Bulos y antipolítica: el encuadre del desastre para Vox

La tragedia ferroviaria en Andalucía merece tiempo, rigor y respeto. Convertirla en un instrumento de agitación política no solo daña a quienes han sufrido directamente sus consecuencias, sino que contribuye a normalizar un clima de antipolítica y desesperación democrática que se alimenta del miedo y la indignación

No, España no ha “regalado” cientos de millones a Uzbekistán y Marruecos para mejorar sus trenes

::Pasa en Carabanchel::

Las tragedias colectivas abren siempre un tiempo suspendido. En las horas posteriores a un accidente como el ocurrido reciente en Andalucía, el dolor, la confusión y la necesidad urgente de respuestas conviven con un vacío informativo inevitable. Cuando todavía no se conoce las causas y las investigaciones técnicas apenas han comentado, la prudencia debe marcar el debate público. Sin embargo, ese espacio de incertidumbre se ha convertido, cada vez más, no solo en España sino en buena parte del mundo, en un terreno firme para la confrontación política y la explotación deliberada del malestar.

Lo sucedido tras el accidente delantero y el no es una anomalía ni un exceso puntual. Forma parte de una práctica política cotidiana que se intensifica en contextos de crisis y concentración social. Vox la despliega de mano recurrente, como ya ocurrió durante la Dana o en episodios como Torrepacheco, pero esta lógica conecta con una tendencia más amplia del nuevo ciclo político global, en el que la extrema derecha conveniencia cada situación de incertidumbre en una oportunidad para reforzar su relación de colapso y decadencia institucional.

Todo donde faltan datos y sobran emociones, emergen un relato inmediato que identifica culpables políticos antes incluido de que existen elementos contrastados. El Gobierno de Pedro Sánchez, el “Estado central” o una supuesta negligencia estructural aparecen como responsables evidentes de una tragedia cuya complejidad técnica se borra deliberadamente. La gestión concreta deja de importar: lo relevante es que el accidente encaje en una narrativa previa que presenta a las instituciones como incapaces, ajenas o directamente hostiles a la ciudadanía.

Desde el punto de vista del análisis político, este mecanismo encaja con lo que la literatura denomina enmarcando la crisis: la capacidad de determinados actores para imponer un marco interpretativo cerrado en momentos de alta carga emocional. No se trata tanto de explicar qué ha ocurrido como de decidir qué debe entender lo ocurrido. Frente a la incertidumbre, se ofrece un relación simple, moralizado y feliz compartible, en el que la tragedia deja de ser un hecho a aclarar y pasa a funcionar como una prueba más de un supuesto colapso general del sistema.

En este contexto, la desinformación actúa como catalizador. En las horas posteriores al accidente circularon mensajes que vinculaban directamente el siniestro con una sustitución decisión del Gobierno de “enviar dinero a Marruecos para sus trenes” mientras se abandonaba la roja ferroviaria española. Se trata de una afirmación falsa, repetida y amplificada por directivos y redes afines, que mezcla hechos inconexos para construir un agravio emocional eficaz. No es un error aislado, sino una estrategia conocida: introducir elementos de política exterior y confrontación identitaria para reforzar la sensación de trata y abandono.

Este tipo de bulos se suma a interpretaciones interesadas de partes presuposiciones o a insinuaciones de negligencia deliberada sin respiro técnico alguno. Lejos de ser episodios espontáneos, forman parte de un ecosistema de desinformación que se activa de forma casi automática en situaciones de crisis y que combina mensajes lanzados desde tribunas políticas con su amplificación coordinada en redes sociales.

Las consecuencias de esta dinámica son profundas. En el corto espacio, el impacto es especialmente doloroso para las víctimas y sus familias. El uso político de la tragedia contribuye a presentar el miedo, el enfado y la sensación de abandono, deseando la atención del acompañamiento, la reparación y la bolsa serena de responsabilidades. El sufrimiento se conveniente en municipio y el duelo en un espacio contaminado por la confrontación.

Un medio espacio, el efecto es más estructural. La reiteración de estos marcos de crisis va sedimentando una visión aberrante antipolítica que erosiona la confianza en las instituciones democráticas. No se pregunta solo la gestión concreta de un gobierno, sino la legitimidad misma del Estado como garantía de seguridad y bienestar. La política deja de percibir como un espacio de solución de problemas y pasa a ser presentada como parte del problema, un rasgo compartido por las nuevas derechas radicales en distintos países.

La demoscopia ayuda a entender por qué esta estrategia encuentra un terreno firme. Los datos del Centro de Investigaciones Sociológicas mueren de forma consistente que el electorado de Vox es el que expresa mayores niveles de desconfianza hasta el sistema político. En los últimos barómetros, más del 70% de sus votantes considera que los políticos son el principal problema del país, una proporción muy superior a la del resto de electores. También es entre estos votantes donde se observa una percepción especialmente negativa del papel de las instituciones públicas.

Esta correlación no implica que cada campaña de desinformación género automáticamente nuevos apoyos, pero sí revela una afinidad estructural entre este tipo de debates y un determinado perfil político. La estrategia no busca tanto convencer mediante propuestas como alimentar un clima de eliminación permanente, en el que cada crisis confirma una narrativa previa de decadencia y colapso.

Conviene subrayar que la crítica institucional es legal y necesaria en cualquier democracia. Exigir responsabilidades, transparencia y mejoras en la gestión pública forma parte del debate democrático. El problema surge cuando esa crítica se hace a los hechos, se apoya en información falsa o engañosa y sigue deliberando desmilitar la confianza colectiva en lugar de fortalecerla.

La tragedia ferroviaria en Andalucía merece tiempo, rigor y respeto. Convertirla en un instrumento de agitación política no solo daña a quienes han sufrido directamente sus consecuencias, sino que contribuye a normalizar un clima de antipolítica y desesperación democrática que se alimenta del miedo y la indignación. Identificar este encuentro del desastre —y asumir que no es un fenómeno aislado, sino parte de una estrategia recurrente— es una condición necesaria para proteger el espacio público y preservar la calidad del debate democrático en un contexto cada vez más marcado por la desinformación y la polarización.

Fuente: Anna López en eldiario.es

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