El Último de la Fila se volverá a subir a los escenarios en 2026, ahora que su primer disco cumple 40 años

El grupo barcelonés se estrenó en 1985 con ‘Cuando la pobreza entra por la puerta el amor salta por la ventana’, un disco grabado precariamente y en cuya gira de presentación Manolo García acabó detenido por blasfemar

Manolo García y Quimi Portet De Gira

“No bastó con ser el último para ser el primero alguna vez”. La frase de Borges aparece levemente modificada en un tema del que hasta hace poco era el último álbum de estudio de El Último de la Fila, La rebelión de los hombres rana (EMI, 1995). Sin embargo, los dos miembros del grupo, Manolo García y Quimi Portet, lanzaron a finales de 2023 Desbarajuste piramidal, un disco donde regrabaron 24 de las canciones más emblemáticas de las formaciones que ambos compartieron, con las que vendieron millones de copias y se convirtieron en una de las bandas más exitosas de finales de los 80 y de los 90.

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En la presentación de este trabajo, Manolo García afirmó: “Es mucho más probable que nos metamos en el estudio a grabar a que salgamos de gira conjunta” (también en 2016 negó un retorno de El Último de la Fila), si bien Quimi Portet dejó algo de esperanza para los fans: “Las puertas están del mismo modo abiertas que cerradas”. Apenas un año y medio después, solo un par de horas antes de que empezara el ya histórico gran apagón del 28 de abril de 2025, el dúo reescribía su propia historia y anunciaba que haría una gira por toda España en 2026.

La última vez que actuaron juntos fue en febrero de 2016, dieciocho años después de su separación, en las salas La Riviera de Madrid y Razzmatazz de Barcelona. Solo iban a tocar temas de Los Rápidos y Los Burros, por lo que participaron integrantes de las dos bandas, pero finalmente añadieron seis de El Último de la Fila. Hubo una euforia total y hasta lágrimas entre sus incondicionales, que no esperaban ver de nuevo a ambos amigos tocando Insurrección, Aviones plateados o Sara sobre un escenario. Manolo García y Quimi Portet cuentan con una legión de fans que fueron conquistando poco a poco con sus canciones desde sus complicados inicios, a base de trabajo duro, de insistir y de la excepcional mezcla de talento de ambos músicos.

‘El que la sigue la persigue’

Manolo García (Barcelona, 1955) se crió en Poblenou, un barrio lleno de emigrantes de otras zonas de España donde sonaba “copla española, flamenco, Antonio Molina”, recordaba el cantante en una entrevista de 2014 para Kiko Amat en Jot Down. Se fogueó desde los trece años cantando y tocando la batería en el grupo de barrio Materia Gris (“era un grupo tipo Eagles: todo el mundo cantaba”), una época de la que se siente orgulloso y que considera que le marcó para bien.

En quince años he vivido millones de horas sobre escenarios”, contaba en junio de 1986 a Ignacio Julià para la revista Ruta 66. “En aquella época ya tenía muy claro que iba a tener un status artístico, grabar mis discos y todo eso […] Tocaba la batería, pero me comía al cantante y a quien hiciera falta. Nos divertíamos mucho”. El grupo tocaba un repertorio de música española de boleros y canciones de verbena, pero en cuanto el público lo permitía, pasaban a temas de rock como los de la Creedence Clearwater Revival o Deep Purple. El servicio militar obligatorio acabó causando la disolución de la banda.

Quimi Portet (Vic, 1957, aunque se crio en Barcelona) también se interesó desde bien joven por la música. Tocaba la guitarra desde niño, con diez años ingresó en una tuna escolar y con dieciséis logró que le compraran una batería, según contaba el periodista Toni Coromina, autor de El que la sigue la persigue. Biografía tolerada de El Último de la Fila (1995) y amigo y colaborador del grupo. Gracias a los discos que compraba su madre descubrió a estrellas del pop-rock y del soul como los Beatles, los Rolling Stones o Aretha Franklin. “Yo quise ser Beatle, del mismo modo en que otros niños querían ser bomberos o astronautas”, resumió Portet en Jot Down en 2018. “Mi familia era lo que ahora llamaríamos ‘desestructurada’. Había mucho mal rollo en aquella casa, y yo me tuve que buscar la vida; a los quince ya me había emancipado”.

