Violencia económica que impide la vida

La violencia económica deja en estado de necesidad a los colectivos más vulnerables de nuestra sociedad. La estructura social que hemos creado reduce y controla el acceso a los recursos económicos

En los últimos meses he oído en distintos foros hablar sobre violencia económica, siempre dentro del contexto de la violencia de género y a raíz de una sentencia de hace pocos meses del Tribunal Supremo. En ella se apunta que el impago de pensiones de alimentos puede considerarse como violencia de este tipo. Es fácil ver una doble victimización en estos casos. Por un lado son los hijos los que se quedan en estado de necesidad si ese pago no se cumple y por otro el progenitor custodio, casi siempre una mujer, el que debe cubrir las necesidades de esos hijos a cargo. En estas situaciones se observa de manera clara el intento del maltratador de mantener el poder sobre el maltratado.

De eso va la violencia económica, de intentar mantener el poder sobre otro más vulnerable, más chico, más indefenso. La violencia económica no es solo algo teórico o un tema para la reflexión, es algo muy concreto que influye en el día a día de incontables personas. La violencia económica que se ejerce sobre las mujeres controla el acceso de estas a recursos económicos, disminuyendo su capacidad para mantenerse por sí mismas, haciendo que dependan del maltratador y reduciendo las posibilidades de escapar del círculo de violencia que se crea.

Esa violencia económica descrita, en el contexto de la violencia de género, no es más que un reflejo de la realidad social que hemos creado

Esa violencia económica descrita, esa violencia directa, en el contexto de la violencia de género, no es más que un reflejo de la realidad social que hemos creado. Vivimos dentro de una estructura violenta, que nos quebranta como seres humanos. Nos organizamos usando la violencia que, como dice la RAE, es el uso de la fuerza para conseguir un fin, especialmente para dominar a alguien o imponer algo.

Somos las personas que convivimos las que construimos la realidad social partiendo de las interacciones que mantenemos entre nosotras y el entorno. El intento de mantener el poder y los privilegios de algunos sobre otros y sobre el ecosistema es lo que caracteriza nuestra convivencia. La estructura social que creamos engendra violencia. Recordando a Johan Galtung y su triángulo de la violencia, la violencia estructural, de la que formaría parte la violencia económica, es la peor de las violencias, porque es complicado identificarla y luchar contra ella. Es una violencia indirecta cuyas causas no son visibles a simple vista por lo que es más difícil de afrontar.

Si no somos capaces de satisfacer las necesidades básicas de todos y todas, estamos creando una sociedad basada en la violencia económica estructural

Si en una cuestión siempre una parte sale ganando a costa de otra, se está ante una violencia estructural. Si no somos capaces de satisfacer las necesidades básicas de todos y todas, estamos creando una sociedad basada en la violencia económica estructural. Si el reparto, el acceso y la posibilidad de utilización de los recursos que tenemos, tanto materiales como sociales, favorecen siempre a unos en detrimento de otros, sostenemos ese tipo de violencia. Si creamos una estructura en la que persiste y se acrecienta la desigualdad, en la que no se da respuesta a las necesidades básicas de sus miembros, estamos creando una estructura violenta en la que el bienestar, la identidad o la libertad de sus miembros está comprometida. Este tipo de violencia que niega las necesidades del otro hace que surja la explotación. Explotación de nosotros mismos, explotación entre nosotros y nosotras, y explotación del medio ambiente.

Cuando se establecen y se permiten menores salarios por la misma labor, cuando no se remuneran los trabajos de cuidado y reproducción, se ejerce violencia económica. Esta tiene repercusión a lo largo de toda la vida, ya que no sólo alcanza al periodo de actividad de las mujeres sino que afecta a su pensión de jubilación, reduciéndola, pudiendo contribuir de forma importante a su exclusión social y a un mayor riesgo de vivir en la pobreza.

Una vez más el art. 21 de la Carta de los DDFF de la Unión Europea y el art. 14 de la Constitución, que prohíben la discriminación por sexo, siguen sin cumplirse. Se quiere compensar esta discriminación con un complemento por hijo a la pensión de las mujeres. Sin dejar de decir que cualquier ajuste me parece bienvenido, su redacción me parece incorrecta, se debería compensar por la pérdida de oportunidades laborales. Madres y padres deben ocuparse del bienestar de sus hijos e hijas en idénticas condiciones. Se pone de manifiesto que no se necesitan parches, sino un reconocimiento social al trabajo de cuidados y que éste contribuya de manera efectiva al sistema de la Seguridad Social.

Los jóvenes son otro colectivo que sufre una violencia similar al igual que los trabajadores de mayor edad que tienen la desgracia de quedarse sin trabajo

Pero volviendo a ese aprovechamiento injusto del otro causado por la violencia económica estructural, hay que dejar claro que no se produce sólo en el ámbito de la violencia de género. Los jóvenes son otro colectivo que sufre una violencia similar al igual que los trabajadores de mayor edad que tienen la desgracia de quedarse sin trabajo. La violencia económica deja en estado de necesidad a los colectivos más vulnerables de nuestra sociedad. La estructura social que hemos creado reduce y controla el acceso a los recursos económicos. Imposibilita la dignidad de poder mantenerse por sí mismos a muchos de sus miembros. En el Estado español, el pasado año, 11,8 millones de personas, es decir el 25,3% de la población, se encontraba en riesgo de pobreza o exclusión social.

¿Es irremediable que en nuestra sociedad haya personas dominadoras y dominadas? Nosotras construimos la sociedad, nosotras hacemos ciudadanía. Volviendo a las ideas del pedagogo Paulo Freire, no se puede renunciar al empoderamiento de los ciudadanos para el logro de la igualdad, el desarrollo y la paz. Empoderarse es tener poder vital y una Renta Básica Universal es un instrumento para tener ese poder vital, un camino efectivo para construir vidas únicas, como cada uno de nosotros, erradicando la desigualdad y permitiendo poder pensar en otras posibilidades de vida. Lejos del maltrato y la violencia.

Una Renta Básica Universal que permita poner la vida en el centro, cuidar de nosotros, de los otros y del ecosistema en el que vivimos porque como dice la canción “y si cuidar no fuera capricho moral, fuera pura condición vital”.

Economistas sin Fronteras no se identifica necesariamente con la opinión de la autora y ésta no compromete a ninguna de las organizaciones con las que colabora.

Fuente: Txaro Goñi en elsaltodiario.com
Foto: Álvaro Minguito

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