La perspectiva del colapso tendría que cambiarlo todo: de qué hablamos cuando hablamos de colapso

Primera de una serie de reflexiones de Ricardo Sosa que publicaremos periódicamente acerca del colapso ecológico y social y sus diferentes modelos, formulaciones y posibles alternativas

Tal vez sea pertinente empezar con algunas imágenes: una casa se va deteriorando, se le van ha­ciendo algunos arreglos parciales, a veces, simples chapuzas… le salen grietas que van hacién­dose más numerosas y profundas… finalmente se viene abajo, se hunde parte del techo, se de­rrumban algunas paredes. No admite ya nuevos arreglos. Eso es un colapso. Se puede pensar en una historia similar sobre un coche, un camión, un barco, etc.

Ni siquiera estas imágenes son del todo ajustadas. Puede pensarse, razonablemente, que unas reformas serias, bien hechas, a tiempo, podrían haber salvado la casa del deterioro final. En el co­lapso de un sistema social (ecológico, económico, político, cultural…) hay un problema de fondo que impide que las reformas eviten el hundimiento. Como si la casa del ejemplo tuviera unos ci­mientos insuficientes e inestables, por ejemplo, y to­dos los arreglos se basaran en que esos ci­mientos no se pueden tocar, porque eso signifi­caría tener que tirar la casa. Los afanes insaciables (insertos en el propio sistema como fundamentos incontestables) de riqueza, de poder y de presti­gio son esos cimientos frágiles y peligrosos de nuestro sistema social.

Este capitalismo senil, autoritario, violento, racista, heteropatriarcal y ecocida es el resulta­do ac­tual de una evolución que ha conducido a la destrucción avanzada de los delicados equilibrios na­turales y a una extensión y profundización de la miseria y el sufrimiento de una parte sustancial de la humanidad. Los cimientos tóxicos estaban ahí desde el origen, sus consecuencias negativas ya eran visibles ―para quienes quisieran verlas― pero los re­sultados aparentemente positivos eran tan espectaculares y abundantes que pudieron ge­nerar no sólo el privilegio de minorías, sino la aco­modación y la complicidad de una parte importante de la propia mayoría, la menos discriminada, las supuestas y “fabricadas” clases medias. Ahora, incluso estas “clases medias” tienen el miedo y la inseguridad metidos en el cuerpo.

El colapso no es una crisis parcial. Se parecería más a una confluencia sucesiva de co­rrientes que van arrastrando a su paso ―y potenciando― otras menores y termina en una inundación general. Los encadenamientos pueden ser múltiples y son, seguramente, im­predecibles:

  • sequías, inundaciones, huracanes… que hacen aún más difícil el acceso a una aliment­ación adecuada… que provocan insurrecciones populares y la multiplicación de “estados fallidos”.

  • fruto de este caos climático, una intensidad migratoria sin precedentes, que se conviert­e en un caos social y económico, que termina en una paralización de lo esen­cial del sistema.

  • escasez y encarecimiento brutal de combustibles fósiles que conducen a una crisis profunda de los transportes (especialmente del transporte de mercancías a largas dis­tancias)… lo que lleva al hundimiento de las bases de la “globalización” porque deja de ser rentable y posible producir en muy diversos sitios, ensamblar en otros, vender en otros, guardar el dinero en otros…

  • nuevas guerras por los recursos que terminan implicando a los países ricos y arma­dos (como lo de Ucrania, pero peor aún), multiplicación y prolongación de los con­flictos bé­licos potencia­dos por el armamentismo y las previsiones de guerras impe­rialistas.

  • deterioro grave del edificio monstruoso de la financiarización del mundo, metástasis de la es­peculación, crisis bursáti­les encadenadas, cada vez con menos capacidad de reacción.

  • deterioro aún mayor de los servicios públicos y sociales, incremento del malestar so­cial, nue­vos periodos de lucha popular.

