Fascismo y libertad de expresión: la trampa perfecta del siglo XXI

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Ya no llega con camisas negras ni desfiles marciales, aunque también; hoy se disfraza de opinión legítima, de debate necesario, de libertad de expresión. Y mientras tanto, las democracias caen una y otra vez en la misma trampa: confundir tolerancia con ingenuidad, pluralismo con permisividad, libertad con autoparálisis.

::Pasa en Carabanchel::

El dilema vuelve a estar sobre la mesa:
¿puede una democracia permitir la circulación pública de ideas que tienen como objetivo destruirla?
La pregunta no es académica; es urgente.

El viejo truco del lob@ disfrazad@ de defensor de la libertad

Los nuevos movimientos fascistas no queman libros: los comentan en podcasts. No asaltan radios: se viralizan en TikTok. No ocultan su intención de eliminar derechos: simplemente la empaquetan en un discurso aspiracional, identitario, emocional. Y cuando alguien —un medio, una plataforma, un gobierno— intenta marcar límites, se victimizan. Repiten el guion: “nos censuran porque decimos la verdad”.

Es una ironía casi perfecta:
los enemigos de la libertad de expresión se presentan como sus mártires.

El falso debate de “todas las opiniones valen
Cada tanto aparece un coro que insiste en que “todas las opiniones merecen el mismo espacio”.
Falso. Rotundamente falso.

Una opinión que promueve la igualdad y una que promueve la persecución no pueden compartir el mismo plano moral.
Una opinión que defiende derechos humanos y otra que propone eliminarlos no están “en disputa”: están en conflicto.

Equipararlas es dejar la puerta entreabierta para el autoritarismo.

Las redes sociales: autopistas para el extremismo
La desinformación ya no avanza: corre.
Los algoritmos premian lo incendiario, lo polarizante, lo que genera clics y rabia. Y el fascismo, experto en fabricar enemigos y emociones simples, encuentra allí su terreno fértil.

Cuando las plataformas expulsan contenido extremista, aparecen los gritos de “censura”.
Cuando no lo expulsan, crece la radicalización y la violencia offline.
Nadie quiere asumir que, en esta batalla, la neutralidad es complicidad.

La paradoja que las democracias aún no resuelven
A estas alturas deberíamos haber aprendido la lección histórica: el fascismo no se detiene con declaraciones tibias. Tampoco con un relativismo confortable en los titulares. No basta con repetir que la democracia se defiende con más democracia”.

A veces, defender la democracia implica trazar líneas claras:

No a la propaganda que promueve odio.

No a quienes usan el discurso público para deshumanizar.

No a quienes quieren convertir la libertad en un arma arrojadiza.

Y sí, esto incomoda. Porque implica aceptar que una sociedad abierta tiene derecho —y deber— de protegerse.

El punto clave: la libertad de expresión no es suicida
La libertad de expresión no se creó para dar altavoz a quienes buscan enterrarla.
No es un pacto de sumisión.
No es un cheque en blanco.
No es un derecho para destruir derechos.

Es, precisamente, la institución que permite que exista el desacuerdo, la crítica, la oposición.
Y eso significa que debe ser defendida contra quienes la instrumentalizan para imponer silencio.

Decirlo sin rodeos
Hoy, en pleno 2025, hay que decirlo con crudeza:
El fascismo no quiere hablar. Quiere callar. Quiere callarte.
Y cuando reclama libertad de expresión, no está pidiendo un derecho: está pidiendo vía libre.

La gran pregunta es si las democracias seguirán cayendo en la trampa o, por fin, entenderán que defender la libertad implica, a veces, impedir que el enemigo la utilice para destruirla.

Fuente e imagen: @MIA [ChatGPT-OpenAi] colaboradora de @carabanchelnet
@MIA @MIA [ChatGPT-OpenAi]
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