¿Qué gano yo contándote mi historia?

La necesidad económica o el hastío hacia la prensa lleva a algunas personas a pedir algún tipo de gratificación por colaborar con los medios. La deontología periodística reprueba pagar a las fuentes, pero la perspectiva feminista invita a encontrar otras maneras de valorar su tiempo y sus saberes

Este artículo surge de tres situaciones en las que las personas entrevistadas para un reportaje, un documental y un libro han pedido a la periodista que firma estas líneas algún tipo de compensación. Las tres están atravesadas por varios factores estructurales de discriminación: mujer lesbiana migrada, mujer trans empobrecida del sur global, persona trans no binaria neurodivergente. Las tres son activistas que no solo cuentan su historia, sino que aportan un discurso potente y formado. En cambio, a diferencia de la periodista (europea, blanca, de clase media y neurotípica), rara vez son invitadas a participar de forma remunerada como expertas en congresos, no reciben premios con dotación económica ni dan clases en másteres de estudios de género.

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En un caso, la petición ha sido previa: “¿Habéis previsto alguna gratificación (no necesariamente monetaria), por dedicar dos horas a grabar la entrevista y los recursos?”. En otro caso, ha llegado al finalizar el reportaje: “Yo he colaborado con tu texto, ¿colaborarás tú con mi crowdfunding?”. Y, en el tercero, ha sido posterior: la vivienda de la entrevistada se vio afectada por un desastre natural y escribió a la periodista para pedirle dinero. En los tres, la periodista ha manejado la situación con mucho debate interno, en el que resonaron palabras como “deontología”, “privilegio”, “culpa”, “redistribución” o “miedo” (a que siente un precedente).

“El pago a las fuentes para obtener información contraviene la buena práctica periodística”

Tanto el Código Europeo de Deontología del Periodismo como el de la Federación de Asociaciones de Periodistas de España (FAPE) expresan sin ambages que las y los periodistas no deben aceptar retribuciones o gratificaciones de fuentes u otras terceras partes. Sin embargo, la redacción se vuelve más ambigua al referirse al caso contrario: las y los profesionales del periodismo deberán utilizar métodos “dignos”, “legales” y “éticos” para obtener información. Encontramos una mayor concreción en la Declaración de principios de la profesión periodística en Cataluña: “El pago a las fuentes para obtener información contraviene la buena práctica periodística y es inadmisible cuando ponga en riesgo el principio de veracidad o pueda interferir la acción de la justicia”. El Consultorio Ético de la Fundación de Nuevo Periodismo Iberoamericano también es tajante: “Pagar por una información la convierte en una mercancía, es contrario a su naturaleza de bien social”.

El publirreportaje ha afectado la credibilidad y el sistema de valores de la prensa

María Angulo Egea, profesora de Periodismo en la Universidad de Zaragoza, coincide con ese planteamiento: “La labor del periodista es informar; colabora en visibilizar realidades que requieren de un altavoz, y eso revierte en la fuente o debería hacerlo. Lo demás es extralimitarse”. De la misma forma que el publirreportaje ha afectado la credibilidad y el sistema de valores de la prensa, pagar a las fuentes también implica “corromper la información y la independencia de nuestro oficio”, refuerza la periodista especializada en derechos humanos Patricia Simón. De hecho, ella lo ha vivido en primera persona en sus coberturas internacionales: le han cerrado puertas que sus colegas abrieron antes con la billetera en la mano.

Otra cosa distinta es que, a partir de un encuentro periodístico, se establezca una relación en la que el entrevistador o la entrevistadora decida ayudar a la persona entrevistada o colaborar con su causa. “Como en cualquier otra esfera de nuestra vida privada, a partir de ahí, las decisiones adoptadas solo les incumben a estas personas”, opina Simón. Angulo recuerda el caso de Cristian Alarcón, fundador de la revista argentina Anfibia, quien, después de convivir con familias de villas bonaerenses para escribir su crónica Si me querés, quereme transa, adoptó a uno de los niños en situación de desamparo que conoció en ellas.

