Barrio adentro

Barrio adentro, patios futboleros y chavales soñadores que con tan solo once años fueron arquitectos, abogados, futbolistas, médicos, periodistas, cantantes famosos; deseos metamorfoseados en margaritas y jaramagos del cemento mártir de las carreras y los brincos del juego. Los deseos se originan desde abajo con una intensidad hormonal suprema, se suben a la cabeza y terminan desembocando en la  propia naturaleza en sus formas más rudimentarias, como monumentos contemplativos de sencillez y derrota. Porque el deseo es una pregunta cuya respuesta no existe.

Piscinas municipales, el verano te lamía excitado con su lengua de fuego, aromas pegadizos de cloro y amores novatos en bikini. Colegio y maestros serios, cuánto temor tierno. Estas son las cosas del pasado, que se pueden guardar en dosis esenciales bajo llave secreta y letras sagradas entre los muros de la carne y los huesos. Barrio adentro, en esta soledad de niños por la que viajo y padres moribundos en los que pernocto. En esta escritura intrapueblerina contengo como una reliquia socioeconómica a aquel chiquillo-colibrí malherido de afecto que perdió en la mudanza de los años su calma de barriada y bocadillo. Barrio adentro, voladura cenital de la crianza. Nunca quise alejarme de ti, de tu panoroma pausado de bidón comunitario y antena colectiva, crucifijo del vacío para que la televisión ramplona y pontificia, extremaunción de la cultura, hipnotice al estado llano y subterráneo. En muchas ocasiones, en los barandales de tus azoteas he enjugado los sudores lustrosos de esa luna andarina y campesina que te vigila y labra de serenidad tus noches y las horas de dormir, que para mí eran de refugio, reencuentro y recomposición desde tus cimas, dialogando con tu dios operario y pulcro, que está precisamente en lo no construido.

Nidos okupas de los balcones, pájaros modernos y anarcas. Graznidos contestarios por la mañana: “aquí hay sitio de sobra para picos, alas y humanidad”. Lavaderos prominentes y ermitaños del aire. Tendederos expectantes. Sábanas madrugadoras, empapadas de trabajo y promesas acuáticas. Goterones fragantes de suavizante y exudaciones obreras destiladas que caían en mi pelo como lluvia doméstica cuando jugaba con la calle y me refrescaban la clase y condición de las cuales se parten. Empalago denso de fragancias monocordes de obreraje, préstamos, finales de mes y vapores agónicos de las ollas a presión, campanas hogareñas que concertaban con su repique puntual de berzas y garbanzos silbadores la eucaristía del almuerzo en la basílica congregante del mediodía. Monos azules. Monos grises. Manos grasientas. Cutis tostados. Convocados todos al unísono en el templo obrero del mediodía por el sacramento justo y sudado del almuerzo. Esa deuda con sabor a puchero. A working class hero is something to be. Barrio adentro, pequeña república de trabajadores, nunca he sabido abandonarte. Cuando me hice mayor entré en el orfanato de la remembranza. Un cristal roto de un pelotazo, la reputación hecha añicos y las angustias primerizas de pertenecer a la sociedad civil. “Yo no fui, señora, fue el ímpetu ayudado por los sueños y el aire”. Balones confiscados por los vecinos. Pelotas embarcadas en el balcón del primero izquierda. Un chaval meditativo, embarcado también en el balcón del primero izquierda y el corazón, con forma híbrida de balcón y gorrión, lo golpeo y lo lanzo hacia tus fronteras solares, barrio adentro.

Nos mintieron, los hombres no serían héroes, eran mercachifles urgentes y el prestigio un cambalache. Nos timaron en los patios, en los jardines, en las sombras, el Ratoncito Pérez sería una hiena con siete cabezas y tenía apellido yanki. Nos engañaron los padres ejemplares, los curas sabiondos, los políticos aburridos; la ambición no era la merienda de un buen bocadillo de mortadela ni la esperanza de un gol en medio de la calle. El tiempo, chivato tierno, me delató las farsas y los farsantes. El tiempo disfrazado de hombre, el hombre disfrazado de producto y el producto de conciencia. Por eso me beso la mente con agonía, para no olvidar el amor que deposité en las cosas y sus mentiras. La mente que es un contenedor de besos y patrañas, donde me dejo caer promiscuo para contemplar la podredumbre que uno crea sin saberlo.

Todo texto tiene una música interna o, por lo menos, aspira a ella. En éste no ha parado de sonar de fondo la banda sonora de Cinema Paradiso. La melodía de Ennio Morricone, especialmente en el final de la película -uno de los más soberbios de la historia del séptimo arte-, fundida con los besos de amor del viejo cine y la memoria individual del protagonista, enfatiza con desnudez y emoción -sin aspavientos identitarios- de dónde provenimos y por qué amamos lo que hacemos.
Fuente: Francis López Guerrero en nuevatribuna.es