Carabanchel y de nuevo el miedo

Cada papeleta de Vox que cogía una mano humana era un trallazo en el alma de quien fue una niña que vio a sus mayores tener verdadero miedo a hacer o decir lo inconveniente.
Una niña a la que le contaban los “paseados” de los pueblos de sus padres en León durante la guerra, y los fusilados de después.

Nada más comenzar la jornada electoral el susto es mayúsculo. Hay nada menos que cuatro apoderados de Vox. En momentos de la jornada llegarán a ser cinco. El pequeño y acogedor colegio electoral de la zona de San Isidro en Carabanchel es en realidad un centro de ancianos, el Roger de Flor. La mayor parte de sus siete mesas rodean el escenario donde los mayores del barrio ven o protagonizan espectáculos; esos pequeños retazos de cultura que llegan con las duras penas presupuestarias de rigor.

Salvo alguna novedad juvenil, los apoderados de los partidos políticos se conocen de las elecciones del pasado mayo y dan fe de la sensación de “Dejá vu” que comparte todo el país. Me abrazo con Elena de UP, con la señora del PP, que se la ve buena mujer, eso sí, de convicciones firmes, con Jose, un histórico del PSOE en el barrio que me presenta a Andrea, de Juventudes Socialistas, que con los 18 añitos recién cumplidos y en primero de Económicas está como los demás, con la legaña puesta e ilusionada al pie de cañón. Saludo al señor de Vox, cuyo nombre no recuerdo, que afable me abraza; él me recuerda a mí de mayo.

Me presenta a su compañero de sonrisa forzada y cuello del polo rojo y gualda, y a su joven compañera, una guapísima mujer morena de 25 años ingeniera aeronáutica — según me cuenta manteniendo cierta distancia— de la que jamás me hubiera creído que no fuera feminista; no lo debe ser, claro. También saludo a Juan P., el joven padre de dos hijos coordinador de los representantes de la administración, que sudó junto con todos un accidentado recuento en las municipales y autonómicas de la primavera pasada. Me dice que no entiende tanto apoderado de un solo partido en un colegio tan pequeño.

Parece que nos caemos todos bien, que va a haber “buen rollo”. Los nuevos de Vox son correctos, pero la inicial empatía es algo forzada. Hasta ahí todo normal. Lo peor es cuando, desde el momento en el que se abren las puertas, situada en lugar privilegiado al lado de la mesa de las papeletas, comienzo a observar estupefacta qué tipo de vecinos, vecinas, ancianos con mínima pensión, padres y madres de familias humildes, personas de mediana edad con aspecto de no haber votado en su vida a la derecha, jóvenes, chicos y chicas, hombres inmigrantes jóvenes, mayores, y casi lo peor de asumir, inmigrantes mujeres, cogen la papeleta de Vox y les votan.

A lo largo de la jornada, hubo momentos en los que tuve que disimular, porque se me saltaban las lágrimas. Bajaba el montón del PSOE, bajaba el de Unidas Podemos, bajaba el de Más País, pero también bajaba el montón de las papeletas de voto de Vox

A lo largo de la jornada, hubo momentos en los que tuve que disimular, porque se me saltaban las lágrimas. Bajaba el montón del PSOE, bajaba el de Unidas Podemos, bajaba el de Más País, pero también bajaba el montón de las papeletas de voto de Vox.
Bajaba sin que a ninguno de mis vecinos y vecinas que les votaban les diera el más mínimo pudor que todo el mundo les viera coger esa lista concreta.

Ninguno de ellos cogía varios votos distintos para disimular y reservarse el ensobrado al abrigo de la discreción de la cabina. Solo algunos recorrían la mesa, miraban los montones, se paraban en el del PP, o en el del PSOE, o incluso en el de Unidas Podemos, y tras el breve ramalazo de posible fidelidad, sentían la misma como debilidad y se envalentonaban con determinación para coger el voto de ultraderecha. Solo había visto esa rebeldía una vez, hace muchos años, antes de 1999, cuando una aireada vecina cogió con altivez un voto de Herri Batasuna y lo metió en el sobre. Lo recuerdo porque como joven vasca entonces recién emigrada a Carabanchel, me pareció lo más irresponsable y horroroso que alguien podía hacer con su voto. El domingo sentía lo mismo.

Mientras vi cómo les votaba gente mayor, que en zonas del distrito como la Colonia del Tercio Terol, cuyas casas mandó construir la Falange para dárselas, en general, a familias humildes pero afines y agradecidas al régimen franquista en los años 50, no me afectó demasiado. Alguna anciana que sé que es muy devota, algún señor ya muy mayor que no entiende lo de Cataluña; la “gente de bien de toda la vida” cansada de arrastrar las artrosis hasta el colegio electoral demasiados domingos ya en cuatro años. No deben de saber que Vox quiere cargarse su tan necesaria pensión pública, sanidad pública y la educación pública de sus nietos.

