‘Dorohedoro 2’, ¡dadnos más!

Dorohedoro no divide demasiado bien el mundo entre buenos y malos porque tampoco parece especialmente interesada en hacerlo

Q Hayashida construyó desde el primer volumen un universo lleno de puertas entre dimensiones, hombres con cabezas de animales, cadáveres que regresan a la vida, hongos asesinos, restaurantes, hechiceros, experimentos humanos y una cantidad bastante preocupante de gente resolviendo sus diferencias mediante el desmembramiento. Lo sorprendente es que, una vez superado el desconcierto inicial, empezamos a descubrir que debajo de toda aquella mugre había un orden. Y el segundo volumen de la nueva edición de Norma Editorial es precisamente el momento en el que Dorohedoro comienza a enseñárnoslo.

::Pasa en Carabanchel::

Caimán continúa buscando una respuesta a la trama principal: quién era antes de despertar amnésico y con una cabeza de reptil. La aparición de ese misterioso hombre dentro de su boca sigue siendo la pista más evidente y también la más absurda, así que junto a Nikaido termina recurriendo al profesor Kasukabe con la esperanza de descubrir algo más. Esa investigación los conduce al mundo de los hechiceros y permite que la historia empiece a abrir nuevas tramas.

No sé si existe otro manga donde alguien pueda arrancarle la cara a una persona y dos páginas después conseguir que unas gyozas parezcan deliciosas sin que el cambio de tono resulte completamente absurdo

Este segundo empieza a dar peso a Nikaido, que estaba bastante lejos de ser simplemente la amiga del protagonista y que su relación con el mundo de los hechiceros es mucho más complicada de lo que parecía.

Es una decisión importante porque Dorohedoro empieza así a hacer algo que terminará siendo fundamental para entender su personalidad: nadie existe únicamente para acompañar al protagonista.

En y su particular familia de hechiceros continúan ganando espacio hasta conseguir que resulte difícil considerarlos simplemente los malos de la historia. Shin y Noi pueden despedazar seres humanos con una tranquilidad preocupante y pocos minutos después comportarse como dos compañeros de trabajo que han salido a comer. Fujita sigue intentando encontrar su lugar después de la muerte de su compañero y Ebisu continúa convertida en una de las criaturas más imprevisibles del reparto. Hayashida dedica tiempo a todos ellos y consigue algo bastante extraño: que podamos sentir simpatía por personajes que, observados objetivamente, son auténticos psicópatas.

Dorohedoro no divide demasiado bien el mundo entre buenos y malos porque tampoco parece especialmente interesada en hacerlo. Hole está lleno de víctimas de los hechiceros, que utilizan a sus habitantes para practicar magia con una indiferencia brutal, pero cuando atravesamos la puerta y conocemos el otro lado descubrimos personas con amistades, jerarquías, inseguridades, trabajos y relaciones que tampoco encajan fácilmente en el papel de monstruos. Y eso hace que el universo de Q Hayashida tenga una humanidad bastante mayor de la que uno esperaría encontrar entre tanta víscera.

Dorohedoro evita convertirse en otra fantasía oscura obsesionada con demostrar constantemente lo adulta que es

Por otro lado, hay mangas técnicamente espectaculares donde cada línea está tan limpia y cada fondo tan perfectamente construido que terminan pareciendo renders. Hayashida hace prácticamente lo contrario. Su dibujo puede resultar abigarrado, incluso confuso en determinadas escenas, pero uno tiene la sensación de que podría tocar aquellas paredes y terminar con la mano llena de grasa.

La nueva edición de Norma permite apreciarlo especialmente bien. Este segundo volumen mantiene los 14,8 por 21 centímetros del anterior y reúne 308 páginas en blanco y negro junto a otras 34 a color. Forma parte de la edición definitiva de doce tomos con la que la editorial está recuperando la serie en España.

No sé si existe otro manga donde alguien pueda arrancarle la cara a una persona y dos páginas después conseguir que unas gyozas parezcan deliciosas sin que el cambio de tono resulte completamente absurdo. Ese humor es probablemente una de las razones por las que Dorohedoro evita convertirse en otra fantasía oscura obsesionada con demostrar constantemente lo adulta que es. Hay violencia extrema, mutilaciones y cadáveres, pero la obra nunca adopta esa solemnidad. Perfecto. Continuemos.

Fuente: Pablo D. Santonja | @datosantonja en nuevatribuna.es

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