“La escena rock nos quería sexualizadas, pero no sexuales”

La música y antropóloga Monty Peiró refleja en el ensayo ‘El diablo vino a mí. Género, drogas y Rock and Roll’, la realidad de la escena del rock desde un prisma académico atravesado por los feminismos, la psicología y la antropología cultural

En la escena del rock emociona la idea de interpretarnos como mujeres desde una mirada artística, psicológica y social al mismo tiempo. Tranquiliza la sensación de abarcar una línea temporal completa que estudie las aristas del género interconectadas con los feminismos, las ciencias sociales y la antropología cultural. Trasciende la labor de cuestionar un canon sesgado donde domina la técnica musical del hombre cisheteronormativo como único referente válido y universal.

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Con una tercera edición publicada de su libro El diablo vino a mí. Género, drogas y Rock and Roll (Saigón 2023), hablamos con la psicóloga, antropóloga, música y comunicadora Monty Peiró. Su publicación es un ensayo que recoge el testimonio en primera persona de la autora y de varias de las creadoras de la escena rock del Estado español con una base antropológica y feminista ligada al conocimiento de la escena, la carretera y la historia de la música rock, un género musical supuestamente subversivo con el mismo potencial invisibilizador de las identidades disidentes que los demás géneros musicales. Con las herramientas disponibles para mitigar los problemas de distancia, Monty Peiró responde a nuestras preguntas preocupándose por reflejar de manera óptima lo que quiere decir.

El diablo vino a mí como traducción literal del segundo disco de Dover que revolucionó la escena underground de este país con melodías, letras y distorsiones de las hermanas Llanos. ¿Por qué has titulado así el ensayo?

Quería que el título fuera una referencia musical a alguna mujer o grupo de mujeres que me hubiera influido y, además, la referencia al diablo como símbolo del imaginario del rock and roll me gustaba bastante.

“Mi trabajo como música podía convertirse en una etnografía si lo observaba como antropóloga”

Eres comunicadora, licenciada en Psicología y graduada en Antropología Social y Cultural. Al mismo tiempo eres una profesional de la música a varios niveles.¿Cómo nace la idea de relacionar tu experiencia profesional, académica y feminista en un libro?

Fue algo bastante orgánico. Leo a muchas musicólogas y siempre echo en falta un poco de trabajo de campo, en el sentido de que hayan tenido bandas y hayan pisado escenarios, carreteras y camerinos. También leo muchas autobiografías de músicas y siempre echo en falta un poco de ciencias sociales que permitan analizar sus experiencias desde una óptica más global. En algún momento pensé que quizás tenía sentido aportar yo esa fusión, ya que formo parte del mundo del rock como música muy activa desde que tengo 15 años y también me dedico a las ciencias sociales. De alguna manera, mi trabajo como música podía convertirse en una etnografía si lo observaba como antropóloga.

Abres el libro con tres capítulos dedicados al sexo, las drogas y el rock and rollAplicando una perspectiva de género, estas premisas quedan disociadas en las mujeres del rock. De hecho, el abuso excesivo de cualquiera de estas variantes puede provocar en una mujer lo que supuestamente peor te puede pasar en el rock, perder tu autenticidad. ¿Crees que este tríptico de donde bebe el imaginario colectivo del rock sería el mismo si se hubiera tenido en cuenta desde sus inicios a las mujeres?

Quise abrir el libro con estos tres capítulos porque el sexo, las drogas y el rock and roll (en el sentido musical, el hecho de tocar) me parecían tres grandes temas y además era una manera de empezar abordando ese trinomio fundacional de la subcultura rock. Tal y como explico en el texto, este imaginario de rebeldía y libertad solo funciona con los hombres. Para las mujeres en esta escena el sexo, las drogas y el rock and roll son otra cosa que nada tiene que ver con esa libertad o esa trasgresión.

En la introducción desvelas: “He escrito con las tripas y soy consciente de que es un texto que puede ser acusado de tendencioso. Lo es de manera deliberada”.A la hora de escribir este ensayo, ¿qué ha primado más, la experiencia o la ciencia?

Mi idea era dejar que fluyera con naturalidad de un lugar a otro. Tenía claro que el ensayo tenía que ser riguroso, porque siento un gran respeto por las ciencias sociales, pero tampoco quería ponerme ningún corsé académico y tenía claro que quería que fuera divertido y accesible en la medida de lo posible. Demasiadas veces he leído ensayos que me ha costado entender y que se recreaban en el academicismo. En mi opinión, la antropología puede interesarle a cualquiera porque es apasionante, pero para eso te lo tienen que contar bien, sin el innecesario elitismo que supone elaborar textos con lenguaje inaccesible. No quería que mi libro fuera un texto que no saliera de las estanterías de la biblioteca de la universidad, así que he intentado mantener un equilibrio entre mi experiencia como música y mi faceta como investigadora, tratando además de crear un texto divertido.

“Se nos acusaba de usar nuestro cuerpo para ‘vender’, pero los videoclips estaban llenos de mujeres sexualizadas”

En uno de los bloques del libro, el del sexo, hablas del cuerpo humano como un instrumento político y artístico. El doble filo con el que se juzga el cuerpo de las mujeres y de los hombres en el escenario es totalmente discriminatorio siendo para ellos un “acto transgresor nada politizado” y para las mujeres significa venderse y sacar beneficio de su cuerpo. En el caso de las mujeres se crea la paradoja que encarna la escena rock per se, ya que esta se percibe como liberadora, rebelde y subversiva, pero el machismo y la misoginia la atraviesa como a cualquier género musical. ¿Cómo influyó esto en tu desarrollo como rockera en los primeros años?