  • un empeoramiento radical de las condiciones de vida en el mundo rico que acaba con el espe­jismo de las clases medias, que incrementa la protesta, que incrementa la re­presión…

  • la extensión de la “epidemia” de personas que renuncian a su trabajo, la “Gran Renunc­ia”, por­que están hartas de no-vivir, al tiempo que se incrementa la sindicación y la lucha sindical, mientras los salarios míseros, las jornadas excesivas y las condicion­es insoportables son más “necesarias” que nunca para la supervivencia del sistema jerárquico.

  • nuevas epidemias que repiten, amplificadamente, lo que sucedió con la pandemia del covid, recor­tan las libertades, incitan al aislamiento, producen el deterioro de las condiciones de vida y multitud de víctimas…; etc.

Este capitalismo senil, autoritario, violento, racista, heteropatriarcal y ecocida es el resulta­do ac­tual de una evolución que ha conducido a la destrucción avanzada de los delicados equilibrios na­turales y a una extensión y profundización de la miseria y el sufrimiento de una parte sustancial de la humanidad

No importa tanto cómo comienza el proceso, sino el hecho de que, dadas las precondiciones, cualquier precipitante puede desencadenar un efecto dominó.

Nos falta perspectiva para ver los procesos actuales en su conjunto. Tal vez quienes escri­ban la historia en el futuro, hablen de que la Nueva Edad Oscura (o como se llame entonces) empezó con las crisis del petróleo de los años 70, o con la “revuelta de los privile­giados”, acaudillada por los entornos de M. Thatcher y R. Reagan, o con la crisis del 2008, o con la guerra de Ucrania… cualquiera sabe. A lo peor resulta que ya está aquí el comien­zo del colapso que aún no es acepta­do o asumido mayoritariamente.

El colapso de un sistema no es la crisis de algunas de sus instituciones (formales o infor­males) sean éstas económicas, sociales, política, culturales… es que el sistema deja de funcionar, se para y/o se hunde. Donde antes había subsistemas que, mal que bien, iban tirando, ahora el tro­pezón de alguno o algunos de ellos produce un parón generalizado.

Tampoco el colapso del sistema es la miseria y el sufrimiento indecibles de millones de personas en los países del Sur e, incluso, en los propios países del Norte globales. Eso forma parte de su fun­cionamiento “normal”, aunque el crecimiento desmesurado del número de las personas exclui­das sí que puede ser un síntoma que apunta hacia el colapso del centro del sistema, que es en definitiva de lo que se trata.

El colapso de un sistema no es la crisis de algunas de sus instituciones (formales o infor­males) sean éstas económicas, sociales, política, culturales… es que el sistema deja de funcionar, se para y/o se hunde

Tal vez la mayoría de la gente ―los miles de millones de personas excluidas― siente que ya está vi­viendo el colapso de su mundo y, sin embargo, los gobiernos, los supra-gobiernos y sus medios siguen diciendo que esto no es sino una crisis más, pasajera, que ya se ve la luz al final del tú­nel… y que hay que seguir confiando en ellos para salir de este bache.

Ha habido, probablemente, muchos colapsos civilizatorios en la historia (incluso algunos poco o mal conocidos todavía), pero este al que nos asomamos tiene características es­pecialmente gra­ves, fruto de la propia extensión y evolución del sistema capitalista hetero­patriarcal y racista:

  1. El sistema ha llegado, en diferente medida, al último rincón de la tierra. Los límites del sis­tema y los límites del planeta coinciden.

  2. El sistema ha deteriorado los equilibrios naturales hasta un extremo en el que estos no pueden recuperarse salvo con actuaciones drásticas -contrarias al propio siste­ma- y dura­deras, muy duraderas.

  3. El sistema ha deteriorado los equilibrios sociales hasta extremos desconocidos. Nunca ha habido tanta concentración de riqueza, poder y privilegios en una minoría tan reducida. Tal vez nunca ha habido tanta miseria, tanta exclusión, tanta violencia pade­cida por una mayo­ría tan extensa.

¿Se puede prever el proceso del colapso? ¿Hay alguna posibilidad de imaginar, aunque sea de manera insegura y a grandes trazos cómo pueden sucederse los acontecimientos?

Fuente: Ricardo Sosa en elsaltodiario.com
Foto: Una factoría agroalimentaria en el norte de Extremadura | David F. Sabadell

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