Se nos está yendo de las manos lo de la amistad

A veces una chica solo quiere romantizar a sus amigues en paz

Aviso desde ya: sospecho que este artículo va a pecar de clickbait. Probablemente decepcionará a algunas y hará sentir mejor a otras. No pasa nada. Estoy dedicando tiempo y recursos a calmar las partes de mí a las que esto les importa demasiado. Además, también me da un poco igual porque estoy premenstrual y eso supone quitarme un par de filtros de encima. Ya me contaréis de todas formas qué pensáis. Este mes vengo a ser incorrecta y a volcar una sensación que me está removiendo últimamente respecto a los discursos que veo proliferar sobre la amistad, ese tema que ahora ocupa textos y publicaciones de redes sociales y que, de verdad, no creo en absoluto que lo esté haciendo en exceso, sino que ha estado tan absolutamente ignorado que ahora ponerle algo de atención se percibe así. Pienso que le ha pasado como a la bisexualidad en los últimos años. No os dejéis engañar por esa sensación de que estamos siendo pesades, querides: es solo que cuando la media de hablar sobre un tema es cero, a poco que lo pongas sobre la mesa ya se convierte en “la moda esta que nos tiene hartas”.

::Pasa en Carabanchel::

¿Por qué digo que se nos está yendo de las manos lo de la amistad? Primero, y sobre todo, porque percibo que no estamos dejando tiempo a los discursos sobre la amistad para calar en nuestros cuerpos. Siento que, en un abrir y cerrar de ojos, hemos pasado de ignorar la amistad, a romantizarla, a sacarle la ristra de defectos y disfuncionalidades, todo desde lo intelectual. Y a mí este proceso tan rápido me está dejando en una especie de parálisis emocional: no habíamos aún llegado al punto de darle un valor completo a las amistades, de tantear sus contradicciones y complejidades, cuando ya proliferaban discursos con el mensaje de “bueno, cuidado, tampoco nos flipemos, mira tooooodo esto que puede emponzoñar una amistad”. Y ya le estoy viendo las orejas al lobo que nos comió cuando empezamos a hacer esto con las relaciones sexoafectivas. ¿Os acordáis? De repente hubo una ola de discursos con nuevas palabras (vínculos, responsabilidad afectiva, red flags y demás) que fueron o podrían haber sido extremadamente útiles si le hubiéramos dado tiempo a nuestro cuerpo de asimilarlos y relacionarse con ellos, o si en esos análisis hubiéramos hecho espacio para analizar también cómo nos sentimos al respecto de toda esa teoría. Pero no hicimos esto, ¿a que no? Al menos, yo no lo hice. Lo que hice fue asimilar solo de cuello para arriba, leer, aprender los códigos y empezar a juzgar(me) a diestro y siniestro. Como un manual de instrucciones del lugar al que tenía que llegar, no presté atención a dónde me situaba yo en medio de todo eso, a dónde podía llegar y a dónde no, a dónde quería llegar y qué me parecía innecesario. Con las amigas creo que está pasando parecido, o al menos a mí.

Hace poco, Anita Doinel subió una publicación maravillosamente lúcida a su cuenta de Instagram que, por la sección de comentarios, a muchísimas de nosotras nos dejó bastante tranquilas: “Illo. se puede ser no monógamo y performar por puro placer el amor romántico. Está bien no llamar ‘vínculos’ a tu peña, qué pereza”. Lo de “vínculos” ya es una broma recurrente con varias coleguis y, si nos está pasando lo mismo a tantas personas, por algo será. Menos mal que ahora nos estamos permitiendo reírnos un poco de ello. Por favor, no me quiero despertar mañana y ver que a mi amiga del alma la tengo ahora que llamar, no sé, “conjunción afectuosa”. Quiero aprender sobre mi relación con ella, claro que sí, quiero tener mejores herramientas para comunicarnos, pero me encantaría que esta vez lo hiciéramos un pelín mejor que el destrozo que hemos hecho con las relaciones sexoafectivas. Y aunque esté premenstrual y enfadada con el mundo, lo cierto es que tengo esperanzas: este año se han publicado dos libros potentísimos sobre tema, (h)amor9 amigas (Continta Me Tienes) y Best friends 4ever (Cris Lizarraga, Pikara Magazine). En ambos he tenido la suerte de participar y ambos me han traído el tremendo alivio de observar que al análisis se lo han comido las historias, las narraciones, y que incluso el análisis está hecho desde un lugar mucho más amable y situado. Sí, es una contradicción, ya lo sé, preocupada y a la vez esperanzada, la estamos liando y a la vez lo estamos haciendo mejor. Nunca prometí lo contrario.

Aquí viene el clickbait: este no es realmente un artículo sobre la amistad, sino sobre el cinismo. Y aquí la segunda contradicción: amo, adoro, disfruto mucho de ser cínica. Es agradable el poso que deja bajar a tierra un discurso delirante o demasiado simplista. Darle un bofetón al arcoíris de unicornios. El cinismo nos hace sentir listas, porque significa que no nos hemos dejado engañar. “Amiga, date cuenta”. También proliferan en ese sentido discursos supuestamente feministas que confrontan a las mujeres que eligen relacionarse sexual y afectivamente con hombres, tildándolas(¿nos?) de pardillas, de ingenuas, de “ya os daréis cuenta de que no se salva ni uno”. El cinismo es útil pero también nos puede situar en un lugar de superioridad moral, de relato único y de desconfianza hacia el criterio ajeno bastante peligroso. Nos aleja, al fin y al cabo, de la capacidad para confiar en nosotras mismas más allá de los discursos que disponen de altavoces, en nuestros propios procesos o en que tal vez una relación, ya sea de amistad o de pareja, pueden estar bien sin la aprobación del tribunal supremo de los feminismos. A la amistad no la hemos pasado aún por esta trituradora. Por favor, no lo hagamos.

Entre amigas puede haber aislamiento, puñaladas traperas, interés, dinámicas chungas, reproducción de estructuras opresivas. También puede haber esperanza, escucha, planes reales de futuro, amor inquebrantable, un salvavidas o la deconstrucción de estructuras opresivas. Quiero darme tiempo para abrazar todo esto, ahora que esa parte de nuestras vidas está entrando cada vez más en el campo de lo teórico. Quiero gritar que amo a mis amigas con la misma fuerza con la que me he desgarrado en la certeza de que siempre estaría sola cuando no las he tenido. Saber que nada de esto era permanente, ser contradictoria y que no pase nada. Y quiero seguir pudiendo narrar la amistad sin sobreanalizarla, o al menos no aún, o no así. No me interesan los desgranamientos fríos ni cínicos, tampoco el buscar las fallas a cada paso que damos. Ya sé que las va a tener. No estoy vendiendo una moto al defender que sí, que la amistad nos puede salvar la vida. También puede no hacerlo, eso ya lo sabíamos. Pero escojo explorar ese potencial hasta el fondo a pesar de las fallas, que por supuesto también hemos de observar. No busco una forma pura y perfecta de relacionarme ni de ser, no quiero más manuales de instrucciones. A veces una chica solo quiere romantizar a sus amigues en paz.

Fuente: Elisa Coll en pikaramagazine.com
Imagen: Fotograma de ‘Chicken run’