Especial 11S 20 aniversario | Vídeos

Os hemos recopilado tres de los últimos artículos sobre el 11S de los miles que pueden haber, así como unos vídeos que merece la pena echarles un vistazo[email protected]

11-S Dos décadas marcadas por el terror:- Javier López en Nuevatribuna.es

Acabábamos de firmar el acuerdo para crear la ley de Renta Mínima de Inserción con el Presidente de la Comunidad de Madrid, Alberto Ruiz-Gallardón. Se había comprometido un año antes, el Presidente, en su discurso ante el Congreso de las CCOO de Madrid, en el que fui elegido Secretario General, a negociar la transformación del salario social, el IMI (Ingreso Madrileño de Integración), acordado como decreto en la época de Joaquín Leguina, en una ley que estableciera el derecho subjetivo de toda persona carente de los recursos básicos a recibir una prestación para atender sus necesidades básicas y las de su familia.

Estábamos de vuelta de la Puerta del Sol, en nuestra sede de Lope de Vega. Habíamos puesto la televisión para ver cómo trataba Telemadrid la firma del acuerdo, cuando comenzaron a desencadenarse las noticias que hablaban del accidente de una avioneta contra una de las Torres Gemelas.

Pronto el accidente se convirtió en posible atentado y luego asistimos en directo al momento en el que un segundo avión se estallaba contra la segunda Torre. No pasó mucho tiempo hasta que comenzaron a desplomarse ambas torres, al tiempo que una nube de polvo y escombros cegaba los objetivos de las cámaras.

Son muchos los análisis que se publican y difunden durante estos días sobre los hechos, las causas y las consecuencias del 11-S. Análisis y estudios elaborados por expertos de todas las disciplinas, que desarrollan su trabajo en universidades, medios de comunicación, fundaciones, organizaciones políticas, sociales, económicas, instituciones.

El brutal acto de terror se convirtió en una transformación radical del mundo tal cual lo conocíamos

Echando la vista atrás, el brutal acto de terror se convirtió en una transformación radical del mundo tal cual lo conocíamos. La decisión arbitraria e injustificable de embarcarnos en las guerras de Afganistán e Irak ha supuesto un inmenso negocio para las corporaciones y los miembros del gobierno de los Estados Unidos, pero también un río de sangre y un descrédito de occidente ante el resto del planeta.

Después del abandono militar de las tropas de EEUU otros imperios se aprestan a competir exitosamente contra el gendarme americano, entre ellos China y Rusia fundamentalmente. Pero no todo queda en ese cambio de los grandes actores de los desastres mundiales.

Tras el 11-S el terror se instaló entre nosotros y llegaron los atentados terroristas en los trenes de Madrid, el 11-M de 2004. Aún recuerdo el papelón del pazguato Alberto de Mónaco, miembro del Comité Olímpico Internacional, preguntando un año después, en Singapur, a los responsables de la candidatura madrileña a organizar los Juegos Olímpicos 2012, si serían capaces de garantizar la seguridad de los asistentes, tanto atletas como público.

Esa memez pesó mucho en la pérdida de la candidatura que se llevó Londres, que no tenía más que un proyecto sin grandes inversiones previas. Seguían los aviones que volvían a Madrid en el aire tras aquella cita de candidaturas el 7 de julio de 2005, cuando se dieron a conocer los atentados islamistas en tres vagones de metro y un autobús de Londres, que produjeron más de 50 muertes y 700 heridos.

Y pese a esos actos de terror en Nueva York, Madrid, Londres, o París, el 95% de los muertos en atentados islamistas son musulmanes, tal como reconoce el Centro Antiterrorista del gobierno de Estados Unidos.

El 11-M transformó la política española, no sólo porque provocó un cambio de turno de gobierno, sino porque los conservadores españoles se fueron despeñando en las teorías de la conspiración, la ruptura de España, la ilegitimidad de cualquier gobierno que no fuera el suyo y el cierre de todas las puertas al entendimiento, el diálogo y el acuerdo.

Luego llegó la larga, inesperada y contradictoria crisis de 2008, que cambió el escenario de nuestras vidas, nuestras economías y nuestros empleos. Aquellas transformaciones dieron lugar al descontento expresado en las concentraciones, acampadas, manifestaciones y revueltas generalmente pacíficas protagonizadas por jóvenes.

