El intercambiador de Plaza Elíptica punto problemático de contagio del covid-19

Dos días en el Metro de Madrid: crece el número de pasajeros a la espera de que empiece el curso

Metro trata de evitar los contagios con diversas medidas a la espera de que el número de pasajeros se incremente con el inicio de las clases. Los usuarios llevan meses denunciado las aglomeraciones en las redes sociales

Acaba el verano y el transporte público de Madrid trata de prepararse ante un eventual aluvión de usuarios con el fin de limitar los contagios de coronavirus. El comienzo escalonado de las clases (el viernes volvieron los alumnos del primer ciclo de Educación Infantil, esta semana regresan el resto de los más pequeños, los estudiantes de Bachillerato y la mitad de los de ESO y Primaria) y las medidas de protección en el Metro de Madrid serán suficientes para minimizar brotes, alega la Consejería de Transportes, una seguridad que no tienen los sindicatos.

La demanda, mientras tanto, crece poco a poco en estos primeros días de septiembre. En un recorrido el viernes y el lunes por varias estaciones habitualmente concurridas no se produjeron grandes aglomeraciones en la hora punta de la mañana, pero sí algún episodio puntual que sugiere que el progresivo incremento del número de viajeros puede causar problemas en puntos complicados de la red. 

A primera hora del viernes, una empleada de la estación de Cuzco (línea 10) apunta por dónde pueden venir los inconvenientes: «Han puesto controles de acceso para cuando haya mucha gente [los hay en 225 estaciones, según datos oficiales], pero en los andenes es inevitable», prevé. No lo es a las 6.00 horas, en todo caso, antes de la hora punta. En Cuzco solo hay un hombre joven con una maleta.

Yendo hacia el sur se enlaza con Nuevos Ministerios, una estación que ejerce de nudo de comunicaciones con varias correspondencias. Está la línea que va al aeropuerto, la del tren de cercanías y la circular. La mujer joven que atiende el puesto de cafés y bollos se despide de un cliente y constata: «Un poquito más que en verano sí que hay». Luego se encoge de hombros y pasa a apilar vasos. Suena un aviso por megafonía: «Pónganse la mascarilla». El canal interno de noticias no emite información alguna. En la Avenida de América, la estación con más transbordos de la red, se comprueba que ya no hay que tocar el botón para que la puerta se abra, una de varias medidas implantadas para reducir riesgos de contagio.

Un paseo hasta el andén de la línea 4 permite ver el primer conato de embotellamiento, breve, en un andén. «Es que está estropeada la escalera mecánica», indica una vigilante de seguridad. Siguiente cambio, a la línea 5 en Diego de León (de transbordo largo y habitualmente transitado). Por la plataforma avanza una empleada con un bote de espray desinfectante. En otro momento, las guías en el suelo para separar a los transeúntes confunden a un pequeño grupo. «Están al revés», le dice un hombre en ropa de trabajo a su compañero, que se ríe.

Un poco más al sur, no se ve gran diferencia. En Embajadores (línea 3, tras cambiar en Callao) tampoco hay mucho movimiento. En el intercambiador de Sol destaca a las 7.20 un vigilante de seguridad con los hombros erguidos y los ojos bien abiertos. «Me he incorporado hoy de las vacaciones», justifica, tras retroceder un paso para guardar la distancia. Señala hacia atrás, a la estación de Cercanías. «Esto normalmente estaría lleno, y hoy mira, 12 personas». Propone echar un vistazo al andén de la línea 2, más estrecho. Efectivamente, tras dejar pasar dos o tres trenes, se acaba acumulando un cierto número de gente, aunque es difícil llamarlo aglomeración. Una señora no puede más y se baja la mascarilla, se frota los ojos y se pasa la mano por la boca. Se la vuelve a subir.

Siguiendo la línea 2 en dirección norte se desemboca en Cuatro Caminos. Allí charlan en el arranque de turno una limpiadora, un vigilante de seguridad y una empleada con el uniforme de Metro. Repiten lo que todos: «De momento no se ve mucha gente, ni en hora punta, ahora con la vuelta al cole habrá más, ¿por qué no pruebas en la circular?». Pero ni en la circular (el límite fijado por vagón es de tres personas por metro cuadrado y puede que sean cuatro las que se juntan en la puerta para bajar en una estación), ni después en la línea 1 en Atocha, hay muchedumbre. Con el reloj en la mano, además, se comprueba que la frecuencia de trenes del periodo pico que prometen las tablas informativas se cumple, redondeando por arriba. Siguiendo por la línea 1 hasta Tribunal, en obras y con el andén empequeñecido en algún tramo, se vuelve a la línea 10. En Nuevos Ministerios ahora hay un violinista. En el estuche tiene una moneda.

