Estas urbanizaciones propugnan una vuelta a esa mística de la feminidad fruto de la regresión a los roles de género tradicionales, en este caso, incluso en familias en las que las madres suelen ejercer profesiones liberales

Llevo años diciendo, medio en broma, medio en serio, que cuando tenía once años me secuestraron de mi casa y me metieron en un PAU. Hay dos motivos por los que lo denomino “secuestro”, algo que a bote pronto puede sonar exagerado. ¿Cómo va nadie en su sano juicio a llamar secuestro a vivir en una urbanización con piscina, sauna y pista de pádel? ¿Qué tienen los PAUs como Sanchinarro, Las Tablas o Montecarmelo, todos en Madrid, que los convierten en una jaula de oro, especialmente para mujeres, adolescentes, niñas, niños, niñes, personas mayores, y todo sujeto que no se ajuste al canon de hombre champiñón?
Lo califico de secuestro porque en la sociedad adultocéntrica (y patriarcal y capitalista, aunque entiendo que todos estos adjetivos se retroalimentan entre ellos), cuando eres pequeña, las personas adultas a cuyo cargo te encuentras deciden sobre el lugar que habitas en el mundo, física y urbanísticamente. Y esto es así.
En mi caso, las personas adultas, con sus mejores intenciones, me hicieron dejar mi barrio natal, que todavía me despierta sentimiento de identidad barrionalista: uno de esos barrios madrileños del toldo verde casi a la linde de la M30, fuera de la almendra central, con sus señoras de más de 70 y tantos dándose cita cada tarde a la misma hora en el mismo banco y con un parque frecuentado por la chavalada a la salida de clase bautizado como ‘El Cacas’. Para mayor inquina antipoética, aquel barrio tenía por nombre el de Barrio de la Alegría. Me arrancaron del seno de la alegría y me acabaron arrojando a las fauces de un suburbio con tintes de no-lugar y denominación de origen ‘Programa de Actuación Urbanística’. No os lo perdonaré jamás, mamá y papá. Jamás.
Los PAUs fueron la gran promesa del lujo inmobiliario asequible en forma de trampantojo para quienes realmente no podían permitirse el lujo, pero que empezaban a disponer de determinados privilegios económicos, sociales y profesionales y que aspiraban a disfrutar de las bienaventuranzas de tener piscina privada, aunque fuera compartida con otras 150 propietarias. La gran promesa de una vida tranquila, sosegada, alejada del mundanal ruido de la ciudad, pero dentro de ella. No es baladí que, en su día, fuesen conocidos como “el cinturón naranja” de Madrid en alusión al gran volumen de votantes de Ciudadanos que allí se congregaban.
Los PAUs son proyectos urbanísticos diseñados por y para la atomización familiar, para potenciar esa idea de la familia nuclear normativa
Para entender el funcionamiento de los PAU, la clave es que se trata de proyectos urbanísticos diseñados por y para la atomización familiar, para potenciar esa idea de la familia nuclear normativa (padre y madre jóvenes con hijos e hijas pequeñas) como ente único y suficiente de organización que se sostiene a sí mismo y que, en todo caso, entra en contacto con otros entes análogos a través de “la urbanización”. Esa urbanización se configura como una unidad insular, aislada y ajena a las demás urbanizaciones, a través de calles descomunalmente anchas, desiertas, intransitables a pie, inhóspitas, sin comercios, sin sombras, sin bancos… Urbanizaciones conectadas por arterias que, en realidad, son meras aceras de paso en las que, paradójicamente, nunca pasa nada. Recuerdo con dolor cuando, hará un lustro, un padre aparcó el coche en una de aquellas calles e iba con tanta prisa que olvidó a su bebé en el asiento de atrás. Cuando regresó al vehículo muchas horas después, al salir del trabajo, se encontró con que la pequeña había fallecido dentro. Siempre me he preguntado si el terrible desenlace habría sido el mismo de haber sucedido en una calle de barrio transitada, con abuelas pululando a media mañana hasta el kiosco o chavalada sentada en un poyete frente a la carretera durante el recreo, fumándose unos pitis a escondidas y observando atentamente en derredor.
Por calles como estas, volver de noche sola a casa se convierte en toda una aventura. La mayoría de estas urbanizaciones cuentan con circuitos de cámaras de seguridad. Sin embargo, la percepción del terror sexual, del que habla Nerea Barjola, es elevadísima. Porque la cosa es que, en llegar de la garita de un portero a la del siguiente, tardas una eternidad y, entre medias, lo único que te espera es el más absoluto vacío. Un vacío que te lleva a pensar que, si hipotéticamente algo te sucediese, no habría ni dios alrededor que pudiese escucharte gritar, ni siquiera desde las ventanas de las casas, que no están a pie de calle.
