Ranas en Usera: el gran reemplazo eran los fondos buitre

La derecha ya no viene por aquí a hablarnos de ocupación, ya solo lo hace desde lejanas pantallas, porque sabe que la ocupación que asusta a las vecinas es la de sus colegas, los grandes tenedores de viviendas, los fondos de inversión

Byron Maher

Mi barrio está cambiando. Hace ya rato, la verdad. ¿Cómo era eso de las ranas que se achicharran en el agua que se calienta lentamente? Si esa rana viviera en mi barrio o en el tuyo te diría que no es imbécil, que es consciente de que el agua acabará por hervir y que se achicharrará, quizás no ella misma, pero sí otras ranas vecinas que le importan. Te dirá que es incluso capaz de preocuparse por ranas que ni conocía y sabe que serán las primeras en combustionar. 

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¿Por qué estamos hablando de ranas? Ah, porque llevamos viendo años cómo el barrio cambia, la derecha ya no viene por aquí a hablarnos de ocupación, ya solo lo hace desde lejanas pantallas, porque sabe que la ocupación que asusta a las vecinas es la de sus colegas, los grandes tenedores de viviendas, los fondos de inversión. Porque sabemos que los únicos extranjeros que dan ya miedo son los oligarcas internacionales que compran edificios enteros para especular, o quienes vienen del norte con el poder involuntario de subir varios puntos porcentuales la renta de pisos modestos, o los estudiantes europeos que alimentan, seguramente a su pesar, el mercado temporal de alquiler, desbocado reducto de la avaricia.

Hay pisos que se venden a un millón de euros frente a una plaza llena de basura, se siente como un asentamiento de colonos, la avanzadilla que acabará de expulsar a la población origina

Ya no vienen a hablar de ocupación, porque poca gente de la que vive aquí tiene más casas que la propia, y porque tanta gente ni casa tiene, así que qué le van a ocupar. Porque los caseros son cada vez menos vecinos y cada vez más fortunas lejanas que votan con sus millones de euros. Porque la preocupación de que te ocupen la casa ha quedado netamente superada para tanta gente por la convicción de que sus hijos e hijas nunca podrán acceder a una. Menuda rana idiota hay que ser para seguir chapoteando en la charca turbia del cuento de la ocupación mientras ves cómo tu gente, tus vecinas, tus amigos, se ahogan por no tener dónde vivir. 

Lo cierto es que el barrio está cambiando, hay pisos que se venden a un millón de euros frente a una plaza llena de basura, se siente como un asentamiento de colonos, la avanzadilla que acabará de expulsar a la población original, en un proceso de conquista a golpe de adquisición inmobiliaria con las administraciones como secuaces necesarias. Contribuirán activamente: destinando dinero público a convertir el barrio en un departamento con farolillos de la ciudad marca, capacitando a los negocios para potenciar su atractivo turístico, mientras dejan que el mercado decida el precio del metro cuadrado, sin ninguna intervención. Lo harán por omisión, legislando leyes de vivienda que son coladeros que dan mucha risa a las clases oligárquicas mundiales que manejan lo de “hecha la ley hecha la trampa” con envidiable habilidad.

El barrio está cambiando, vas al supermercado y ves a nuevos habitantes: parejas nativas con hijos pequeños, cuyos dos sueldos de profesionales ya no les dan para pagar un alquiler dentro de la M-30, que se deciden a acceder a la propiedad con alguna ayuda económica de sus padres, comprando los últimos pisos que los abuelos y abuelas del barrio van dejando vacíos y que sus descendientes venden a precios a los que hace años ni imaginaban que podían vender. También ves a jóvenes estudiantes europeos que ya ni sueñan con vivir en el centro y alquilan a precios inflados cuchitriles pintorescos en este barrio “popular y multicultural”, como lo venden las agencias. Te cruzas a turistas que piden tostadas con aguacate en el bar del barrio que colinda con otro flamante bajo reconvertido en Airbnb. 

El barrio está cambiando, en los coles se van yendo compañeros que allí crecieron, niñas y niños del barrio cuyos padres migrantes no pueden pagar el alquiler. A la salida de clase madres y padres del norte esperan a sus hijas e hijos, un cambio demográfico silencioso que te hace preguntarte, ¿de qué barrios más ricos habrá sido expulsada esta nueva población? ¿A dónde estará yendo la gente que está siendo expulsada de este? ¿Dónde termina este ciclo de expulsiones a la gloria de los dioses inmobiliarios que han decidido absorber hasta la última gota del tiempo y la energía de las personas? ¿habrá beneficio capaz de saciar su sed extractivista?

Tanto hablar de la salud mental de la adolescencia, de la ultraderechización de los muchachos, y al final será que el problema en los institutos es que muchas no saben dónde vivirán sus familias el mes que viene

El barrio está cambiando, las ranas se preguntan en los parques y el supermercado todas estas cosas, formulan sus inquietudes de manera distintas, pero todas habitadas de ese agua a puntito de bullir. Custodias compartidas imposibilitadas por la crisis de vivienda, niños que el curso que viene no volverán a las mismas aulas que sus amigos, otras que vienen de cada vez más lejos para no perder el único lugar de referencia que aún permanece constante en su vida, en un régimen inmobiliario que prima la movilidad porque hasta las ranas saben que es del movimiento continuo de capital de donde el parasitismo obtiene su plusvalía. 

Tanto hablar de la salud mental de la adolescencia, de la ultraderechización de los muchachos, y al final va a pasar que el problema en los institutos es que muchas y muchos no saben dónde vivirán sus familias el mes que viene, que sus padres no pueden separarse porque no hay forma de construir otro hogar, que sus madres no duermen porque no pueden pagar el alquiler, que ha llegado a su casa un aviso de desahucio. 

Qué cosa lo de preocuparse tanto por el futuro de la juventud atrapada por las redes sociales y las pantallas, y lo que le hará a sus mentes, mientras que a este paso contamos con la única certeza de que no tendrán cómo emanciparse. Qué cosa tener a la derecha usando la crisis de la vivienda para abonar su discurso antiinmigración mientras silencia que las personas migrantes han sido desterradas del mercado de alquiler normal y abocadas a pagar un dineral por subcontratar habitaciones, mientras que los grandes tenedores, esa gente con la que se codean en los cócteles, han cuadriplicado su patrimonio en algo más de una década. 

Mi barrio está cambiando, pero la necesidad de la gente de un lugar donde vivir sigue siendo la misma. Las ranas se achicharran pero no saben a dónde saltar, cómo escaparse. La opresión de no saber dónde vivir, la incertidumbre como cotidianeidad, el agua que no cesa de calentarse, no son un accidente ni una fatalidad, sino una decisión política. Como la que en la tarde del martes 28 de abril han tomado PP, Junts y Vox, esos partidos que entienden la política como una herramienta para que el enriquecimiento absurdo de unos pocos no decaiga. Eso tampoco cambia nunca.

Fuente: Sarah Babiker en elsaltodiario.com

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