Desde las primaveras árabes, a Occupy Wall Street, del 15-M español a los indignados franceses, de la plaza Tahrir a la plaza Sintagma. Movimientos que se han reproducido de diferentes formas en países de Latinoamérica, o en las primaveras vividas por antiguas repúblicas soviéticas como Bielorrusia, o Ucrania, sin que nos olvidemos de algunos países asiáticos que reclaman transiciones hacia la democracia.

La evidencia cada día más alarmante del cambio climático y las respuestas que reclama la sociedad y especialmente la juventud, ante los gobiernos del mundo, la devastación de los recursos y de la vida en el planeta, o la llegada de la pandemia de la COVID-19 y sus tremendas consecuencias en vidas humanas y en deterioro político y social, son los últimos y acelerados golpes que estamos recibiendo.

Las causas podemos buscarlas en las emisiones de gases de efecto invernadero que han aumentado exponencialmente desde mediados del siglo XIX, en un modelo económico extractivo, contaminante y depredador, en el consumismo desaforado, en el abandono de nuestras relaciones con la Naturaleza, en el desprecio de los derechos humanos en buena parte del planeta, o en cualquier otro foco de problemas.

Pero si tuviera que elegir una fecha en la que ya todo fue evidente y el terror desencadenó un desastre del que aún no sabemos ni cómo, ni cuando, ni si podremos salir, esa fecha sería, sin dudarlo, el 11-S. Veinte años después conviene recordarlo y sacar conclusiones, aprender a vivir sin miedo y de otra manera, si queremos que nuestra vida siga siendo posible en el planeta.

Thomas Kean, presidente de la comisión sobre el 11-S: “Si el FBI y la CIA se hubieran hablado, el ataque podría haberse evitado”:- David Smith en eldiario.es

Thomas Kean

El exgobernador de Nueva Jersey, republicano, presidió la comisión oficial de investigación y es coautor del informe sobre el atentado. Ahora habla sobre los bulos, los fallos de las agencias del Gobierno y el trauma que marcó al país.

“El martes 11 de septiembre de 2001 amaneció templado y casi sin nubes en la Costa Este de Estados Unidos”, comienza el informe de la comisión del 11-S con una prosa limpia. “Millones de hombres y mujeres se preparaban para trabajar”.

Thomas Kean, sin embargo, había pasado la noche con dolor de mandíbula. “Estaba recuperándome de una visita odontológica”, recuerda en una conversación telefónica, “y mi dentista llamó para preguntar cómo estaba y dijo: ‘enciende la televisión, está pasando algo en el World Trade Center’. Así que la encendí y la mantuve encendida hasta que el segundo avión se estrelló”.

Kean, que sería el presidente de la comisión sobre el 11 de septiembre y coautor del informe, era entonces el presidente de la Universidad Drew en Nueva Jersey. Se apresuró para llegar al campus, preocupado porque, dada su proximidad con Nueva York, sus estudiantes podrían estar entre los muertos a manos de los terroristas de Al Qaeda que secuestraron dos aviones y los estrellaron contra las Torres Gemelas.

No hubo víctimas entre su alumnado, pero Kean, que solía frecuentar el World Trade Center, perdió amigos, conocidos y antiguos colegas. “En la zona donde vivo no hubo nadie que no se viera afectado”, dice Kean, que ahora tiene 86 años, en una entrevista desde Far Hills, Nueva Jersey. “No hubo pueblo que no perdiera gente. Lo más triste que recuerdo era pasar por los aparcamientos de las estaciones de tren –donde suben y bajan los pasajeros– y ver los coches que nunca nadie volvió a buscar”.

Kean asistió a los servicios conmemorativos en Nueva Jersey y Nueva York. El dolor se sentía por doquier. “Recuerdo hablar en el servicio de homenaje en la Catedral de St. John the Divine. Fue la única vez que casi no pude mantener la compostura porque había muchos supervivientes en la primera fila, muchas mujeres con niños muy pequeños o mujeres embarazadas cuyas criaturas nunca conocerían a sus padres“.

“Me levanté, lo primero que vi fue las primeras filas de estas personas y me costó hablar. Para todos los que vivíamos en la zona fue un golpe emocional en el estómago y no fue algo pasajero. Duró por mucho, mucho tiempo”.