La situación es similar en el autobús, de gestión municipal. Aún no son las 9.30, pero en las marquesinas a lo largo de la Castellana y hasta Cibeles apenas hay gente esperando. El aforo máximo de 88 personas de un bus articulado está muy lejos de superarse. Continuando otra vez hasta Embajadores, un conductor de la línea 118, que va hasta Carabanchel, confirma durante el descanso: «Nada hasta que empiece el ‘cole».

Más usuarios el lunes pero sin aglomeraciones

La segunda etapa empieza después del fin de semana y tiene primera parada en Príncipe Pío, una estación grande, con un intercambiador de autobuses de dos plantas subterráneas, en la que la entrada al ramal con Ópera está justo pasando los tornos y se presta a apelotonamientos. Son las 6.30 y, aunque se nota algo más de paso que el viernes, tampoco cabe hablar de colapso. Más problemática es la situación en Plaza Elíptica minutos después, donde conectan las líneas 6 (la circular) y la 11, que enlaza barrios como Carabanchel y Pan Bendito con el intercambiador de autobuses interurbanos y la red principal. 

La estación está en obras, y en la confluencia entre el intercambiador de autobuses y el metro hay un tráfico de viajeros notable. Lo sabe el personal de la estación, que por primera vez muestra algo de suspicacia por las preguntas. «¿Tienes permiso?», interroga un encargado, que luego señala que hay personal de refuerzo en cada andén para indicar a los usuarios por dónde subir. Cuando llega el tren de la línea 11, el pasillo se llena, las guías de suelo se respetan menos. El vendedor del cupón que está en el cruce dice que hasta las 9.00 hay bastante movimiento, aunque avisa de que no es constante. Uno de los andenes de la línea 6, estrecho, de unos dos metros entre muro y vía, está ocupado casi por completo, y las pegatinas del suelo que piden respetar la distancia de seguridad no sirven de mucho. El vagón, en cambio, no está lleno.

Aunque en este recorrido por el Metro las aglomeraciones han sido menores y puntuales, los usuarios llevan meses denunciando que tienen que apelotonarse con otros pasajeros en algunas ocasiones. El simple retraso de un tren en hora punta o una mayor concentración de gente a las horas en que las frecuencias son más elevadas provoca que andenes y vagones se llenen. Este mismo lunes la portavoz de IU en la Comunidad de Madrid, Sol Sánchez, ha reunido algunos ejemplos.

La experiencia en el metro, que no puede ser exhaustiva, encaja con los datos de Metro de Madrid, que señala un incremento aún reducido de la demanda, de 84.393 personas entre las 6.00 y las 8.00 del viernes, un 18% más que la semana anterior, pero un 51% menos que un año antes. El lunes la cifra subió a 93.893 viajeros en la misma franja horaria, un 11% más que el viernes y un 16% más que al comienzo de la semana pasada, pero aún un 47% menos que hace un año. La Consejería de Transportes asegura que los trenes se incrementaron un 14% de media la semana pasada y un 20% en hora punta, en línea con lo anunciado el primer día de mes por el consejero, Ángel Garrido. Para la segunda quincena está previsto que se llegue al 17,7% de media y hasta el 27% en la hora punta de la tarde. 

De los datos oficiales duda Juan Carlos de la Cruz, secretario general de CCOO en Metro, que acusa a la Comunidad de ocultar si las tablas de trenes se cumplen realmente. También está en cuestión el aumento de la plantilla de maquinistas, necesario para incrementar frecuencias. La consejería defiende que habrá 93 más trabajando antes de que termine el año, y hasta 300 contando el próximo. De la Cruz duda: «Han llamado a los primeros 60 para darles formación, y no creo que estén listos hasta el año que viene. Y no están teniendo en cuenta jubilaciones y promociones». Recuerda que, desde el ERE de 2013 y los 600 despidos que supuso, no se ha recuperado aún la plantilla y se subcontrata en exceso.

Respecto al riesgo sanitario, un portavoz de la Consejería apunta a estudios internacionales que señalan una muy escasa transmisión del coronavirus en el transporte público. Uno, elaborado por el ente que vela por la seguridad ferroviaria en el Reino Unido, dice que la probabilidad de contagio en un viaje de una hora sin mascarilla ni distancia de seguridad es del 0,01%, o menos de la mitad si sí se lleva protección. Tampoco ha habido brotes importantes. «La gente se preocupa, pero intentamos transmitir que el transporte público es seguro, a lo mejor más que una reunión familiar o quedar con los amigos a tomar cañas en un bar», defiende el vocero. En otoño se comprobará si el optimismo era justificado.
Fuente: Víctor Honorato en eldiario.es