La heroína, el azar y el barrio

«Como hace cuarenta años, son los barrios obreros los principales escenarios de una adicción, esta vez sin sustancia, que mantiene a alrededor de 400.000 personas enganchadas diariamente», explica Cristina Barrial.

Metadona. El día que me enteré de que mi tío seguía en tratamiento con metadona fue unos años después de que mi madre me hubiese contado que otro de sus hermanos, Mariano, se había muerto de SIDA. Fue entonces cuando consideraron que yo ya era lo suficientemente madura y que podía estar presente cuando nombrasen esa palabra: SIDA. “Mariano era un trasto”, o eso decía siempre mi madre. Yo no le había llegado a conocer, pero le pensaba mucho. Me lo imaginaba con el pelo rizado y los vaqueros desgastados, tal y como posaba en alguna foto, robando las limosnas en la Iglesia. Mariano era como una especie de mito que había fallecido con 33 años, a principios de los 90. Uno de los 55.000 que nos fueron arrebatados en el Estado español entre 1981 y 2002 por esa enfermedad que parecía innombrable. 

Un tiempo más tarde, cuando yo ya iba a educación primaria, me enteré de que mi tío Julio acababa de morirse de pena. Morirse de pena era una buena metáfora para describir aquello sobre lo que no hablan demasiado en los telediarios por no producir ese tan temido efecto contagio. Es cierto que Julio no hacía nada más que dormir cuando iba a visitar a mi abuela, pero yo no sabía que la pena mataba. Claro que no había sido sólo la tristeza, eso lo supe después. Había algo que atravesaba y acercaba aquella carta de despedida, el diagnóstico de Mariano, el tratamiento de metadona. Una familia grande con muchas sillas vacías en Navidad, una adicción conjugada en femenino: la heroína. 

Aquella no había sido una buena época, decían los mayores. Más allá de esa idea romántica de La Movida, fueron muchas las familias de clase trabajadora destruidas por la expansión del caballo. Hay, sin embargo, fantasmas de lo no vivido que resurgen y vienen a darnos lecciones a jóvenes que, de aquellos años, no guardamos más recuerdos que las sillas vacías en las cenas familiares y las películas de Eloy de la Iglesia. 

La primera vez que vi una pegatina que señalaba a las casas de apuestas como la heroína del siglo XXI me pareció una exageración. Estaba en la calle del General Ricardos, la arteria que conecta el distrito de Carabanchel con el de Arganzuela, separados ambos por el río Manzanares y también por la frontera –no tan– simbólica que supone la diferencia en el precio del alquiler. “Decir que son la heroína del siglo XXI quizá es pasarse”, pensaba mientras caminaba e iba dejando atrás varios locales herméticos de Sportium, Codere y Luckia. En escasos metros conté 8 de los 72 que infestan el barrio de Carabanchel y de los 372 que abren sus puertas diariamente en la ciudad de Madrid.

Las comparaciones son siempre problemáticas y no deben basarse en trasposiciones exactas que eludan el contexto, el tiempo social y la raíz de las adicciones. Sin embargo, mediante la comparación también podemos arrojar luz, señalar responsabilidades y articular una respuesta colectiva. Como hace cuarenta años, son los barrios obreros los principales escenarios de una adicción, esta vez sin sustancia, que mantiene a alrededor de 400.000 personas enganchadas diariamente según la Asociación Gallega de Jugadores Anónimos (AGAJA). Lugares donde el paro afectaba y lo sigue haciendo con mayor virulencia. Que haya sido en estos barrios donde se haya dado el mayor despliegue de casas de apuestas puede responder a criterios económicos, como el precio del suelo, pero no puede separarse de la búsqueda del cliente potencial. 

Si bien la heroína comenzó a introducirse en el Estado español a través del consumo esporádico de jóvenes de clase media acomodados que viajaban a Tailandia y traían algunos gramos consigo –tal y como retrata Justo Arriola en A los pies del caballo–, no tardó en convertirse en un arma de control social que favoreció la desarticulación de la movilización política de jóvenes de clase trabajadora que vivían en País Vasco, Madrid o Barcelona, entre otros lugares. Así es que cuando las teorías psicologicistas nos hablan de que la ludopatía no entiende de clases sociales porque el consumo de riesgo se extiende a toda la población, pasan por alto evidencias como el perfil actual del jugador ludópata, la ubicación de los locales y la configuración del juego como salida viable a la precariedad laboral y a la incertidumbre económica. Además, si el consumo responde a criterios de clase social, la rehabilitación también se ve atravesada por razones socioeconómicas: los recursos públicos son insuficientes para atender un problema de salud pública de esta magnitud. 

El lenguaje tampoco es inocente y este puede marcar la diferencia en cómo un problema se construye como privado, público e incluso político. Hablar de la heroína –en su momento– o de las casas de apuestas como epidemia, como lo inevitable, puede servir para ocultar responsabilidades políticas e intereses económicos. Mientras que Cirsa, una filial del fondo buitre Blackstone, compraba hace unos meses la totalidad de Sportium, el ex ministro de Justicia, Rafael Catalá, fichaba por Codere como “asesor y mediador”. Esta relación de intereses explica que la huida hacia delante de la Comunidad de Madrid sea abrir un nuevo centro para la prevención de la ludopatía o mandar a Pedro García Aguado a dictar talleres en lugar de poner freno a la proliferación de estos locales. Todo acompañado de cuestionables macrorredadas a nivel nacional que, si bien se escudan en el control de acceso de menores a casas de apuestas, nos evocan años atrás a una presencia normalizada de las fuerzas de seguridad en los barrios obreros con el objetivo de realizar incautaciones más criminalizadoras que efectivas. 

El barrio de Carabanchel fue el escenario del nacimiento de la Coordinadora de Presos en Lucha (COPEL) en 1976. Esta asociación luchó por la amnistía de los presos políticos y denunció la vulneración de los derechos humanos en la cárcel además de la introducción de la heroína en la prisión, cuya aparición había supuesto el fin de la solidaridad interna. Años más tarde, en 1987, la Coordinadora de Barrios de Madrid denunciaba cuáles eran los 40 puntos donde se vendía heroína en la ciudad, mientras que la asociación de Érguete repetía la misma estrategia en Vigo. La Asociación de Madres contra la Droga se concentraba frente al Congreso denunciando la relación entre Policía, Guardia Civil y capos, y en Elgoibar, familiares y vecinos afectados por la heroína se reunían para buscar apoyo mutuo y centros de desintoxicación. 

Fueron múltiples los movimientos vecinales y barriales que, a lo largo y ancho del Estado, plantaron cara y se organizaron para recuperar a sus jóvenes y poner nombre y apellidos a los responsables de la generación perdida. Hoy día, el ejemplo se repite y son más de 160 los colectivos, asociaciones vecinales, juveniles y asociaciones de madres y padres las que se adhieren a una batalla contra las casas de apuestas que se centra no sólo en denunciar y exigir su cierre, sino en proponer alternativas. Restituir el vínculo social, volver a lo comunitario: al barrio. Apostar por lo colectivo y afirmar, sin medias tintas, que no queremos más calles vacías y locales llenos. Que alguna lección hemos aprendido de aquellos años. 
Fuente: lamarea.com

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