“La vida de Calabacín”: artesanía animada

La semana pasada, La larga marcha nos llevó a una de esas historias en las que Stephen King parte de una potente metáfora para contarnos, en este caso a través de un grupo de adolescentes, que el mundo adulto funciona como una terrorífica trituradora de carne

La vida de Calabacín

Esta semana y desde unas coordenadas distintas, La vida de Calabacín (Ma vie de Courgette, Claude Barras, 2016) nos conduce a un territorio todavía más pequeño, en apariencia también más amable, y que sin embargo está atravesado por una intuición parecida: para mantener en marcha la sociedad que hemos creado algunos niños son privados de forma violenta de su condición. Ciertos relatos iniciáticos que gustan mucho a la ficción nacen cuando el mundo adulto da síntomas de su fracaso.

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Esta historia arranca con Ícaro, al que todos llaman Calabacín a petición del propio protagonista, un niño de nueve años que vive con una madre alcohólica y ausente hasta que un accidente lo deja completamente solo. A partir de ahí, un policía lo acompaña a un centro de acogida donde conocerá a otros niños marcados por diversas heridas que la película sugiere y solo explota para sacarnos una sonrisa: Camille, Simon, Ahmed, Alice, Jujube o Béatrice también están rotos, aunque juntos se hacen compañía; verlos puede generarnos cierta congoja, pero ellos viven acompañándose y unidos se comportan exactamente como lo que son. Así, la trama es sencilla: Calabacín aprende a vivir en su nuevo hogar, a desconfiar un poco menos; hace amigos, se enamora por primera vez y va imaginando lo que puede significar tener una familia. La gran dificultad del proyecto podría haber sido el equilibrio emocional del guion, pero por si acaso el director y animador suizo decidió imponerse también alguna que otra complicación técnica.

La vida de Calabacín nació a rebufo de la novela Autobiographie d’une Courgette, de Gilles Paris, y su guion fue adaptado para la gran pantalla por Céline Sciamma, junto al propio Barras, Germano Zullo y Morgan Navarro. El director suizo, formado en el cortometraje y en la animación artesanal, debutaba aquí en el largo con una coproducción franco-suiza, realizada en stop motion y con marionetas articuladas hechas de metal, látex, plastilina y detalles fabricados con impresora 3D. Un no va más de la artesanía animada que, quizá, contribuyó a la corta duración del artefacto y, con toda seguridad, ayudó al equipo a obtener una catarata de premios y grandes nominaciones que incluyeron la de los Oscar y los Globos de Oro. Un reconocimiento desde dentro, de la propia industria, y a pesar del pequeño presupuesto de la película en comparación con gigantes de la animación de hace 10 años como Zootrópolis, Kubo y las dos cuerdas mágicas o Vaiana.

Rita Productions, Blue Spirit, Gébéka Films

Más allá de la forma, el otro aspecto determinante de la cinta es el fondo de su aproximación a las infancias rotas. Ambos aspectos están en este caso (y en todos los demás, no se dejen engañar en esto) íntimamente relacionados: en lugar de imbuir al guion de un artificioso sentimentalismo, Barras y su equipo dejan que sean sus muñecos de grandes cabezas, ojos enormes y expresivos, y cuerpos pequeños y frágiles los que transmitan toda la ternura. Los niños miran casi desde el suelo el alcoholismo, el abandono, la muerte y los abusos, pero al mismo tiempo charlan entre ellos y con cierta normalidad de cómo protegerse. Y en ese equilibrio está su mejor logro: Simon, que debería haber sido el abusón del orfanato, no solo se convierte poco a poco en un aliado, sino que siempre es una de las brújulas morales del grupo. Y también su matón, disponible para todas las batallas. Más que transiciones vitales, hay distintos reflejos de trayectorias que siguen siendo infantiles, pero complejas.

Vista hoy, la película puede parecer más convencional de lo que lo fue hace una década. La animación europea de prestigio, el relato sensible sobre la infancia herida, la duración breve, la delicadeza visual, la ausencia de cinismo… todo eso gustaba mucho por aquel entonces y quizá por ello ahora resulta reconocible, incluso codificado. Pero el paso del tiempo no siempre empequeñece una obra; a veces solo nos muestra mejor sus costuras. Y aquí la fabricación importa, porque estamos ante una cinta hecha precisamente de eso: muñecos visibles, movimientos mínimos, algunas lágrimas y muchas sonrisas que no buscan aplastar al espectador. La vida de Calabacín no reinventa el cine, ni la infancia, ni el dolor, pero encuentra una forma limpia de recordarnos que algunas familias no se heredan: se construyen. Y que para ciertos niños eso puede ser… no un volver a empezar, porque ellos siempre vivieron, pero sí algo parecido al renacer.

Fuente: Víctor Muiña Fano en lasoga.org (Título editado por @carabanchelnet)

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