Franco biografiado a 50 años de su muerte

La historia es el presente construido por las sociedades hecho pasado y, por lo tanto, no es un relato que se pueda “inventar”: la historia está ahí, en el pasado. No obstante, como cualquier objeto de estudio es interpretable y, en consecuencia, puede llegar a ser manipulado.

Reunión de Franco y Hitler en Hendaya en 1940

Es por esa razón que cada generación tiene que echar la vista hacia atrás y “reescribir” su pasado y no solo cada generación, también los diferentes sectores y grupos sociales que necesiten buscar una explicación a su situación presente. Una materia particular de la historiografía la constituyen las biografías: las vidas de los personajes que por diversas circunstancias contribuyeron a que la historia tomara diferentes derroteros; vidas que, por las mismas razones anteriores, pueden y deben ser contadas por las diferentes generaciones y por los diferentes grupos sociales.

::Pasa en Carabanchel::

Transcurridos 50 años de la muerte de Franco —o desde el restablecimiento de la democracia liberal, que es la consecuencia de esa muerte—, era un buen momento para “revisitar” la vida de Franco. Antes lo habían hecho otros historiadores. Ahí está la primera biografía escrita tras la muerte del dictador por el historiador “progresista” Juan Pablo Fusi, publicada por El País y titulada Franco: autoritarismo y poder personal (1985), precisamente centrada en señalar que la dictadura había sido la consecuencia directa del poder “absoluto” que ejerció Franco a lo largo de los años, en fin una justificación para aquellos que no lucharon contra el franquismo y que esperaron a que su fin llegase a la muerte del dictador, después ya se pilotaría una transición pactada… ¿Se podría haber hecho otra biografía al finalizar la Transición? De haberse hecho, ¿quién la hubiese publicado? En los años posteriores, ya en los años noventa del siglo XX, vieron la luz tres libros fundamentales: Franco: el perfil de la historia (1992), de Payne; Franco: Caudillo de España (1993), de Preston; y, Franco “caudillo”: mito y realidad (1995), de Reig Tapia. Tres obras publicadas en los años finales del “felipismo” que sentaron las bases de los desarrollos posteriores. El primero, aquel que aparentando “ecuanimidad” y “neutralidad” realiza una clara apología de Franco y del fascismo, vía transitada por el franquista de largo recorrido Luis Suárez, autor de Franco (2005), con el que intenta mostrar que Franco fue el responsable de evitar el caos definitivo que estaba llevando a la desaparición de España y de su recuperación en tres fases, una primera autoritaria, una segunda cristiana y una tercera tecnócrata de progreso; así como por el propio Payne, quien en el año 2014 presentó en la editorial Espasa, junto con Palacios, la que habría de ser la obra definitiva sobre Franco: “una biografía personal y política”. El segundo, pretende instalarse en la más estricta neutralidad y presentar los “hechos tal y como fueron”, lo que se traduce en una justificación de determinados hechos que pueden ser incluso considerados positivos: no hay condena porque ese no es el papel de los historiadores y de las historiadoras; esta es la vía en la que se inscribe la biografía de Julián Casanovas. El tercer y último desarrollo, realiza una crítica del “mito” en que se convirtió Franco, contraponiendo la historia que nos contaron con la cruda realidad; este es el camino tomado por Ángel Viñas en su recomendable La otra cara del Caudillo: mitos y realidades en la biografía de Franco (2015), aunque realmente no es una biografía, a pesar de que puede ser leída como tal.

Entonces, ¿cómo debe ser una biografía? En primer lugar no debe ser una hagiografía, como lo eran las biografías escritas en vida del dictador —entre ellas la de Galisonga, Centinela de Occidente (1956), o la de Ricardo de la Cierva, Francisco Franco: un siglo de la historia de España (1973)—, pero tampoco puede ser legitimadora o justificadora de los hechos, como las de Suárez, Payne o Palacios, a pesar de que contienen datos de gran interés que permiten comprender en profundidad la vida de Franco. En este sentido, una biografía debe realizar un relato contextualizado de la vida del personaje, que señale los momentos decisivos a lo largo de su vida y que explique las razones que le llevaron a tomar esas decisiones; debe, por lo tanto, facilitar que el público lector pueda comprender la vida del personaje en el proceso histórico en que vivió y le permita elaborar sus propias reflexiones sobre el pasado. Bajo esta perspectiva, Julián Casanovas, catedrático de Historia Contemporánea en la Universidad de Zaragoza, afirma en las notas finales de su biografía sobre Franco cuáles son sus dos grandes ambiciones: la primera que la historia es una herramienta que ilumina acontecimientos “que solo se entienden a través de la indagación seria y minuciosa de las fuentes” y la segunda mostrar, en contra de lo que piensan muchas personas, que “el juicio sobre la maldad o bondad de los personajes del pasado no es un concepto histórico”. ¿Lo consiguió? Sí, objetivamente el libro satisface esas dos ambiciones. Otra cuestión diferente es la imagen que se obtiene de Franco tras la lectura del libro.

