La Casa Encendida (2000-2004)

La Casa fue importante en ofrecer un espacio de trabajo y referencia a una generación que no encontraba hueco en los grandes centros culturales de la ciudad

Recordar los años iniciales de La Casa Encendida puede parecer sencillo, ahora que se ha convertido en una institución prestigiosa que todo el mundo reconoce. Sin embargo en 2002 las cosas eran muy distintas. El único que lo tenía claro era Pepe Guirao, que formó un equipo bastante compacto y se dirigió a los jóvenes de una forma decidida. El director de la Obra Social de Caja Madrid no lo tenía nada claro y representaba en aquella escena la voz discordante, que ve crecer algo que no entiende, se inquieta y a punto está de destrozar el invento.

Llegué allí un poco por casualidad. Quería irme de la AECID, una vez que comprobé que el Centro Cultural de Buenos Aires, tal como lo habíamos desarrollado hasta entonces, no les interesaba para nada a los nuevos responsables. Mi primera opción de salida era la Fundación Ortega y Gasset, pero se pusieron muy tacaños y cuando llamaron para retomar la conversación ya había firmado por Caja Madrid. Un contrato modesto que me calificaba de “oficial de segunda”, pero con el que ganaba lo mismo que en la AECID como consejero técnico y me permitía participar de un proyecto lleno de expectativas.

A Guirao le conocía superficialmente de un proyecto de exposiciones que desarrollamos la AECID y el Reina en Iberoamérica. Le traté algo más en el Ministerio de Asuntos Exteriores de la plaza del Marqués de Salamanca, cuando Miguel Ángel Cortés le contrató después de que Luis Alberto de Cuenca, secretario de Estado de Cultura, lo sacara del Reina Sofía. Algunos candidatos anteriores, a dirigir el departamento de cultura, le habían fallado, y de golpe me vi en una oficina improvisada, en el interior de una caja fuerte del sótano del edificio de Caja Madrid en la plaza de Celenque. La obra de remodelación de la antigua casa de empeños estaba sin terminar, mayo de 2002, y desde aquel sótano empezábamos a dibujar nuestras necesidades. Pepe sabía lo que quería y tuvo capacidad para organizar su equipo, excepto en lo que se refiere a la administración. En esa tarea, la Caja puso a una mujer de su confianza, que ejerció de vigilante y fiscalizadora del resto del equipo. En Medio Ambiente había un joven ecologista, en Solidaridad una chica de Caja Madrid, y en Educación una mujer ya mayor, pendiente de un traslado y que duró poco. En Cultura éramos cinco. Una experta en audiovisuales, Lucía Casani; una experta en artes escénicas, Laura Gutiérrez; una experta en exposiciones, Rocío Gracia; un funcionario de la Caja licenciado en Bellas Artes, apasionado del arte contemporáneo y con alma de relaciones públicas, Ignacio Cabrero; y yo, que tardé algunos días en saber dónde estaba.

Recuerdo una conversación irreproducible, en la que le comenté a Pepe algunas de las ideas que me pasaban por la cabeza y cómo me disuadió de ellas. Se trataba de hacer algo distinto y se tenía que notar. No podíamos salir con una programación que pudiera hacer otro espacio. Lo primero era dar trabajo a una generación de artistas y agentes culturales que no encontraban sitio en la escena cultural madrileña. Lo segundo, que no fuera solo un espacio de creación, sino también de formación, y lo tercero y más inasible, que todos los mensajes que emitiera La Casa tuvieran un punto convergente de investigación de los lenguajes artísticos y de recuperación de patrimonios descuidados. Una apuesta clara por completar la oferta cultural madrileña, anclada todavía, año 2002, en los proyectos claves de la Transición y el impulso privatizador de Aznar.

Se trataba de hacer algo distinto y se tenía que notar. No podíamos salir con una programación que pudiera hacer otro espacio

Un asunto que desde el principio estaba muy claro era la imagen. Allí reinaba Marc Panero. Ahora ya nos hemos acostumbrado, pero en sus inicios la imagen, folletería y catálogos, fue el mensaje más claro que emitió La Casa.

