La salida de Àngels Barceló deja al descubierto la reflexión incómoda de que quizá estemos entrando en una etapa donde el pluralismo informativo ya no se limita mediante prohibiciones abiertas, sino a golpe de reajustes empresariales

La salida de Àngels Barceló de la Cadena SER no es únicamente el relevo de una comunicadora veterana sino el síntoma de un clima político y mediático cada vez más inquietante y consistente en la normalización de las presiones ideológicas hacia posiciones conservadoras, incluso en espacios que históricamente han defendido una mirada progresista, crítica y plural.
El caso de Barceló adquiere un valor simbólico precisamente porque no se trata de una voz marginal o de un perfil radical sino, una periodista con un enorme respaldo popular y profesional
Durante décadas, la SER ha sido identificada como un refugio del periodismo independiente, una cadena donde era posible escuchar análisis incómodos para el poder económico, político o mediático. Sus voces más reconocibles —desde Iñaki Gabilondo hasta Pepa Bueno— construyeron una tradición basada en la libertad de criterio, el rigor y la capacidad de disentir.
Y es precisamente por ello que resulta tan alarmante que, según las informaciones aparecidas, se haya pedido “moderación” a los profesionales y analistas, entendiendo por moderación que sus opiniones se deslicen discretamente hacia posiciones más aceptables para quienes detentan el poder en la derecha política y económica. O, dicho de otro modo, la palabra “moderación” se acaba de convertir en uno de los grandes eufemismos de nuestro tiempo, y tanto es así que se invoca para pedir “equilibrio”, cuando en realidad suele significar algo muy distinto consistente en rebajar la crítica a determinados poderes, suavizar determinados discursos sociales y aceptar como inevitables unos marcos ideológicos cada vez más conservadores.
Si una figura como ella encuentra límites editoriales incompatibles con su independencia, el mensaje para el resto de periodistas sea tan evidente como asumir que nadie está a salvo
Es un hecho que cuando alguien denuncia desigualdades, corrupción o abusos se le acuse de “polarizar”; si lo cuestionado son privilegios se pide “neutralidad” … Mientras que rara vez se considera extremista la defensa cerrada de intereses económicos, recortes sociales o políticas excluyentes.
El caso de Barceló adquiere en este contexto un valor simbólico precisamente porque no se trata de una voz marginal o de un perfil radical sino, nada más y nada menos, una periodista con un enorme respaldo popular y profesional, una comunicadora que hasta ahora lideraba las mañanas de la radio española con millones de oyentes y representaba una forma de hacer periodismo reconocible, una periodista seria y comprometida con la actualidad social y política.
La pregunta deja de ser retórica para convertirse en advertencia: si la derecha logra poner límites en espacios que antes la cuestionaban, ¿qué quedará realmente fuera de su influencia?
Es por ello que, si una figura como ella encuentra límites editoriales incompatibles con su independencia, el mensaje para el resto de periodistas sea tan evidente como asumir que nadie está a salvo de las nuevas líneas de corrección ideológica. Y es aquí cuando aparece la pregunta verdaderamente preocupante: si hasta la SER llegan estas imposiciones, ¿qué más puede suceder?
Porque el problema no afecta únicamente a una emisora ya que lo que está en juego es el espacio democrático del debate público. Cuando los grandes medios comienzan a desplazarse hacia posiciones más conservadoras por presión empresarial, política o publicitaria, es obvio que se estreche el margen para la discrepancia y, poco a poco, determinadas opiniones dejen de ser “adecuadas”, ciertos enfoques desaparezcan y muchos profesionales aprendan que conservar el puesto exige no incomodar demasiado.
Así, no hace falta censura explícita sino basta algo mucho más eficaz como crear un clima donde el periodista intuya qué puede decir y qué conviene callar, algo cuyo resultado es una autocensura silenciosa, elegante y extremadamente peligrosa para cualquier democracia que hace apenas diez años se consideraba socialdemocracia moderada y hoy empieza a presentarse como radicalismo, al mismo tiempo que discursos que antes se habrían catalogado como claramente conservadores pasen a ser posiciones “sensatas” o “centradas”.
La salida de Àngels Barceló deja al descubierto la reflexión incómoda de que quizá estemos entrando en una etapa donde el pluralismo informativo ya no se limita mediante prohibiciones abiertas, sino a golpe de reajustes empresariales, presiones editoriales y redefiniciones interesadas de lo que significa ser “moderado”. Y cuando incluso medios históricamente identificados con la izquierda aceptan ese desplazamiento, la pregunta deja de ser retórica para convertirse en advertencia: si la derecha logra poner límites en espacios que antes la cuestionaban, ¿qué quedará realmente fuera de su influencia?
Fuente: Alberto Soler Montagud en nuevatribuna.es