Pero el primer espanto fue cuando vi a un chaval de pocos meses más de la edad de mi hijo, que le faltan cuatro para poder votar, con su abrigo de Geographical Norway y su tupé, coger la papeleta del partido verde epiléptico con seguridad e incluso un punto de descaro. Notó que le observaba; vio mi gesto de asombro y el rictus de desagrado, y elevó la barbilla ignorándome. No sé si irá o no a la Universidad, si necesitará una beca para estudiar, o estará ya trabajando y disfrutando de un SMI que puede desaparecer si la formación a la que ha votado consigue imponer su programa alguna vez. Tampoco sé si tendrá o no novia, si le vigila el móvil, le deja salir cuando y con quién le dé la gana, o si le ha dejado recientemente y anda resentido con las ideas feministas. Le acompaña su madre ¿Sabrá que su hijo vota a la opción más machista?

Cada papeleta de Vox que cogía una mano humana era un trallazo en el alma de quien fue una niña que vio a sus mayores tener verdadero miedo a hacer o decir lo inconveniente. Una niña a la que le contaban los “paseados” de los pueblos de sus padres en León durante la guerra, y los fusilados de después. A quien prohibían cantar la canción de García y Galán que le enseñaba a escondidas su abuelo por si lo oían los vecinos. A quien contaban de la familia que tuvo que marcharse a la Argentina para salvar la vida y de paso comer caliente. A quien recriminaban ponerse minifalda en los 80 porque era un efecto llamada a la violación. A quién le enseñaban en el colegio punto de cruz y le obligaban a rezar, que era lo que debía saber hacer una señorita. Todo esto hasta que a los 12 años se leyó entera la Constitución que iban a votar sus padres y le pareció que su mundo iba a ser más libre, igualitario, justo y dialogante, y menos autoritario.

Las manos que impúdicamente cogían la papeleta fascista eran mayoritariamente de hombres, insisto, mis vecinos, de entre 30 y 40 años y nacidos ya en democracia, algunos en paro, otros con trabajos precarios o autónomos, que no encajarían en la definición liberal de “emprendedores” cuando llegan a casa manchados del polvo de la obra. Hombres con un patrón similar, curiosamente. Con calzado cómodo, nada elegantes, pantalón de chándal y de marca a poder ser, con cazadora, y pelo tirando a rapado. Medio a la moda, medio uniformados por la ideología y el barrio. Una mezcla de “canis” de bien, algunos acompañados de “su” mujer, medio paso por detrás de ellos. La mayoría me hicieron entender que era una insolencia que una tía roja como yo les estuviera mirando, mientras pensaba para mis adentros que solo les faltaba el bate de béisbol.

No reconocí a los y las árabes del barrio. No deben poder votar. O ellos están mimetizados y ellas no votan, directamente. En cambio, vi a muchos vecinos y vecinas de origen latinoamericano. De nuevo, se me escapaba el llanto indignado. Reconocía a algunos padres del colegio de mis hijos. Personas que lo han pasado mal, que han llegado a España como han podido y han trabajado desde los albores del año 2000 en las peores condiciones y los peores empleos. Personas que han tenido en nuestro país a sus hijos, que han ido al cole con los míos, han tenido becas de libros y de comedor, que tienen ya una casa, la nacionalidad y seguramente un futuro equiparable al del resto de los carabancheleros con los que conviven.

Vi migrantes, hombres, votar a Vox. Pero perpleja, vi migrantes mujeres, ya más que integradas en Ampas y ongs, votar por una opción declarada machista y misógina, racista y xenófoba, que si hubiera gobernado cuando vinieron aquí, posiblemente jamás hubieran llegado a poder votar en el barrio obrero en el que han asentado su hogar. En ese momento se me volvieron a humedecer los ojos.

Perpleja, vi mujeres inmigrantes, ya más que integradas en Ampas y ongs, votar por una opción declarada machista y misógina,
racista y xenófoba

Me consolaban superando su propia emoción Elena, mujer de mi edad en paro que tenía a su vecino de toda la vida de apoderado de Vox enfrente (con aire marcial al lado de las papeletas del Senado), Analía, argentina feliz junto a su chico actor del barrio de siempre, ambas de Unidas Podemos, y la joven Andrea, la de Juventudes, que como futura economista me insistía en que era un globo que se desinflaría solo. Tuve que abrazarla. Era como abrazar al futuro bueno. Cuando pasó la encantadora apoderada del PACMA que cubría varios colegios, se lo contaron y nos abrazamos todas.