La primera tarea fue trasladarse a Ronda de Valencia y recepcionar el edificio restaurado. El arquitecto tenía todas las bendiciones de Caja Madrid, donde era responsable de buena parte de las obras. Iba vestido de negro de arriba abajo, cosa que estuvo muy de moda en cierta época. Había hecho una remodelación sin conciencia de que se iba a dedicar a centro cultural. El problema más claro es que no había pensado en la acústica. No sólo era dramático decir unas palabras en el patio, sino que los espacios interiores, entre la dureza del suelo y los metales del techo, tenían una altísima reverberación y cualquier reunión de más de cuarenta minutos daba dolor de cabeza. Llevó más de dos años ir corrigiendo ese defecto. Además el suelo tenía un pequeño problema. Cualquier líquido que cayera encima se incrustaba y no había detergente que lo sacara. La jefa de limpieza era muy simpática y estaba todo el día haciendo pruebas. Lo único bueno era el propio edificio y su falta de pretensiones.

La programación de otoño, con la que se arrancaba, se hacía en colaboración con La Fábrica, que entonces ya era una empresa potente y que hacía varios trabajos para la Obra Social. Habían preparado acciones sin un estilo definido. Pepe iba cambiándoles cosas a la vez que preparaba la programación nuestra a partir de enero de 2003. De aquella programación de otoño recuerdo algunas cosas. En lo literario, aproveché para invitar a Roberto Bolaño, que todavía no era un héroe mundial, pero los enterados ya sabíamos que era el mejor. En artes plásticas, la exposición inaugural la prepararon Vicky Pérez Ratton y Santiago Olmo con obras latinoamericanas. Con mi experiencia AECID me encontraba en mi salsa. En medio de aquellos días iniciales, en los que las ganas y la confusión jugaban sus cartas, hubo dos fenómenos notables. Nos dimos cuenta de que había que programar actividades para niños los sábados y domingos por la mañana. Fue nuestro primer éxito y el más inesperado. Contratamos al maravilloso Ezra Moreno y a bastantes otros. El público afluía por encima de nuestras previsiones. El programa En familia fue el primer éxito indiscutible de La Casa, y ninguno de nosotros había trabajado previamente el mundo infantil. Por otra parte, las coincidencias de la vida quisieron que, mientras se remodelaba La Casa Encendida, en un edificio próximo de la calle Amparo el movimiento okupa organizara el Laboratorio. Nuestro arranque dirigido al público joven, puerta con puerta del Laboratorio, produjo alguna confusión que no vino del todo mal, pero que también provocó el pánico de la Caja. El punto álgido se produjo, el 2 o el 3 de enero de 2003, cuando un reportaje de El País tomaba nota de la coincidencia y de ciertos paralelismos en la aproximación al fenómeno cultural de ambos centros. La llamada indignada del director de la Obra Social hubo que manejarla con tiento. Aunque pudiera haber similitudes y público compartido, el tiempo pondría las cosas en su sitio.

Nos dimos cuenta de que había que programar actividades para niños los sábados y domingos por la mañana. Fue nuestro primer éxito y el más inesperado

Del arranque del año 2003 recuerdo dos historias. Por una parte, la exposición de Gerda y Jorg en uno de los torreones de la terraza. Le pedimos prestada una morsa disecada al Museo de Ciencias Naturales y un texto a Rodrigo Fresán, que puso sobre la mesa la canción de los Beatles “I’m the walrus”. La pareja suiza hizo el resto. Fue una de las exposiciones más vitalistas, y coincidiendo con Arco la vio un montón de gente. Desde Buenos Aires no había vuelto a encargarme de la producción in situ de una exposición y recuperé la experiencia de trabajar con artistas y sentir cómo los proyectos se van asentando, cada cosa ocupa su lugar, y cobran vida propia.

