Madrid ya no es ciudad para todos los ‘gatos’

Madrid se ha convertido en una de las ciudades con más desequilibrios socioeconómicos de occidente en las últimas décadas. Ricos y pobres viven cada vez más separados, con desigual condiciones de vida y acceso a recursos y servicios.

Poco más de 1.000 metros separan el prominente distrito financiero de Azca del modesto barrio de Bellas Vistas. Aunque ambos pertenecen al distrito de Tetuán  —Azca en la parte este y Bellas Vistas al oeste—, sus paisajes son casi antagonistas. El bullicio típico a hora punta del paseo de la Castellana, el trasiego de ejecutivos en las espaciosas plazas de Pablo Ruiz Piccaso y Carlos Trías Beltrán, rodeadas de las imponentes torres de Piccaso y Europa, contrasta con el estilo de vida de barrio obrero y aledaños, en donde los bloques de pisos se revisten de ladrillo característico de la arquitectura franquista y las aceras por poco superan el metro de longitud.   

Dos realidades cuya distancia no es tanto geográfica, sino mica. Mientras que la renta per cápita en la zona bursátil supera holgadamente los 25.000 euros —e incluso los 29.000 en algunas calles—, en Bellas Vistas la renta por persona apenas rebasa los 12.000 euros, según los últimos datos del Instituto Nacional de Estadística (INE).  

Para Víctor, activista antidesahucios —aunque reconoce que ese calificativo no le llega a convencer del todo—, la zona más próxima al Paseo de la Castellana siempre le ha parecido “otro barrio”. “E incluso otra ciudad”, apuntilla. La brecha social y económica ha sido latente a lo largo de la historia de Tetuán. La calle de Bravo Murillo, que algunos bautizan como “la Gran vía de la clase obrera”, ha funcionado como una “frontera” entre ese Madrid de alta cuna y el de clases más modestas.

Ahora, —ese muro que parecía inquebrantable comienza poco a poco desaparecer, pero no en favor de la integración. Un informe de la inmobiliaria de lujo Engel & Völkers de 2020 recoge que Tetuán es una de las zonas de la capital que más atractivo ofrece para comprar o invertir. Los 10 minutos andando al Paseo de la Castellana y 15 al centro en metro hacen de esta una “zona muy jugosa”, en palabras de Víctor. “Está empezando a haber construcciones de pisos de lujo, algo extraño en esta parte del barrio”, comenta.

Este distrito del norte madrileño lleva ya unos años en el epicentro de los intereses de inversores inmobiliarios. Según cuenta el activista, antes de la crisis de 2008 ya estaban en marcha algunos proyectos para “abordar” el barrio, pero el descalabro económico de finales de la década pasada obligó a paralizarlos. Sin embargo, dejó latente una sensación de estar rodeados, e incluso “asediados”. Pero en este caso los soldados del bando contrario no llevan uniforme, fusiles o tanques, sino trajes de marca, capital para invertir y “una maquinaria superpoderosa”, dice el activista en referencia a las expropiaciones forzosas que cuenta que ha habido en el barrio. Y detrás de ellos no responden naciones, sino fondos de inversión y una larga lista de intereses económicos.

Con una población cuya renta se sitúa por debajo de la media española, el encarecimiento de la vivienda es un escollo imposible de asumir por su escaso poder adquisitivo

“Acabará seguramente desapareciendo”, pronostica Víctor. “Nos ha salvado que somos un barrio feo y muy caro de reformar, pero en el momento que piensen que es, lo harán”.

Con una población cuya renta se sitúa por debajo de la media española, el encarecimiento de la vivienda es un escollo imposible de asumir por su escaso poder adquisitivo. En los últimos cuatro años el precio del metro cuadrado de los alquileres en la zona se ha disparado un 28% y en junio de 2020 se situaba en 16,3 euros/m2. La incapacidad de poder afrontar la subida de precios, las expropiaciones forzosas y los desahucios por impago generan un efecto expulsión de las clases más modestas que históricamente han habitado Tetuán.

