Aquella vuelta al cole..!!

  • «Entre tanta mochila nueva y diferencias entre rosa y azul en televisión, nos hemos preguntado: ¿cómo eran nuestras vueltas al cole?».
  • «El cuerpo es también aquel territorio donde hacemos género. En la escuela, además, la triada sexo-género-sexualidad es especialmente rígida».
  • «Los circuitos de deseo heteronormativos nos generaban especiales ansiedades. Dinámicas y deseos sexuales marcados por la competitividad y las desigualdades».

Para la mayoría de nosotres, septiembre es sinónimo de volver: volver al cole, a la universidad, volver de vacaciones… (menos para El Corte Inglés, para quien la vuelta al cole empezaría aproximadamente en junio y ahora estará pensando ya en Navidad). Entre tanta mochila nueva y diferencias entre rosa y azul en televisión, nos hemos preguntado: ¿cómo eran nuestras vueltas al cole?

Una sensación agridulce nos recorre la espalda. No podemos olvidar que la escuela es un agente socializador importante; un dispositivo de poder que, como tal, reproduce y legitima normas sociales que son mantenidas con el esfuerzo de todes. Para escribir este artículo, hemos tratado de recordar detalles y vivencias de nuestras vueltas al cole para visibilizar las pequeñas cosas; todas esas dinámicas invisibilizadas que tejen el sentido común, desde las que podemos reconstruir todo nuestro doloroso imaginario colectivo y todas las que nos gustaría cambiar para construir otros marcos de lo posible.

Nuestras vivencias en la escuela están atravesadas por muchos -ismos, pero vamos a centrarnos principalmente en tres ejes: la escuela en relación con los cuerpos, en relación con el deseo y con relación a los vínculos.

En relación con los cuerpos

Se ha hablado largo y tendido de las relaciones de poder que se dan en el aula y que quedan impresas, por ejemplo y en relación con el cuerpo, en la forma en la que les alumnes están orientades al profesor, quien se alza un escalón por encima. Se ha escrito mucho sobre el currículum oculto, las normas de escucha… Pero, aun así, creemos que se tiende a omitir el cuerpo de muchas reflexiones, incluso de nuestra memoria: lo ocultamos, lo moldeamos, lo evitamos…

Esta vez hemos querido concretar nuestras vivencias y reconocer que para nosotras volver al cole era un cúmulo de sensaciones: felicidad, tristeza, vulnerabilidad, inseguridades, vergüenzas… Donde el cuerpo se hacía especialmente visible y doloroso:

-«Recuerdo especial preocupación por los cambios corporales y los miedos que me generaban estos reencuentros: si me habrían o no crecido las tetas, si habría o no crecido (porque era siempre la más baja de mi clase), pero no, otro año más lo iba a seguir siendo. También recuerdo mucha preocupación respecto al acné, ya que fue algo muy temprano en mí y empecé a tener granos en los últimos cursos del cole.

Recuerdo también el horror de volver a las clases de gimnasia, el ver en los probadores que todas las demás tenían cuerpos normativos que yo no, el no querer intentar hacerlo bien porque nadie pensara que “la gorda lo estaba intentando”, recuerdo cumplir con el prejuicio de que lo haría mal. Tapaba completamente mi cuerpo, llevaba siempre sudaderas anchas, camisetas por dentro… Os hablo de que tenía una talla 40. Pasé años sin querer hacerme fotos.

Empecé Bachillerato en un colegio nuevo llevando un corsé ortopédico. El primer día de clase, a la de delante se le cayeron todos los folios bajo mi pupitre y yo no podía agacharme porque era una fiel reproducción de Frida Kahlo, así que quedé como la nueva más simpática del lugar. El de atrás me tocaba para pedirte un boli y yo no me enteraba porque con semejante armazón que cubría mi espalda, mi sensibilidad era similar a la de Bertín Osborne hablando de feminismo. Tiempo después me confesó que creía que llevaba un sujetador de hierro forjado (un tipo tremendamente intuitivo). Volver al cole era volver al cuerpo».