La precariedad, un vocablo tan usado hoy día, también existía en los 80. Manolo García relató a Arancha Moreno en Efe Eme en 2018 que tuvo diecinueve empleos desde los 14 años, cuando empezó de aprendiz en una carpintería, hasta los 30, cuando pudo dedicarse exclusivamente a la música con El Último de la Fila. En esos años intermedios compaginó su labor musical con la de estudiar diseño gráfico, repartir muebles y juguetes, pintar “monótonos” cuadros al óleo, diseñar material de Hello Kitty “en una empresa pirata”, dibujar portadas de casetes con versiones de temas famosos… En este último empleo se ofreció a tocar y cantar en las grabaciones, lo que le sirvió para aprender cómo funcionaba un estudio de grabación. Por su parte, Portet también tuvo trabajos de todo tipo mientras formaba parte de distintas formaciones musicales.

En Hostalets empezó todo

Los caminos de García y Portet se cruzaron el 20 de junio de 1981 en Hostalets de Balenyà, cerca de Vic. Ese día se organizó allí un festival en el que participaron grupos como Lone Star, Los Rápidos (liderado por Manolo García) y Kul de Mandril (comandado por Quimi Portet). García recuerda que le pareció interesante Portet, entonces guitarrista y compositor de su grupo, y le propuso trabajar juntos: “Recuerdo que le dije que teníamos un disco, como tentación” (Rápidos, grabado en 1980 con EMI, que no quiso renovarles el contrato después de que vendieran solo 2.000 copias del álbum). Manolo le insistió en un segundo concierto de Kul de Mandril y Portet acabó accediendo: “A la semana apareció en mi casa con una maleta, porque él vivía a 70 kilómetros de Barcelona”.

Manolo García cantando Insurrección en Sevilla / Captura video gentileza youtube.com/@lomio2499 / @carabanchelnet

Según relata García en Efe Eme, en una posterior noche de borrachera Portet y Antonio Fidel, bajista en Los Rápidos, llegaron muertos de risa con el nombre de la banda que iban a formar: Los Burros. “Nuestro humor surrealista […] Luego había ayuntamientos y gente que no nos contrataba porque el nombre les asustaba”.

Quimi Portet tocando Insurrección en Sevilla / Captura video gentileza youtube.com/@lomio2499 / @carabanchelnet

Quimi también había traído dos canciones que había compuesto: Huesos, que grabaron con Los Burros, y Querida Milagros, que reservaron para El Último de la Fila. Gracias a un dinero que les prestó Toni Coromina y a que Manolo trabajaba como diseñador en la discográfica Belter, lograron que esta grabara en 1983 un disco a Los Burros, Rebuznos de amor, cuya portada diseñó Ouka Leele. Evolucionaron de componer un rock más clásico con Los Rápidos a ser “un poco más surrealistas, más aberrantes”, explicaba García, que califica a Portet y a sí mismo como “cafres”.

El grupo, en buena parte formado por los anteriores integrantes de Los Rápidos, se especializó en actuaciones disparatadas y salvajes. Todos salían con embudos humeantes en la cabeza al escenario, que Manolo había ‘decorado’ previamente con todo tipo de cachivaches que compraba por cuatro duros en ferreterías y mercadillos, como televisores viejos que hacía estallar durante las actuaciones. En una de esas performances le impactó en el ojo un elemento del aparato, lo que le causó una herida. En otra actuación para la revista Ruta 66 en 1987 se maquillaron, se depilaron, se vistieron de mujeres y actuaron como Las Burras. Tiempo antes, en 1983, habían aparecido en el programa de Àngel Casas en TVE Musical Express, donde interpretaron tres temas.

Pese a su energía (El faro del fin del mundo), sus letras originales y surrealistas (Huesos, Moscas aulladoras, perros silenciosos), su sonido rockero (Conflicto armado) y la cada vez más personal y excepcional forma de cantar de Manolo, Rebuznos de amor tuvo unas cifras de ventas muy discretas. No ayudaba que el foco estuviera puesto en gran parte sobre la escena de la Movida madrileña, donde el único grupo catalán que triunfó fue Loquillo y los Trogloditas.