Efectivamente, el libro está estructurado en cinco partes: “Sin África yo no puedo explicarme a mí mismo”, “Ponéis en mis manos España”, “Castigo que Dios impone a una vida torcida, a una historia no limpia”, “Yo no haré la tontería que hizo Primo de Rivera. Yo no dimito; de aquí al cementerio” y “Las enfermedades de las naciones duran siglos y las convalecencias decenios”. Son títulos que se corresponden a frases que en algún momento dijo el dictador y que sirven para marcar el tema o período en se centrará esa parte: los años de “africanista”, los años de la barbarie y la guerra, los años de alianzas internacionales con Hitler, Mussolini y Salazar, los años de la difícil reconstrucción hasta lograr el abierto apoyo de las potencias occidentales y los años de la prosperidad económica o de “milagro español” como se definió en más de una ocasión. En este sentido, el autor no pretende hacer una “biografía convencional”, sino que su objetivo es “usar su biografía para ampliar nuestra comprensión de esos procesos históricos tan complejos de guerra, revolución, dictadura y políticas de exclusión y exterminio, no para concentrar el foco en su vida privada y personalidad”, lo que supone un desafío: “combinar la visión microscópica de la historia de España con la telescópica de Europa y el mundo”. Bajo esta perspectiva estamos ante un libro correcto, está bien escrito —incluso con cierta calidad literaria—, y alcanza plenamente su objetivo: insertar la vida de Franco en su contexto internacional. Así, a lo largo de la obra es notable el uso de materiales que sitúan a Franco y la situación política española en el contexto internacional, recreándose en la relación de Franco con el nazismo alemán y el fascismo italiano, la constante búsqueda de aprobación de la Iglesia —no de la española, que la tenía incondicional, sino del Papado— y la búsqueda del nuevo amigo americano. No obstante, quizás no queda bien establecida la conexión entre la evolución política del mundo y el “pensamiento” político de Franco y sus más estrechos colaboradores, desde Serrano Suñer hasta Carrero Blanco, ya que si bien no son las personas las que hacen la historia, esas personas gozaron del poder necesario para dirigir el rumbo de la nación a lo largo de casi cuarenta años.

Esta sensación de insatisfacción con el alcance del contenido se repite en varias ocasiones. A lo largo de la obra se da a entender que Franco de asuntos económicos no tenía mucha idea, pero lo cierto es que al dirigir de modo autoritario el Estado, las directrices económicas se elaboraban en la alta jerarquía del país y él las asumía y las firmaba; sería interesante, pues, que hubiese analizado con más detalle la evolución del pensamiento económico de Franco, que pasó de defender un régimen económico de inspiración fascista a dictar normas que permitían la hiperexplotación de la clase trabajadora de acuerdo con las metodologías laborales que estaban ensayando los Chicago boys en el Chile de Pinochet y en la España de los últimos años de Franco.