Por otra parte, conocí a Fernando Sánchez Castillo. En la muestra de arte joven había una pieza suya que cada tanto pegaba un tiro con una bala de salva. Era de esas piezas que funcionan cuando quieren y daba muchísima lata. Pero era fantástica. Entonces empezamos a trabajar en la producción de una exposición suya que se llamaría Anamnesis y en la que tuvimos que fundir los leones de las Cortes, tomando como modelos unos leones gemelos que había en un cuartel de Sevilla. Para conseguir el permiso de Defensa nos ayudó Javier Casas, un alto funcionario que yo conocía de la AECID. También conseguimos permiso de Rafael Sánchez Ferlosio para usar unos textos suyos. La obra consistía en los leones de bronce, incompletos, rodeados por un tren blindado de juguete que daba vueltas a la sala y un luminoso que recorría el techo con la leyenda, “Jurad hermanos, antes morir que consentir tiranos”. Fernando sacaba la frase de la guerra civil. En el proceso de producción la encontramos en Manuel José Quintana y probablemente tenga su origen en la Revolución francesa o incluso antes. Con Ferlosio la cosa fue peculiar. Conmigo siempre había sido cariñoso, gracias sobre todo a Demetria, su mujer, pero lo del arte contemporáneo no le hacía mucha gracia. Nuestro lenguaje a la moda, hablándole de talleres, tampoco. Después de visitarle un par de mañanas en el bar de López de Hoyos donde leía la prensa, y de dejarnos regañar por nuestro mal uso del lenguaje, nos dijo que lo de hacer “talleres” no iba con él, a no ser que fueran para atacar a la publicidad, y que no tenía inconveniente en que usáramos el pequeño texto que quería Fernando. La exposición fue maravillosa.

La producción más compleja de mis dos años en La Casa Encendida fue la muestra de los dibujos de Cajal. Una vieja idea de Guirao en la que me sumergí a fondo

La producción más compleja de mis dos años en La Casa Encendida fue la muestra de los dibujos de Cajal. Una vieja idea de Guirao en la que me sumergí a fondo. Conectaba con mi conocimiento del mundo del CSIC y de la Junta de Ampliación de Estudios, y sabía que era un tema espinoso. Lo fue hasta límites difíciles de creer. En el camino hicimos una buena amistad con Mari Ángeles Ramón y Cajal, la nieta encargada de los derechos y la memoria del abuelo. Una mujer de carácter, con gran capacidad para decir no y casi ninguna para el pacto. Enfrentada al Instituto Cajal del CSIC, donde se guardaban y guardan los dibujos, y apoyándose allí en un personaje con cuerpo de jockey dispuesto a poner todas las dificultades posibles. Hubiera tirado la toalla a las primeras de cambio si no fuera por Pepe. Implicó a sus amigos del equipo de restauración del Reina para cuidar los dibujos y dejarlos impecables para la exposición. Las tardes con Mari Ángeles en su casa de Alfonso XII fueron entretenidas y complicadas. Tuvimos que renunciar a publicar un curioso texto de un discípulo de Ángel González que no le gustaba. Tuvimos que pasar por todas las exigencias del jockey. Mereció la pena. El montaje de Juan Ariño fue una obra maestra y el catálogo llegó a tiempo porque me pasé días enteros en el estudio de Manolo Ferro mientras José Miguel Ullán leía en el cuarto de al lado. Los dibujos de Cajal reproducen lo que veía por el microscopio. Es dibujo científico realizado a finales del XIX y principios del XX anticipa, si se mira con ojo artístico, el expresionismo y el arte abstracto. Lo que Cajal dibujaba copiando lo que veía, las redes neuronales, la generación del 27 lo vio como una nueva objetividad de la psique humana y nosotros tenemos el privilegio de ver ambas cosas y una tercera, que flota en las anteriores: su autonomía artística como obras únicas. El éxito de la exposición fue de los de verdad. El catálogo se agotó y el nivel de seriedad del proyecto Casa Encendida quedó asegurado. Estábamos en otoño de 2003 y no éramos sólo un producto de cultura juvenil, que demostraba en la práctica que los jóvenes iban adonde se les daban razones para ir. La Casa era también una institución capaz de ajustar cuentas con una deuda histórica de la cultura española. Una exposición que no había sido capaz de organizar el CSIC, que teniendo la guarda de los dibujos pleiteaba permanentemente con la familia sin llegar a una solución.