Casi 3.000 personas murieron en el peor ataque terrorista sufrido en suelo estadounidense. Los familiares de las víctimas pidieron una investigación sobre qué, cómo y por qué había sucedido, dónde habían estado los errores y qué aprendizajes podrían prevenir una repetición.

En 2002, el primer candidato del presidente George W. Bush para dirigir la comisión sobre el 11 de septiembre fue Henry Kissinger, el antiguo secretario de Estado, con el exsenador George Mitchell como segundo, pero ambos lo rechazaron por conflictos de intereses. Los puestos fueron en cambio para Kean, antiguo gobernador republicano de Nueva Jersey, y Lee Hamilton, un antiguo legislador demócrata de Indiana.

Sería una de las investigaciones más trascendentales en la historia estadounidense y podría ser un regalo envenenado para quien la realizara. “Sentí que una montaña me había caído encima”, recuerda Kean. “Tres presidentes me habían ofrecido puestos en sus gabinetes y yo los había rechazado”.

“Había decidido que ya había dado mis servicios al gobierno y ya estaba en otras cosas. Pero, como había perdido amigos y es muy difícil decirle que no al presidente de los Estados Unidos, sentí que esta vez no tenía opción. Así que dije que sí e inmediatamente después pensé: ‘Por Dios, ¿en qué me he metido?'”

La comisión se conformó en un momento de división partidista, cuando Bush, un presidente polarizador, buscaba la reelección. Cuando Kean entró en la sala donde la comisión se reuniría por primera vez, encontró a los republicanos sentados en una esquina y a los demócratas en la otra.

“Dije ‘vamos a empezar la reunión’ y todos se sentaron. Entonces dije que quería que cambiaran de asientos y que no quería volver a ver a un republicano sentado junto a un republicano ni a un demócrata sentado junto a un demócrata ni en público ni en privado en la comisión. Me miraron y refunfuñaron un poco, pero lo hicieron. Desde entonces se sentaron siempre de ese modo e intentamos hacer las cosas juntos”.

Cuando Kean fue invitado al programa insignia de política de la cadena NBC, Meet the Press, se aseguró de que Hamilton lo acompañara, sentando un precedente para que los miembros de la comisión se presentaran en la prensa en pares de ambos partidos.

Pero pasó un tiempo antes de que Kean se ganara la confianza de los familiares de las víctimas, que a él le resultaron “personas maravillosas”. “Nos pusieron contra las cuerdas”, dice. “Creían que había muchas cosas que no habían sido reveladas y tenían razón. Pero creyeron que había sucedido más de lo que realmente sucedió y querían asegurarse de que revisáramos cada rendija y recoveco para encontrar cualquier evidencia que hubiera”.

“Una cantidad de familias, casi la mayoría, sospecharon desde el primer día que el presidente sabía algo que no le había dicho al público estadounidense: que en una sesión informativa de inteligencia diaria habrían dicho que los terroristas usarían aviones como bombas. Estaban bastante convencidos de que eso había sucedido y querían que nosotros lo comprobáramos”.

Kean y su equipo llevaron al director de inteligencia británico a Estados Unidos para una reunión secreta. Entrevistaron al antiguo presidente Bill Clinton, al entonces vicepresidente Dick Cheney y al propio presidente Bush. Cuando la sesión con el presidente ya llevaba dos o tres horas, Kean pensó que era el momento de terminarla.

“El presidente me miró y dijo: ‘Estaré aquí hasta haber contestado todas sus preguntas. No me iré hasta haberlas respondido todas'”, recuerda Kean. “Pensé, ‘¿en qué otro sitio del mundo podría suceder esto?’ Un grupo de ciudadanos comunes no electos, sin cargos oficiales, podía ir a la Casa Blanca y hacer que el presidente de Estados Unidos dijera que quería contestar a todas sus preguntas. Fue uno de esos momentos decisivos”.

El informe final deja claro que si tanto Clinton como Bush hubieran actuado de otro modo, los ataques podrían haber sido evitados. “Creo que ambos presidentes sintieron que dadas las circunstancias a las que se enfrentaban en ese momento, tomaron decisiones razonables, pero en retrospectiva y considerando muchos hechos, ambos pensaron: ‘Si hubiéramos sabido estas cosas, habríamos actuado de otro modo’”.