Y es que la urbanización de los PAUs es una unidad centrípeta, con altos muros o vallas que rodean los jardines de los bajos cual fortaleza, separando el interior de todo lo que sucede en el afuera. Además, en su interior, las familias residentes no construyen vida en común, sino que, en todo caso, pueden llegar a encontrarse, siempre coyunturalmente. En el interior de una urbanización nadie trabaja, hace la compra o baja a compartir un café. Se trata de un entorno controlado, un organismo en coma. Allí las criaturas, acompañadas de sus cuidadoras, bajan con la bicicleta y dan vueltas una y otra vez, una y otra vez, rodeando el perímetro de la piscina como si se tratase de un scalextric claustrofóbico en miniatura.
Las actividades que pueden llevarse a cabo dentro de un PAU son limitadas. Se puede bajar a la piscina (en verano), se puede alquilar la pista de tenis o de pádel para jugar con las dos o tres personas exclusivamente seleccionadas por ti de antemano —sin necesidad de tener que interactuar con nadie más— y se puede, incluso, asistir a clases de spinning organizadas en alguna sala comunitaria. Hace décadas, analizando un proyecto que, para mí, podría tener algunas similitudes con los PAUs actuales, Jane Jacobs resumió este fenómeno señalando que lo que existía era un sentido de “vida privada ampliada”, en lugar de una “vida pública urbana”. Es decir, una especie de extensión de la vida privada, propia del hogar y reservada a las mujeres, a quienes participar de la vida pública les era sistemáticamente negado. Así, los PAUs propugnan una vuelta a esa mística de la feminidad fruto de la regresión a los roles de género tradicionales, en este caso, incluso en familias en las que las madres suelen ejercer profesiones liberales. En mi cabeza, la imagen que mejor lo define es la de un grupo de madres de 30 y muchos —siempre las mismas—, todas teñidas de rubio, reunidas en el césped de la piscina hablando de bebés y de cuidados; mujeres que no comparten ningún tipo de vida en común fuera de la urba, que no quedan para ir de compras, para ir al cine, para salir por ahí, y que son las que se han pillado una excedencia o reducido su jornada para quedarse a cargo de sus hijos e hijas en verano mientras su marido sigue yendo a trabajar.
Expuesto todo este percal, la segunda razón por la que hablo de “secuestro” se refiere al perpetrado por la Administración pública, tanto autonómica como municipal y tiene que ver con que conseguir salir de un PAU es más jodido que lograr escapar del Hotel California, sobre todo si no tienes coche. Mi adolescencia podría resumirse en una frase: la vida es eso que pasa mientras esperas al puñetero bus en una parada cualquiera de Sanchinarro. Arriesgarte a pillar el metro ligero, aunque te deje a tomar por saco de tu casa, es como jugar a la ruleta rusa; lo más probable es que también tarde alrededor de 20 minutos en aparecer. Durante aquellas esperas interminables, la mayoría de las que coincidíamos al albor de una parada sin marquesina -ni asiento, ni tejadillo que te protegiese del sol en verano y la lluvia en invierno- éramos mujeres. Algunas, porque no teníamos edad ni para sacarnos el carné y dependíamos constantemente de otros, viendo restringida nuestra libertad de movimiento a causa de la enorme deficiencia de transporte público en la zona. Otras, esas madres jóvenes con carritos de bebé, que para ir a por el pan tenían que cruzarse Sanchinarro entero hasta llegar adonde Cristo perdió el mechero, porque en las 400 hectáreas de área residencial, supermercados debía de haber dos y centros de salud, uno. Por eso y porque a pesar del sueño neoburgués, probablemente el matrimonio tenía un solo coche, con el que el marido se había ido al trabajo. Por último, las mujeres que siempre, siempre, siempre, son el sujeto olvidado, silenciado e ignorado por parte de unas instituciones que, al imaginar los PAUs, obviaban que no toda persona que hiciese vida allí tenía el privilegio de poder moverse en coche: las trabajadoras del hogar. Mujeres racializadas, migrantes, precarias, que tenían que cruzarse Madrid de punta a punta desde sus casas en Villaverde, Usera o Carabanchel y que para llegar a su lugar de trabajo podían llegar a tardar una hora y tres cuartos. Las principales damnificadas y revictimizadas por ese modelo urbanístico del secuestro, cuyos privilegios ni siquiera disfrutaban.
Y frente a todos esos modelos urbanísticos antipersona, sin perspectiva de género, de clase, sin perspectiva anti-adultocrática, antirracista o anti-gerontófoba, nos queda reivindicar una ciudad feminista que ponga en cuestión la guetización, pero también la atomización y el retroceso a ese modelo de suburbios patriarcales con olor a naftalina, incluso en las periferias. Cabe mirar alrededor a pesar del privilegio para evitar caer de nuevo en la trampa cegadora de las jaulas de oro.
Fuente: Paola Aragón Pérez en pikaramagazine.com (08/05/2024)
