Sobre el calor, la hipocresía y la espectacular cobardía de quienes tienen aire acondicionado

Estoy de pie frente a un aula llena de docentes. No de niños: de docentes. Profesionales. Las personas a las que me contratan para formar, las personas que llevarán de vuelta a sus propios feudos cualquier cosa que yo consiga transmitirles, de regreso a los niños de verdad, aquellos a quienes, en teoría, está destinado todo este proyecto civilizatorio.
Es junio en España, y los estoy viendo morir.
No literalmente. Aunque el calor tiene una cualidad densa, inmóvil, casi burocrática en su indiferencia, que hace preguntarse cuánto falta para que la distinción deje de importar. Una profesora se abanica con una ficha sobre gestión del aula. Otro ha alcanzado la quietud de quien ha abandonado mentalmente el edificio mientras su cuerpo permanece allí, sudando por obligación.
Miro hacia arriba. Ningún alivio. Solo yeso y el silencioso desprecio de un gobierno que tiene otras prioridades.
Y mi mente deriva, como suelen derivar las mentes cuando el cuerpo está perdiendo la discusión con el clima, hacia un techo que vi hace años en una situación parecida, en una zona rural de Laos.
España ha desarrollado en los últimos meses una afición particular por el último eufemismo de una larga tradición de eufemismos: el guante de terciopelo que recubre el puño de hierro
Aquella escuela no tenía, siendo honestos, casi nada. Paredes agrietadas, bancos pulidos por generaciones de niños inquietos, algunos alumnos compartiendo lo que, siendo generosos, podría llamarse un asiento. Las ventanas eran simples marcos abiertos por los que el aire húmedo se negaba a circular.
Y, sin embargo, allá arriba —girando lentamente, sin prisa, absolutamente magníficos— había ventiladores de techo. No uno. Varios.
Alguien, en aquella escuela pobre de aquel país pobre, había observado a los niños bajo su cuidado y había tomado una decisión: esto no. Sea lo que sea que no podamos darles, no vamos a cocerlos vivos.
Más recientemente, en Gambia, un país tan pequeño y tan pobre que la mayoría de los europeos no sabrían señalarlo en un mapa y tampoco lo intentarían, visité una escuela de la organización más humilde imaginable. Pizarra. Sin tiza. Filas de pupitres que parecían una fotografía de 1933. Y sobre las cabezas de aquellos niños, una vez más, la lenta revolución de los ventiladores de techo. Girando. Cuidando. Presentes.
Vuelvo la vista a mi techo español. Nada se mueve.
Nada cuida.
Bienvenidos a la Prioridad Nacional.
Los políticos españoles llevan años ignorando esta ausencia escandalosa, pero la respuesta reciente de la Comunidad de Madrid a este problema permanente ha sido, por utilizar una palabra nacida en una cultura que sí produjo algo parecido, puro duende: esa cualidad oscura e inefable de lo español, aunque aquí se manifiesta como la capacidad igualmente oscura e inefable de las personas con poder para mirar a un niño desfalleciendo en su pupitre y no sentir absolutamente nada, salvo molestia porque alguien se atreva a preguntar por ello.
La consejera de Educación, Mercedes Zarzalejo, informó esta semana a las familias de que el gobierno regional había invertido «casi 18 millones de euros en climatización». Dieciocho millones. En una comunidad cuyo presupuesto anual se mide en decenas de miles de millones. Y, al parecer sintiendo que semejante hazaña merecía una conclusión filosófica, añadió: «Cuando hace calor, hace calor». Casi se agradece la sinceridad. La mayoría de los gobiernos al menos fingen que están intentando hacer algo.
La verdadera artista de la performance política de la semana, sin embargo, fue Mariano de Paco, consejero de Cultura, un título que jamás había resultado tan vacío, quien se levantó en la Asamblea de Madrid y, con la confianza de un hombre que lleva años sin pasar incomodidades, citó a un poeta murciano para argumentar que el calor en las aulas podría constituir una «fuente de inspiración». Después, con la metódica minuciosidad de quien desmonta su propia reputación ladrillo a ladrillo, explicó que aquella misma mañana había vestido a su hija con pantalón corto y camiseta de manga corta.
