esa violencia y a sus consecuencias sobre quienes vinieron después. También a los deseos que sobrevivieron, a veces sin encontrar palabras con las que explicarse.

Escrita junto a Alberto Conejero, a partir de su obra La piedra oscura y del texto inconcluso de Lorca que le da título, la película entrelaza tres tiempos y tres vidas atravesadas por la sexualidad, el amor, el miedo y la herencia. En ese recorrido, la búsqueda del pasado imbricada con el presente permite comprender y colectivizar experiencias que a menudo se han circunscrito estrictamente a lo individual, como si fueran una anécdota o un hecho aislado. Y en cambio, la opresión que impedía dejarse querer y permitirse el deseo tiene una historia poliédrica que difícilmente puede entenderse sin atender a las instituciones, a las familias, a la memoria sesgada y a los mandatos de género que enseñaron a tantas personas a vivir pendientes de que alguien pudiera descubrirlas y delatarlas.

Miguel Bernardeau y Guitarricadelafuente en La bola negra. / JULIA CARBALLADA

Entre las reacciones al estreno, Basi Pascual escribía en Instagram sobre el peso de poder ser «todo lo que ellos no pudieron, todo lo que les fue negado». Me interesa esa forma de reconocer una deuda –apuntada en varias entrevistas por los propios directores– con quienes nos precedieron, aunque conviene que el homenaje les permita existir más allá del sufrimiento. Que podamos imaginarlos deseando, leyendo, riendo, haciendo teatro, bailando, escribiendo, hablando en público, comprometiéndose políticamente… La atención al cuerpo, a las miradas de soslayo y a la posibilidad de una caricia devuelve complejidad a unas vidas que la represión franquista quiso reducir a un estigma y que demasiadas veces hemos recordado únicamente desde su final.

Hablar de trauma transgeneracional supone, pues, preguntarnos cómo se transmiten el miedo y la vergüenza a través de lo que se cuenta en casa, de lo que se prohíbe preguntar y de aquello para lo que nunca hubo una explicación. Heredamos fotografías sin nombres, parentescos mal explicados, afectos y vínculos que debían pasar por otra cosa, muertes sin causa… A veces, quienes callaron intentaban proteger a sus hijos, hijas e hijes con las herramientas que habían aprendido para sobrevivir. Ese silencio podía cuidar, pero también, al mismo tiempo, prolongar el daño.

Por eso me cuesta aceptar la cantinela de que el cine español ya ha hablado demasiado de la Guerra Civil. ¿Demasiado para quién? ¿Por qué? ¿Cuántas historias conocemos sobre las mujeres y sobre quienes fueron perseguidos por sus deseos o por desobedecer las normas de género? Ha habido películas que se han acercado a esas historias y a esas vidas con sensibilidad, aunque su presencia en nuestro imaginario sigue siendo desigual. Abrir las ventanas a otras representaciones, por tanto, exige revisar quién ocupa el centro del relato cuando hablamos hoy de la Guerra Civil y el franquismo y reconocer también a quienes lo hicieron antes.

Tras ver la película de Los Javis, pienso, por ejemplo, en Las cosas del querer (Jaime Chávarri, 1989) y en esa copla de Miguel de Molina que daba cabida al deseo y a la disidencia bajo la moral represiva del régimen. O en Un hombre llamado Flor de Otoño (Pedro Olea, 1978), que entrelazaba militancia política y transgresión de género en la Barcelona de Primo de Rivera. Ambas permiten rastrear una memoria queer en la que el escenario ofrecía un espacio para subvertir, expresarse y encontrarse con otros, bajo la amenaza de la violencia.

Penélope Cruz en La bola negra. / CARLA OSET

También documentales como Sacar a la luz. La memoria de las rapadas (Gema y Mónica del Rey Jordá y María Dolores Martín-Consuegra, 2021) o Las cartas perdidas (Amparo Climent, 2021) recuperaron las voces de las mujeres represaliadas y los silencios heredados por sus descendientes.

Y ya centradas en la Transición, películas como Te estoy amando locamente (Alejandro Marín, 2023) o Las buenas compañías (Sílvia Munt, 2023) han reconstruido recientemente luchas LGTBIQ+ y feministas que ayudan a comprender cuánto persistió la represión después de la muerte del dictador.

A esta recuperación se suman otros films como La voz quebrada (Manuel Menchón, 2026), presentada hace unos días en San Sebastián, que reconstruye la relación de Lorca con Juan Ramírez de Lucas mediante cartas, poemas y recuerdos que este quiso que se conocieran después de su muerte. Su planteamiento invita a preguntarnos cuánto ignoramos de las vidas íntimas incluso de quienes creemos conocer y cuánto ha condicionado ese desconocimiento la obligación de esconderse.

Como escribe Manuel Sánchez Moreno en El Salto, «recuperar esas vidas no añade diversidad a un relato ya cerrado, obliga a reescribir el relato entero bajo un enfoque integral de género». Esa revisión nos compromete con las ausencias de nuestra memoria democrática y con la responsabilidad de investigar y reparar.

Pero no solo se heredaron los silencios, no. Recuperar estas genealogías permite heredar también las luchas, las alianzas y las formas de cuidarse y acompañarse cuando el entorno resultaba –y resulta– hostil. En una publicación sobre el estreno de La bola negra, Conejero habla del cine como dispositivo que permite reconocerse como comunidad. Esa posibilidad tiene una dimensión abiertamente política: reconocerse en otras vidas y otros cuerpos puede ayudarnos a entender que nuestra libertad tiene una historia compartida y que su defensa requiere algo más que una celebración individual.

Los datos actuales obligan a tomarse en serio esa defensa. Según la comparación presentada por la FELGTBI+ en su Estado del Odio 2026, la proporción de personas encuestadas que declara haber sufrido agresiones pasó del 7% en 2024 al 21% en 2025 y el 22% en 2026. Por su parte, el estudio del CIS sobre diversidad sexual difundido en junio de 2026 muestra que, mientras el 71,6% considera que reconocer los derechos LGTBIQ+ beneficia a toda la sociedad, cerca del 75% afirma haber presenciado o escuchado alguna vez insultos dirigidos a personas del colectivo.

Así las cosas, volver a Lorca en este aniversario –aunque sea llenando salas y cosechando premios– exige hacerse cargo de esa distancia entre el reconocimiento público y las vidas que seguimos dejando expuestas. Necesitamos recuperar el deseo y la acción política de quienes fueron expulsados de nuestra memoria para poder reconocernos en sus existencias y en sus resistencias. El verso lorquiano que cierra La bola negra adquiere así una punzante y urgente actualidad y una advertencia, si se quiere. Porque después de todo lo conquistado, después de tantas vidas empeñadas en poder VIVIR, en plenitud y con mayúsculas, esas palabras del poeta aún resuenan: «¡Oye mi sangre rota en los violines! ¡Mira que nos acechan todavía!».

Fuente: Sonia Herrera en lamarea.com

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