Para mí este fue un gran tema y nos marcó mucho, tanto a mí como a mis compañeras en Sweet Little Sister. Nos dimos cuenta de que toda la simbología y performance clásica del rock con la que nos habíamos enculturado no funcionaba igual en nuestros cuerpos. Axl RoseJim MorrisonIggy PopMick JaggerKiss… tienen puestas en escena donde su cuerpo y su sexualidad juegan un papel importante y es visto como algo rebelde, trasgresor y deseable. En nuestro caso nos dimos cuenta muy pronto de que no podíamos jugar con los mismos elementos porque el resultado era muy diferente. Se nos acusaba de usar nuestro cuerpo para “vender”, de utilizarlo para “llamar la atención” y cosas así. Sin embargo, las portadas de los discos y los videoclips estaban llenos de mujeres sexualizadas. Es decir, la escena rock nos quería sexualizadas pero no sexuales, objetos pero no sujetos.

¿Por qué es tan revelador para ti el punto de vista de las personas trans en la música rock?

Para mí, la inclusión de testimonios de personas trans respondía a una doble necesidad. Por una parte, la más básica, contar con su existencia. Si la escena del rock es machista y bastante homófoba, imagínate cómo es de tránsfoba, si la gente ni siquiera contempla su existencia. Además, escribí el libro en un momento en que el feminismo estaba muy tensionado por esta cuestión y sentía la necesidad de posicionarme claramente con las personas trans. Por otra parte, yo conocía a las personas que forman parte de este capítulo y sabía que habían transicionado con su carrera ya empezada, por lo tanto habían tenido el privilegio de estar en la escena musical siendo leídas con los dos géneros, lo que les daba una voz absolutamente autorizada para hablar de lo que esto supone. Como antropóloga ¡eran sujetos de estudio increíbles! Si tú eres la misma persona, tocas exactamente igual, pero tu experiencia es diferente cuando te leen mujer a cuando te leen hombre… ya no hay excusas del tipo “no os discriminan por ser mujeres, es porque sois malas”. Es evidente que si la única variable que cambia es el género y eso modifica tu experiencia, es el género lo que está operando para que se te perciba o trate diferente.

Tras analizar los tres pilares fundamentales del imaginario del rock, añades un bonus track donde hablas del universo de las orquestas y verbenas. Comparas a este gremio con el proletariado de la industria musical, la clase obrera musical.¿Hay clasismo en la música rock?

Sí. Seguramente no sea exclusivo del rock, sino en general de cualquier estilo. Creo que muchos músicos que componen sus canciones y tienen un proyecto personal, se consideran superiores a los trabajadores de las orquestas o bandas tributo. Como si ser clase obrera y tocar por dinero y no solo por el sacrosanto arte y la creación fuera motivo de vergüenza o algo así.

“El canon es fallido porque no representa lo mejor o más importante”

En El diablo vino a mí cuentas que un motivo de exclusión o invisibilización de la música hecha por mujeres radica en el canon que la sociedad occidental admite como buena música.  Señalas el trabajo en la recuperación del legado musical de las mujeres de autoras como Ana López Navajas que cita: “Esa costumbre de usar un elemento parcial como son los referentes masculinos como si fueran universales se corresponde exactamente a un fraude cultural”.Si el canon, excluye a las mujeres e identidades no heteronormativas, ¿no será el canon musical occidental algo fallido, sesgado y, por lo tanto, no creíble?

Exactamente esa es la idea que planteo en el libro. Yo no tengo la solución ni sé cómo arreglar el problema de que el canon excluya a las mujeres. Pero en el libro cuento con opiniones de mujeres que saben mucho más que yo y dejo el debate abierto. Si me preguntas a mí, sí, el canon es fallido porque no representa, en modo alguno, lo mejor o más importante. Solo recoge las obras producidas por una hegemonía cultural.

En el ensayo de Leyre Marinas Fucked Feminist Fans. Los orígenes del #metoo desde la cultura pop musical (Dos Bigotes, 2024) la cantante y artista Rocío Saiz apunta respecto al movimiento #MeToo que en este país no se denuncia “porque hay muchísimo miedo. Si denunciásemos, la mayoría de los grupos que la gente admira se iría a la mierda. Es una cosa que se sabe y es muy evidente”.¿Por qué crees que en este país no hemos conseguido un homólogo del #MeToo fuerte y compacto que aglutine todas las agresiones?

Tampoco tengo esta respuesta y ni siquiera sé si la solución es una denuncia pública. Creo que las mujeres feministas estamos en un momento de reflexión con este tema y generando espacios para encontrar alternativas de reparación que sean verdaderamente transformadoras. Personalmente yo no tengo una solución clara. Por supuesto que en la música hay agresores y ha habido agresiones y sí existen algunos espacios en redes sociales donde compartirlo, pero de ahí a que eso sea la solución, no lo tengo tan claro. Como te digo, es algo sobre lo que reflexiono, pero de momento, no sé qué es lo que hay que hacer que verdaderamente acabe con el problema y ofrezca a las víctimas una verdadera reparación. Seguiremos reflexionando.

Fuente: Pepa Ferreiro en pikaramagazine.com
Foto portada: Monty Peiró | Marcos Bañó / Cedida

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