Explotar el entusiasmo

La filósofa Remedios Zafra señala en su ensayo El entusiasmo la tendencia a explotar la vocación de las personas dedicadas al ámbito cultural y académico para legitimar sus condiciones laborales precarias. En periodismo sabemos de lo que habla: editores que te proponen escribir gratis a cambio de visibilidad, likes y una promesa de proyección que dará sus frutos.

Dentro de la asociación intercultural bilbaína Mujeres del Mundo-Babel se ha abierto un debate similar, debido a la sobredosis de peticiones de entrevistas (a las de periodistas y oenegés se suman las de las estudiantes universitarias). “Hay dos posturas: por un lado, quienes creen que estar disponibles para estas peticiones es parte de nuestra militancia y una oportunidad de poner en la palestra esos temas de los que no se hablan. Otras estamos de acuerdo con ese principio, pero también nos parece importante que, de la misma manera que yo te reconozco a ti como profesional, tú reconozcas mi tiempo, así como el valor de mi testimonio, de mi experiencia, de mis saberes y aprendizajes. Porque esa hora que te estoy dedicando, dejo de hacer otras cosas, como trabajar o cuidar”, explica la discusión una de sus integrantes, Cristina Zamora, periodista de formación

Zamora no descarta el pago económico, pero menciona otras posibilidades, como que al menos se regale a la entrevistada una revista o un libro de la periodista que la entrevista. Pero estas propuestas chocan con un contexto de precariedad material también para muchas periodistas y medios de comunicación críticos. No hay presupuesto para regalar una revista a cada entrevistada en el anuario de Pikara Magazine en papel y ese gasto es mucho pedir también para la periodista que ha cobrado 90 euros por la pieza.

“No pidas siempre a tu colega que presente gratis tu libro o que dé una charla gratis”

A María Angulo, este debate le recuerda a los ensayos de Zafra porque cree que el malestar aflora en un “precariado” que suman “la propia situación de explotación y autoexplotación, con la tentación de explotar a quien tenemos más cerca”. Por ello, apela a cierta mesura: “No pidas siempre a tu colega que presente gratis tu libro o que dé una charla gratis en la universidad a cambio de prestigio. Acuérdate de ella cuando tengas dinero para un proyecto”.

Lucía Asué Mbomio, reportera de Televisión Española y colaboradora de medios como Pikara Magazine, añade otro ingrediente: la tendencia de los medios a recurrir siempre a las mismas personas o asociaciones. “Eso provoca saturación y que el discurso sea supermonótono. Pero cuando intentas abarcar a otras fuentes, tienes que ser consicente del nivel de vunerabilidad de esas personas”, apunta. Ella entrevistó a una activista trans de Guinea Ecuatorial que le contó un panorama tan desolador que, al finalizar la entrevista, decidió donarle los 60 euros que le iba a pagar el medio. Critica también que a las activistas racializadas o LGTBI se les suele pedir su testimonio en vez de entrevistarlas en calidad de expertas, “cuando su historia personal es una anécdota que enmarcan en un conocimiento mucho más profundo, apoyado por datos y por su trayectoria activista”.

¿Qué derecho tengo a pedir a gente en una situación vulnerable que comparta sus ideas?

Patricia Simón cubrió para La Marea el incendio del campo de personas refugiadas de Lesbos y fue ahí donde sintió de forma palmaria el hastío de su población ante la prensa: “Estas personas ya sabían que sabíamos en qué condiciones eran forzadas a vivir. Y entonces, ¿para qué volver a contarlo, a mostrarlo? Y, en mi caso, como periodista, ¿qué derecho tenía a pedirles que me dedicaran su tiempo, su energía, que compartieran sus ideas conmigo a sabiendas de que solo iba a servir para documentar su dolor?”.

La respuesta de Simón pasa por no utilizar a las fuentes como “colorín del reportaje”, no hacerlas perder el tiempo preguntándoles “lugares comunes absurdos” sobre todo lo que han sufrido y no tratar de convencer a quienes tienen reticencias de salir en los medios con “patéticas promesas” como que su colaboración evitará que esos hechos se repitan. Por el contrario, apela a contar solo con personas que estén convencidas de salir en los medios porque le encuentren un sentido a hacerlo. Y no faltan estos perfiles, porque, incluso en las situaciones más vulnerables, muchas “encuentran un reconocimiento de su dimensión humana, de la legitimidad y la injusticia de su dolor y desesperación, en el acto de ser escuchadas activamente por alguien que está ahí porque, igualmente, los considera injustos y legítimos”, subraya.

