Historia de 2 deshaucios aplazados en Carabanchel

En el Estado español hay más de cuatro desalojos de media cada hora, la mayoría en Madrid y Barcelona
Este es el relato del de Lorena y sus tres hijos menores, finalmente pospuesto. Y del Othman y su familia, aplazado al 17 de diciembre.
Aunque todavía es de noche –empieza a salir el sol, pero solo a lo lejos– ya hay gente parada frente al número 25 de la calle Urgel. No importan ni el frío ni la lluvia.
Son las siete y media de la mañana del jueves 26 de noviembre y, por fin, los primeros rayos de sol de la jornada empiezan a dejarse ver entre los edificios del viejo barrio de Carabanchel. Mientras una pequeña riada de agua baja los escalones de la calle de Boadilla del Monte, un grupo de unas treinta personas se concentran frente al veinticinco de Urgel. En el portal, repartiendo café, está Lorena. Lleva una bata morada y unas ojeras que le absorben por completo los ojos. En unas horas la desahucian.
Lorena tiene casi cuarenta años y tres hijos menores de edad, ni más ni menos. Espera nerviosa, fumando cigarrillo tras cigarrillo, a que llegue la comitiva judicial para echarla de su piso. Lleva seis años viviendo en esa casa.
“Entré en el piso hace más de cinco años”, empieza a contar. “Era de un conocido que me lo alquiló por 275 euros al mes. Siempre he pagado religiosamente el alquiler, pero al propietario de la vivienda le embargaron el piso hace meses. Los nuevos propietarios me consideran una okupa, así que me quieren echar”.
Oficialmente, los propietarios de aquel piso son el banco La Caixa y el fondo buitre Coral Home. Estando como está la situación, quieren echar a Lorena de su piso para vender la propiedad lo antes posible. La idea es venderlo rápido para reventar el mercado y llevarse su tajada sin mayores complicaciones. Obtuvieron el inmueble a precio de saldo a través de una subasta.

En España se producen 162 desahucios por cada día hábil según la PAH. La mayoría están relacionados con bancos, fondos buitre y grandes propietarios
En la calle se puede masticar la tensión. Se espera que la comitiva judicial se presente a las nueve y media de ese mismo día. Por eso, vecinos de Carabanchel, padres del colegio al que van los hijos de Lorena y los compañeros de Vivienda Carabanchel, el nodo de la Coordinadora de Vivienda de Madrid que trabaja en las calles del barrio, esperan desde primera hora de la mañana frente a la puerta de Lorena. No quieren sorpresas.
“Hemos intentado negociar con la propiedad”, dice Jorge, uno de los miembros de la coordinadora, “pero se niegan a ofrecerle un contrato de alquiler social a Lorena. Esperan ponerlo a la venta cuanto antes para que lo compre algún especulador que lo ponga en alquiler a un precio desorbitado […]. Es una triste realidad, pero no la única. En España se desahucian a casi cien familias al día”.
Triste, pero real. Nada de ficción. En España, se producen 162 desahucios por cada día hábil según la PAH. La mayoría de estos alzamientos están estrechamente relacionados con bancos, fondos buitre y grandes propietarios.
Además, según datos de la Plataforma de Afectados por la Hipoteca, en España, en los dos primeros trimestres de este año se han producido 11.041 desahucios, a pesar de la completa paralización de la actividad judicial en toda España, entre el 14 de marzo y el 4 de junio (el segundo trimestre, en pleno confinamiento hubo 1.383 expulsiones).
En la calle no hay prensa: es solo un desahucio más. Un desalojo más. Otro de tantos. Solo son más niños en la calle, más vidas destruidas, más poder para los bancos y más gotas de desigualdad que salpicarán el espejo de la sociedad española. Habrá más desahucios. Siempre hay más desahucios.
Los únicos que están ahí son los vecinos del barrio. Vecinos organizados – o no– que no pueden permitir que cuatro personas se queden sin techo.
A las ocho y media de la mañana, la calle empieza a abarrotarse. Familiares de Lorena, compañeros de otros nodos de la Coordinadora de Vivienda y vecinos de la zona se acercan hasta la mujer de ojeras enormes y bata morada para consolarla como pueden.
La calle está inundada de botas, zapas y mascarillas. Alguien apaga el alumbrado, pues ya se ve lo suficiente, aunque el sol siga siendo un espectador lejano y tímido y no caliente apenas.
“Espero que no me echen”, sigue relatando Lorena, “aunque, si lo hacen, he encontrado una habitación que alquilar para mí y para mis hijos. A pesar de que tengo dónde meterme, no quiero que me desalojen de mi casa. Es que es mi casa, no de La Caixa. La propiedad será del banco, pero aquí vivo yo”.
Según se aproxima la hora a la que se espera que se presente la Policía y la comitiva judicial, se va tensando el ambiente. Alguien intenta dar ánimos gritando consignas sociales. Los vecinos se asoman al balcón. Se encienden cigarrillos desesperados. Una señora mayor se acerca hasta la protesta con una pequeña banqueta plegable, y, con un crujido de piernas, se sienta en primera fila. Dice que querer es poder.
Elsa, la asesora legal de la Coordinadora de Vivienda, se presenta en la concentración con buenas noticias: a última hora del día anterior, la propiedad mandó al juzgado posponer el desahucio. “No sabemos por qué”, explica Elsa, “pero quieren posponerlo un mes. Aunque es pan para hoy y hambre para mañana; si la ejecución se pospone hasta ese día, seguramente puedan resistir hasta 2021”.
Resistir. Resistir dentro de tu propia casa. Para no acabar en la calle, tienes que convertir tu hogar y tu mirilla en una trinchera en la que jamás volverás a sentirte seguro.
A las diez menos veinticinco, los murmullos alegres vuelven a la calle Urgel. “Si la comitiva judicial no se ha presentado es porque se ha recibido el recurso de la propiedad a tiempo”, sigue contando Elsa.
Los vítores y los gritos de ánimo empiezan a estallar frente al portal: el desahucio se considera paralizado. Hay aplausos, cánticos e incluso algún que otro abrazo furtivo. No se pueden ver, pero, tras las mascarillas, hay sonrisas y alegría.
Pero espera.
Que a las diez y media hay otro desahucio.
A solo diez minutos andando desde Urgel, en la calle Alcaudón número 25, quieren echar a la calle a Othman, un padre de familia con nueve hijos a su cargo. Siete de ellos, menores de edad.
Las 70 personas que estaban frente a la casa de Lorena se desplazan a pie hacia la nueva concentración mientras Jorge empieza a relatar la situación a la que se toca enfrentarse ahora.
“Este es un caso mucho más complicado, pues la propiedad del piso de Othman no es ni un fondo buitre ni un banco, sino un particular que se la tiene alquilada”.
Fuente: Israel Merino en lahaine.org artículo de ctxt.es