En un panorama de subidas de alquiler descontroladas, hipotecas de por vida y precariedad habitacional, diferentes proyectos sugieren vías de escape que pasan por volver a lo comunitario

Casi la mitad de las personas que viven en alquiler está en riesgo de pobreza. Una persona joven, de hasta 29 años, que trabaje asalariada y quiera vivir sola, debe destinar el 92,3 por ciento de sus ingresos a pagar el alquiler. En los últimos diez años, el precio de la vivienda se ha encarecido un 40 por ciento y supera los 2.000 euros por metro cuadrado. Mientras, el salario mínimo interprofesional se ha incrementado hasta los 1.184 euros; el precio promedio del alquiler de una vivienda en Barcelona en 2025 es de 1.087 euros.
A estos datos hay que sumar: las cifras de desahucios por impago de la hipoteca, que en ocasiones desembocan en suicidios; hay quien los llama directamente homicidios. O la cantidad de propietarios que se niegan a renovar el contrato de alquiler o que lo hacen con subidas de precio estratosféricas. También se añade el rosario de comprobantes de ingresos, avales y burocracias que se exigen para demostrar la solvencia al pedir un crédito hipotecario, e incluso, para firmar un contrato de alquiler. O las visitas que se convierten en verdaderos castings para encontrar una habitación en un piso compartido. O las ofertas de pisos que aparecen y desaparecen en cuestión de minutos. O los 20 metros cuadrados que se venden como vivienda digna porque es la única que podremos pagar. O las casas mal aisladas y el miedo a la factura de energía si encendemos la calefacción.
Con este panorama, parece difícil imaginarse opciones por fuera de la rueda asfixiante de trabajar-pagar alquiler-endeudarse, o la de trabajar más-tener menos tiempo-intentar ganar más-suscribir una hipoteca-endeudarse de por vida. Un futuro sin caseros, sin rentistas, sin inmobiliarias y sin especulación, sin negociaciones interminables con la administración de fincas y sin búsquedas descorazonadas de ofertas en portales de inmuebles parece casi inalcanzable. Pero se vislumbran algunas alternativas para acercarse a ese horizonte utópico en el que la vivienda es un derecho y no solo un bien de mercado.
En Barcelona, 1931, cerca de 100.000 hogares dejaron de pagar la renta durante al menos cuatro meses como protesta
Plantarse de manera colectiva y bloquear el pago del alquiler como forma de protesta no es una iniciativa nueva. Uno de los casos más conocidos es el de la huelga de alquileres de Barcelona de 1931, en la que cerca de 100.000 hogares dejaron de pagar la renta durante al menos cuatro meses en protesta por los desahucios, las precarias condiciones de las viviendas y unos alquileres que crecían muy por encima de los salarios.
Hay otras alternativas como convertir un bloque en una cooperativa de vivienda. “Las cooperativas de vivienda proponen una alternativa fuera del mercado, sin rentistas ni inquilinas”, explica Aldo Reverte, militante del Sindicat de Llogateres de Catalunya. “Uno de sus límites es que para acceder necesitas enterarte del proceso, tener tiempo para acompañarlo, y hacer una inversión de capital inicial que puede ser más o menos grande. Si se retiene el dinero porque se dejan de pagar los alquileres a través de la huelga, y se depositan en un fondo común, mucha gente que queda fuera de estos circuitos porque no tiene la inversión inicial, podría ahora optar por esta vía”, asegura.
Cuidados comunes
Las cooperativas de vivienda suponen una alternativa, sí, aunque imperfecta. Así lo describe Sara Barrientos, socia habitante de la cooperativa de vivienda La Morada. El bloque, en el que viven 17 adultas y dos criaturas, está ubicado en el barrio de Roquetes de Barcelona, y se describe como un proyecto de vivienda feminista en cesión de uso.
“Las cooperativas no son accesibles para todas, hay unas aportaciones iniciales que hay que tener en cuenta. No partimos de las mismas condiciones. El acceso está atravesado por ejes de clasismo y de racismo. Es necesaria una mirada crítica y seguir trabajando para facilitar este tipo de proyectos”, admite Barrientos. Para ella, una de las vías sería contar con ayudas públicas o con mecanismos de redistribución de los recursos que permitan que esta opción sea viable para más personas.
Las cooperativas de vivienda suponen una salida colectiva “al individualismo y al malestar que provoca vivir la precariedad en solitario”
Reconoce, sin embargo, que La Morada sí está respondiendo a algunas utopías. “Es un proyecto feminista y queer, formado por personas que tenemos afinidad política y vínculos. La apuesta colectiva por lo comunitario es clara y evidente. Lo vivimos cuando pasamos una enfermedad, un duelo o una pérdida; o cuando hay alguien que está presentándose a unas oposiciones; o en cualquier situación en que necesitas cuidados o atención. Tenemos esa cercanía para sostenernos emocionalmente y materialmente en lo cotidiano”, dice Barrientos.
Afirma, además, que las cooperativas de vivienda suponen una salida colectiva “al individualismo y al malestar que provoca vivir la precariedad en solitario”, así como “a la necesidad de cuidados”.
