«A menudo se nos dice que el “amor al arte” justifica la entrega sin límites, que la informalidad es parte del oficio, que “así es en todas partes”. Pero ese romanticismo del sacrificio es la excusa perfecta para invisibilizar la explotación. El arte no puede florecer sobre el abuso«.

Durante los últimos años, tres profesoras de música trabajamos en una asociación cultural de carácter progresista que se presentaba como un espacio alternativo de creación, investigación y comunidad. Su discurso hacía énfasis en la cooperación, la accesibilidad y la transformación social, ofreciendo diversos talleres orientados a la reflexión crítica y a la acción colectiva frente a la opresión. Sin embargo, nuestra experiencia dentro mostró lo contrario: despidos injustificados en situaciones de baja médica, pagos ilegales en dinero que escapa del control fiscal que impedían cotizar lo que realmente trabajábamos, horas extra sin reconocer ni remunerar, silencios y desprecios cuando pedíamos diálogo, y la negativa a valorar nuestra formación y profesionalidad.
En la entrevista donde finalmente se nos contrataba se nos decía que un porcentaje iba a estar en “B” “por nuestro bien, para poder ganar mejor por hora”, cuando en verdad no estaban pagando lo correcto ni en “B” ni en dinero registrado fiscalmente de acuerdo a nuestras titulaciones. Las reuniones donde se nos indicaba qué cosas debíamos hacer o dejar de hacer para mantener al alumnado (ya que se nos adjudicaba que la pérdida de alumnado era por fallas en nuestra pedagogía) eran llamadas “Asambleas”, no remuneradas y en días que no nos correspondía ir a trabajar, donde finalmente no teníamos casi voz ni voto, explicándonos que no estábamos lo suficientemente involucradas en el proyecto. Debíamos realizar entrevistas a futuros alumnos que no eran parte de nuestro sueldo constantemente y se nos decía que esto era para nuestro bien, porque así podíamos organizar mejor los grupos, pero en verdad era una imposición.
Recibíamos mensajes o llamados fuera del horario laboral, organizábamos partituras y arreglos musicales cada 4 meses para las muestras que duraban 7hs cada día, sin ser remunerados tampoco. En el medio de eso, debíamos corregir muchas veces las cosas porque no estaban de acuerdo a lo que ellos querían. Y solían hablar de temas laborales o salariales con cada una por separado, nunca en la “asamblea”, generando diferentes tratos con cada profesora.

En medio de esa contradicción, una de nosotras decidió acercarse al grupo de trabajo de autodefensa laboral (ADELA) de la Asamblea Popular de Carabanchel. Fue un punto de inflexión. Gracias a ese paso nos sumamos al proceso, compartimos nuestras historias en sus asambleas y descubrimos algo que nunca habíamos tenido en el trabajo: un espacio seguro para hablar y ser escuchadas.
Aprendimos que defender nuestros derechos de forma grupal, como trabajadoras con derechos era fundamental. Cuidarse a una misma, cuidar a las compañeras, cuidar la salud física, mental y emocional. También aprendimos que no teníamos la culpa de haber llegado hasta donde habíamos llegado, sino que no habíamos averiguado nunca nuestros derechos y no habíamos podido poner un límite antes.
Ese aprendizaje no se quedó en lo individual ni en el conflicto puntual. Lo que vivimos nos abrió a una pedagogía que queremos compartir: la importancia de hablar de lo que duele, de lo que enferma, de lo que desgasta; la necesidad de apoyarnos mutuamente para que ninguna persona quede aislada en su malestar; la conciencia de que los derechos NO SON FAVORES NI PREMIOS, son la base mínima de cualquier trabajo digno.
Hoy sentimos que esta reflexión va más allá de nuestra experiencia como músicas. Queremos llevarla a nuestras familias, a nuestras amistades, a los barrios en los que vivimos, y extenderla a todo tipo de situaciones laborales. Porque la precariedad y el abuso no son excepciones de un sector, son realidades que atraviesan a muchos y que solo pueden enfrentarse desde la conciencia y la organización colectiva.
En el mundo artístico esto es especialmente URGENTE. A menudo se nos dice que el “amor al arte” justifica la entrega sin límites, que la informalidad es parte del oficio, que “así es en todas partes”. Pero ese romanticismo del sacrificio es la excusa perfecta para invisibilizar la explotación. El arte no puede florecer sobre el abuso. La música no puede enseñarse ni compartirse desde la enfermedad, la ansiedad o el miedo. La cultura pierde sentido cuando quienes la sostienen son tratados con desprecio.
Por eso creemos que cada espacio laboral —cultural, social, educativo, artístico o de cualquier otro ámbito— debe ser también un lugar seguro. Donde se pueda hablar, donde se pueda cuidar, donde la dignidad no sea negociable. Queremos invitar a quienes nos lean a que no callen, a que se acerquen a colectivos como ADELA, a que construyan comunidad en sus propios entornos. Porque en la unión se rompe el aislamiento, y en la solidaridad se siembra la verdadera transformación.
El arte y la cultura se vuelven más potentes cuando no solo liberan la imaginación, sino también protegen a quienes lo hacen posible. Y eso es una tarea social, no solo individual.
Ex-profesoras de música vinculadas a un centro cultural progresista, acompañadas por ADELA.
Fuente: asambleadecarabanchel.org