No todo eran exposiciones. Teníamos una programación literaria a base de talleres que empezamos con Bolaño y seguimos con Fresán, Caparrós, Pauls, Samoilovich, Piglia… Mis contactos argentinos ayudaban a establecer una línea. Del lado español trabajábamos con Ullán, Olvido García Valdés, Pedro Molina, Eduardo Lago y pinchamos en hueso con Vila-Matas, que me confesó su inquietud con la posible reacción de César Antonio Molina si se pasaba con nosotros en vez de usar el Círculo para sus presentaciones en Madrid. Años después conseguimos engancharle, haciendo un ciclo de cine con las películas de París no se acaba nunca. También nos ayudaba la gente de Ardora: Nacho Fernández, José Luis Gallero y Mireia Sentís. Estábamos rodeados de talento y nos sentíamos seguros de lo que hacíamos.

En el campo de la música y de las artes escénicas, Laura Gutiérrez sentía pasión por la música electrónica, y yo insistí mucho en que el teatro estuviera presente. Arrancamos con Experimenta Club que era una marca, con sus dueños y sus tensiones propias. Las negociaciones de los dineros eran largas. Se llevaban la palma las negociaciones de los contratos. Caja Madrid era una institución miedosa. Tenía la paranoia, quizá fundada, de que cualquiera que tuviera un problema con ella y pleiteara tenía una alta probabilidad de ganar. Según ellos, los jueces no daban la razón a un banco rico a no ser que estuviera todo clarísimo. En la duda, el pobre reclamante siempre sacaba algo. De modo que mis negociaciones más difíciles no eran con la contraparte, sino con la abogada de la Caja, Maribel Utande. Era una mujer de gran energía, a la que terminé apreciando. Su posición de partida nunca bajaba de seis o siete folios detallando todo tipo de posibles problemas y esos contratos tan largos y detallados alarmaban a los artistas que, cosas de la debilidad institucional de la cultura, no solían contar con abogados hasta que saltaba el conflicto. En medio del emparedado aprendí mucho.

Con la gente del teatro tuvimos nuestros más y nuestros menos. El salón de actos disponía de una birria de escenario. El patio tardó mucho en estar adaptado acústicamente y servir para algún tipo de representación moderna. Recuerdo a Sanchis Sinisterra, que se echó atrás cuando vio el espacio, o la espantada de Mario Vedoya, que propuso hacer la función sobre el gordo y el flaco de Mayorga y, cuando conseguí resolver la producción, desapareció. Tuve que encontrármelo un día en la calle para que me informara de que estaba dedicado al montaje de una pizzería. Yo estaba obsesionado con Mayorga desde que Marta Fernández Muro me dio a leer una pieza suya sobre Jackie O. No conseguí tampoco que diera un taller, porque estaba en la RESAD y pensaba que le iban a afear dar clase fuera de su puesto de trabajo. De todas maneras, a pesar de las dificultades del auditorio, hicimos buen teatro y conseguimos el reconocimiento del público. Simona Levi nos organizó un ciclo de verano y también tuvimos latinoamericanos distinguidos como Ana María Bovo, que vino a contar sus cuentos desde Buenos Aires, y Orlando González Esteva, que trajo desde Miami sus poemas para un taller y un número de canciones cubanas para el teatro.

Otro punto fuerte era el cine. Lucía Casani se arreglaba para sorprendernos con sus programaciones de cine alternativo. Yo tenía la obsesión de programar televisión, pero no lo conseguí. Pienso que, ahora que las series están de moda, algún centro se dedicará a revisar la historia de la televisión desde un punto de vista artístico-cultural.

También eran básicos los cursos, y especialmente los que montamos para conocer los software de edición de vídeo y de música. Llevó un tiempo equipar correctamente las aulas, diseñar la oferta y negociar con una empresa capaz de gestionar la efectiva producción de los cursos. Queríamos que los jóvenes pudieran tener una semana de introducción a su tecnología preferida y luego, si aquello les interesaba lo suficiente, se organizaran por su cuenta para profundizar en la herramienta. La Casa proporcionaba estos cursos introductorios a precio de ganga y desde el principio estuvieron repletos.

No todo era cultura en La Casa. Parte de la gracia del invento residía en la intersección de los otros tres temas, que eran la educación, la solidaridad y el medio ambiente. La cultura vertebraba la vida de La Casa, pero mucha gente venía por esos otros temas. El mundo de las ONGs se sintió cómodo desde el principio y de igual manera el mundo ecologista, que fue viendo crecer en la azotea un agradable jardín.

