La bolsa… y la vida: el timo de la sanidad privada

“A menudo se señala el sistema de Estados Unidos como un ejemplo de sanidad privada. Aunque se trata del país con mayor gasto sanitario por habitante, su sistema dista mucho de ser el más eficiente entre los países ricos”

A menudo se señala el sistema de Estados Unidos como un ejemplo de sanidad privada. ?Aunque se trata del país con mayor gasto sanitario por habitante, su sistema dista mucho de ser el más eficiente entre los países ricos.

Sobre esto escribe contundentemente Bill Bryson, un conocido y premiado escritor estadounidense. En un libro de divulgación científica sobre el cuerpo humano –El cuerpo humano: guía para ocupantes (RBA Libros, 2020)–, Bryson termina hablando sobre la salud y la enfermedad. Señala así la importancia que tiene la situación económica de las personas en la preservación de la salud, de tal manera que entre los barrios ricos y los pobres de una ciudad puede haber cerca de diez años de diferencia en la esperanza de vida.

Sobre el sistema sanitario, el autor afirma: «En comparación con el resto de los países del mundo industrializado, ni siquiera ser adinerado sirve aquí de ayuda. Un estadounidense de cuarenta y cinco a  cincuenta y cuatro años seleccionado al azar tienen más del doble de probabilidades de morir, por la causa que sea, que alguien del mismo grupo de edad que viva en Suecia».

También añade una serie de datos impactantes: «Los niños estadounidenses tienen un 70% más de probabilidades de morir en la infancia que los del resto de los países ricos. Entre estos últimos, Estados Unidos ocupa el último lugar, o uno de los últimos, en prácticamente todos los indicadores de bienestar médico: enfermedades crónicas, depresión, drogadicción, homicidio, embarazos adolescentes, prevalencia del grupo VIH… Incluso las personas que padecen fibrosis quística viven una media de diez años más en Canadá que en Estados Unidos. Todo esto resulta un tanto contradictorio si se considera que Estados Unidos gasta más en atención médica que cualquier otra nación: dos veces y media más por persona que el promedio de todos los demás países desarrollados del mundo. Una quinta parte de todo el dinero que ganan los estadounidenses (10.209 dólares anuales por ciudadano, lo que suma un total de 3,2 millones de dólares) se gasta en atención médica. Esta última representa la sexta industria más grande del país y proporciona una sexta parte de todo el empleo», escribe.

Y continúa: «Sin embargo, pese a este ingente gasto y a la indudable calidad de sus hospitales y su atención médica en general, EE. UU. ocupa solo el puesto número 31 en la clasificación mundial de esperanza de vida, por detrás de Chipre, Costa Rica y Chile y justo por delante de Cuba y Albania. Pero donde Estados Unidos difiere de verdad de otros países es en los colosales costes de su atención médica. Según un estudio realizado por el New York Times, una angiografía cuesta una media de 914 dólares en Estados Unidos, pero sólo 35 en Canadá. La insulina cuesta aproximadamente seis veces más en Estados Unidos que en Europa. Una prótesis de cadera cuesta una media de 40.364 dólares, casi seis veces más que en España, mientras que una resonancia magnética se va a los 1.121 dólares o, lo que es lo mismo el cuádruple que en los Países Bajos. Todo el sistema resulta notablemente costoso y difícil de gestionar. El país cuenta con unos 800.000 médicos en ejercicio pero necesita el doble de personal para administrar su sistema de pagos. La inevitable conclusión es que elevado gasto de Estados Unidos en atención médica no se traduce necesariamente en una medicina de mayor calidad; únicamente se incurre en costes más elevados. La Academia Nacional de Medicina de Estados Unidos ha calculado que en dicho país se despilfarran cada año 765.000 millones de dólares –una cuarta parte de todo el gasto nacional en atención médica– en maniobras preventivas injustificadas. Un estudio similar realizado únicamente en el estado de Washington incrementaba aún más el despilfarro, que situaba en casi el 50% y concluía asimismo que hasta un 85% de las pruebas de laboratorio preoperatorias se son completamente innecesarias. Según el médico y autor Jerome Groopman, a la mayoría de los facultativos estadounidenses les “preocupa menos la curación (de sus pacientes) que la posibilidad de que les demanden como el deseo de maximizar sus ingresos».

Con semejante sistema de salud, no resulta extraño leer que el pago de los servicios sanitarios depaupera a los que pueden costearse el gasto, hasta el punto de que «el 60% de la gente que entra en bancarrota lo hace por tener que hacer frente a deudas con las aseguradoras médicas».

Actualmente, en España, ante el caos creado por la pandemia, las aseguradoras privadas refuerzan sus campañas publicitarias invitando a suscribir seguros privados de salud. Pero si tenemos en cuenta cuál es la imagen que nos presenta el modelo de sanidad privada a través del sistema sanitario estadounidense, solo podemos considerar esas ofertas como un timo. 

Y a los políticos y políticas, como Esperanza Aguirre e Isabel Díaz Ayuso –que, de una manera más o menos sibilina, están fomentando la sanidad privada– tenemos una razón más para incluirlas sin ninguna duda entre la mala gente.

EE. UU. es también el país con mayores desigualdades en el capitalismo desarrollado. La diferencia entre la esperanza de vida por clase social entre las clases pudientes y las clases trabajadoras es de las más altas del mundo, con 15 años de diferencia entre las clases más adineradas y las de menos recursos, frente a los 7 años de la Unión Europea.

Fuente: Antonio Zugasti en lamarea.com

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