Bajo la presión constante de los familiares, que asistieron a las audiencias públicas con fotos de sus muertos, la comisión intentó no dejar piedra sin remover en su búsqueda de los documentos gubernamentales. Pero la transparencia no llegó fácilmente.

“No querían entregarlos. Tuvimos que luchar por conseguir entrevistas con el presidente, luchar para ver los informes diarios de inteligencia del presidente, luchar para obtener información que a veces consideraban era demasiado confidencial incluso para nosotros. Pero finalmente conseguimos todo lo que habíamos pedido y pudimos hacer ese informe porque conseguimos acceso total a la información”.

Kean y sus colegas obtuvieron un acceso sin precedentes a los informes diarios del presidente, un resumen de la información de alto rango y análisis de los asuntos de seguridad nacional. Se sacaban los documentos de cajas de seguridad para que los miembros de la comisión pudieran leerlos y tomar notas, aunque no tenían permitido sacar las anotaciones de la habitación donde los consultaban.

Uno, con fecha del 6 de agosto de 2001, estaba titulado “Bin Laden ha decidido atacar a EEUU“. Los miembros de la comisión convencieron a la Casa Blanca de convertirlo en el primer informe diario del presidente que se publicaría para el público.

Kean sentía que tres cuartos de los documentos confidenciales no deberían haber sido tales. Las familias pedían que se publicaran los hallazgos de una investigación del FBI sobre la posible complicidad de Arabia Saudí en los ataques, incluyendo contactos entre funcionarios saudíes y dos de los secuestradores que vivían en California en los meses previos al 11 de septiembre.

Joe Biden cedió la semana pasada ante la presión y anunció la revisión y desclasificación de los archivos de investigación del FBI. Quince de los 19 secuestradores eran ciudadanos saudíes, pero el país niega cualquier participación en el plan y se enfrenta legalmente a las familias en un juzgado federal en Nueva York.

El informe de la comisión detalló que “no hay evidencia de que el gobierno saudí como institución ni que funcionarios saudíes hayan financiado individualmente” a Al Qaeda. En una entrevista la semana pasada en el podcast de The Guardian Politics Weekly Extra, Kean dijo: “En todos los documentos que leí, incluyendo los que las familias quieren que se publiquen, no encontré nada que indicara la participación de funcionarios gubernamentales de Arabia Saudí“.

“Ahora, si hubo ciudadanos de Arabia Saudí involucrados en algún punto u otro o no, no puedo decirlo. Me mantengo cerca de las familias, nos llevamos bien, pero les diré que no creo que consigan nada. Encontré más información sobre la posible participación de Irán que de Arabia Saudí”.

Kean estaba decidido a seguir cada pista, sin importar cuán alocada o improbable. Por teléfono dice: “Todo el tiempo hubo muchas teorías conspirativas sobre lo que había sucedido, cosas ridículas. Alguien dijo que los judíos estaban detrás. Otros que era una conspiración de la extrema derecha. Una teoría decía que el Gobierno de Bush había sacado a la familia de Bin Laden y a líderes árabes fuera del país antes de que pudieran ser cuestionados por el FBI”.

“Yo mantuve: ‘Solo concluiremos con la tarea si rastreamos las teorías conspirativas: si son verdaderas, las pondremos en el informe; si no, las refutaremos’. Entonces le adjudicamos a los miembros de la comisión cada una de las teorías conspirativas y refutamos la mayoría”.

La comisión hizo 41 recomendaciones sobre temas como la seguridad nacional, la respuesta de emergencias, la reforma del Congreso y la política exterior, y recolectó fondos privados para mantener un pequeño equipo que presionara para su aplicación. Para Kean, quizás el más importante sea el intercambio de inteligencia para prevenir más ataques terroristas, lo que sería la mayor reforma de inteligencia en la historia de EEUU.

Así lo explica: “Si el FBI y la CIA y otras 14 agencias de inteligencia hubieran hablado entre ellas, la mayoría de nosotros sentimos que el ataque podría haberse evitado. Reorganizamos todo el aparato de inteligencia para que en vez de distintas agencias haya ahora una sola cabeza –el director de inteligencia nacional– y que luego los miembros de las distintas agencias se reúnan y compartan información”.

El informe fue publicado el 22 de julio de 2004. Kean y sus colegas de la comisión lo llevaron a un editor privado para hacerlo más accesible al público que los típicos documentos oficiales. Ese trabajo histórico escrito con fluidez se convirtió en un éxito de ventas y ha vuelto a suscitar interés por el vigésimo aniversario de los atentados.

