Si hablar de violencia sexual sigue siendo una rareza en la industria musical, es que el problema no es el tema. Es el gremio. Es el relato. El problema es quién tiene el micrófono

Hace días entrevisté a una cantante y noté algo incómodo. Tirantez. Un roce cuando nombré género, desigualdad y violencia. No fue una bronca. No fue explícito. Fue ese gesto mínimo que las mujeres aprendemos a leer porque nos ha salvado más de una vez: el “mejor no hablemos de esto”.
Minutos después me escribió por DM. Me explicó su reacción. No estaba acostumbrada a entrevistas donde se nombre siquiera la desigualdad y la violencia que vivimos las mujeres en cualquier ámbito cultural y, especialmente en la música. Me dijo que le sorprendía. Y ahí estaba el síntoma: no la sorpresa como anécdota, sino como confirmación de que el silencio sigue mandando detrás del escenario.
Porque si hablar de violencia sexual sigue siendo una rareza en la industria musical, es que el problema no es el tema. Es el gremio. Es el relato. El problema es quién tiene el micrófono.
La realidad no es delicada, es brutal y está documentada
La prensa musical sigue siendo un catálogo de hombres. Y si el catálogo lo escriben ellos, no es difícil imaginar qué se queda fuera: lo que les incomoda, lo que les interpela, lo que rompe el pacto patriarcal. Así se explica que en 2026 la violencia sexual hacia las mujeres en la industria de la música se siga relatando poco, tarde o con miedo. Cuando se menciona, a menudo se hace como “polémica”, como “ruido”, como “tema delicado”, como “algo que no manche el cartel del festival”. Pero la realidad no es delicada. Es brutal. Y está documentada.
MIM (Mujeres en la Industria de la Música) difundió datos en 2024: 3 de cada 5 mujeres han sufrido acoso sexual y 1 de cada 5 ha sufrido agresión sexual, citando el Estudio 2024 “BE THE CHANGE | Equidad de género en la música”. Traducido: esto no es un caso. Es un patrón.
En Australia, el informe “Raising Their Voices” —basado en casi 1.300 encuestas y más de 300 testimonios— apunta a que el 55 por ciento de participantes sufrió acoso sexual laboral alguna vez. Entre mujeres el porcentaje sube al 72 por ciento, y entre personas de género no binario alcanza el 85 por ciento. No es un tema de artistas: es un tema de estructuras. De poder. De quién decide. De quién cobra. De quién manda. Y de qué puede pasar cuando alguien denuncia.
En el Reino Unido, el Sindicato de Músicos (MU) lo deja escrito con claridad: el acoso sexual es demasiado frecuente a lo largo de la carrera musical. Se normaliza. Se espera. Se asume. Y eso no es una frase. Es una condena social: si lo esperas, lo toleras; si lo toleras, lo perpetúas.
Entonces, si las violencias están nombradas, cuantificadas y estudiadas, ¿qué falta? Falta lo más difícil: que tengan consecuencias.
La industria musical no solo produce discos, giras y festivales. Produce un orden y un sistema de permisos. Un mapa mental donde la violencia se tapa si el agresor vende, si el nombre pesa, si el artista es un referente. Y así, lo insoportable se convierte en debate, y lo urgente se convierte en matiz. Por eso importa tanto lo que programan los festivales. Porque el cartel no es solo entretenimiento: es el statu quo.
Hace poco, el comunicador musical Ipanema Leaks se preguntaba en una editorial si la edición 2026 de Resurrection Fest está contribuyendo al lavado de cara de Marilyn Manson. La pregunta es legítima aunque incomode. Este año el festival programa como cabeza de cartel a Marilyn Manson, un hombre con múltiples acusaciones por agresión sexual, aunque nunca condenado.
Los carteles cambian, la fórmula no. Se espera a que pase el ruido y, cuando pasa, se vuelve a colocar al hombre cuestionado
No es el único caso en el que el gigante festivalero –relacionado con fondos de inversión y macroestructuras empresariales cuestionables– ha tenido que mirarse al espejo. En 2018 Resurrection canceló la actuación de As I Lay Dying tras la polémica por su vocalista Tim Lambesis, condenado por intentar contratar a un sicario para matar a su mujer. En 2025 programó como cabeza de cartel a Till Lindemann, vocalista de Rammstein, en medio de una polémica por acusaciones y una investigación en Berlín, archivada después por falta de pruebas.
Los carteles cambian, la fórmula no. Se espera a que pase el ruido. Se practica el low profile. Se gana tiempo. Y cuando el ciclo mediático se agota, se vuelve a colocar al nombre cuestionado. Arriba del todo.
Que un hombre comunicador decida romper el pacto patriarcal con un micrófono no debería parecernos excepcional. Debería ser lo mínimo. Porque mientras la industria se protege a sí misma, se pierden carreras. Se pierden cuerpos seguros. Se pierden ganas de crear. Y no hay canción ni melodía que compensen un mundo donde la música también da miedo.
Cuando aquella cantante me escribió entendí algo simple: no estamos acostumbradas a que se nos pregunte por esto. No porque no exista. Sino porque la industria ha conseguido que parezca que no se habla. O que si hablas, te la juegas.
Pero si no se habla, no existe. Y si no existe, nadie se hace responsable.
Por eso escribo esto. Para que el silencio deje de ser el lenguaje oficial de la industria musical.
Fuente: Pepa Ferreiro / La Sinsorga en pikaramagazine.com
