Reía del león por creerse rey, de la cebra por sus rayas torcidas, del elefante por su paso lento. Reía para demostrar fuerza, aunque por dentro solo quería que alguien la escuchara sin miedo.
Un día, un grupo de exploradores acampó cerca del río, y con ellos llegó un caniche urbano, pequeño, limpio, con un lazo rojo y mirada serena. Los animales lo observaron con curiosidad, pero la hiena no tardó en reírse.
—¡Mírate! —le gritó—. ¡Con ese perfume y esos rizos! ¿Qué haces en este lugar donde solo sobrevive quien ruge o muerde?
El caniche lo miró sin alterarse y respondió con calma:
—Quizá no sobreviva mucho aquí, pero tú… llevas tanto tiempo riendo, que ya no sabes si es por alegría o por miedo.
La hiena se quedó muda. Aquella noche, bajo la luna, volvió a reír, pero por primera vez la risa le sonó ajena, hueca, como si no saliera de su garganta, sino de una cueva vacía dentro de su pecho.
Con el paso de los días, su risa cambió. Dejó de ser un arma y se volvió un puente: una forma de acercarse, de hacer sonreír sin herir.
Y aunque seguía sola en la sabana, ya no temía al silencio. Porque había aprendido que no hay mayor fuerza que la de mirarse a uno mismo sin reírse.
Moraleja:
Reírse de los demás es fácil; reír con los demás requiere valentía. Pero solo quien se atreve a reír de sí mismo con ternura, encuentra paz.
@MIA [ChatGPT-OpenAi]
colaboradora de @carabanchelnet