Dilemas de la izquierda alternativa

La remontada socioelectoral será posible a través de la reactivación cívica de la mayoría popular, la inserción social de los grupos alternativos y el acierto estratégico y unitario de sus estructuras partidistas

Foto de archivo

Según el reciente Barómetro mensual de la Agencia 40dB (publicado el 7/09/2026), se confirman los resultados medios de los estudios demoscópicos de estas semanas atrás analizados en otra parte. Expresan la encrucijada para las próximas elecciones generales. La estimación de voto de las formaciones estatales es la siguiente (entre paréntesis la comparación con los datos del 23J de 2023): PP, 32,4% (-0,7%); PSOE, 27,6% (-4,1%); Vox, 17,8% (+5,4%); Sumar, 5,7% + Podemos, 2,8%, total la izquierda alternativa federal/confederal, 8,5% (-3,8%, aunque con la división disminuiría más la adjudicación de escaños). Los bloques nacionalistas, de derecha y de izquierda, se mantienen. Por tanto, las derechas estatales, con más de la mitad del electorado (el 52,4% si sumamos SALF), obtendrían la mayoría absoluta de escaños. Esa realidad electoral plantea unos profundos desafíos para las izquierdas, en especial, para la izquierda alternativa. Veámoslos.

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El dilema fundamental para las izquierdas, en especial para la izquierda transformadora, es el de su credibilidad reformadora progresista, de capacidad de cambio sustantivo de las condiciones vitales (materiales, institucionales, relacionales) de la mayoría popular y del conjunto (existencial) de la población, en un sentido igualitario, emancipador, democratizador y solidario. Ese es su perfil identificador, en contraposición con la regresión social y autoritaria de las derechas. 

El reto progresista no es principalmente programático o comunicativo. El programa debe estar inserto en la acción sociopolítica para mejorar la relación de fuerzas sociales

La pugna es, especialmente, de carácter político-transformador y, en esa medida, de legitimación de su representación política y su gestión. Ello supone, frente al gran poderío económico, institucional y mediático de las derechas, favorecer la participación y la articulación de la ciudadanía y su acción colectiva, como implicación necesaria para porfiar en el avance social y democrático. La base de (contra)poder de las izquierdas la ofrece (sobre todo) la propia ciudadanía, con sus instituciones democráticas. Para ellas la democracia, la articulación popular y la participación cívica, es más fundamental que para las derechas, que controlan el poder fáctico (socioeconómico, estatal, mediático, cultural) y solo necesitan un mínimo de legitimidad social.

En los grupos progresistas y, en particular, en la izquierda alternativa federal/confederal no existe (solo o principalmente) un problema de capacidad discursiva. En ese sentido, sobra el paralelismo con las derechas. Ellas controlan el grueso de los aparatos mediáticos, económicos e institucionales, y aprovechan toda su capacidad de penetración y manipulación comunicativa, mediante la crispación política y su descalificación de las izquierdas, para imponer sus políticas, con su discurso de la inevitabilidad de su dominio y el fracaso de las fuerzas de progreso.

El reto progresista no es principalmente programático o comunicativo. El programa debe estar inserto en la acción sociopolítica para mejorar la relación de fuerzas sociales. No se trata tanto de máximos o mínimos en el papel, sino de su capacidad para articular las demandas populares, igualitarias y emancipadoras, de forma unitaria y transformadora. Es imprescindible una ambiciosa agenda reformadora social y democrática susceptible de generar apoyos masivos y unitarios. La condición necesaria es el estímulo y el impulso de una reactivación cívica democratizadora y de cambio social sustantivo, una recomposición del campo socioelectoral de izquierdas, con un peso relevante de la izquierda transformadora. 