DE NORTE A SUR

Samira vivió en Tetuán durante 20 años en un pequeño piso de 38 metros cuadrados donde crio a sus 5 hijos. Los ingresos familiares siempre han sido ajustados, pero la situación empeoró tras la crisis de 2008, cuando su marido se quedó en paro. Pasaron diez años hasta que volvió a encontrar trabajo en la construcción. Mientras tanto, las ayudas públicas fueron un salvavidas para pagar gastos en comida y en alquiler, que en los últimos meses subió a 650 euros por esa modesta vivienda. Por aquel entonces percibían solo 550 euros de la renta de inserción. “Muchas veces era o comer o pagar el alquiler”, revela.

Tras casi dos décadas en espera para acceder una vivienda pública, en 2018 llegó la esperada confirmación. Sin embargo, el júbilo inicial se vio ensombrecido al confirmarle la ubicación de la que sería su nueva casa. La plaza les fue concedida en la San Fermín-Orcasur, una zona situada en el sur de Madrid, a 12 kilómetros de Tetuán. Aceptar suponía alejarse de todo su entorno, de la vida que ella y su familia habían construido allí, de sus padres y su hermano y de toda la gente que conocían del barrio. Reconoce que incluso se le pasó por la cabeza si aceptar o no la vivienda y lamenta que servicios sociales no tuvieran ni en cuenta la vida que sus hijos habían construido en la zona.

En los últimos años, el efecto expulsión de las clases medias-bajas de la ciudad se ha intensificado y ha derivado en una mayor periferización de los extractos sociales más bajos

En aquel momento pidió que la administración reculara y le pudiera ofrecer una de las decenas de viviendas vacías de Tetuán, pero la respuesta fue negativa. “Cuando lo comenté con ellos me dijeron que tenía suerte de que me hubieran dado allí y no me hubieran mandado a Aranjuez”, relata con tristeza. “Vamos a ver, es que yo no estoy rogando nada, es mi derecho solicitar una vivienda, porque también lo voy a pagar. No me la van a regalar.”

Dos años después, Samira sigue muy ligada a Tetuán. Junto a Víctor y otros compañeros participa en Tetuán Resiste, un grupo anti desahucios y de apoyo a residentes. Su relación con el barrio no termina ahí. A día de hoy, sus hijos continúan acudiendo a la escuela y al instituto en la zona. Pese a la hora diaria de trayecto en transporte público que deben hacer, ella prefiere destacar el lado positivo de las circunstancias. “Tienes más contacto con tus hijos a la vuelta y vas repasando los deberes”, relata mientras se le escapa una tímida sonrisa. Al final una parte de ella residirá siempre en Tetuán.

LA BRECHA ENTRE POBRES Y RICOS

Relataba Italo Calvino en su obra Las ciudades invisibles, a través del personaje de Marco Polo, cómo las ciudades no debían dividirse en felices o infelices, sino entre “las que a través de los años y las mutaciones siguen dando su forma a los deseos y aquellas en las que los deseos o bien logran borrar la ciudad o son borrados por ella“. Las obras culturales, cinematográficas o literarias, han versado millones de veces sobre el mundo de los deseos, los anhelos que escondemos o que incluso compartimos. Y en casi todas estas historias la ciudad era el escenario donde lo onírico se materializaba y podía ser alcanzado. Relatos en las que las ciudades son presentadas como entes vivos, heterogéneos, de progreso tanto personal como social. Donde alguien de clase obrera, con maña, puede llegar a los puestos más altos de una gran empresa o donde cualquier inmigrante tiene una oportunidad de subir en la escala social.

Pero si alguna vez esta imagen idílica estuvo cerca de existir, la realidad actual se encuentra a años luz. Las grandes urbes están convergiendo en espacios cada vez más desiguales y en los que ricos y pobres viven más separados.

En los últimos años, el efecto expulsión de las clases medias-bajas de la ciudad se ha intensificado y ha derivado en una mayor periferización de los extractos sociales más bajos. “Tradicionalmente Madrid se ha dividido en una franja noroeste-sudeste, pero con los años se ha acrecentado”, señala Marta Domínguez Pérez, doctora en sociología por la Universidad Complutense. Una fotografía que deja una ciudad a “dos velocidades”, opina.

