«Hospital Ifema»: El milagro que no cayó del cielo

Díaz Ayuso presenta el megahospital como un milagro, aunque quizá más que como fenómeno religioso deba considerarse un ejercicio de prestidigitación, no es poca magia haber hecho desaparecer 59 millones de las arcas públicas en tan solo 41 días.

Surgió en pleno pico de la pandemia ante la saturación que atravesaban los hospitales madrileños. Era menester aumentar el número de camas y hubo un pequeño —y restringido— debate donde se pusieron sobre la mesa dos alternativas bien diferenciadas. Una pasaba por instalar un anexo suplementario en cada uno de los hospitales saturados, situado lo más cerca posible para facilitar los traslados. Se podría implementar bajo la implantación de pequeños hospitales de campaña, o a través de hoteles medicalizados. Esta solución se apoyaría en un trabajo simultáneo de tratamiento, clasificación y contención —para evitar que los pacientes se lanzasen sobre las Urgencias— operado desde los 430 dispositivos de Atención Primaria existentes en la Comunidad de Madrid. La otra opción era la apertura de un único espacio al que se derivaran desde todos los hospitales los infectados por coronavirus, un mega hospital en modelo lazareto.

Fiel al estilo que caracteriza a la derecha, la respuesta a la crisis del coronavirus llegó con un gesto ampuloso (…). Convocaron al colectivo médico y a la sociedad civil a una cruzada en clave de gesta bélica antipandémica

La administración regional optó por esta segunda alternativa y pareció tener claro que debía actuar rápido, ya no solo por motivos sanitarios sino también políticos. Arreciaban las críticas por su desorientación e inoperancia ante el número de contagios y de fallecidos que crecían exponencialmente en Madrid, así como las exigencias por parte del colectivo sanitario de urgente contratación de personal adicional para responder a la pandemia. Fiel al estilo que caracteriza a la derecha, la respuesta llegó con un gesto ampuloso que pretendió acallar la demanda de acción de la sociedad informada y, al mismo tiempo, silenciar y disciplinar al personal sanitario que no cesaba en sus reclamaciones. Convocaron al colectivo médico y a la sociedad civil a una cruzada en clave de gesta bélica antipandémica. Así vio la luz el mega espacio provisto de unas 3.000 camas que, según las autoridades comunitarias, podrían llegar a 5.500 con las UCI, un plan bendecido por Ayuso con el calificativo de “milagro”. Oponerse a la ocurrencia era poco menos que convertirse en negacionista de la pandemia.

Sin embargo, poco duró la euforia publicitaria. A la semana de inaugurado el nuevo espacio, llovían las críticas de los sanitarios asignados, en su mayoría procedentes de la Atención Primaria de los Centros de Salud. Las demandas eran generalizadas: falta de medicamentos, insuficiencia de EPIS, inexistencia de test y, sobre todo, caos organizativo y operativo que cundía en el megahospital. En múltiples artículos de este y otros medios han quedado registradas las demandas de los profesionales que, sobre todo durante los primeros diez días, se veían obligados a pasar largas horas aguardando a que se les asignara una tarea. Ante ese pandemónium, apelaron a la autoorganización y mediante planillas Excel y otros registros fueron organizando y dando cuerpo a los equipos que las autoridades sanitarias se revelaban incapaces de organizar. Un detalle más de la desconsideración hacia el personal es que, como estos registros no eran “oficiales”, en muchos casos los profesionales no veían reflejadas en sus nóminas las horas trabajadas, debiendo reclamarlas al percibir la ausencia del cómputo.

UNA ALTERNATIVA CONTRAINDICADA EN CASO DE PANDEMIA

Muchas transgresiones e irregularidades cometieron las autoridades sanitarias en el Ifema, como denunciaron sindicatos y asociaciones profesionales. Entre ellas, el incumplimiento de los protocolos de seguridad y la desprotección a que se condenó a los sanitarios. Aquel que se resistía a trabajar en esas condiciones recibía amenazas explícitas de ser expedientado. El hacinamiento de personal en las áreas de espera y en los vestuarios debía asumirse sin reticencias, de lo contrario habría sido imposible desempeñar la labor. Carecían de medidas preventivas recomendables para evitar contagios y la expansión del virus.

Algunos epidemiólogos se atrevieron a cuestionar la filosofía subyacente en la decisión de concentrar los contagiados y el grueso de los sanitarios en el Ifema

A pesar de este cuadro, como manifestaron varios facultativos que en la época respondieron a los medios, lo peor sería instalarse en la queja paralizante. Prefirieron aceptar los límites de las carencias señaladas y trabajar como si no existiesen. Así, pusieron manos a la obra y lo dieron todo en medio de aquel caos. Hasta los profesionales R4 (MIR), cuyos contratos se extinguían el 27 de mayo, que recibieron una carta de agradecimiento de los reyes por la labor cumplida y la oferta de unos contratos basura que respondían a la equívoca denominación de “contratos de refuerzo”, o los “contratos covid”, un poco peores aún.

Sin embargo, en medio del fragor, algunos epidemiólogos —que por supuesto, pasaron desapercibidos— se atrevieron a cuestionar la filosofía subyacente en la decisión de concentrar los contagiados y el grueso de los sanitarios en el Ifema. Alegaban que en una pandemia eso está contraindicado y que, por el contrario, debería haberse aplicado una prescripción opuesta: clasificar y separar los contagiados en grupos menores, notoriamente más fáciles de controlar, con muchos pacientes susceptibles de seguimiento domiciliario, sin necesidad de ingreso en el hospital. Más aún, al contar con una amplia red de Atención Primaria que, en vez de ser utilizada para esta tarea clasificatoria fue retirada de sus centros de referencia y derivada al mega hospital. Si se hubiera optado por este enfoque, también se podría haber aplicado un procedimiento similar al personal sanitario, para rápidamente poder dar de baja a los contaminados, o poner en cuarentena a los que dieran positivo, aunque estuvieran asintomáticos, para evitar que el propio personal se convirtiera en transmisor del virus.

