La implacable colonización de internet con datos generados por una inteligencia artificial (IA) cada vez más potente ya es muy notoria, pero la previsión es que sea completa en breve

Al utilizar Google ya nos encontramos con un resumen elaborado por la inteligencia artificial (IA) y la tendencia es que su autoría vaya creciendo hasta colonizar por completo los contenidos de internet en unos pocos años. Esta será nuestra principal fuente de conocimiento, porque dentro de poco nadie se molestará en contrastar otras fuentes, ni siquiera quienes aprendieron a hacerlo así en una época no tan pretérita. Hay quien se pregunta cómo se podía estudiar antes en la Universidad sin el auxilio del ChatGPT, imaginándose lo duro que debía ser no contar con esa prodigiosa herramienta.
Obviar este desafío es tan grave como ignorar las consecuencias del cambio climático y menospreciar las amenazas que acechan al sistema democrático
El problema con la IA es responsabilidad nuestra. En lugar de dosificarla para que automatice tediosas tareas mecánicas, liberando con ello tiempo para quehaceres más creativos, parece que podríamos ceder a la tentación de utilizarla para reemplazar nuestro esfuerzo y dedicarnos al dolce far niente. Lo malo es que somos los cooperadores necesarios en este proceso, pues al utilizarla indiscriminadamente vamos entrenando a la máquina en cuestión, incrementando su memoria mientras disminuye la nuestra por simple indolencia.
Sus fantásticas aportaciones ya están creando entes tan quiméricos como cautivadores, que irán poblando nuestro imaginario colectivo, al modo en que históricamente lo han hecho los mitos y las religiones, junto a toda suerte de relatos literarios o cinematográficos. Estas fantasmagorías irán suplantando a los productos de la imaginación humana, uno de nuestros atributos más poderosos, al servir para crearnos un entorno cultural y simbólico que oficia como una segunda naturaleza. Las producciones artísticas tendrán una dura competencia, según vayan apareciendo síntesis y amalgamas del repertorio histórico, alumbrando fascinantes componendas en las que no habrá participación humana.
Lo malo es que somos los cooperadores necesarios en este proceso, pues al utilizarla indiscriminadamente vamos entrenando a la máquina
Nos estamos jugando el futuro de la especie, al no regular los abusos que las grandes corporaciones tecnológicas parecen dispuestas a perpetrar en este ámbito tan delicado. Los poderes públicos parecen incapaces de hacerles frente, máxime cuando algunos mandatarios identifican sus propios intereses con los de quienes lideran esas grandes compañías. Podría darse toda una mutación evolutiva, merced a la cual quedarán atrofiadas buena parte de nuestras capacidades y competencias actuales. Ni siquiera la élite presuntamente más beneficiada se libraría de padecerla.
En este contexto renunciaríamos a hacernos cargo de nuestras decisiones, rehuyendo cualquier tipo de responsabilidad, sencillamente porque habríamos prescindido de toda reflexión deliberativa y delegado nuestras voliciones en una IA que teóricamente alumbramos para facilitarnos la vida. Los dilemas éticos, las decisiones judiciales y la gobernanza política quedarían en manos de secuencias algorítmicas perfectamente automatizadas, en aras de una objetividad e infalibilidad absolutamente falsas. El Hal 9000 que nos presenta Kubrick era incapaz de reconocer un fallo y en cualquier caso no mostraba ninguna empatía para con el sufrimiento humano.
Obviar este desafío es tan grave como ignorar las consecuencias del cambio climático y menospreciar las amenazas que acechan al sistema democrático, porque la política ha hecho mutis por el foro, dejando que los populismos y la demagogia sensacionalista ocupen su lugar. Para conjurar todos estos peligros tendríamos que cambiar nuestros hábitos cotidianos y esta es la más difícil de las revoluciones, como ha señalado en más de una ocasión la filosofía moral.
Fuente: nuevatribuna.es