‘Trabajo duro’

Los Burros iban por el buen camino, pero les faltaba pulir más su estilo, lograr un sonido más personal. Ante la falta de ingresos suficientes para subsistir, los músicos del grupo, exceptuando a García y a Portet, dejaron la banda. Manolo y Quimi siguieron adelante solos, ensayando por su cuenta durante cerca de tres años en una nave industrial que habían adaptado, componiendo y grabando maquetas. Cada uno aportaba sus ideas, moldeadas por sus influencias musicales y, como explica García, “ocurrió una fusión. A mí por ejemplo me gustaba Triana” y lo aflamencado, pero también The Clash, mientras que a Portet le iba el soul o el rhythm’n’blues, si bien también le atraían los sonidos árabes.

Lograron mezclar lo popular y la vanguardia, y las letras y las melodías que creaba cada uno enriquecían más al otro. “Éramos completamente anárquicos y éramos muy felices, porque trabajábamos a cualquier hora, a cualquier hora nos íbamos a comer, vivíamos juntos, yo a veces dormía en el local de ensayo, éramos a veces hasta indecentes; pasábamos días enteros sin ducharnos, tocando, salíamos de copas, volvíamos, dormíamos unas horas, seguíamos tocando”, rememoró Manolo en Jot Down.

“Quería que El Último de la Fila no recordase a nadie”, explicó Portet en la misma publicación. Parecía que habían dado con la tecla, al crear un grupo que muchos consideran como un género en sí mismo y que pronto se convirtió en un referente para innumerables formaciones musicales españolas. Solo les faltaba un nombre, que salió del propio Manolo después de desechar otros como Los Trogloditas (que finalmente se quedó Jordi Vila, batería con Los Burros y con Loquillo): El Último de la Fila, ya que García consideraba que, aunque no fueran por delante de todos, iban a seguir avanzando incluso desde el final del pelotón.

El dúo siguió ensayando e insistiendo, con Manolo haciendo frecuentes viajes a Madrid para intentar colocar sus maquetas, hasta que tuvo lugar otro encuentro clave: una amiga, Irma Coronilla, les puso en contacto con Rafael Moll, productor de Joan Manuel Serrat, Peret o Albert Pla.

‘Dulces sueños’

Manolo García tenía claro que debían lograr algo firme ya: “Teníamos dos discos, un poco de público, no podríamos parar”, explicó a Efe Eme. Rafael Moll habló con la hoy desaparecida discográfica PDI, que accedió a grabarles su debut como El Último de la Fila, Cuando la pobreza entra por la puerta, el amor salta por la ventana, pero sin proporcionarles demasiados recursos para ello, quizá por falta de confianza en el grupo o por mera tacañería empresarial. Todo ello se nota en el sonido del disco, que acabarían remezclando y relanzando en 1991 con otra compañía.

Aunque contaron con sus habituales Jordi Vila para la batería o José Luis Pérez para alguna guitarra eléctrica, así como con un jovencísimo Juan Manuel Cañizares (Premio Nacional de Música en 2023) para la guitarra española, Manolo y Quimi tuvieron que tocar diversos instrumentos y hacer un poco de todo. El álbum, que contenía la potente El loco de la calle, abría con la original Dulces sueños, que mezcla toques morunos con la voz aflamencada de García. El locutor Jesús Ordovás, al que Manolo había llevado un ejemplar, pinchó esta canción en Radio 3 y alabó al grupo. El cantante lo vio claro: ahora sí, era su momento, podría dejar su trabajo y vivir de la música. Estaba a punto de cumplir 30 años.

Las temáticas de las canciones mantienen su plena vigencia cuarenta años después. La canción que da título al álbum y No hay dinero para los chicos hablan de hogares llenos de desesperanza por su mala situación económica; Querida Milagros cuenta la historia del soldado muerto que cuenta en una carta póstuma a su novia el sinsentido de la guerra, similar a la antimilitarista Otra vez en casa; El Monte de las Águilas habla de la nostalgia por la naturaleza… Era una propuesta musicalmente novedosa en cuyas letras muchos podían verse reflejados.