El Banco de España alerta que el coste de los alquileres se ha disparado en Madrid por encima de 45% desde 2013

El ‘eje invisible’, que une la autopista A-5 con la A-2, separa la metrópolis entre el norte, donde se ubican principalmente personas de clase media-alta, y la zona sur, para las clases más modestas. A un lado quedan barrios como el de Moncloa-Aravaca y Chamartín (con una renta media por hogar de 56.443 y 60.948 euros, respectivamente) o también la localidad más rica de España, Pozuelo de Alarcón, cuya renta media roza los 84.000 euros. En el otro extremo, espacial y económico, encontramos los distritos de Usera y Puente de Vallecas en los que la riqueza media por hogar apenas alcanza los 27.000 euros y poblaciones como Fuenlabrada —29.183 euros renta media—.

A esta disparidad geográfica para los diferentes sectores de la población se le conoce como segregación urbana, una segregación que se puede dar por varios factores, pero son los económicos los más determinantes.

Ricos y pobres viven en mundos y vidas diferentes, con desigual acceso a recursos, pero compartiendo un mismo espacio geográfico. Mientras los barrios del norte cuentan con mejores equipamientos, mayor acceso a servicios educacionales y culturales y mejor calidad medioambiental, en los distritos del sur se ubican la mayoría de polígonos industriales, tienen peores infraestructuras e inversión pública y los índices de contaminación son mucho más altos.

“Europa se está dividiendo cada vez más, con crecientes disparidades de ingresos que acompañan a la creciente separación espacial de los más acomodados de los pobres”, afirma el estudio Socio-economic Segregation in European Capital Cities. Este informe, realizado por varias universidades europeas, concluye que las desigualdades socioeconómicas se han acrecentado en las principales metrópolis occidentales. Entre las causas estarían la globalización, la diferencia de ingresos, la pérdida del Estado de bienestar y la mercantilización de la vivienda. Además, coloca a Madrid como una de las ciudades más segregadas en Europa.

En un informe del pasado año, el Banco de España recoge que hasta los hogares con menos ingresos destinaban en 2014 el 46,9 % de sus ingresos totales a pagar el alquiler

Los desequilibrios socioeconómicos tienen en último término su traducción en el espacio. Pero, ¿qué ha ocurrido para que una de las ciudades con más renta per cápita de España y a la cabeza de crecimiento económico del país presente una distribución tan desigual de la riqueza? La respuesta es compleja e intervienen diversos factores, aunque las transformaciones socioeconómicas que se han sucedido en las últimas décadas tienen un gran peso.

“Las ciudades se han convertido en un espacio de especulación enorme y de concentración de la propiedad”, sostiene el sociólogo y ensayista Antonio Campillo, lo que ha llevado a “procesos de desahucios o gente que vive en infraviviendas”. Una de las principales causas, apunta, ha sido el auge de las políticas neoliberales que se han llevado a cabo a todas las escalas (nacional, autonómica y municipal). Medidas dirigidas a la privatización de servicios públicos, de externalización de muchos de los servicios municipales o de rebaja de impuestos que debilitan las instituciones públicas y que “han incidido sobre todo muy negativamente en Madrid”.

La reestructuración del mercado laboral y la pérdida de poder adquisitivo de las clases más bajas han sido factores determinantes que han llevado a este escenario de polarización, según explica Marta Domínguez. “En Madrid la desindustrialización se ha dado más intensamente que en otros espacios”, señala. Este proceso, agrega, ha traído un enriquecimiento de las clases medias-altas y un empobrecimiento de las clases medias-bajas, que se ven abocadas a profesiones de “muy bajo nivel, muy inestables y muy precarias”.

Entre 2001 y 2011 en el área metropolitana de Madrid el número de personas pertenecientes a “categorías globales por arriba” —formadas por los trabajadores de servicios especializados— se incrementó un 39,4%, mientras que aquellos dedicados a los sectores profesionales clasificados dentro de las “categorías globales por abajo” —que conforma la fuerza de trabajo precarizada que satisface las necesidades de servicios personales de los de arriba— creció un 20,6%. Así se extrae del estudio Distantes y desiguales: el declive de la mezcla social en Barcelona y Madrid, realizado por los sociólogos Jesús Leal y Daniel Sorando, en el que ambos investigadores concluyen que el avance de estas figuras se aceleró sobre todo tras la crisis de 2008 “cuando la destrucción de empleo se concentra entre las categorías intermedias e industriales cualificadas”.

