Morirse sin que nadie lo sepa: Kodokushi

Kodokushi es un término japonés para designar la muerte solitaria, una de las epidemias modernas

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Al final de nuestra vida nadie nos acompaña cuando nos vamos definitivamente, aunque podamos fallecer al mismo tiempo que otros en un accidente o por una pandemia como la del Covid en sus inicios. Con todo, hay quien tiene la fortuna de padecer ese penoso trance acompañado por su entorno afectivo. Recordemos la película “Las invasiones bárbaras”, en la que se reúnen los familiares y las amistades del moribundo. Sin embargo, el individualismo que preside nuestro modelo social hegemónico, basado en una despiadada competitividad que contamina nuestras costumbres y formas de vida, nos hace más proclives a la soledad.

Los caseríos y las mansiones donde convivían varias generaciones han dado paso a pisos minúsculos con precios desorbitados. Hace casi medio siglo que un japonés ideó las cápsulas habitacionales, unos minúsculos receptáculos que nos recuerdan a las cabinas de los viajes interestelares donde la tripulación iría convenientemente crionizada, como en la nave que vemos cuando comienza “El planeta de los simios”. En muchos lugares aseteados por el turismo de masas y la inflación de los apartamentos turísticos, algunos trabajadores tienen que malvivir en sus coches. Paralelamente hay muchas más personas que viven solas y no siempre obedece a una decisión propia, sino al fruto de las circunstancias por muy remotas que puedan ser estas.

Hubo muchos ancianos que murieron solos y desolados en las habitaciones de sus residencias al comenzar la pandemia. Pero hay otro fenómeno que retrata una sociedad cuya convivencia no goza de buena salud. En Japón durante los tres primeros meses del año han fallecido veintidós mil personas que vivían solas y algunos cadáveres han tardado días e incluso meses en ser hallados. Tal es la indiferencia que practicamos no solo con quienes vemos tirado en la calle y menesteroso de auxilio, sino también con el vecindario más próximo. “El mejor pariente, el vecino de enfrente”, dice un refrán popular. Esto sigue siendo así en lugares más pequeños o zonas residenciales donde la gente se trata y se intercambia favores constantemente por el mero placer de ocuparse del otro. Pero en las grandes ciudades nadie sabe cómo se llaman quienes les rodean.

Mi madre cuidó de la vecina que vivía enfrente durante su postrera convalecencia doméstica. Por contra, ella no tuvo esa suerte. Fue noticia en la prensa porque su cadáver fue levantado tres días después de su fallecimiento y algunos vecinos apuntaban al desistimiento de sus familiares más cercanos, como si a ellos únicamente les correspondiera juzgar sin conocer los detalles del caso. Al menos tuvo eco en los periódicos de hace veinte años, porque a algo similar ahora pasa inadvertido por su frecuencia. Este mismo mes han encontrado muerto a un entrañable amigo de mi primera juventud con el que compartí aquellos intensos años. Puede que llevase fallecido un par de semanas. Los amigos que frecuentaba últimamente habían mudado de domicilio y él ya se había jubilado nada más cumplir sesenta para poder escribir sus maravillosos libros con plena dedicación. Tenía sesenta y cinco años, nunca había fumado y era un consumado deportista. Pero me temo que los muchos trienios acumulados de su vida solitaria le pudieron pasarle una onerosa factura emocional y en cualquier caso le han canjeado una Kodokushi.

Fuente: Roberto R. Aramayo en nuevatribuna.es

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