Cuando la pobreza entra por la puerta… se grabó entre enero y febrero de 1985, si bien en la red parece imposible encontrar la fecha exacta de publicación. Dado que su concierto de presentación tuvo lugar el 11 de mayo de 1985 en el pabellón deportivo de Centelles (localidad muy cercana a Hostalets, donde el dúo se conoció), todo hace pensar que el disco salió a la venta entre abril y principios de mayo de 1985. Toni Coromina relata así esa primera actuación: “El escenario estaba decorado con unas grandes plataformas con focos de automóvil detrás de los músicos, enfocando al público. Los músicos llevaban embudos en la cabeza, a modo de sombreros, de donde salían columnas de humo por la chimenea, mientras agitaban linternas de neón. Las nuevas canciones se sucedieron entre vítores, aplausos y bailes frenéticos del público, en medio de espectaculares nubes de plumas de gallina y de talco, globos y humareda de colores”.

Otro concierto en Granada de septiembre del mismo año acabó con Manolo García brevemente detenido por blasfemar. “Dije que me cagaba en Dios, en fin, lo de siempre”, relató el cantante a Ignacio Julià en Ruta 66, pero al acabar vino un capitán de la policía nacional y dijo que se me llevaba. Le acompañé, hicimos un atestado y no pasó nada. Todo fue bastante simple”, pues le liberaron a las dos horas, pero causó algo de revuelo porque salió en los periódicos. “Ya ves, aquí en Barcelona me he sacado hasta la polla y no pasa nada. Fiesta, alegría”, explicó García.

El primer trabajo de El Último de la Fila vendió 30.000 copias, nada desdeñable para la época y para ser un debut. Con PDI grabarían su siguiente trabajo, Enemigos de lo ajeno, y doblaron la cifra de ventas con respecto al anterior disco. Fue el principio de una de las trayectorias más exitosas de la música española y de uno de los grupos más respetados y famosos de finales de los 80 y los 90 que, si bien como artistas en solitario tienen sólidas carreras, aún mantienen “el ansia de vivir” y la ilusión de seguir trabajando juntos como dúo. 

Fuente: Virginia Sarabia en eldiario.es

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Fuente: David Becerra Mayor – @DBecerraMayor en eldiario.es

El Último de la Fila, o hacia una ecología de la comunicación

Hay un exceso de ruido que impide toda forma de diálogo entre iguales, que interrumpe las miradas y los encuentros desde el lenguaje pero trascender el mundo prosaico y contaminado de palabras gastadas define el proyecto musical y la poética de El Último de la Fila que ha regresado 25 años después.

Sucede incluso cuando se observa una vieja fotografía y no nos reconocemos en el rostro que aparece en ella. Se produce una distancia insalvable entre el yo del presente y aquel que retorna desconocido del pasado. Con él regresan viejos fantasmas que creíamos olvidados pero que nos siguen interpelando. Algo así debe ocurrir en el momento en que los compositores revisan su viejo repertorio. La sociedad ha cambiado mucho, también su lenguaje y sensibilidad, y lo que entonces se consideraba visible, audible y decible puede resultar extraño con el paso del tiempo. No siempre envejecen bien las fotografías, como tampoco lo hacen algunas canciones, que tienen que modificar una palabra que ya no significa exactamente lo mismo que antes. Ha ocurrido últimamente y lo han llamado cancelación, aunque más bien se trata de reconocer que las producciones culturales no son eternas ni universales, sino radicalmente históricas, y no siempre van a encontrar la complicidad de sus interlocutores al otro lado de la partitura.