Nacer en un barrio rico o de menor renta en Madrid marcará la trayectoria educacional de un estudiante

Con sectores de la población más polarizados y algunos de ellos en situación más precaria, el acceso a una vivienda digna se convierte en un asunto desigual. El alza de los precios del alquiler, que era “el colchón donde la gente podía vivir y organizarse la vida”, en palabras de Marta Domínguez, sumado a la reducción de ingresos ha expulsado a las clases más modestas de la almendra central. El Banco de España alerta que el coste de los alquileres se ha disparado en Madrid por encima de 45% desde 2013. En un informe del pasado año, la entidad recoge que hasta los hogares con menos ingresos destinaban en 2014 el 46,9 % de sus ingresos totales a pagar el alquiler. Ante este panorama, los barrios más céntricos y con mejores equipamientos son inaccesibles para un gran porcentaje de los madrileños.   

LA ‘CIUDAD DEL CONSUMO’

Al problema de la subida de los precios se suma la explosión turística que en Madrid ha tenido efectos desbastadores en la habitabilidad en los barrios más céntricos. El aumento de turistas —el pasado año 2019 Madrid recibió 10,4 millones de turistas, 2,06 % más que en 2018— ha provocado que miles de viviendas sean puestas en el mercado como pisos turísticos, recortando la oferta de hogares para particulares.

Actualmente no existen datos oficiales sobre el número de viviendas turísticas, pero la herramienta DataHippo —creada por un grupo de investigadores madrileños— recoge que en Madrid hay 31.469 pisos anunciados en las cuatro principales páginas de alquiler para turistas. Aunque el dato no se puede tomar cien por cien como real, ya que un mismo piso puede estar anunciado en dos o más webs diferentes, sí deja entrever la magnitud de la cuestión.

“Esto lo que hace que suban los precios desmesuradamente y expulse a las clases sociales más bajas”, afirma Domínguez. Pone de ejemplo cómo la gente más modesta que antes vivía en Lavapiés “porque era un barrio asequible” han tenido que hacer sus maletas y marcharse a barrios más periféricos. “[El turismo] impacta en la segregación porque lo que tenemos es un centro de la ciudad para los que pueden pagarlos, para turistas”, añade.

El turismo de masas, que económicamente beneficia a los grandes propietarios tanto de viviendas como de cadenas, y la consecuente gentrificación provocan que la habitabilidad sea imposible en las zonas más turísticas. La parte más ‘humana’ de los barrios, conformada por el día a día de sus vecinos, las tiendas de barrio y en definitiva el ADN de cualquier zona habitada sea pueblo o ciudad, se diluye entre calles atestadas de turistas y tiendas dirigidas exclusivamente a los visitantes.

Vivir en “microclimas” en los que solo se tiene contacto con personas semejantes a ti, sea por etnia o posición socioeconómica, profundiza en la creación de estereotipos hacia “el diferente” y los refuerza en la mente de las clases dominantes

De la mano de la turistificación se da otro fenómeno: transformar Madrid en la ‘ciudad del consumo’. “Las mejoras de la vía pública e incluso las peatonalizaciones han ido encaminadas al soporte del consumo y no dirigidas a otras actividades que debería acoger el espacio público”, cuenta el urbanista e investigador en la Universidad de Berckley José Carpio. La peatonalización de la calle Fuencarral, en pleno centro de Madrid, puede que sea el caso más representativo. La medida, que se acometió en 2009 y transformó 500 metros de vía en espacio libre de coches, no estaba encaminada a mejorar la habitabilidad de la zona sino para favorecer la experiencia del consumidor entre las distintas tiendas de la calle. La prueba: apenas hay una decena de bancos en todo el pasaje porque “no genera beneficio económico”, explica Carpio.

“El espacio público es una apuesta de convertir el centro de Madrid en un gran centro comercial para gente del resto de barrios y de municipios”, subraya este urbanista.

Al final, encontramos una especie de pez que se muerde la cola: el centro de la ciudad está cada vez más orientado al consumo para atraer más turistas (extranjeros o nacionales) y paralelamente más negocios adaptan su economía para satisfacer y sacar rédito económico de este tipo de demanda. “El hecho de que desaparezcan pisos de alquiler para que se conviertan en Airbnb provoca el reemplazo de una persona que haría una vida cotidiana, por una persona que viene de vacaciones, a divertirse. Entonces la ferretería que antes podías encontrar en el barrio de Conde Duque ya no le interesa porque no hay personas que lo consuman. En cambio, el ocio, la hostelería sí encuentran una mayor rentabilidad”, reflexiona este urbanista.