El cuerpo es también aquel territorio donde hacemos género. En la escuela, además, la triada sexo-género-sexualidad es especialmente rígida y nosotras nos hemos visto haciendo malabares con el cuerpo para encajar en la norma:

-“¿Ya tienes la regla?” Había recibido no sé cuántas formaciones sobre compresas y tampones (ninguna, por cierto, sobre educación sexual y consentimiento), pero mi entrepierna seguía declarándose en sequía. Volver al cole era seguir estando más plana que una tabla y con un potorro en huelga. Crecimiento sin fin de altura y vello, cambios en una voz cada vez más grave que no eran comunes en “las que llevaban bragas”, que se me notara la nuez y me lo recordase el gilipollas de turno de mi clase, que la chica que me hacía gracia me dijese que tenía manos de chico… Y la jodida regla, que parecía el único asidero al que aferrarse para que mis dudas y las de los demás sobre si yo era o no eso que llamaban “mujer” se disipasen, seguía sin aparecer.

Marimachos y makeup. Era la machorra de clase y un día La Carmen, una muchacha que ocupaba la cúspide de la jerarquía social de mi clase (estructura en la que yo ocupaba la base, por supuesto) me pintó los ojos en el vestuario del gimnasio y me dijo “no eres tan fea, lo que pasa es que no te arreglas”. Aquel reconocimiento de 30 segundos supuso muchas vueltas a futuros “coles” con los ojos embadurnados en carboncillo (y así hasta hoy).

La depilación como horizonte. Mi madre no me dejaba depilarme, pero yo tenía cada vez más pelo y menos passing como señora junior. Ante la desesperación, llegué incluso a “depilarme” las cejas con unas tijeras. La vuelta al cole de 4º de la ESO mi madre levantó el veto y yo me presenté por primera vez sin mi estupendo bigote. La aceptación que aquello supuso fue el inicio de una performance de feminidad que nunca fue capaz de superar el nivel “bollera maricón”.

El cuerpo (o los cuerpos) no son algo estático, ni dependen únicamente de nuestra apreciación personal. La mirada de le otre nos posiciona constantemente en un lugar (aunque siempre tendremos estrategias para reposicionarnos en otros lugares posibles):

-«El patio era mío porque jugaba al fútbol con los chicos. No tenía que quedarme en los márgenes para disfrutar, podía ocupar el espacio igualmente entre codazos con los chicos, pero había algo rebelde en los codazos que no me importaba demasiado. Pasaba horas y horas en el colegio porque estaba apuntada a dos deportes, así que llegaba a casa sobre las seis. De 8:10 a 17:30 estaba en el colegio. La mitad de las horas ocupando el espacio como un chaval más. El problema era dentro del aula, cuando no podías ser la graciosa. Solo podía existir El Gracioso, aunque ya fuera igual de ingeniosa que ahora -e igual de modesta-. Tenía que estar callada, sin molestar, mientras que ellos podían estar haciendo el cafre. No tengo problema en que la gente haga el cafre en clase, solo con que yo no pudiera hacerlo porque era una chica».

En relación con el deseo

Los circuitos de deseo heteronormativos nos generaban especiales ansiedades. Dinámicas y deseos sexuales marcados por la competitividad y las desigualdades:

-“¿Ya te has liado con alguien?” era la pregunta que pretendía ordenar nuestros deseos hacia algo obligatorio, como si tuviéramos que complacer, desde el cuerpo, el deseo de los otros; el deseo ordenado en y desde la heteronorma. La vuelta al cole era regresar a la presión por esa pregunta. El mundo se dividía entre quienes sí y quienes no, y a ti siempre te tocaba estar en el segundo grupo. Y cuando por fin llegó un roce de labios con un tipo cualquiera, era demasiado tarde porque ya estábamos en el capítulo “¿ya has follado con alguien?” Tarde, mal y nunca podría ser el título de mis inicios en el terreno sexual.

Recuerdo también cumplir con el deseo que se esperaba que tuviera y que, de forma bastante inocente, “me gustaran” los mismos chicos que a todas, pero recuerdo también la certeza de saber que no era merecedora de ninguna reciprocidad, no tenía ningún tipo de expectativa.

Reencuentros con los machis. Por ejemplo, esos juegos de patio que por entonces no llamábamos ni identificábamos como acoso, que consistían en levantarle las faldas a las niñas, o incluso besarlas sin su consentimiento (Bullying de género en toda regla).