Sin embargo, con Desbarajuste piramidal, el disco de regreso de El Último de la Fila, donde Manolo García y Quimi Portet se reencuentran después de su separación hace 25 años para volver a tocar algunas de las canciones más celebradas de su carrera, no se percibe un vacío abisal entre esas canciones y nosotros. Seguramente esto ocurre porque El Último de la Fila quiso trascender su específica realidad histórica –aunque la historia siempre termina permeando el texto, como se verá–, construyendo un nuevo mundo a medida que lo imaginaba con sus canciones. Y sin embargo esta construcción de mundo nos dice mucho del momento histórico en que se escribieron tales canciones. Decía Juan Carlos Rodríguez en De qué hablamos cuando hablamos de literatura que en el capitalismo avanzado o posmoderno ya nadie vive –ni mucho menos muere– por la literatura. Ha desaparecido el pathos que había definido históricamente lo literario, fuera desde el compromiso o las vanguardias. Ahora nadie vive por la literatura, pero sí pretende vivir de la literatura, que se ha convertido en una mercancía más en el mercado capitalista.

El Último de la Fila, como último reducto de esa concepción de la literatura, muestra su resistencia a la mercancía configurando con sus canciones una esfera autónoma regida por un lenguaje y unos códigos propios, radicalmente diferenciada del campo cultural hegemónico, que se basa en celebración hedonista y narcisista del consumo que llega desde ‘la movida’. “Lejos de las leyes de los hombres”, como reza el título de una de las canciones, la autonomía de la literatura produce un lenguaje otro, alejado de la lengua prosaica de una sociedad gris que rechazan los poetas que la habitan y que buscan trascenderla por medio de la poesía. Hay un compromiso con el lenguaje, una búsqueda de un nuevo lenguaje que sea capaz de simbolizar las verdades que se le escapan a la lengua cotidiana. En las canciones de El Último de la Fila opera esta lógica que da lugar a letras ciertamente herméticas que invitan a múltiples lecturas e interpretaciones, “suponiendo que haya algo que interpretar”. Esta búsqueda de un lenguaje diferenciado se reconoce en la dimensión poética de sus letras –desde Dulces sueños hasta Lápiz y tinta o Sin llaves– y en el alto contenido surrealista de otras composiciones –Vestidos de hombres rana posiblemente sea el ejemplo más claro de todos los temas que incluye Desbarajuste piramidal–, donde el referente de la metáfora se pierde y la relación entre el significante y significado se vuelve del todo arbitraria.

Este lenguaje otro que produce la literatura autónoma requiere a la vez que construye un lector activo capaz de enfrentarse a ese nuevo lenguaje, que le incita a adentrarse a su mundo diferenciado y poético para refugiarse del mundo dominado por el discurso prosaico e inmediato de la canción comercial. Podría interpretarse como un gesto reaccionario, al expulsar de esa esfera restringida a aquellos lectores que carezcan de la sensibilidad suficiente para comprender su lenguaje. Pero parece desmentir esta hipótesis el éxito interclasista de sus discos, especialmente celebrados en los desolados paisajes de las periferias urbanas de la reconversión industrial, golpeadas por la heroína y el paro estructural, cuyas estrechas conexiones con la contracultura en el tardofranquismo ha analizado muy bien Germán Labrador en su Culpables por la literatura. Late en esta concepción de la poesía una potencia política. Diríamos con Jacques Rancière que esta poesía se inscribe en un régimen estético que promueve un nuevo reparto de lo sensible. Es política, o tiene potencia revolucionaria, en la medida en que desestabiliza orden representativo, donde cada cosa no es sino lo que parece. Más allá de la superficie de los objetos se halla un imposible que solamente con una imaginación y una sensibilidad distintas es posible aprehender. Lograrlo, o al menos intentar su simbolización, ensancha el mundo a través del lenguaje, de ese lenguaje nuevo que hay que inventar para narrarlo y construirlo. Lo que es restringido es el mundo constituido, la función del lenguaje poético es ampliarlo.

Hay una búsqueda constante de ese lenguaje otro, de ese lector cómplice y de ese otro mundo posible en las canciones de El Último de la Fila. Esta búsqueda se genera desde una matriz animista de la literatura. Tal y como lo teorizó Juan Carlos Rodríguez en su Teoría e historia de la producción ideológica, la matriz animista promueve la lógica constitutiva de la literatura como encuentro y comunicación entre dos almas libres que se dan cita en el texto literario; pero también del amor, que es asimismo el fruto de un encuentro de almas bellas que se vehiculan a través de la mirada de los amantes. La matriz animista produce buena parte de la producción poética del grupo de rock catalán: la mirada y la comunicación son dos constantes en sus canciones.