LA FOTOGRAFÍA DE UNA CIUDAD DESIGUAL

La segregación urbana es uno de los principales retos a combatir por el urbanismo actual. Sus consecuencias no son solo espaciales, también afecta a los individuos en el plano social, evolutivo e incluso emotivo. 

Si cada vez tenemos individuos más separados y polarizados, es más complicado que se entiendan los unos y otros. Porque la inclusión social y el contacto entre clases sociales diferentes es una parte fundamental para el ejercicio de empatía. Vivir en “microclimas” en los que solo se tiene contacto con personas semejantes a ti, sea por etnia o posición socioeconómica, profundiza en la creación de estereotipos hacia “el diferente” y los refuerza en la mente de las clases dominantes. 

En uno de sus estudios —Mundos aislados: segregación urbana y desigualdad en la ciudad de México—, Gonzalo Saraví, investigador del Centro de Investigaciones y Estudios Superiores en Antropología Social (CIESAS) explica que la segregación urbana ahonda en los estigmas territoriales que “no son solo fuente de desventajas, sino al mismo tiempo instrumentos de diferenciación social y, sobre todo, expresión de una violencia simbólica” que consolida las relaciones de poder y las desigualdades de la estructura social. “Los estigmas asociados con los espacios ocupados hacen presente, remarcan, pero también establecen y afirman que no somos todos iguales”, señala Saraví quien evidencia que estas estigmatizaciones crean la ilusión de que las desigualdades son algo natural.

Un informe de Save the Children concluye que la Comunidad de Madrid es la segunda región de la OCDE con mayor índice de segregación escolar.

Por otro lado, nacer en un barrio rico o de menor renta en Madrid marcará la trayectoria educacional de un estudiante. En primer lugar, porque los recursos a los que podrán acceder estos niños y niñas y sus familias de barrios más humildes “van a ser limitados y, además, ellos van a tener pocas probabilidades de poder aprovecharlos”, destaca Lucía Martínez, miembro del equipo de Incidencia Política de Save the Children en España. Y es que la segregación social influye directamente en la segregación educacional. Un informe de la organización concluye que la Comunidad de Madrid es la segunda región de la OCDE con mayor índice de segregación escolar.

“Esto significa que hay un alto porcentaje de un alto número de centros en la Comunidad de Madrid que tiene alta concentración de alumnado con condiciones socioeconómicas más desfavorables”, detalla la experta. Este tipo de centros se ubican principalmente en los barrios madrileños de menor renta y tienen unas características comunes, como altos porcentajes de movilidad de profesorado y suelen sumar alumnados con dificultades de aprendizaje, explica Martínez. “Las posibilidades de tener un éxito educativo del alumnado que va a estos centros van a ser menores que los que van a otro tipo de centro”.

En España, los niños en situación de pobreza o exclusión tienen cuatro veces más probabilidades de repetir que un niño que no lo está y en la Comunidad Madrid la probabilidad sube hasta cinco veces. En una ciudad con una fotografía desigual, las realidades vitales en los barrios ricos y pobres discurren de forma muy distintas.

JUSTICIA ESPACIAL

¿Qué se puede hacer para combatir la segregación urbana? Una de las premisas fundamentales y que debería servir de base para las acciones que se lleven a cabo para paliar esta desigualdad es el derecho a la ciudad, un concepto que la ONU recogió en 2016 en la Nueva Agenda Urbana de las Naciones Unidas, donde ponía el foco en la segregación como uno de los principales retos que las ciudades deben afrontar.

El derecho a la ciudad “es la suma de muchos derechos”, explica el sociólogo Antonio Campillo, relacionados con el “derecho subjetivo” de todo ser humano a vivir en un entorno urbano habitable, desde el derecho a la vivienda, pasando por el de la salud, transporte, educación ocio y la participación ciudadana, recalca.

Para 2050, el 68% de la población mundial vivirá en ciudades, según las proyecciones de Naciones Unidas. En España ya lo hace un 80%.