Paralelamente, está la renovación y la capacidad de articulación de las élites políticas y las estructuras partidistas para representar, canalizar y orientar las demandas populares progresistas. Esa tarea se enfrenta a las arraigadas tendencias corporativas y sectarias existentes, en mayor o menor medida, en los grupos políticos de izquierdas, y pone de relevancia la necesaria adecuación de sus élites dirigentes a las tareas transitorias (semi constituyentes) de la nueva etapa que comienza. 

Se trata de profundizar en las condiciones sociopolíticas que permiten afrontar mejor esta tendencia de declive, remontar la trayectoria descendente y generar nuevas expectativas ganadoras

Frente al declive socioelectoral y la crisis político-orgánica que amenaza a la izquierda alternativa, la tarea de su remontada socioelectoral es multidimensional y está interrelacionada.

Se trata de combinar una dinámica sociopolítica participativa
de las mayorías sociales, con una articulación organizativa y de liderazgo unitaria y plural, una orientación estratégica diferenciada y superadora del continuismo socialdemócrata, en oposición a la derechización autoritaria en marcha, y una pugna cultural para asegurar la legitimidad social y la hegemonía política por una democracia avanzada.

Formación y división del espacio socioelectoral alternativo

En esta situación de incertidumbre por el sentido del cambio de ciclo político, cabe recordar la experiencia sobre la conformación del campo sociopolítico y electoral alternativo, durante la actual etapa de tres lustros de ascenso y recomposición progresista. Precisamente esa reflexión es más necesaria hoy, cuando se dan los síntomas de agotamiento y el riesgo de su transición hacia un nuevo ciclo regresivo con destrucción (relativa) de fuerzas progresistas y de izquierda. Se trata de profundizar en las condiciones sociopolíticas que permiten afrontar mejor esta tendencia de declive, remontar la trayectoria descendente y generar nuevas expectativas ganadoras y de avance social y democrático.

El campo socioelectoral alternativo se construyó por la activación cívica de una corriente sociopolítica y cultural de izquierdas, crítica e indignada, con una experiencia de desafección profunda hacia el PSOE, derivada del incumplimiento de su contrato social y democrático con las bases sociales de izquierda. La diferenciación estratégica con la socialdemocracia y el bipartidismo gobernante y la conformación de ese espacio sociopolítico a su izquierda ya se generó en los años 2010/2013, con el gran ciclo de protesta social progresista. Ya empezó a expresarse electoralmente en diciembre de 2011, con cinco millones de personas con opciones electorales de izquierda federal/confederal (cuatro millones de abstencionistas críticos derivados de la desafección socialista, con cierta orfandad representativa, más un millón de votos a IU), aparte de cerca de otro millón a la izquierda nacionalista. 

Ese proceso de formación culminó en los años 2014/2016 con la creación de las llamadas fuerzas del cambio, con una nueva representación político-institucional y un papel determinante del primer Podemos. Se combinó un proceso amplio de movilización sociopolítica progresista junto con la consiguiente conformación de los electorados del cambio, diferenciados de la socialdemocracia, y la articulación y mediación de sus representaciones partidistas, que consiguieron canalizar y consolidar ese espacio popular con un perfil transformador en el marco institucional.

Los adversarios de derechas y los grupos de poder son poderosos, pero las energías democráticas de las mayorías sociales, convenientemente articuladas y representadas, pueden vencerlos

No obstante, hay que diferenciar dos planos. Uno, el espacio, campo o base socioelectoral, formado por grandes dinámicas de activación crítica, con la diferenciación política con la socialdemocracia y frente a su gestión centrista o antisocial. Otro, la configuración de una articulación de la representación política, que canaliza su expresión institucional. Dicho de otro modo, hay que distinguir, por una parte, el conjunto de las bases sociales del heterogéneo campo de las fuerzas del cambio, incluidas las municipalistas, y, por otra parte, las élites y estructuras partidistas que las representan, articulan y orientan. A partir de ahí hay que valorar su interacción.