Como el patio del colegio, los deseos también parecen quedarse en el espacio de ellos. No porque nosotras no queramos jugar en el recreo, no porque nosotras no deseemos, sino porque lo que nosotras queremos, deseamos, no importa. Y si lo hace es para castigarlo desde la vergüenza que supone desear otros cuerpos que no sean los Suyos.

En relación con los vínculos

Durante la infancia y a lo largo de la adolescencia, los vínculos son muy significativos pero frágiles al mismo tiempo, por lo que los malabares por encajar tienen sentido:

«Respecto a las amigas, no sé si nos ocurre a todas, pero sentía que los vínculos afectivos eran especialmente frágiles por aquellos tiempos. Amigas y “mejores amigas” a las que dejaba de ver durante todo el verano, y que podrían dejar de serlo en esa vuelta al cole. Lxs “guays” podrían “desterrarte” del grupo para siempre. Y tendría que recomenzar a tejer vínculos tras un inmenso dolor, pasando a ser de ese grupo de lxs otrxs, de los invisibilizadxs, lxs que ocupaban los espacios de no privilegio en cualquier esquina del patio del colegio.

Para mí también los vínculos eran excesivamente frágiles y, durante la (pre)adolescencia, especialmente significativos. Me recuerdo durante mi infancia volviendo al cole nerviosa por saber en qué clase me había tocado, si coincidía con alguna amiga o si, por el contrario, iba a estar en otra clase forzada a hacer nuevos amigos o a ser “la otra”, “la rara”…»

Así, querides, eran nuestras vueltas al cole. Seguramente muy parecidas a nuestras vueltas al instituto, al trabajo, a la universidad. Pero ¿y si a esas vueltas que han sido tan gratificantes a ratos pero tan dolorosas a veces les diéramos la vuelta? ¿Y si nos preguntamos sobre cómo sería La vuelta al cole postpotorra? Para empezar las emociones no se tratarían como cuestiones menores de la “niñez”.

La compra del material escolar se basaría en el kit de supervivencia feminista del que habla Sara Ahmed para estar bien preparadas en las luchas contra el bullying. El Uniforme se cambiará por El Disfraz; nada de poner en cuestión el género de las personas según la vestimenta. En nuestro cole no habrá armarios ni para guardar El Disfraz, en todo caso baúles.

Ya tenemos nuestros mejores materiales para una vuelta al cole emoushion, llegamos a las aulas y nos preguntamos por cuándo volveremos a tener esos días festivos que nos proporcionan puentes y vacaciones de cambio de trimestre. Los días festivos no tendrán que ver con, al fin y al cabo, la demostración de quién lleva la vida más normativa, más nuclear, más adinerada. La festividad de Los Reyes Magos se sustituirá por Las Postpotorras que, además (SPOILER), ¡nosotras sí existimos! El Día del padre y de la madre será sustituido por el Día del brillanticio: desplegaremos nuestras mejores galas de estampados de leopardo y saldremos con brillantina y purpurina a llenar todos los rincones de colores.

Suena el timbre al ritmo de Butler, yo soy wapa y vamos corriendo a las clases. Nos advierten de una nueva organización escolar: las siglas AMPA solo responderían a este significado: Asociación Mamarracha Postpotorril de Alumnes. La AMPA ha llevado a cabo el reparto de libros llenos de referentes no normativos. Nada de heteronorma y mucho de desviación: educación púbica y pública.

Las asignaturas troncales a todos los cursos son Conocimiento del Medio Mamarracho, Lengua y Lentejuela, Ingles (que no inglés), Educación Física o Química, donde hablarían de educación sexual y consentimiento. También nos encontramos con nuevas optativas: MásTemáticas, donde hablaríamos de aquellas cuestiones que nos preocupan y nos dan curiosidad; Playback, donde se estudia cultura folclórica y drag, y Voguing.

Esta vuelta al cole postpotorra sería una vuelta deseada. Nuestros deseos estarían en el centro, como nuestros cuerpos y la importancia de nuestros vínculos. Cuerpos, deseos y vínculos mamarrachos, postpotorros y desviados -cuanto más desalineados, mejor-.

Fuente: cuartopoder.es

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