Y sin embargo, aún podemos volver a la tierra

En los pueblos, en esos territorios donde aún existe otra forma de organizar la vida, los comunales tradicionales siguen ahí, callados. Como si esperaran. Como si supieran que aún pueden ser útiles

Hubo un momento, hace no tanto, en que muchas mujeres —sobre todo mujeres jóvenes, urbanas, de izquierdas— querían ser brujas. No brujas como las de los cuentos que nos metieron miedo, sino las otras: las sabias, las que cuidaban, las que sabían del cuerpo, del bosque, de la luna. Las que tejían redes de mujeres, de vecinas, de comunidad.

::Pasa en Carabanchel::

Fue cuando Silvia Federici publicó Calibán y la bruja, y esa figura ancestral dejó de ser una amenaza para convertirse en un símbolo de resistencia. Nos enamoramos de esa imagen: la de la mujer que no estaba sola. Que no competía. Que no vivía para producir. Que no respondía a jefes ni a algoritmos. Que pertenecía a un saber colectivo, a una tierra común.

Muchas soñamos, entonces, con pertenecer también a ese linaje. Aunque solo fuera en lo simbólico. Aunque no supiéramos distinguir una ortiga de una acelga.

Y sin embargo, algo se torció.

Pasó una pandemia. Luego pasaron muchas cosas más: incertidumbre, miedo, inflación, pantallas, precariedad, cansancio. Las promesas de comunidad se hicieron demasiado abstractas. El deseo de vivir cerca de la tierra, demasiado lejano. La vida volvió a encerrarnos, no ya en nuestras casas, sino en nuestras cabezas.

Y ahora, mucha gente —más de la que se atreve a decirlo en voz alta— lo que quiere es simplemente dormir.

Dormir a las nueve. Desconectar. No pensar. No decidir. No estar sola, pero tampoco tener que socializar. No vivir en este sistema, pero tampoco saber cómo salirse de él.

Y mientras tanto, en los pueblos, en esos territorios donde aún existe otra forma de organizar la vida, los comunales tradicionales siguen ahí, callados. Como si esperaran. Como si supieran que aún pueden ser útiles.

Los comunales son espacios gestionados colectivamente por la vecindad de un lugar. No son propiedad privada. Tampoco son del Estado. Son de quienes viven allí. No se compran ni se venden.

No se heredan. No se acumulan.

Y, por alguna razón, de todo eso que soñamos cuando queríamos ser brujas, los comunales ya lo tenían. Ya lo hacían.

Son herencia viva de un mundo en el que las decisiones se tomaban en común, donde el valor de una persona no dependía de su cuenta bancaria, y donde la tierra no era un recurso a explotar, sino un vínculo a cuidar. Un mundo en el que simplemente estar —vivir en un lugar, ser parte de él— te daba derecho a participar. A usar. A decidir.

El comunal tiene algo que el sistema capitalista jamás podrá permitirse: la imposibilidad de acumular sin límite

Y sí, es cierto que en muchos sitios están abandonados, o en manos de unas pocas personas. Que las juntas vecinales están formadas, a menudo, por hombres mayores que no tienen tiempo, o ya no tienen fuerza, o nunca pensaron que alguien más querría formar parte. Que hay luchas de poder, conflictos, rutinas que no se cuestionan desde hace décadas.

Pero incluso así, el comunal tiene algo que el sistema capitalista jamás podrá permitirse: la imposibilidad de acumular sin límite. Nadie puede controlar más tierra de la que puede pisar. Nadie puede tomar decisiones sobre un territorio en el que no vive. Nadie puede enriquecerse a costa de que otros, muy lejos, sufran las consecuencias.

Esa limitación, que para algunos podría parecer un obstáculo, es en realidad una enorme virtud.

Porque evita el extractivismo. Porque impide la concentración de poder. Porque acerca las causas a las consecuencias. Porque convierte la política en algo que te afecta directamente a ti, a tu vecino, a tu hija. Y eso, hoy, es revolucionario.

Lo más hermoso —y lo más difícil— de pensar en los comunales como parte del futuro es que su lógica choca frontalmente con la forma en la que nos hemos acostumbrado a vivir.

En las ciudades, todo se compra. Todo tiene precio. Todo es mérito. Y la soledad se ha vuelto tan estructural que hasta pedir ayuda parece una debilidad.

En los comunales, el derecho viene del vínculo. No hace falta ganar nada. No hace falta ser brillante. Solo hace falta estar.

Pero claro, no basta con tener una idea romántica del campo. No basta con que de repente hordas de jóvenes urbanos quieran ir a “recuperar” lo comunal. Porque entonces el riesgo es el de siempre: colonizar. Ir a imponer. Destruir lo que ya estaba.

La unión entre el mundo rural y el mundo urbano —si es que ha de ocurrir— necesita tiempo. Mucho tiempo. Y empatía. Y humildad.

Porque los pueblos no son museos, ni reservas de autenticidad para nuestras fantasías. Son lugares vivos, con conflictos, con memorias heridas, con generaciones que han resistido mucho y a las que no podemos pedir ahora que simplemente nos cedan el testigo.

Pero si se hace bien —si escuchamos, si aprendemos, si tejemos con cuidado— quizá podamos empezar a recordar que otro modelo de vida no solo fue posible, sino que aún late.
Está ahí, entre montes y caminos, esperando que alguien haga las presentaciones.

Y aunque ahora estemos cansadas, y muchas noches solo queramos dormir, quizá —como aquellas brujas— lo que necesitemos no sea rendirnos, sino volver a encontrarnos. Volver a pertenecer.

Fuente: Gabriela Vázquez en pikaramagazine.com
Ilustración de portada por @trafikantedecolores

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