El también filósofo defiende que los derechos humanos deben estar inscritos en el espacio. “No sirven de nada si no están anclados en el territorio, en las políticas de organización del territorio y en particular en las políticas urbanas, puesto que vivimos la mayor parte de la población en entornos urbanos”. Para 2050, el 68% de la población mundial vivirá en ciudades, según las proyecciones de Naciones Unidas. En España ya lo hace un 80%.

Para la sostenibilidad del entorno y de la propia sociedad es esencial lograr la justicia espacial.

En su libro Un lugar en el mundo: la justicia espacial y el derecho a la ciudades, Antonio Campillo señala cuatro vertientes relacionadas con la justicia espacial: la vertiente socioeconómica de la redistribución de la riqueza, la vertiente ambiental, la intercultural y la participación ciudadana. “Las cuatro suelen estar interconectadas entre sí”, afirma. “Los barrios donde hay minorías segregadas, mayoritariamente poblaciones inmigrantes pues son también los que tienen peores condiciones socioeconómicas, peores condiciones de salud pública o de contaminación y aquellos con los que menos se cuenta para el diseño de las políticas urbanas”.

HACIA CIUDADES MÁS INCLUSIVAS

La crisis del coronavirus ha puesto en jaque los modelos actuales de muchas ciudades, entre ellas Madrid. Se ha reflexionado y discutido mucho sobre cómo deberán ser las ciudades postcovid para asegurar la habitabilidad y la seguridad de sus ciudadanos. En París una de las medidas que se tratará de implementar es la de ‘la ciudad en 15 minutos’, con la que se busca que los ciudadanos puedan satisfacer sus necesidades básicas (empleo, educación cultura…)  a un cuarto de hora de distancia desde sus domicilios. Las medidas en Madrid postpandemia han sido por el contrario más tímidas. Dentro del debate sobre cómo serán las ciudades en un futuro cercano, la cohesión social debería ocupar un puesto central.

Desde el punto de vista urbanístico, José Carpio cree que la solución pasa por promover redes efectivas y atractivas para la movilidad a pie y que permita la interacción en el espacio público de personas de diferentes extractos sociales. Estas medidas abarcan desde la creación de bulevares y plantificación de aceras y cruces hasta el rediseño de las plantas bajas de los edificios para ser más interesantes a ojo del peatón. “El esquema básico es actuar sobre las características urbanas que fomentan que las personas estén en el espacio público y qué tipo de personas son, si son diversas o no. Y a través de ese salto conceptual intermedio, que es donde están las personas ya se puede combatir la segregación espacial”, concluye. 

Para Antonio Campillo, la influencia de las ciudades ya ha extrapolado su propio término municipal, algo que debe estar contemplado en los planes de urbanismo.  “Ya no es posible pensar en una ciudad en términos clásicos como la del ágora griega porque se han hecho muy grandes”, considera. En el caso de Madrid se requieren un tipo de políticas “que no se corresponde con las unidades administrativas tradicionales del municipio” y que debe abarcar la Comunidad de Madrid e incluso otras periféricas como como Guadalajara, Toledo o Segovia. Un rediseño que debe hacerse “contando con los vecinos, contando con las asociaciones de vecinos y todas las personas que tienen algo que decir sobre el diseño de la ciudad”, opina.

En definitiva, las ciudades del futuro pasan por buscar la inclusión social, en pro de la habitabilidad, la justicia social y devolver su parte humana a las ciudades. Concebir los núcleos urbanos no solo como un amasijo de edificios y de gente, sino como entes vivos, heterogéneos y un crisol de culturas y experiencias humanas.

Lejos de su querido Tetuán, Samira cuenta que para ella la solidaridad debe ser fundamental en el Madrid del futuro. “La vida de ciudad somos como muy astronautas, vamos a nuestra bola y poco nos importa lo que tenemos al lado”, reflexiona. Fruto de su optimismo, cree que parte de esa solidaridad se ha mostrado durante la pandemia y algunos resquicios perdurarán en el tiempo. “Será porque soy activista”, reconoce entre risas. Las políticas futuras, dice, deben pasar por la unidad más básica de la ciudad: los barrios,  “donde hay gente de a pie que vive el día” que se conoce, que interactúa y que dialoga. Un espacio donde a veces nos quitamos nuestro casco de astronauta para relacionarnos.
Fuente: Jorge Ocaña