Entraba a trabajar muy temprano. Nos aplicaban el horario de la Caja y nos esperaban a las ocho. Le tomé el gusto, y aprovechaba que en el Circular apenas tardaba diez minutos. En el camino pasaba siempre por la estación de Atocha. Por eso el 11 de marzo de 2004 noté algo, aunque iba embebido en la lectura del periódico. La gente que se subió al autobús dio unas voces poco habituales y, al levantar la vista, vi salir de la estación mucha más gente de lo normal en un silencio extraño. Cuando llegué a la oficina y encendí el ordenador, leí la noticia, todavía confusa. Era jueves y estábamos preparando un fin de semana con Basurama, un colectivo de jóvenes arquitectos especialistas en basura, que luego se han hecho célebres. Hacia el final de la mañana, nuestro experto en prensa nos empezó a decir que quizá no había sido ETA. Recuerdo que el Centro cerró por luto y los chicos de Basurama se quedaron frustrados. También recuerdo un minuto de silencio en la puerta de la Casa, con las primeras hojas de los árboles anunciando la primavera y el canto de los pájaros. Por mucho que la muerte sea contundente, la vida se renueva.

Se necesita en Madrid un centro cultural que ofrezca trabajo y proyección a los veinteañeros y treintañeros de hoy

Quizá ese sentimiento tuviera que ver con que los aires de La Casa, en permanente conexión con artistas y creadores, me habían estimulado algunos resortes internos. Durante un tiempo hice reseñas en el ABC Cultural por encargo de Fernando Rodríguez Lafuente. Me acuerdo de una nota sobre un libro de José Antonio Lago dedicado a Chauen y también de que tiré la toalla cuando me mandaron uno sobre el río Congo en el que no aparecía Kinshasa y que me supo a anticuado. En aquel entonces peleé, sin éxito, para que se reconociera el libro de Lorenzo Martín del Burgo sobre Las hilanderas, al que el entorno conservador del Museo del Prado no quiso ni conceder un comentario. Además organicé una pequeña página web con el título de Madrid Puerto Aéreo, con la que convoqué a un grupo de amigos a ciertos paseos por Madrid buscando reconocer una ciudad posible, de la que el aeropuerto sería el símbolo, y el estado centralista y antiintelectual su demonio.

La Casa Encendida daba para estas expansiones, porque estaba claro que habíamos cambiado algunas reglas del juego. Era un lugar común, antes de La Casa, hablar de que los jóvenes no tenían interés por la cultura, y el director de un centro cultural importante me vaticinó que tendría que ir a trabajar “con navaja”. Lavapiés era tierra incógnita para el mundillo establecido, cuya geografía madrileña era extremadamente limitada. La Casa fue importante en ofrecer un espacio de trabajo y referencia a una generación que no encontraba hueco en los grandes centros culturales de la ciudad.

Escribo esto en el otoño de 2021. La Casa Encendida cumplirá pronto veinte años y Caja Madrid fue nacionalizada en 2012 después de descubrirse un agujero colosal. La Casa es hoy mayor de edad y forma parte de la Fundación Montemadrid que recogió los restos del naufragio que no pasaron a Bankia. Es ya parte de lo establecido. Sin embargo, una nueva generación espera que suceda algo análogo a lo que fue su aparición en el panorama cultural madrileño. Ninguno de los Centros que lo han intentado, después de La Casa, ha acabado de cuajar. Quizás por el ambiente de crisis cuasi permanente que se vive desde 2008. Se necesita en Madrid un centro cultural que ofrezca trabajo y proyección a los veinteañeros y treintañeros de hoy. Habrá que pensar en un espacio virtual para que sea financiable, un centro digital capaz de celebrar reuniones por pantallas, pero sin renunciar a convocatorias físicas en el espacio público. Una niebla densa ocupa el camino.

Fuente: Carlos Alberdi en ctxt.es
Foto: El público de la Terraza Magnética, en la Casa Encendida, en el verano de 2017 | Nicolas Vigier – CC

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