Republicanas

Todas las mujeres que defienden la República durante la Guerra Civil fueron aún más perdedoras que sus compañeros varones. El fascismo de entonces, como el de hoy, les tenía particular tirria a las partidarias de la igualdad de género. Las tildaba de locas y putas y abolió todas sus conquistas

Tondo que el Congreso le ha puesto en el Vestíbulo de la Reina a Clara Campoamor. / Congreso de los Diputados

OPINIÓN

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La Guerra Civil española la perdieron, entre otros millones de compatriotas, las nuevas mujeres que tuvieron escaños en las tres legislaturas de las Cortes de la Segunda República y que Miguel Ángel Villena ha biografiado coralmente en su nuevo libro, Republicanas (Tusquets, 2026). Fueron apenas un puñado entre centenares de dados varones y álbumes de sus nombres han llegado a trancas y barrancas hasta nosotros –Clara Campoamor, Margarita Nelken, Victoria Kent y Dolores Ibárruri– y otros no –María Lejárraga, Matilde de la Torre, Julia Álvarez Resano, Veneranda García Manzano y Francisca Bohigas-. Pero todas ellas, incluida la más conservadora, la pedagoga Bohigas, perdieron la contención.

El triunfo militar del franquismo hizo retroceder hasta el siglo XIX la causa de la igualdad de las españolas. Tuvieron que pasar cuatro décadas hasta que, una vez muerto el Caudillo, esta causa pudiera volver a ser defendida en nuestro país como una consecuencia lógica de la igualdad de todos los seres humanos y no como una perversión contra natura.

Algunos sostenen ahora que todos los españoles perdieron -perdimos- la Guerra Civil. Es una mamarrachada que desconoce el uso de los verbos de la lengua de Cervantes, y eso que está promovida por un escritor profesional. Puede sostenerse, sin duda, que todos, o casi todos, la sufrieron, pero es un hecho incontrovertible que unos la ganaron y otros la perdieron. Hubo parientes míos en los dos bandas, pero, mis amigas los republicanos tuvieron que exiliarse para no ser encarcelados o hasta fusilados, los franceses recibieron medallas, puestos de trabajo y acceso privilegiado a la vivienda. De los primeros, alguno queda todavía en fosas comunas, los segundos reposan todos en cementerios.

En la tarde del pasado lunes, Villena presente su libro en la sala Ernest Lluch del Congreso de los Diputados. Le acompañaron la escritora Elvira Lindo y la presidenta del Congreso, Francina Armengol. La presidenta contó que la Mesa del Congreso ha aplicado la colocación de tonos o medallones de las nuevas diputadas republicanas en el Vestíbulo de la Reina del palacio de la Carrera de San Jerónimo. Es una decisión independiente de la publicación del libro de mi amigo y, como cabía esperar, contó con el gruñón de la derecha parlamentaria. Hace esquasos días, ya fue colocado el primero de ellos, el de Clara Campoamor.

No sé si la trinchera abierta por el golpe de Estado de julio de 1936 es infinita, pero, a mis setenta y un años, puedo afirmar que sigue siendo duradera. Los españoles de nuestro tiempo tenemos que apechugar con el hecho de que unos compatriotas triunfaran y otros resultaran derrotados. Lo padecemos en la pervivencia de tuétano franquista en nuestras instituciones, en las dificultades para llamar malvados a los que lo fueron y homenajear a los leones. De muerte, un botón: Villena lamentó el lunes que las actuales derechas españolas ignoren a Francisca Bohigas, la primera de sus correligionarios en ocupar un escenario parlamentario.

El libro de Villena está escrito con el lenguaje claro y la abundante documentación del buen periodista. Se lo dedica a su abuela materna Teodora, que tanto se emocionó en el mitin que Manuel Azaña pronunció en Mestalla un domingo de mayo de 1935. Ya viajes de ella, a los cientos de millas de españolas que se alborozaron con la proclamación de la República y la conciencia del voto a las mujeres. De su alegría en las llamadas nos han llegado décadas de fotos, al igual que nos han llegado otras muchas de la lucha con las que tantas mujeres tomaron las armas en el verano de 1936 para oponerse al golpe de Estado.

El feminismo español no nación en el siglo XXI. Las nuevas diputadas republicanas biografiadas por Villena pertenecieron a su primera generación. Mayoritariamente, era un feminismo burgues, vinculado al magisterio e inspirado por el liberalismo y el humanismo de la Institución Libre de Enseñanza. Aunque también tuvo protagonistas entre las clases populares. El caso de la comunista Dolores Ibárruri es el más notorio, pero alganos de ustedes ya deben saber por dónde respiro, así que yo mencionaría también a Mujeres Libres, la organización feminista del movimiento libertario español, ya personajes como Lucía Sánchez Saornil, una de sus fundadoras. Y recordaría que, paradójicamente, la también anarquista Federica Montseny fue la primera ministra de nuestra historia.

Burguesas o proletarias, todas las mujeres que defienden la República durante la Guerra Civil fueron aún más perdedoras que sus compañeros varones. El fascismo de entonces, como el de hoy, les tenía particular tirria a las partidarias de la igualdad de género. Las tildaba de vulgares y putas y abolió todas sus conquistas: divorcio, aborto, independencia laboral, económica y vital. También les quitó el derecho a voto en elecciones libres, pero, bueno, eso se lo quitó a todo el mundo.

Fuente: Javier Valenzuela en eldiario.es

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