En general, Franco, de Julián Casanovas, es una obra de la que se aprende, el objetivo de ofrecer mucha información está sobradamente alcanzado; no obstante, precisamente para alcanzar ese otro objetivo de no realizar juicios de valor porque esa no es una labor de la historiografía, el libro no conduce al público lector a realizar una lectura democrática de Franco. Es cierto, el autor, así lo señala en las notas finales del libro y lo explica en varias entrevistas, procura que este libro lo lea un público que salga de los círculos cerrados de los historiadores y las historiadoras y de la academia… y está escrito con esa intención. De hecho, sería un buen libro con el que “celebrar” el quincuagésimo aniversario del restablecimiento de la democracia; no obstante, en España tenemos un grave problema: a pesar de que nuestros institutos están poblados por un alumnado que no solo nació en democracia, sino que la mayoría de sus padres y madres también nacieron en democracia o por lo menos se educaron en democracia, cuando se habla de Franco y del franquismo en clase surge la sospecha…, una sospecha que en principio no existe cuando se habla del Sexenio absolutista de Fernando VII o de la Constitución de 1869. En ese sentido, el libro adolece de un defecto para alcanzar el objetivo que el autor se propone; es cierto, el autor afirma que “las cosas buenas que hizo Franco las estaban haciendo las democracias más avanzadas de Europa y lo consiguieron sin el legado de destrucción que el golpe de Estado, la guerra civil y la larga época de miseria, hambre y represión”, pero esas palabras en las páginas finales del libro no son suficientes si a lo largo del texto Franco está caracterizado más veces como “caudillo” que como dictador, o si Franco no es calificado como traidor o como tirano, que lo fue, primero porque traicionó el compromiso de lealtad que había adquirido con la República y segundo porque usurpó un poder legítimamente establecido. Tampoco ayuda que en ningún caso se cuestione su capacidad militar, al contrario en repetidas ocasiones se insiste en su fulgurante ascenso militar y aunque insiste en que durante la guerra civil se recreó en la barbarie y en la brutalidad, no hay ninguna reflexión sobre el ese papel de la barbarie y la brutalidad en la guerra, ninguna referencia al hecho de que las guerras —también en tiempos de la guerra civil— tenían reglas y que él y los militares sublevados las vulneraron todas… por eso no se debería mantener una visión positiva del Franco militar —quizás sería necesario recordar las palabras de otro militar, Bolívar, que llamaba malditos a los militares que disparaban a su propio pueblo—. Por último, tampoco ayuda mucho en la tarea de elaborar una opinión crítica con respecto a Franco y al franquismo que no se explique el origen de la fortuna de Franco —que no se derivaba de su sueldo—, si todo su entorno era corrupto pero de él se transmite —también en este libro— una imagen de austero y de persona al margen del mundo de la enorme corrupción económica que le rodeaba.

En definitiva, un libro necesario para conocer a Franco en su contexto histórico escrito para una ciudadanía con formación democrática.

Fuente: mundoobrero.es – Reseña de «Franco» (Crítica, 2025), de Julián Casanova

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Fuente: Javier Valenzuela en eldiario.es

Su Excrecencia

Los antifranquistas aceptamos que en la España democrática cupieran los herederos de Franco, como cabían tantos otros miembros de la muy plural fauna y flora carpetovetónica. Con una sola condición: que renunciaran a intentar volver a una patria en la que solo cupieran ellos. ¿Lo han hecho?

antifranquistas en la universidad / nuevatribuna.es

Cuando el general Franco murió, tal día como hoy de hace medio siglo, yo tenía veintiún años. Cuando, con la victoria electoral de Felipe González en 1982, se dio por culminada la Transición desde su régimen dictatorial a una democracia imperfecta pero aceptable, yo ya tenía veintiocho. No hace falta que nadie me cuente ni lo que fue el franquismo ni la mucha sangre, sudor y lágrimas que costó dejarlo atrás… si es que puede decirse que se dejó completamente atrás.

A mí y a buena parte de mi generación, Franco nos amargó la infancia, la adolescencia y la primera juventud. No hemos olvidado las misas y rezos del rosario obligatorios, y en latín, de nuestros primeros años. Ni el entonar el Cara el Sol ante la puerta del colegio extendiendo el brazo en el saludo fascista. Ni su sombría omnipresencia en los retratos de las aulas y los centros oficiales. Ni el desagradable sonido de su voz atiplada en el No-Do y, a partir de los años 1960, en la única cadena de televisión.

Franco era un tostón, siempre decía lo mismo: la unidad de España siempre estaba en peligro a causa de una pérfida conjura de judíos, masones, rojos y otras gentes de mal vivir. Era un hombre de convicciones berroqueñas, ciertamente. Añoraba la España de la Inquisición, la conquista de América y los Tercios de Flandes. Quería una España unida, única y uniformada, gobernada como un cuartel. Tuvo que ir trocando la camisa azul del fascismo por la blanca del desarrollismo tecnocrático, pero era tozudo y jamás cedió en lo esencial.

Algunos jóvenes de hoy en día piensan que la principal pega que puede ponérsele a Franco es su negativa a aceptar la pluralidad política y celebrar elecciones. Están muy equivocados: Franco era pura asfixia vital para cualquiera que quisiera ejercer una mínima libertad individual. No es solo que siguiera ordenando fusilamientos hasta semanas antes de su muerte, es que a mi generación nos negó lo que ya era común entre los jóvenes de la Europa occidental de entonces.