Entrepatios, en Madrid, sería otro ejemplo de vivienda cooperativa en régimen de cesión de uso. Esta cooperativa se define como “ecosocial”, ya que tiene en cuenta la sostenibilidad ambiental y aspectos económicos, sociales y culturales. También reconoce la mutua interdependencia entre la casa, las personas que viven en ella, el vecindario del barrio y del entorno.
Okupar, habitar y resistir
Las limitaciones en el acceso a este tipo de proyectos vienen dadas por varios factores, como menciona Barrientos: la clase social, el poder adquisitivo, el hecho de poder acceder a un préstamo en un banco o el de contar con una red que pueda prestarte el dinero para pagar la inversión inicial. Estos requisitos se cruzan con otras circunstancias: el hecho de haber migrado, de ser una persona no blanca, de no tener una pareja o un modelo familiar normativo, de no contar con un empleo estable o formal…
Con trabajos precarios, sin ahorros ni herencias y sin redes con capital económico suficiente, las alternativas se van reduciendo
Y con trabajos precarios, sin ahorros ni herencias y sin redes con capital económico suficiente, las alternativas se van reduciendo. La dificultad de pagar por una vivienda contrasta con la cantidad de viviendas vacías o en régimen de especulación: segundas residencias que solo se usan un par de veces al año, pisos turísticos que pasan la mayor parte del tiempo vacíos, promociones de vivienda de bancos que quebraron y que dejaron edificios a medio hacer, bloques enteros abandonados y tapiados, pisos con propietarios en paradero desconocido… Esa desigualdad genera rabia pero, también, una posibilidad: la de okupar.
La okupación ha sido una respuesta política al problema de la vivienda desde hace décadas, asociada a movimientos libertarios y antirrepresivos y con propuestas de vida y, en muchos casos, de trabajo y de activismo en común. Ha sido también un refugio para personas excluidas del mercado laboral y, por lo tanto, sin acceso a recursos suficientes para pagar un alquiler o para firmar un contrato con una inmobiliaria. Y, en muchos casos, las casas okupadas, convertidas en centros sociales, se convierten en un punto de encuentro para el vecindario, o en espacios alternativos que acogen propuestas políticas, culturales o sociales que no tendrían cabida en otros lugares.
Algunas personas optan por la okupación por pura necesidad económica, y no siempre existe un proyecto político, asambleario o de vida en común detrás. Lo hacen, por ejemplo, después de pasar por un desahucio o ante la falta de soluciones de vivienda viables y rápidas por parte de la administración. En muchos casos, la comunicación y la organización entre estas vecinas que okupan y la implicación de los activismos por la vivienda favorecen que puedan resistir durante más tiempo en sus casas.
Recuperar del abandono
Además de construir edificios cooperativos, de reconvertirlos a este modelo o de okuparlos, la idea de recuperar fábricas y pueblos abandonados y destinarlos a vivienda o a espacios colectivos de autoempleo, ocio o aprendizaje tampoco es nueva. Algunos proyectos buscan materializar utopías que desafíen lógicas capitalistas e individualistas.
La alternativa pasa por conquistar espacios por la fuerza de la organización, la solidaridad y el apoyo mutuo
La antigua fábrica textil de Calafou, en Vallbona d’Anoia (Catalunya), se ha convertido hoy en “un espacio cooperativista, pacifista y sostenible para el desarrollo de alternativas productivas, tecnológicas y de viviendas”, según su propia definición. El proyecto recupera las instalaciones de una antigua colonia textil que incluía la fábrica y las viviendas de las obreras. Actualmente, se han recuperado 27 viviendas y las antiguas naves industriales se destinan a proyectos muy diversos, como un laboratorio de desarrollo de tecnologías informáticas autogestionadas, talleres de construcción, gimnasio o diferentes iniciativas de autoempleo.
La autogestión también inspira el proyecto del pueblo de Lakabe (Nafarroa), que quedó deshabitado y fue okupado en la década de 1980 por personas ligadas al movimiento antimilitarista. Creado como un espacio comunitario acorde a los ritmos de la naturaleza, “hoy continúa con esta misma esencia: posibilitar y experimentar la utopía”, según afirman en su página web.
Otros proyectos, como el de Fraguas (Castilla La-Mancha) no corrieron la misma suerte. La idea de rehabilitación del pueblo, que llevaba décadas abandonado y en ruinas, finalizó en 2023 después de casi diez años de persecución judicial contra la comunidad de personas organizadas que se decidieron a repoblarlo.
Ninguna fórmula es mágica, universal ni perfecta, pero todas las alternativas parecen tener una propuesta en común: la de conquistar espacios —abandonados o privatizados— por la fuerza de la organización, la solidaridad y el apoyo mutuo. Unos conceptos que, de nuevo, vienen de antiguo, pero que tienen vocación de futuro; de un futuro en el que Utopía sea algo más que el nombre de una inmobiliaria que vende villas de lujo con vistas al mar.
Este artículo pertenece al monográfico de Utopías, publicado en septiembre de 2025, y que puedes conseguir en nuestra tienda online.
Fuente: María Sanz en pikaramagazine.com
