Ayuso, Madrid y la política del espejismo: lo que el discurso de Fin de Año no cuenta y su apoyo a Trump desnuda

Ayuso ofrece un Madrid idealizado que funciona como herramienta política, no como diagnóstico honesto

Discruso de Fin de Año de Díaz-Ayuso desde el Parque de Bomberos de Alcalá de Henares / Imagen: Comunidad de Madrid

El mensaje de Nochevieja de Isabel Díaz Ayuso volvió a presentar a la Comunidad de Madrid como un ejemplo de dinamismo, libertad y éxito económico. Un relato pulido y optimista, pero asentado más en percepciones que en realidades contrastadas. Si se observa con detenimiento, el discurso de la presidenta describe un Madrid que mejora sin descanso, aunque evita mencionar las grietas profundas que atraviesan la región y que su propio modelo contribuye a agravar.

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El mensaje de Nochevieja de Ayuso volvió a presentar a Madrid como un ejemplo de dinamismo, libertad y éxito económico

El arranque —un homenaje a bomberos y servicios de emergencia— fue solemne y emocional. Pero la solemnidad dura poco: pronto aparece la narrativa habitual de la “excelencia madrileña”, con afirmaciones como que la región tiene “los mejores tiempos de respuesta” o “la mayor densidad de medios de Europa”. Proclamaciones de tono épico sin contexto ni datos que las comparen con otros territorios. Es el primer síntoma de un problema más profundo: un uso sistemático de cifras y conceptos que dicen menos de lo que parecen.

Esa tendencia se acentúa cuando Ayuso exhibe la supuesta fortaleza económica de Madrid. Una de las ideas que más repite su Gobierno —que la Comunidad capta “casi el 70% de la inversión extranjera de España”— ha cobrado fuerza como argumento político. Pero la evidencia académica contradice esa interpretación. Un estudio reciente dirigido por los economistas Adolfo Maza y María Hierro demuestra que ese liderazgo no se debe a un magnetismo económico propio, sino al conocido efecto sede: las grandes multinacionales registran su inversión donde tienen su sede fiscal o administrativa, no donde esa inversión se materializa realmente.

Cuando se corrige ese sesgo estadístico, Madrid deja de concentrar dos tercios de la inversión extranjera y pasa a rondar un 27–28%, cifras similares a las de Cataluña. Es decir: gran parte de la “inversión” que Ayuso atribuye a su modelo económico ni se ejecuta en Madrid ni genera empleo en la región. Ocurre, sencillamente, porque las sedes corporativas están aquí. Y ese matiz cambia por completo el relato oficial.

Este hallazgo coincide con otras investigaciones y análisis que señalan que buena parte de la Inversión Extranjera Directa (IED) que “llega” a Madrid consiste en operaciones contables o inversiones no productivascon escaso impacto en el tejido industrial o el empleo. La región aparece como imán de capital, pero sin que ese capital se traduzca necesariamente en bienestar real para la mayoría.

A pesar de ello, Ayuso sigue vinculando la fortaleza económica de Madrid a su política fiscal: 34 bajadas de impuestos, bonificaciones en sucesiones y transmisiones, deducciones diversas… Presenta ese paquete como “fiscalidad justa” orientada a mantener “los mejores servicios públicos”. Pero es imposible sostener servicios públicos sólidos reduciendo de manera sistemática los ingresos necesarios para financiarlos. Madrid lleva años entre las comunidades que menos invierte por habitante en sanidad o educación, mientras crecen las listas de espera, la precariedad del personal y la desigualdad territorial en el acceso a recursos.

La presidenta también reivindica la construcción de grandes infraestructuras —la Ciudad de la Justicia o la Ciudad de la Salud— como símbolo de modernidad, pero omite los retrasos, sobrecostes potenciales y la falta de planificación estratégica que acompañan a estos proyectos. Son obras que lucen bien en un discurso, pero no resuelven los problemas cotidianos de los centros de salud saturados o el acceso a vivienda asequible, que ni siquiera menciona en profundidad más allá de lugares comunes sobre “seguridad jurídica”.

El discurso institucional evita cuidadosamente cualquier cuestión que obligue a reconocer las limitaciones de su modelo

Tampoco hay una sola referencia a la desigualdad creciente, a la pobreza infantil, a la salud mental o al precio inasumible de los alquileres. No aparece el impacto del cambio climático, ni una reflexión sobre la precariedad laboral que afecta a miles de jóvenes. El discurso institucional evita cuidadosamente cualquier cuestión que obligue a reconocer las limitaciones de su modelo.

La parte final del mensaje revela su propósito político: presentar a Madrid como la región que “frena a los totalitarios” y combate “las ideologías que dividen”. Es un cierre impropio de un mensaje institucional y refuerza la estrategia del Gobierno autonómico de identificar su proyecto con una supuesta “libertad madrileña” enfrentada a quienes lo critican. Una apropiación simbólica de Madrid que excluye a buena parte de su sociedad.

El resultado es el mismo cada año: Ayuso ofrece un Madrid idealizado que funciona como herramienta política, no como diagnóstico honesto. Se apoya en cifras que necesitan matices, en infraestructuras que aún no existen y en un concepto de libertad que pasa por alto derechos básicos como el acceso a la vivienda, a una sanidad eficaz que además no vea como la ineficacia actual es usada como excusa para regar con dinero público a empresas privadas, o a una vida sin precariedad.

Madrid no necesita una épica anual, sino un debate serio sobre qué tipo de desarrollo quiere. Un desarrollo que vaya más allá de la contabilidad de las sedes corporativas y que ponga en el centro la igualdad, la cohesión social y el bienestar de quienes viven aquí. Todo aquello que, un año más, no apareció en el discurso de fin de Año y que sus primeras declaraciones estrafalarias, alineándose sin matices con la violación del orden y el derecho internacional perpetrados por Trump en Venezuela y que ahora amenaza Groenlandia y por tanto a Europa, en un ejercicio que desnuda claramente su falso patriotismo, hace prever sin margen de error que seguirá marcando su acción de gobierno.

Fuente: Diego Cruz Torrijos en nuevatribuna.es

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