El viaje de barrio pobre a barrio rico de Muelle, el grafitero que se opuso al mercado y se defendió de las marcas convirtiéndose en una

La casa de subastas Durán saca a la venta 15 bocetos –a partir de 1.500 euros– del primer grafitero de España, en un movimiento sin antecedentes de los herederos de quien quiso “regalar” sus grafitis a los ciudadanos

El grafiti comienza en España cuando Muelle, la firma que Juan Carlos Argüello (1965-1995) expandió por la ciudad de Madrid, agarró un spray a principios de los ochenta. En eso los expertos en la materia no muestran dudas. Lo que no tienen tan claro es cómo convencer a las instituciones públicas de que aquella pintada personal, que luchaba contra las firmas comerciales en una ciudad abarrotada de publicidad, es parte de la historia del país y de sus expresiones culturales. Han pasado más de dos décadas desde su fallecimiento y ningún museo se ha interesado por el estudio y el reconocimiento de su impulso creativo en las paredes de la España atrapada entre el desencanto democrático y la euforia vital.

En este inexplicable silencio, el mercado ha vuelto a adelantarse a la ciencia y pone en venta este miércoles, en la casa Durán Arte y Subastas –con un precio de salida de 1.500 euros, los más baratos, y de 6.000 euros, los más caros– 15 bocetos dibujados por Juan Carlos que conservaba su hermano, Fernando. 

No ha sido un movimiento sencillo. Fernando Argüello reconoce a este periódico que Consuelo Durán, directora de la casa de subastas, deseaba desde hacía dos años montar esta cita para ofrecerle nuevo contenido a sus coleccionistas. Él se negaba como se negaba a otros que le ofrecían sacar producto de Muelle a la calle, desde ropa a complementos. Su hermano había registrado su marca, en 1984, ante el impulso voraz de la competencia por adueñarse de lo suyo. Se ha contado que una marca de colchones ofreció a Juan Carlos cinco millones de pesetas (de los ochenta) por quedarse la firma (muelle, colchones, listo). Lo rechazó porque prefería mantener intacto su ideario: el ciudadano contra la marca. 

Así lo había hecho su hermano hasta ahora. “Pero un día Carolina me dijo que esta subasta podría abrir la puerta de museos como el Reina Sofía a la obra de mi hermano. Eso ya me convenció”, dice Fernando. Desde el Museo Reina Sofía indican a elDiario.es que no han tenido en cuenta el trabajo de Muelle en la reordenación de su colección permanente. De hecho, no tienen obra suya. ¿Demasiado popular? Por cierto, Muelle nunca dejó constancia de su nombre en la calle Serrano, donde no había lugares abandonados, ni tapias, en las que reclamó actuar para no molestar. Como él mismo dijo, la suya era “una firma decorativa que no genera gasto”. 

¿Estaría de acuerdo su hermano con esta subasta? “Bufff. Es difícil saber, pero creo que se sentiría orgulloso, porque estaba convencido de que llegaría a más. Él daba mucho valor a sus creaciones. Este viaje de Campamento [barrio natal de los Argüello] a Serrano [en la casa de subastas] es lógico porque debe ser el primer paso del reconocimiento. Sé que hay personas que no están de acuerdo con la subasta, que dicen que jamás vendió obra, pero debemos recuperar su memoria. No sé por qué no lo he hecho antes, imagino que por miedo al qué dirán. Sí sé que no lo hago por dinero”, sostiene Fernando, que trabaja como carnicero en Boadilla del Monte y en Fuenlabrada. 

Falta de reconocimiento

Consuelo Durán cree que el reconocimiento de Muelle como iniciador del grafiti en España está pendiente y que la subasta ayudará a fijar su figura en el arte conservado en manos de coleccionistas. Romperá el nicho del arte urbano, explica la galerista, para atraer a esos inversores que fueron coetáneos de Muelle, vivieron los ochenta madrileños y “ahora tienen otro perfil, más clásico”. “Aunque no orientó su trabajo al mercado, sí era consciente de su valor y espero que las instituciones despierten de una vez”, añade Durán, que prefiere no aventurar hasta dónde llegará el precio de las piezas. No hay antecedentes. 