APUESTA HOSPITALOCÉNTRICA CON VOCACIÓN PRIVATIZADORA

Pero obrar de ese modo habría significado contradecir la filosofía sanitaria impuesta por Esperanza Aguirre en décadas de gobierno conservador en la Comunidad de Madrid. En 2012, la ex presidenta dio vía libre a la implantación de once hospitales en la periferia madrileña inequívocamente orientados a favorecer intereses privados.

Como explican diversos analistas sanitarios, esta iniciativa tuvo un marketing que destacaba la proeza de disponer en breve plazo de tal cantidad de nuevos hospitales. Para más inri, aseguró que “no le iría a costar un duro a los madrileños”. Omitió aclarar que nadie —considerado individualmente— iría a tener que pagar por esos servicios, pero que sí serían retribuidos mediante el pago de generosos cánones por la Comunidad de Madrid, a través de las partidas del llamado “gasto sanitario”. Sin contar, además, las derivaciones hacia la atención especializada, a través de “conciertos” con clínicas privadas, desde los centros de salud y los hospitales públicos generalistas, cada vez más desmantelados por los recortes en recursos y personal operados desde la administración comunitaria.

Coherente con esta tradición el gobierno de Díaz Ayuso optó por continuar desmantelando la Atención Primaria, derivando sus profesionales hacia el Ifema. Y, al mismo tiempo, contrató una batería de servicios privados para el funcionamiento del mega hospital, de consecuencias devastadoras para las arcas públicas.

RESULTADOS A LA VISTA: 59 MILLONES ESFUMADOS EN SEIS SEMANAS

Sabido es que los milagros son efímeros, así como surgen desaparecen. El Ifema nació como un artilugio de magia y en la misma línea desapareció. El día 1 de mayo, Isabel Díaz Ayuso presidió la ceremonia de apagado y posterior desinstalación. Atrás quedaron el caos, la improvisación y la infradotación que fueron su marca registrada, así como la subutilización del ampuloso stock de 3.000 camas, de las cuales en el pico máximo se llegaron a ocupar apenas 1.350. En sus 41 días de existencia, atendió a un total de 3.800 pacientes. Estas cifras dan una idea de la megalomanía implícita en su creación.

Pero no solo el espacio y el número de camas fue desorbitado. También el coste que su apertura y mantenimiento ha acarreado a las arcas públicas, verdad que está saliendo a la luz gracias a investigaciones periodísticas realizadas en las últimas semanas.

Según las primeras revelaciones, hechas públicas por Nius Diario, los sobrecostes serían escandalosos. Ciertos contratos llegarían a triplicar el precio del mismo servicio en otros hospitales de la Comunidad de Madrid. En términos de valores, el más suculento sería el de la comida, que ascendió a 4 millones de euros. Fue concedido a Eurest Colectividades, del grupo Compass. Para tener una noción más precisa, vale aclarar que el precio casi duplicaría el abonado por el Hospital de El Escorial y llegaría a triplicar el del Hospital del Niño Jesús.

También es llamativo el gasto en transporte, efectuado a través de DHL. La empresa habría cobrado un total de 130.680 euros por 14 traslados de material sanitario desde el aeropuerto de Barajas hasta el Ifema (el recorrido es de apenas 6,4 kilómetros). La cuenta sale a razón de 9.285 euros cada traslado.

Despropósitos parecidos surgirían de analizar el gasto en limpieza del megahospital. Por él se abonaron 3,9 millones de euros y fue concedido a la empresa Clece, filial de la Constructora ACS, cuyo titular es Florentino Pérez. Su coste por metro cuadrado no resistiría comparación con cualquiera de los demás centros sanitarios de la Comunidad.

Más de lo mismo surgiría de la comparación de los demás ítems que el Ifema demandó, gestión del almacén, lavandería, montaje de instalación de gases medicinales. Igual que el mantenimiento del espacio, que estuvo a cargo de Ferrovial, empresa que habría cobrado 176.000 euros por montar el hospital y casi el doble —395.000— en su “mantenimiento” durante 90 días.

Ese mismo medio calcula en 59 millones de euros las cifras totales del despropósito, frente a los 19 millones originariamente presupuestados. En solo seis semanas de funcionamiento

También El Boletín hace un análisis sumamente crítico del “milagro Ifema” e ilustra otra serie de sinsentidos, como la compra del mismo material a precios notablemente diferentes, según cuál fuese la empresa proveedora. Ese mismo medio calcula en 59 millones de euros las cifras totales del despropósito, frente a los 19 millones originariamente presupuestados, en solo seis semanas de funcionamiento. Nueve millones más que el total calculado para erguir y montar con equipamiento de última generación el hospital de Valdebebas que Díaz Ayuso pretende levantar en esa periferia madrileña. Aunque, como sucede sistemáticamente en las administraciones “populares”, el coste final suele ser bastante más alto que el inicialmente declarado. Y, como observación final, aunque nada se haya dicho, se da por descontado que, como los de Esperanza Aguirre, el nuevo centro será de gestión privada y “no les costará un duro a los madrileños”. También les saldrá gratis, de aquella manera.
Fuente: Alberto Azcárate en elsaltodiario.com