El informe ha soportado el paso del tiempo mejor de lo que Kean esperaba. “Todavía tenemos algunos adeptos a teorías conspirativas, pero es todo lo que tenemos. Pensé que saldrían a la luz cosas nuevas que no sabíamos o no pudimos descubrir. El informe todavía se mantiene. Estoy satisfecho, pero también sorprendido”.

Las dos décadas desde el 11 de septiembre han sido testigos de las guerras en Irak y en Afganistán (y una retirada abrupta, caótica y sangrienta el mes pasado), las elecciones de Barack Obama, Donald Trump y Joe Biden y un debate crispado sobre la posición de Estados Unidos en el mundo. ¿Cree Kean – que ahora preside el consejo de la Carnegie Corporation de Nueva York – que los eventos de ese día templado y casi sin nubes le causaron un trauma psicológico al país que aún persiste?

“Obviamente algo tan grande y trágico dejará una cicatriz, y la ha dejado, no solamente individualmente en las familias, sino en todo el país. Pero yo creo que lo más importante que hay que recordar es: hay que adelantarse. Reconocer el hecho de que se cometieron errores, no por personas malas, sino por personas buenas. Si hubieran hecho las cosas de otro modo, el atentado no habría sucedido. Así que, adelántense a los hechos, usen la inteligencia adecuadamente. Que todos hagan su trabajo”. Traducción de Ignacio Rial-Schies.


Derechos humanos tras el 11-S: cómo consentimos su violación:-Carmen Rocío García Ruiz en Contrainfoirmación.es

Imagen de torturas en la prisión de Abu Ghraib (Irak, 2003). Wikimedia Commons / U.S. Government

El 11 de septiembre de 2001, el presidente de los Estados Unidos de América George Bush Jr. tenía ante sí una apacible mañana en una escuela de Florida. Tal y como narra en sus memorias, tuvo que estrellarse el segundo avión para asimilar que estaban siendo atacados:

“MIS PENSAMIENTOS SE ACLARARON. EL PRIMER AVIÓN PODÍA HABER SIDO UN ACCIDENTE. EL SEGUNDO ERA CLARAMENTE UN ATAQUE. EL TERCERO ERA UNA DECLARACIÓN DE GUERRA. ME HERVÍA LA SANGRE. ÍBAMOS A ENCONTRAR A LOS QUE LO HABÍAN HECHO Y LES ÍBAMOS A MACHACAR (…) HABÍAMOS SUFRIDO EL ATENTADO POR SORPRESA MÁS DEVASTADOR DESDE PEARL HARBOR. UN ENEMIGO HABÍA ATACADO NUESTRA CAPITAL POR PRIMERA VEZ DESDE LA GUERRA DE 1812”.

Si, como señala Meschoulam, “la magnitud de un acto terrorista no está determinada por el tamaño del ataque, el monto de las víctimas o el daño material causado, sino por su impacto psicológico”, no cabe duda de que este fue devastador.

La tardanza en reaccionar del propio presidente evidencia lo impensable de esta amenaza para el imaginario colectivo. Súbitamente, la sociedad occidental tomó conciencia de su vulnerabilidad, al comprender que el enemigo ya no actuaba en conflictos lejanos a los que permanecía ajena e indiferente, sino que se movía con facilidad en sus propias estructuras, dispuesto a atacar aleatoriamente y atentar contra sus pilares.

Y ese miedo, esa ansiedad permitió a los Estados navegar con el viento a favor al diseñar su respuesta más allá del derecho penal nacional e internacional. Desde los primeros discursos de Bush, este cambio de retórica es evidente. Al hablar de guerra contra el terrorismo, al simplificar la realidad dividiéndola entre el eje del bien y el del mal, al apelar únicamente a la fortaleza del Estado para responder al ataque, sin mencionar la comunidad internacional, se optó por una estrategia al margen del Derecho Internacional, y por tanto, de los estándares de protección establecidos por las normas de derechos humanos, llamados a proteger a las personas de los abusos cometidos por los Estados. Se afirmó sin pudor: “Se hará justicia, ya sea trayendo a nuestros enemigos ante la justicia, o llevando la justicia a nuestros enemigos”.