El muñidor de todas estas operaciones de rescate es Paco Reyes, conocido por su firma Pastron#7, profesor del Departamento de Ciencias de la Comunicación Aplicada en la Facultad de Ciencias de la Información de la Complutense. Contesta con menos dudas que el hermano de Argüello: “Juan Carlos estaría totalmente de acuerdo con la subasta, porque su figura se está olvidando”, comenta Reyes. Al tiempo está preparando un documental y un libro, y tenía en marcha el comisariato de una exposición que se canceló por el Covid-19. Además, ha digitalizado más de 3.000 fotografías que Juan Carlos realizó durante sus asaltos a la ciudad. Reyes reconoce que Muelle no buscó rentabilidad a sus trabajos, pero cuando se le puso por delante alguna marca sí colaboró. Hizo un anuncio para DYC, por ejemplo. 

El primer grafitero de España participó en Arco, en 1987, con la galería Estiarte, para la que hizo una gran lona de cuatro metros de ancho por tres de alto con su firma, aunque no se vendió. Demasiado pronto, el mercado necesitaba tres décadas para llevar el grafiti callejero a sus salones. La galería donó al Museo de Arte Contemporáneo de Madrid, en Conde Duque, el enorme lienzo de tonos rojos y amarillos que no expone. Fernando Argüello conserva en un almacén piezas museísticas capitales, como la bici a la que su hermano le acopló una suspensión de moto y le valió el mote de “muelle”. También un cierre metálico de un negocio que se mantenía abandonado, en Campamento, desde hacía veinte años y que gracias a ello había conservado la pintura en perfecto estado. Un amigo cerrajero le ayudó a recortarlo y a convertirlo en un cuadro, con una trasera compuesta por bastidores metálicos. Apenas le costó un cierre nuevo para los propietarios del local.

Una venta cuestionada

En este viaje de barrio pobre a barrio rico del grafitero que se opuso al mercado y se defendió de las marcas convirtiéndose en una, no todos opinan como la familia, el entorno y el mercado. Elena Gayo dirigió, junto con Fernando Figueroa, las labores de restauración de la pintada de 1987 que se conserva en uno de los muros de la calle Montera. Trataron de que la Comunidad de Madrid la declarara Bien de Interés Cultural (BIC), pero en 2011 la dirección de Patrimonio se negó a la propuesta. A la Administración autonómica no le pareció que un personaje esencial en la representación de las nuevas individualidades y libertades de la España demócrata tuviera suficiente interés como para garantizar su protección. A Elena Gayo le chirría la llegada de Muelle a las subastas porque “es un objeto cultural, no un objeto mercantil”. 

Gayo aclara que las acciones de Argüello eran obras ilegales y que “competía contra el mercado en una ciudad atestada de anuncios”. “Por eso arrastrarle de Campamento a Serrano es vaciarle de contenido, porque entendió que debía entrar a la ciudad sin pedir permiso y conquistar los espacios a los que nadie llegaba, compitiendo con el mercado y su publicidad. Si registró su marca fue para que el mercado no la desvirtuara. En una subasta, el grafiti pierde todo sentido y es convertido en lo que no es: arte aseado”, sostiene la restauradora y directora de Mura Street Art Conservation. 

“Cuando pintas te sientes vivo y por un momento te olvidas de que eres masa. En esta ciudad hay demasiada mierda y demasiada soledad. De este modo, le regalamos a la gente un poco de nosotros mismos”, dijo Muelle en el documental Mi firma en las paredes, emitido por TVE en 1990, adelantándose a cualquier comercialización de su obra. Prefería regalar para atemperar las exigencias de la urbe. Por eso la obra de Muelle sin la ciudad queda desnaturalizada como grafiti. Quizá pueda verse como arte. Gayo cree que estos bocetos son “papeles muertos”, porque han perdido el contexto en el que actuó Muelle, esencial para entender sus acciones, su identidad, sus experiencias y la comunidad en la que lo hizo. Por eso insiste en que como bien artístico es muy discutible, pero las acciones de Muelle son innegables como bien de interés cultural. Fuente: Peio H. Riaño en eldiario.es

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