Ese amplio campo socioelectoral, desde el principio, tiene una gran heterogeneidad política y representativa, y su articulación unitaria, no sin tensiones, fue todo un logro político, que no se ha sido capaz de mantener. Ese espacio alternativo tenía y tiene dos planos entrecruzados, territorial y estratégico, con una prioridad más territorial o más estatal, y con una inclinación política más moderada o más transformadora. 

Por una parte, existían las tres corrientes distintas, con alrededor de un millón de votos cada una: las izquierdas nacionalistas, Izquierda Unida y las candidaturas municipalistas de los grandes ayuntamientos del cambio, en gran medida autónomas, con sus propios liderazgos, y eclécticas o unitarias entre distintas formaciones. Por otra parte, está la constitución de la alianza entre Podemos, hegemónico como partido individual, con unos cuatro millones de votos, y sus convergencias territoriales (especialmente, Comunes, Compromís y Chunta Aragonesista), con un millón. 

Pero, además, hay que constatar la gradual
y profunda división entre las direcciones de las tres corrientes político-ideológicas del primer Podemos: el pablismo, con un discurso más crítico, que representaba la mitad de su militancia; el errejonismo, más moderado, que llegó a representar el 40% (y luego se articula con el ‘yolandismo’ laborista), y los anticapis, más radicales, con el 10% restante. Estos dos últimos se fueron escindiendo; el actual Podemos, bajo el liderazgo orgánico de Irene Montero y Ione Belarra, es continuador del llamado pablismo, en su triple plano, su discurso, su base militante específica y su estructura dirigente. 

Las perspectivas de la recomposición alternativa

Dejamos aparte los condicionamientos estructurales y la estrategia externa de acoso y debilitamiento de todo este espacio, en particular hacia la dirección de Podemos y personalidades con relevancia institucional como Ada Colau o Mónica Oltra. Nos centramos en las condiciones y deficiencias internas, que siguen operando hoy. 

El intento de recomposición político-electoral de la coalición Sumar, en su primera fase de constitución entre 2021 y 2023, con una reorientación estratégica y un cambio de liderazgos, y su segunda fase, de separación política y orgánica con Podemos y descenso de expectativas representativas (2023/2026), ha resultado fallido. Al mismo tiempo, Podemos ha logrado sobrevivir, pero con el estancamiento en su representatividad minoritaria. En estos años se ha mantenido una proporción aproximada de dos a uno (1,62 millones por 0,86) … sin perspectivas de colaboración o unidad electoral, lo cual les penaliza a ambos y al conjunto de fuerzas progresistas en su influencia institucional. 

Con la misma inercia política de estas dos partes de la izquierda alternativa, junto con el deterioro socialista, es improbable la remontada electoral. Por tanto, se puede iniciar un fuerte ciclo regresivo en España, acompañando a los vientos reaccionarios dominantes en Europa, EEUU y América Latina.

Las dirigencias, las militancias y las bases socioelectorales de las izquierdas son conscientes de la gravedad e incertidumbre de esta encrucijada. Las preocupaciones y el tipo de respuestas en cada uno de esos tres niveles son diferentes. Sus prioridades son distintas, y cada ámbito tiene su propia responsabilidad. El prestigio y la legitimidad de sus núcleos dirigentes, o el alcance de su crisis y su renovación, van a depender de su capacidad para articular una estrategia adecuada a la dimensión de la tarea pendiente. En estas semanas, ya preelectorales, las distintas fuerzas políticas progresistas están avanzando propuestas de renovación y refuerzo. Veremos lo que dan de sí, con los resultados prácticos respecto de estos procesos electorales inmediatos y la preparación para la fase posterior. 

Por mi parte, he destacado algunas limitaciones que superar de la socialdemocracia y la izquierda alternativa, contando con las debilidades de las derechas. Es positiva la actitud esperanzadora y la voluntad transformadora de que es posible derrotarlas y ser capaces de reiniciar otra etapa de mejoras sociales, democráticas y con la sostenibilidad medioambiental en el horizonte. Termino con dos consideraciones generales.