Libertad o seguridad

Las reglas del juego habían cambiado. Y los Estados eran muy conscientes de que sus ciudadanos estaban dispuestos a hacer concesiones antes impensables. Cuanto mayor su miedo, mayor la parcela de derechos a la que estaban dispuestos a renunciar. Se diseñó un dilema en términos absolutos: libertad o seguridad.

El orden y la seguridad pasaron a ser la prioridad, no solo para los Estados, sino también para una población que, puntual e intencionadamente informada de los altos niveles de alerta antiterrorista en que vivía, presionaba y reclamaba a su Estado la adopción de medidas que le permitiera volver a sentirse segura, dispuesta a perdonar excesos y sacrificar derechos fundamentales propios y ajenos, en base a una doble creencia: nada tiene que temer quien nada tiene que ocultar y un Estado fuerte es aquel que responde con rotundidad a quienes amenazan su forma de vida.

Un Estado garantista y escrupuloso fue percibido como débil, por lo que se otorgó carta blanca para actuar sin remilgos. Todo ello en el contexto de un llamamiento a la unidad nacional que identificaba como traición cualquier atisbo de crítica a posibles desmanes al dejar claro que “quien no está con nosotros está contra nosotros”.

La respuesta a la amenaza desde o al margen del derecho

Así, se emprendió una guerra contra el terrorismo que estratégicamente se tornó en lucha contra el extremismo violento, sin que existiese ninguna norma internacional que definiese con precisión estos conceptos y estableciera límites a respetar.

Se normalizaron ataques preventivos, detenciones arbitrarias, políticas discriminatorias de migración, ataques contra la libertad de expresión y el derecho a la intimidad. En definitiva, graves violaciones de derechos plasmados en instrumentos internacionales ratificados por los Estados que ahora los relativizaban con el beneplácito de sus ciudadanos. Nunca hubiese podido existir un Guantánamo sin esta complacencia.

A pesar de la tragedia y la complejidad de la situación, otra respuesta habría sido deseable. La definición del ataque como crimen contra la humanidad hubiese permitido situar la respuesta en el marco del Derecho Internacional y fortalecer una entonces incipiente y ahora denostada Corte Penal Internacional.

Existían herramientas jurídicas para responder a la amenaza desde el respeto a los derechos tan arduamente conquistados, para mitigar las declaraciones de guerra y odio, pero no existió la voluntad. Y cuando esta falla, el Derecho Internacional deviene en una quimera.

Aun así, las normas internacionales prevén mecanismos para la defensa de derechos humanos que posibilitan la crítica y la exigencia del cumplimiento de los compromisos adquiridos. Como señala Ignatieff, “el lenguaje de los derechos humanos está ahí para recordarnos que algunos abusos son realmente intolerables y que algunas excusas por dichos abusos son realmente insoportables”.

En el seno de Naciones Unidas, por ejemplo, cuando son los órganos de protección de derechos humanos quienes se pronuncian, el discurso de la organización escapa sutilmente al control de un grupo de Estados y deviene más crítico, poniendo sobre la mesa la propia responsabilidad de quienes intentan protegerse en las acciones que llaman a combatir, recordando una realidad: la lucha contra el terrorismo y la protección de derechos humanos deben caminar de la mano, pues de lo contrario las infracciones cometidas en la represión alimentarán la respuesta exacerbada de quienes la sufren.

Los derechos humanos como prevención contra el terrorismo

Como señaló Kofi Annan en 2002, “todos deberíamos tener claro que no hay ninguna contradicción entre una acción eficaz contra el terrorismo y la protección de los derechos humanos. Por el contrario, creo que, a la larga, comprenderemos que los derechos humanos, junto con la democracia y la justicia social, constituyen la mejor profilaxis contra el terrorismo”.

Los discursos populistas, que simplifican ante la población una realidad compleja y cargada de matices, resultan tan inútiles como dañinos. Al igual que sucede con la pandemia actual, el mundo en que vivimos no nos permite protegernos aisladamente. Cuanta más pobreza, más desigualdad, cuanto mayor el abuso y la violación de derechos por el fin que sea, cuanta mayor nuestra permisividad e indiferencia, mayor será el sufrimiento que, cual perverso búmeran, nos terminará por golpear. Y si no, denle tiempo a Afganistán. The Conversation. Rigor académico, oficio periodístico

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