Explorar la coautoría

En el documental Enjoy poverty 3, el artista holandés Renzo Martins compró cámaras de fotos digitales a las y los habitantes del Congo para que documentasen la guerra y la miseria. Su propuesta era “enseñar a la gente pobre cómo sacar beneficio de su mayor recurso: la pobreza”, según explica la sinopsis. Pere Ortín, exdirector de Altaïr Magazine y reportero internacional, recomienda este proyecto porque “discute la lógica del fotorreportero blanco, occidental, macho, que hace fotos de niños hambrientos con white saviours (salvadores blancos) de Médicos sin Fronteras y no devuelve nada a la comunidad”. El feminismo anticolonial señala como despojo epistémico la práctica de contar la historia de las oprimidas desde una posición de privilegio. ¿Quién gana dinero contando esas historias y quién sigue enfangada en la pobreza? ¿Se pueden transformar las dinámicas de poder (sujeto que comunica versus objeto de representación) que artistas y ensayistas como Martha Rosler o Allan Sekulla han criticado en el ámbito del periodismo documental y el fotoperiodismo? ¿Cómo pasar de esa relación desigual al reconocimiento mutuo?

Ortín cree que pagar por esa participación supondría introducir en el periodismo una lógica capitalista neoliberal de coste-beneficio. En cambio, le parece que la coautoría es una línea muy interesante que ha sido explorada en el ámbito de la fotografía. Entender que el autor o autora de un retrato es tanto quien saca la foto como la persona retratada entronca con la crítica que el feminismo ha hecho del “concepto decimonónico de la autoría, ese genio solitario macho”, añade.

“Ellas eran coautoras porque decidían qué querían contar, cómo, en qué tono”

“Este libro lo ha escrito Ibrahima Balde, con la voz, y Amets Arzallus Antia, con la mano”. La novela Miñan, publicada originalmente en euskera y traducida a castellano por Ander Izagirre como Hermanito, recoge el periplo migratorio de Balde, un joven de Guinea Conakry que no llegó a Europa para huir de su realidad, sino para buscar a su hermano pequeño. Arzallus, un periodista y bertsolari muy conocido en el País Vasco, entendió que Balde tenía que constar en el contrato como coautor a todos los efectos y peleó para que así fuera, pese a su situación administrativa irregular. María Angulo cita otro ejemplo: El Rey. Diario de un Latin King es resultado de 15 años de conversaciones entre el antropólogo catalán Carles Feixa y César Andrade, exlíder de una pandilla, quien pasó del rol de entrevistado al de coautor del libro y coimpulsor del proyecto de investigación en el que se basa.

En los créditos del libro Mujeres que se mueven, de la oenegé Médicos del Mundo, los nombres de las mujeres migradas que dieron su testimonio anteceden al de Patricia Simón como responsable de la idea original, la dinamización de los talleres que compartió con las mujeres y de la coescritura de sus testimonios. “Aunque yo fui quien escribió sus historias, ellas eran coautoras porque decidían qué querían contar, cómo, en qué tono, qué quedó finalmente fuera…”. Sin embargo, a esta periodista le parece urgente distinguir estos ejercicios que se dan en comunicación social, narraciones documentales, no-ficción y ensayo del ejercicio del periodismo.

Y entonces, ¿qué prácticas podemos introducir en los medios de comunicación? Descartado todo intercambio económico dentro de la relación periodística, tal vez la respuesta esté en los cuidados. En sanar el malestar y el hastío con buenos tratos, en endulzar la entrevista con un té con pastas, en adaptarnos a los horarios y ritmos de las fuentes. Pero también en recomendar a esa compañera tan potente para una mesa redonda o enviarle una oferta de empleo que encaje con su perfil. En definitiva, no olvidarnos de ella en cuanto apagamos la grabadora o la cámara.

Fuente: June Fernández en pikaramagazine.com
Ilustración: Drante / iStock

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