«Como hemos hecho siempre», dijo.
Fue una declaración extraordinaria.
Durante décadas, España se ha irritado cuando escritores extranjeros la describían como un país suspendido en algún punto entre la Europa moderna y un recuerdo teñido de sepia de sí misma. Los españoles tienen toda la razón al molestarse con esos cronistas que llegan un fin de semana largo, descubren unos cuantos balcones de hierro forjado, uniformes escolares y algo de indumentaria tradicional, y regresan convencidos de haber paseado por una fotografía coloreada del siglo pasado.
Y, sin embargo, allí estaba el consejero de Cultura defendiendo exactamente esa tesis en nombre de España.
¿Las aulas están demasiado calientes?
¿Los niños no pueden concentrarse?
¿Los docentes informan de alumnos desplomados sobre los pupitres?
No importa.
Nosotros sobrevivimos. Nuestros padres sobrevivieron.
El futuro, según este relato, es un problema precisamente porque es diferente del pasado.
La solución, al parecer, eran los pantalones cortos.
Los docentes, que operan en la realidad que el señor De Paco ha decidido no contemplar , describen algo bastante menos inspirador: alumnos «literalmente desplomados sobre los pupitres» diciéndoles a sus profesores «lo siento, no puedo». Niños suplicando cambiar de sitio para alejarse de paredes que irradian calor como un horno de pizza. Y estos son, precisan los docentes con una especie de agotada exactitud, alumnos excelentes. Matrículas de honor. Sobresalientes.
El problema no es su carácter.
El problema es la física.
Pero la física, a diferencia de la poesía, parece no entrar dentro de las competencias del consejero.
Existe, por supuesto, un sketch de los Python para esto. Siempre hay un sketch de los Python para esto.
Los Cuatro de Yorkshire pasan la velada intentando superar las miserias de los demás. No porque las lamenten, sino porque se sienten orgullosos de ellas. Las privaciones de la infancia se convierten en medallas. Los fracasos de su sociedad se transforman en logros personales. Al final, prácticamente se acusan unos a otros de haberlo tenido demasiado fácil.
La aportación de Mariano de Paco se escribe sola.
¿Estudiaste en un aula que alcanzaba los treinta y cinco grados? Un lujo. Nosotros nos sentábamos a cuarenta. ¿Tenías ventilador? Habríamos matado por un ventilador. ¿Tenías sombra? Un consentido. ¿Conseguías mantener la consciencia durante toda la clase? La juventud de hoy no tiene resiliencia.
La gracia del chiste, y es un chiste extraordinariamente bueno, razón por la cual ha sobrevivido a la mayoría de quienes se rieron de él por primera vez, es que soportar sufrimientos evitables no es una forma de nobleza. Es la coartada de quienes tenían el poder de evitarlos y decidieron no molestarse.
Mariano de Paco parece haber visto este sketch y concluido que no forma parte de él. Recordó a la Asamblea que él mismo cursó la EGB bajo el calor murciano y —aquí uno imagina una pausa dramática— «aquí estamos todos».
Sobrevivimos.
Prosperamos.
Nos convertimos en consejeros de Cultura que citan poetas muertos ante niños sudorosos.
El sistema funciona.
La diferencia, la única diferencia, es que Cleese, Chapman, Jones e Idle estaban satirizando este impulso. Lo entendían como la abdicación moral que realmente es.
El Gobierno de Madrid ha tomado el mismo material y ha construido sobre él un programa político.
La tentación es tratar todo esto como algo simplemente ridículo: otro político romantizando la incomodidad porque ya no tiene que soportarla.
Pero el impulso que vemos aquí es más profundo. Porque una sociedad revela sus prioridades no solo por aquellos a quienes excluye, sino también por aquellos a quienes descuida.