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Será a través de la mirada, como ocurre por ejemplo en Mar antiguo, que se alumbrarán nuevos mundos: “No hay otros mundos, pero sí hay otros ojos”. Los ojos hacen viable la posibilidad de escapar de un mundo dominado por el cansancio y la ansiedad (así definido en la primera estrofa) y acceder a un “futuro azul”, como se dice más adelante. Los ojos son una apertura a un nuevo mundo que se habita al tiempo que se imagina, la mirada es constitutiva de otra vida posible. Pero, a la vez que constituyen mundo, constituyen también un nuevo sujeto con el alma despierta y encendida, con una sensibilidad para habitar ese mundo ahora dominado por el corazón: “Tiro de fuego de tu mirada / ala de cuervo que me agita el alma”, como clama un verso de A veces se enciende.

La búsqueda de la comunicación con el otro, para encontrar refugio en sus palabras, se encuentra en canciones escritas en forma de carta, como son Llanto de pasión y Querida Milagros. En la primera el sujeto poético recuerda su amor de adolescencia tras encontrarse por casualidad en el interior de un libro un viejo dibujo de ella, y piensa entonces en escribirle, después de tanto tiempo. Es como si en el dibujo reposara todavía, cuando los cuerpos llevan tanto tiempo separados, el alma y la voz de la amada, que reviven en la escritura –“Casi te puedo imaginar / al ver tu firma en un papel”– y le conducen de nuevo a ese viejo escenario habitado por los amantes: “Hola, ¿qué tal Lico Manuel? ¿Qué tal? / Vamos, pero dando la vuelta. / Espera, no me abraces aún / que está mi madre en el balcón”. Sin embargo, la nueva carta no se escribe, ella no volverá jamás y él no experimenta sino cansancio en una nueva realidad histórica con un referente ahora claro, que permea el texto: el de la reconversión industrial que ha cambiado por completo el rostro del barrio. Aunque exista todavía el bar donde escuchaban su canción, “ahora ya no van a merendar / los de la fábrica de gas”. Ese viejo mundo del trabajo, desaparecido con el desarrollo de las nuevas relaciones de producción del capitalismo financiero, deja un paisaje de ruinas modernas, como las que se narran en Trabajo duro –tema no incluido en Desbarajuste piramidal– en el que el sujeto poético habla con un interlocutor ausente y fantasmal, posiblemente su padre, sobre el trabajo oscuro y bajo tierra en los valles mineros.

Querida Milagros, por su parte, una canción de temática antimilitarista, es una carta que el soldado Adrián, muerto en el campo de batalla, le había escrito a su novia antes de morir. La esperanza en el amor como vía de escape del absurdo de la guerra y de tanta muerte, que nada tiene que ver con ellos, sirve para construir un mundo paralelo en el momento de la enunciación, pero cuando la carta se recibe, ese mundo imaginario ya se ha derrumbado. Sin embargo, la muerte del cuerpo no implica la muerte del alma, inscrita en las palabras que la vehicularán hasta llegar ante los ojos de la amada, haciendo posible la comunicación después de la muerte.

En las letras de El Último de la Fila hay un intento constante por encontrar un interlocutor; sin embargo, las almas se topan en este mundo material con demasiadas interferencias, y el amor se vuelve imposible. Es lo que ocurre en canciones como Aviones plateados o Sara. En una habitación desordenada, con libros y discos por el suelo, con barba de 15 días, sin comer y con un cansancio que provoca incluso la caída de la letra d intervocálica en los participios en la segunda parte de la canción, Aviones plateados nos presenta a un sujeto en fase depresiva ante la pérdida del objeto amado: “Siempre suelo querer lo que no tengo, / y ahora que ya no estás aquí / me voy consumiendo”. El inconsciente capitalista provoca que cuando se cierra la posibilidad del consumo de los cuerpos al sujeto no le queda otra que consumirse. Pero en ese dejar de ser se aprecia asimismo la toma de conciencia, y aun la deconstrucción, de este sujeto que asume que el relato patriarcal en el que se movía, basado en la concepción de la mujer como posesión y conquista, empieza a disfuncionar con la constitución de las mujeres como sujetos libres que se han reapropiado de su cuerpo y de su deseo: “Credenciales de posesión / qué tontería. / Estos celos me han abrasao, /no sé qué me creía”. Pero el problema es la comunicación y se condensa nuevamente en una carta y una mirada: “Y tu carta me confundió, / ahora lo entiendo. /Tu mirada me lo advirtió, / Tu ‘jamás vuelvo’”.


