Harlem resulta más interesante cuando deja claro que aquella guerra no trataba únicamente sobre quién controlaba una lotería ilegal, trata también sobre quién podía tener poder en Estados Unidos

Hollywood nos ha enseñado bastante bien cómo debe ser un mafioso. Traje oscuro, apellido italiano, restaurante con manteles de cuadros, conversación sobre la familia… Entre Coppola, Scorsese y varias décadas de cine hemos construido una imagen tan poderosa del crimen organizado estadounidense que cuesta recordar que, mientras Lucky Luciano, Al Capone o Dutch Schultz ocupaban periódicos y posteriormente películas, en los barrios negros también existían estructuras criminales, economías clandestinas y personajes extraordinarios cuya historia simplemente interesó bastante menos a la cultura popular. Stéphanie St. Clair fue una de estas figuras.
Mikaël regresa a la Nueva York de los años treinta en Harlem, publicado ahora en España por Norma Editorial, para cerrar el recorrido por la ciudad que comenzó con Giant y continuó con Bootblack. Si en el primero observaba a los inmigrantes que levantaban literalmente los rascacielos sobre los que terminaría construyéndose el mito estadounidense y en el segundo descendía hasta los limpiabotas y los márgenes sociales de aquella misma ciudad, ahora cambia de barrio y de perspectiva para entrar en un Harlem donde una mujer negra, inmigrante y francófona había conseguido tener poder.
Harlem pertenece completamente al universo que el autor había construido en sus anteriores trabajos sobre Nueva York

Stéphanie St. Clair, conocida como Queenie o Madame St. Clair, había nacido en el Caribe francés y terminó construyendo en Harlem un lucrativo negocio alrededor de la lotería clandestina conocida como numbers. No estamos hablando de una delincuente sobreviviendo mediante pequeños trapicheos, sino de una empresaria del crimen capaz de organizar una estructura de corredores, contables y guardaespaldas que movía importantes cantidades de dinero en una comunidad a la que el sistema financiero convencional ofrecía muchas menos oportunidades. Cuando durante los años treinta el final de la Ley Seca redujo los enormes beneficios que las organizaciones criminales obtenían del alcohol, algunos mafiosos blancos empezaron a mirar hacia aquellos negocios que hasta entonces habían despreciado. Dutch Schultz decidió que quería controlar también las apuestas de Harlem. St. Clair decidió que no.
Y alrededor de ese enfrentamiento Mikaël construye un cómic que podría haberse limitado perfectamente a ser una estupenda historia de gánsteres, porque tiene prácticamente todos los ingredientes necesarios para ello: dinero, corrupción policial, amenazas, asesinatos, traiciones, locales clandestinos y personajes históricos como Schultz, Lucky Luciano o Ellsworth «Bumpy» Johnson. Sin embargo, Harlem resulta más interesante cuando deja claro que aquella guerra no trataba únicamente sobre quién controlaba una lotería ilegal, trata también sobre quién podía tener poder en Estados Unidos.
Visualmente, además, Harlem pertenece completamente al universo que el autor había construido en sus anteriores trabajos sobre Nueva York. Mikaël escribe, dibuja y colorea su propia obra y eso proporciona al conjunto una coherencia difícil de conseguir cuando esas funciones se reparten entre diferentes autores. Su ciudad tiene volumen, suciedad y una iluminación que parece surgir de algún lugar entre el cine negro y una fotografía envejecida.

Mikaël consigue transmitir esa sensación de comunidad sin convertir cada página en una lección de historia. Hay calles llenas, interiores abarrotados, clubes, automóviles, periódicos y personajes secundarios que permiten que el barrio exista más allá de la trama principal.
Mikaël utiliza a Queenie para observar una contradicción profundamente estadounidense. El país prometía que cualquiera podía prosperar mediante talento, esfuerzo y determinación mientras mantenía enormes estructuras legales, económicas y sociales destinadas a decidir quién tenía realmente derecho a hacerlo. Para determinados inmigrantes blancos el sueño americano podía ser extraordinariamente difícil; para una mujer negra llegada del Caribe las reglas eran todavía bastante diferentes.
St. Clair encontró una solución: si la economía legal no tenía demasiado sitio para ella, construiría su propio banco fuera de la ley.
Quizá mi principal reserva esté precisamente en que la historia de St. Clair da para muchísimo más de lo que cabe aquí. La capacidad de síntesis evita que el cómic se convierta en una enciclopedia, pero también provoca que determinados conflictos y secundarios aparezcan menos desarrollados de lo que merecerían.
Aun así, estamos ante una obra sólida que encandilará a los amantes del género.
Fuente: Pablo D. Santonja | @datosantonja en nuevatribuna.es

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