Al cerrar el colegio y comentar en alto en la cafetería que qué dirán esas mujeres cuando les impidan trabajar para no esquilmar “puestos de trabajo masculinos” y servir mejor a sus maridos, los miembros de las fuerzas de Seguridad del Estado, Policías Municipales incluidos, me recriminaron decir tonterías. Que la Monasterio trabajaba fuera de casa. Todo un ejemplo de modernidad. Contesté con toda la educación de la que fui capaz que cuando se tiene para pagar quien te cuide los hijos no hay problema alguno. Y claro, me contestaron que como le ocurre a Irene Montero. “Pero en este barrio, querido agente, no ocurre así, y la hipoteca se consigue pagar cuando los dos trabajan”. No me callé y me permití dudar en alto de su capacidad para poner a salvo a las mujeres que se acercan a comisaría con ostias en la cara, obsequio de su pareja. Callaron. Había que hacer recuento.

Las apoderadas “rojas”, su maduro compañero del PSOE, los representantes de la administración, yo misma y creo que el hombre y la mujer del PP incluso, ya agotados, nos quedamos de piedra con la traca final. A las 20:10, desde la mesa formada por una presidenta de origen peruano, un vocal treintañero de los de chándal cani, con un toque hípster pero de barrio del sur, se acerca a las papeletas la vocal adolescente ecuatoriana cuyo novio, sentado a su lado toda la jornada, no le ha soltado la mano ni cuando tenía que subrayar los nombres de los votantes. Con determinación, y esa altanería que detecté en la mayoría de ellos a lo largo de todo el día, una mujer joven, migrante, coge la papeleta de Vox, marca igualmente los tres senadores de la formación, y vota.

Me tuvo que oír, seguro. No pude modular la voz lo suficiente. Pregunté que qué habíamos hecho con la educación en España para que no sepan nuestros jóvenes nada de nuestra Historia, de nuestra guerra, de nuestra dictadura, de la II Guerra Mundial, ni de las dictaduras latinoamericanas. Cómo hemos podido dejar que los filtros de Instagram hayan velado la existencia del patriarcado. Por qué no hemos emitido en la televisión remakes de Holocausto o de Raíces, que tan claras me dejaron a mí las ideas en los años 70. Qué educación les hemos dado para que lo que les importe es que se quemen o no contenedores en Cataluña, o les haya conmovido los falsos lloros de la enriquecida familia Franco a costa de pisar huesos de fusilados.

¿Qué pasa por la cabeza de esa muchacha? ¿Qué mentiras se ha creído? ¿Qué le han contado para propiciar los 52 escaños a Abascal y a los suyos, que frenarán leyes, según ellos “liberticidas”? ¿Le va a favorecer si ese u otro chico le pega o pretende matarla porque se cree que es suya, o cuando los empresarios le vayan a pagar en negro y mal por ser joven, por ser mujer, por ser extranjera? Su voto puede haber cambiado su vida y la de la gente con la que convive en general solo para peor. El resto de políticos la cambian para mal por intereses económicos o fallos de gestión, pero no por odio declarado de raíz a los que piensan diferente.

En Carabanchel ha habido 17.993 seres humanos que han decidido ir “a por ellos”. A por las mujeres libres, a por los que son de otro color, a por los pobres, a por los que aman distinto, a por quien habla otro idioma en el Estado, a por quién les cae mal, o por sus vecinos de toda la vida, los que les piden azúcar o llaman a una ambulancia si se ponen enfermos. En mi acogedor colegio electoral votaron al fascismo 370 almas con las que me llevo cruzando 25 años cada día, que se sientan a mi lado en el metro, que llevan a sus hijos al cole público de los míos y que pagarán la hipoteca con las mismas dificultades que yo.

Personas de mi entorno más cercano que no defienden los Derechos Humanos Universales ni creen en ellos, que no respetan lo que opinan los demás y prefieren imponer, vencer, y no convencer, como bien dijo Unamuno. Personas que saben dónde vivo, que soy periodista, que recibo comunicación feminista, que colaboro con una ONG de acogida a extranjeros, que soy vasca y de izquierdas. Personas a las intentaré hacer cambiar de idea con educación, solidaridad y dedicación, pero que, de momento, tal y como les ocurrió a mis abuelos y a mis padres, personas a las que hoy, 42 años después de vivir en democracia, les tengo MIEDO.
Fuente: Marián Álvarez en elsaltodiario.com

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