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Parecido es lo que le ocurre al sujeto poético de Sara, que es incapaz de encontrar “el secreto azul que se esconde en tus ojos tibios de animal. / Secreto suave que he perseguido / tantas noches en tu piel”. La referencia a la condición animal no es baladí, más bien es otro de los elementos constitutivos de la poética de El Último de la Fila. Al no captar el secreto de sus ojos, al no producirse el encuentro entre las dos almas a través de la mirada, el amor se vuelve imposible, y la humanidad de los amantes se degrada hasta la animalidad: “Hubo un tiempo en que, sin quererlo, nos llegamos a odiar / como se odian dos animales, no dio para más”. Y más adelante confirma: “Sabes que solo soy un salvaje / y que nunca he dado para más”.

Sin comunicación, no hay humanidad posible. Solamente la poesía –y su lenguaje diferenciado– podrá redimir al ser humano, convertido en una bestia, como se dice en Dios de la lluvia. La poesía, como el dios de la lluvia, podrá “redimir / un mundo polvoriento y gris / hecho a medida / del triste reptil”. A través de la poesía, que construye un lenguaje otro capaz de nombrar lo innombrable, se podrá recuperar la comunicación, y con ella la humanidad y la posibilidad del amor. Frente a la palabra prosaica del mundo que promueve la incomunicación, la poesía despierta a las almas que podrán entrar en comunión.

La mirada, cuando vehicula el amor, constituye mundo, pero también nuevas subjetividades plenas que trascienden lo animal y son capaces de crear lugares de existencia ajenos al mundo prosaico que habitan y rechazan. Se crea a través de un lenguaje otro, que trasciende la utilidad, la inmediatez y la materialidad de la palabra de la lengua cotidiana (y del pop comercial), que promueve confusión y malentendidos, ruido e incomunicación. Frente a las palabras gastadas de la lengua común el poeta busca la palabra precisa que permita explorar lo más profundo del ser. Como no siempre es posible, porque la palabra está hecha de materia, interviene entonces lo que podemos denominar las ideologías de la música y el silencio, que conciben que solo es posible situar la verdad fuera de los muros del lenguaje, que lo imposible solo puede ser dicho al prescindir –o al salirse– de lo simbólico. Una melodía o la ejecución de un arpegio, como un suspiro o el silencio, puede decir más que un sustantivo acompañado de un adjetivo. Como se dice en Cuando el mar te tenga, es necesario huir, perseguir el silencio, como un primer paso para restituir la posibilidad del entendimiento y el amor: “Ahórrate esas palabras de amor / que nadie va a comprender, / ni tan sólo yo. / Si lo que vas a decir / no es más bello que el silencio, / no lo vayas a decir (…) Mientras todos duerman te amaré. / Cuando todos hablen huiré”.

Hay un exceso de ruido, de contaminación acústica, que impide toda forma de diálogo entre iguales, que interrumpe las miradas y los encuentros desde el lenguaje. Trascender el mundo prosaico y contaminado de palabras gastadas por medio de una ecología de la comunicación define el proyecto musical y la poética de El Último de la Fila que ha regresado 25 años después para recordarnos que otro mundo y otro lenguaje es posible para imaginarlo.

Fuente: David Becerra Mayor – @DBecerraMayor en eldiario.es

Imagen: Gentileza youtube.com

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Las entradas para todas las ciudades a la venta el 29 de mayo a las 10:00h en Ticketmaster, excepto Madrid, a la venta el 16 de junio (elultimodelafila.com)


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