La misma cultura política que se encoge de hombros ante niños desfalleciendo en las aulas se ha vuelto cada vez más aficionada a decirnos quién merece la preocupación de España y quién no.
Y eso nos lleva a la expresión prioridad nacional.
España ha desarrollado en los últimos meses una afición particular por el último eufemismo de una larga tradición de eufemismos: el guante de terciopelo que recubre el puño de hierro de la idea de que algunas personas, por virtud de su nacimiento, merecen más consideración que otras.
Despojada de sus rodeos, es la misma xenofobia cansina que se disfraza de análisis económico en todo Occidente; la misma lógica que desprecia a los migrantes, que contabiliza los costes del asilo pero nunca sus contribuciones; la misma que contempla a una persona que huye de la pobreza, de la guerra o del infierno particular de un Estado fallido y ve, ante todo, una carga.
Esos son los shithole countries, por utilizar la terminología clínica del santo patrón estadounidense de este movimiento. Los lugares de los que hay que proteger a la civilización. Los lugares donde supuestamente nace el problema.
Excepto que hay algo que yo sé. Lo sé porque he estado en esos países. Porque he estado en sus aulas. Porque he mirado hacia sus techos.
En una escuela rural de Laos —con una renta per cápita aproximadamente treinta veces inferior a la española, un país que ha sobrevivido a los bombardeos masivos estadounidenses, a un gobierno comunista de heroica incompetencia económica y a décadas de no ser prioridad para nadie— alguien miró a los niños y puso ventiladores en el techo.
En Gambia, un país tan sistemáticamente ignorado que su mera existencia parece un acto de desafío, alguien hizo exactamente lo mismo.
Sin discursos sobre la inspiración.
Sin ruedas de prensa sobre las profundas virtudes formativas de sudar durante los exámenes.
Simplemente el acto silencioso, radical y, al parecer, revolucionario de decidir que los niños bajo su cuidado debían poder pensar.
Las personas que huyen de esos países, las mismas que los defensores de la prioridad nacional observan con tan teatral sospecha en las fronteras de esta gran nación civilizada, llegan a un lugar cuyo gobierno no logra hacer lo que sus gobiernos de origen sí consiguieron. Entran en aulas menos cuidadas que aquellas que dejaron atrás. Y el consejero de Cultura les explica que eso está perfectamente bien. Y que, además, ¿quizá deberían considerar los pantalones cortos?
En los momentos más oscuros, uno acaba deseando que en algún rincón de esta maquinaria de indiferencia existiera al menos un primo. Un cuñado. Algún funcionario menor con intereses económicos en la industria de los ventiladores de techo dispuesto a intercambiar una comisión por un contrato. Porque al menos entonces la corrupción sería productiva.
El soborno produciría un efecto secundario útil: niños que pudieran respirar, docentes que pudieran enseñar, aulas que no funcionaran simultáneamente como un experimento sobre los límites de la capacidad cognitiva humana bajo estrés térmico.
En lugar de eso tenemos algo más puro y, a su manera, más deprimente:
No venalidad, sino desprecio.
No corrupción, sino indiferencia.
Un gobierno que realmente no se preocupa, que no tiene ningún primo en el negocio de los ventiladores que lo incentive a preocuparse, y que ha decidido que todo esto está bien porque Mariano de Paco asistió una vez a una clase calurosa en Murcia y acabó convirtiéndose, contra todo pronóstico, exactamente en esto.
Cuando hace calor, hace calor.
Como ha hecho siempre.
Aquí estamos todos.
En uno de los países más ricos de Europa, viendo a docentes abanicarse con hojas de trabajo bajo un techo que podría sostener un ventilador y no sostiene nada, no ofrece nada, no gira para nadie.
Mientras tanto, en algún lugar de Gambia, un ventilador gira lentamente sobre un aula. No inspira. No cita poesía. No explica por qué el sufrimiento fortalece el carácter. Simplemente está haciendo su trabajo.
Algo que no puede decirse de casi nadie más en esta historia.
Fuente: Troy Nahumko en nuevatribuna.es