La primera es la revalorización del impulso cívico por las bases, la reactivación de la acción colectiva y la movilización social; la generación de una dinámica sociopolítica participativa, con arraigo local y territorial que acumule y converja con las demandas populares igualitarias y democratizadoras. 

Estamos en otras condiciones que en el proceso de 2008/2010/2014, del que partió este ciclo progresista de cambio, primero sociopolítico-cultural y luego electoral-institucional. Ahora, el marco global regresivo y autoritario es una amenaza y hay signos de su comienzo en España, pero su implantación generalizada quizá venga con el cambio de ciclo derechista (si no lo evitamos). Se plasmarán entonces los mayores retrocesos y los evidentes y mayores motivos para la oposición cívica. 

De momento, los actores políticos, en particular el Partido Socialista, están cumpliendo otro papel distinto, más ambivalente. No es previsible una dinámica global de desborde sociopolítico al actual sistema representativo, aunque sí de diferentes movilizaciones sociales y resistencias a la involución ultra, así como de reestructuración de las izquierdas. Pero los ejes principales de esa experiencia, la combinación de la acción colectiva y la articulación partidista (o si se quiere, entre movimiento y partido), deben alumbrar la actual estrategia de recomposición del espacio socioelectoral alternativo.

A pesar de estar en precampaña electoral, y precisamente por ello, hay que combinar bien las dos trayectorias, sin caer en la instrumentalización partidista de la acción social, respetando su autonomía, y con un compromiso unitario con las distintas demandas populares progresistas. Ello permitirá reforzar la credibilidad transformadora de la representación política e institucional, es decir, la conformación de un nuevo contrato social con la ciudadanía de izquierda por el cambio de progreso en la próxima etapa. Es la justificación para reclamar el apoyo popular y electoral a una fuerte agenda reformadora, social y democrática. 

La segunda consideración trata de la necesidad del refuerzo del talante democrático y unitario de las élites dirigentes y las estructuras orgánicas de los grupos de la izquierda alternativa. Es especialmente importante en procesos de crisis y transición como la actual, en los que se ventila el estatus, la orientación y la dinámica de las nuevas formaciones políticas. La propia capacidad en la articulación unitaria y colaborativa del conjunto de la izquierda alternativa, con el ejemplo avanzado en ámbitos locales, demostrará la validez de su compromiso transformador con la ciudadanía. 

Estas dos prioridades, la activación cívica y el talante unitario, con realismo, actitud crítica y determinación de cambio de progreso, se contraponen con dos tendencias problemáticas. Por un lado, la simple inercia posibilista o adaptativa, la renuncia a una actitud transformadora. Por otro lado, la primacía idealista por la simple (o preponderante) pugna ideológica, comunicativa o divulgativa de alternativas programáticas, más o menos radicales o de máximos. Preciso este aspecto. 

Esa faceta cultural o discursiva es más relevante para configurar las élites dirigentes y su legitimación interna, para formar las representaciones partidarias… cuando están conformadas las condiciones de existencia de ese campo sociopolítico con una dinámica transformadora y participativa. La actividad crítica, cultural y teórica, es imprescindible para definir la orientación de la actividad práctica alternativa y favorecer el cambio de mentalidades y actitudes políticas. Pero el simple propagandismo, sin incrustarse en las demandas sociales y el arraigo popular, es ineficaz para articular la resistencia democrática y avanzar en el cambio social y político. Lleva al sectarismo discursivo, la frustración transformadora y la prioridad corporativa de los aparatos orgánicos o comunicativos.

La remontada socioelectoral será posible a través de la reactivación cívica de la mayoría popular, la inserción social de los grupos alternativos y el acierto estratégico y unitario de sus estructuras partidistas. Los adversarios de derechas y los grupos de poder son poderosos, pero las energías democráticas de las mayorías sociales, convenientemente articuladas y representadas, pueden vencerlos. 

Fuente: Antonio Antón en nuevatribuna.es

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