Feijóo el Derogador

La derecha deroga porque los españoles tienen ideas de bombero y se arrogan unas cosas que no les pertenecen: el gobierno, el Estado, las leyes, los presupuestos, las políticas, el dinero público o el suelo urbanizable

Ya tenemos el Váyase-señor-González 2.0 que tanto estábamos esperando y sabíamos que no necesitábamos. Vuelve a funcionar, a pleno rendimiento, la máquina de producir eslóganes resultones que guarda el Partido Popular en la planta noble de su sede de Génova, custodiada por el líder de turno hasta la hora de dar el traspaso al siguiente; antes de que le apuñalen a lo Orient Exprés sus compañeros de la dirección. Derogar el Sanchismo es la nueva tierra de promisión anunciada a la gente de bien.

Cautivos y desarmados, por este orden, el populismo, el secesionismo, el socialismo, el chavismo, el batasunismo, el comunismo, el intervencionismo y el autoritarismo, llega la batalla final y definitiva contra el peor y más devastador de los “ismos”. La derecha se apresta para la madre de todas las guerras culturales y de las otras: sanchismo o libertad y no vale pedir el comodín del público

La derecha española siempre ha sido mucho de derogar. Encaja como un guante en la tradición conservadora. Derogar constituciones, derogar repúblicas, derogar fueros, derogar derechos, derogar libertades; sobre todo si son de los demás y no se las pueden pagar.

A la derecha española lo que realmente le ha puesto siempre ha sido y es restaurar. Nunca desperdicia una oportunidad de ir hacia atrás pudiendo avanzar hacia adelante. Restaurar monarquías, restaurar marquesados, restaurar señoríos, restaurar servidumbres, restaurar recortes, restaurar el orden y la austeridad, y si la cosa se pone muy fea y la plebe se amohína, como mucho, se les otorga algo barato para cobrarles el favor después: unas vaquillas, un desfile, una procesión, unas disculpas, un día libre pagado…

La derecha deroga porque los españoles tienen ideas de bombero y se arrogan unas cosas que no les pertenecen, pues son de exclusiva propiedad conservadora: el gobierno, el Estado, las leyes, los presupuestos, las políticas, el dinero público o el suelo urbanizable. España tiene dueños. Se nos olvida con demasiada facilidad.

Hay que derogar el sanchismo porque alguien ha de recordarnos, siquiera de vez en cuando, quién manda aquí; que tenemos la memoria frágil y en seguida nos creemos que ordenan los ciudadanos con sus votos, sus movilizaciones o sus firmas virtuales contra o a favor de lo que toque.

El líder antes conocido como el presidente gallego centrado y moderado, que venía a hacer política de Estado, llegar a grandes acuerdos y tomar las decisiones serias en serio, es ahora Feijóo el Derogador. Lo extremo de esta mutación lleva a cualquiera a preguntarse si el líder popular sabe lo que realmente ha hecho al abrir esa puerta.

Llevaba semanas el PP modulando las expectativas ante los comicios de mayo, por si acaso y para quitarse de encima la presión de tener que comparecer la noche electoral con una victoria clara y contundente que despejará las dudas y a Díaz Ayuso, dejando a Pedro Sánchez y a los suyos con el más cómodo y accesible objetivo de resistir allí donde gobernasen. Pero tanta prudencia y tanto cuidado para nada. Todo perdido por unos segundos de placer al dejar la frase molona flotando en el Twitter.

Ahora, para Feijóo el Derogador, todo cuanto no suponga comparecer esa noche de mayo empapado en la sangre electoral de sus rivales, llenando el atril con cabezas cortadas de competidores derrotados y un mapa de territorios conquistados donde no se ponga el sol, equivaldrá a un fracaso. Nadie va a comprar la milonga de la derogación del sanchismo si ni siquiera ha sido capaz de jubilar a un puñado de alcaldes y barones socialistas en apuros, a quienes un verdadero caudillo en misión revocatoria  debería barrer sin despeinarse.

Núñez Feijoo vuelve a necesitar en la vigilia del 28M una goleada que le haga inexorable fuera del partido e incontestable desde dentro. A Pedro Sánchez ahora le vale cualquier empate; ni siquiera necesita que la resistencia para lograrlo parezca especialmente heroica.

Facilitar el aguante a alguien que ha hecho de un manual de resistencia su marca es un mal negocio, lo mires como lo mires. Al futuro derogado conviene no ponérselo fácil, que luego se agarra cual lapa a las instituciones y lo pone todo perdido mientras llega el momento de su cese. 

Fuente: Antón Losada en ctxt.es

Foto: Archivo de nuevatribuna.es

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