No podíamos leer libros o ver películas que eran absolutamente legales al norte de los Pirineos. No podíamos viajar tan panchamente al país que nos apeteciera. Si no estábamos casados por la Iglesia, no podíamos hacer el amor con una chica o un chico si no era de un modo tan clandestino como en tiempos de Felipe II. Conseguir condones o la píldora era más difícil que pillar hoy marihuana. No existía el divorcio. Para abortar, las mujeres tenían que ir a Londres.

No era solo lo político, insisto. Franco era una losa para el ejercicio de cualquier libertad que hoy se considera normal. Si eras gay, lesbiana o transexual, ibas al trullo en aplicación de la Ley de Vagos y Maleantes. Y, por supuesto, todas las mujeres, todas, eran personas de segunda. Necesitaban el permiso del padre o el esposo para sacarse el pasaporte o abrir una cuenta bancaria. Se necesitaron unos cuantos años para deshacer esos nudos, y, aun así, buena parte del tuétano institucional y económico del franquismo ha perdurado hasta nuestro tiempo. Mi generación no reniega del espíritu de reconciliación de los últimos años 1970 y primeros 1980, en absoluto. Pero lamenta que se confundiera amnistía con amnesia, que las víctimas de Franco no tuvieran un merecido reconocimiento, que no se enseñara en las escuelas lo que había sido aquel régimen ominoso, que no se prosiguiera el paulatino desmantelamiento de lo que Franco había dejado atado y bien atado.

Aleluya, mi generación ha disfrutado de varias décadas de poder hacer bastante de lo que Franco no nos dejaba hacer. Pero ahora, ya arrugados canosos, vemos agrietarse mucho de lo que luchamos por construir. ¿Viviremos nuestros últimos años en una especie de franquismo 2.0, una versión más o menos light del autoritarismo, el patrioterismo y la caspa que ya padecimos?, nos preguntamos. ¿Perderán nuestros hijos y nietos la primacía de la Ilustración y el Estado de Bienestar tan laboriosamente conseguida?

Sé que estos temores no se circunscriben a España, que se extienden desde San Francisco a Berlín. Lo singular en nuestro caso es, precisamente, lo que hoy, 20 de noviembre, conmemoramos: Franco, a diferencia de Hitler y Mussolini, murió en el poder y por causas naturales. Aquí no hubo ruptura con el totalitarismo, aquí hubo una evolución hacia una democracia homologable por el mundo occidental que se dejó unas cuantas asignaturas pendientes.

Neus Tomàs escribió ayer en este diario: “Los que hemos crecido ya en democracia tenemos o, para ser más exactos, teníamos la percepción de que este sistema es el único, el lógico, el natural. Ahora percibimos que no, que igual que nuestros padres y abuelos antifascistas, debemos luchar para no retroceder”. Así es, compañera. Una de las cosas inquietantes de las últimas décadas ha sido el que tanta gente inteligente nacida a partir de 1970 compartiera el sentimiento del carácter excepcional del franquismo y la condición irreversible de la democracia.

No ha sido culpa de esas generaciones, lo sé. Es aquello en lo que han sido adoctrinadas por el discurso oficial. Aquello de que el franquismo se sostuvo tan solo por la fuerza, sin que tuviera el apoyo de millones de españoles, que lo tuvo. Aquello de que las derechas españolistas eran indiscutiblemente democráticas, sin albergar la menor simpatía o nostalgia por Franco. Aquello de que España estaba inmunizada frente al fascismo. Aquello de que contarles a los estudiantes lo que ocurrió entre 1936 y 1975 era una pérdida de tiempo.

A los antifranquistas nos hacía gracia llamar Su Excrecencia al Caudillo de España por la gracia de Dios. Era un tumor maligno surgido del propio cuerpo español, de una larga historia de nacionalcatolicismo excluyente. Pero en la Transición aceptamos que en la España democrática cupieran sus herederos, como cabían tantos otros miembros de la muy plural fauna y flora carpetovetónica. Con una sola condición, claro: que renunciaran a intentar volver a una patria en la que solo cupieran ellos. ¿Lo han hecho?

Fuente: Javier Valenzuela en eldiario.es

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