Los hijos del topo funciona así como una alegoría sobre la redención, la espiritualidad y la violencia que atraviesa la sociedad

La editorial Reservoir Books acaba de publicar la edición integral de Los hijos del topo, de Alejandro Jodorowsky. Un volumen especialmente cuidado que recupera la continuación directa de una de las películas más emblemáticas de este cineasta chileno, convertida con el paso del tiempo en auténtica obra de culto: El Topo. Concebido originalmente como una trilogía, este libro reúne ahora en un único tomo lo que habría sido la segunda entrega de aquella cinta si el director hubiera logrado financiar su rodaje.
Tal y como explica el propio Jodorowsky en el prólogo que acompaña esta edición, El Topo se convirtió en un éxito completamente inesperado. La película apenas consiguió estrenarse en una única sala de Nueva York, y además en un horario marginal: la última sesión de medianoche, cuando ya habían terminado todas las proyecciones comerciales del día.

Sin embargo, gracias al boca a boca, el film fue ganando espectadores hasta mantenerse durante meses en cartel y extenderse a otros cines en ese mismo horario nocturno. De hecho, aquel fenómeno contribuyó a popularizar lo que hoy conocemos como las sesiones de medianoche o “sesiones golfas”.
Jodorowsky fusiona símbolos del cristianismo con elementos del budismo esotérico para construir un relato tan enigmático como fascinante
A pesar de ese éxito, lo radical de la propuesta —no exenta de polémicas— hizo imposible encontrar financiación para una continuación. Jodorowsky terminó centrando sus energías en otros proyectos cinematográficos, como La montaña sagrada o Santa Sangre. Pasaron los años y el cineasta decidió que, si la segunda parte no podía existir como película, lo haría como cómic, un medio que le ha proporcionado algunas de sus obras más celebradas. Basta recordar títulos tan emblemáticos como El incal o La casta de los Metabarones. Fue así como, en 2016, conoció al dibujante José Ladrönn y decidió trasladar a las viñetas el guion de esta historia que durante décadas había permanecido en su imaginación.
Conviene recordar que El Topo es un western místico y surrealista que sigue a un pistolero vestido de negro que atraviesa el desierto en busca de la iluminación espiritual. En su camino desafía a cuatro maestros del revólver, cada uno símbolo de una forma distinta de sabiduría o poder. Tras derrotarlos, el protagonista termina convirtiéndose en una especie de santo o figura redentora. Los hijos del topo arranca justo donde terminaba la película: con el personaje principal inmolándose tras matar, fusil en mano, a todos sus enemigos.

Enterrado por su mujer y su hijo en una tumba cubierta por un panal de abejas, del lugar terminará emergiendo una extraña construcción de oro que pronto se convierte en un santuario. Un lugar mítico al que todo el mundo intenta acceder, aunque quien lo intenta muere al instante. Solo aquellos verdaderamente puros, santos o libres de culpa podrían atravesar sus límites.
El cómic comienza precisamente en ese punto y presenta a los dos hijos del Topo: Caín y Abel. El primero vive dominado por el resentimiento hacia su padre y solo desea saciar su sed de venganza asesinando y cometiendo todo tipo de fechorias. Abel, por el contrario, encarna la pureza y la búsqueda espiritual, y su único objetivo es alcanzar la iluminación.
Los hijos del topo funciona así como una alegoría sobre la redención, la espiritualidad y la violencia que atraviesa la sociedad. Aquí encontramos a un Jodorowsky completamente desatado, sin las limitaciones que habría impuesto una producción cinematográfica. Apoyado en el dibujo minucioso y lleno de color de José Ladrönn, el autor despliega una historia fascinante, pero también brutal, plagada de crueldad, sangre y escenas que difícilmente habrían podido rodarse en una película.
A medio camino entre los universos de Santa Sangre y El Incal, este cómic puede resultar desconcertante —incluso perturbador— para quienes no estén familiarizados con el imaginario del autor chileno. Pero para sus seguidores se revela como una obra de enorme potencia simbólica, cercana en muchos momentos a la experiencia mística o al delirio visionario.
El dibujo de Ladrönn captura con enorme precisión ese western polvoriento, sucio y violento que habita el universo jodorowskiano, un territorio tan extremo y delirante que a veces parece dispuesto a expulsar al lector de sus propias coordenadas narrativas. Nada tiene demasiado sentido, el guion tampoco.

En esta edición integral publicada por Reservoir Books seguimos el viaje de Caín y Abel en su intento por llegar hasta la tumba del padre y encontrar una salvación que parece imposible. Habitan un mundo brutal, dominado por la violencia, el fanatismo y la superstición, donde la vida humana —y también la santidad— tienen un valor muy relativo.
Plagada de esoterismo, personajes grotescos y visiones religiosas, la obra puede leerse sin comprender del todo su lógica interna. Es posible, de hecho, que ni el propio Jodorowsky pudiera explicarla de manera racional. Pero precisamente ahí reside buena parte de su fuerza: en esa mezcla de teatro pánico, blasfemia, surrealismo y libertad creativa absoluta.
Jodorowsky fusiona símbolos del cristianismo con elementos del budismo esotérico para construir un relato tan enigmático como fascinante, un cómic indescifrable que ningún seguidor de la obra del maestro chileno debería perderse.

Fuente: Vicente I. Sánchez | @Snchez1Godotx en nuevatribuna.es

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