El idilio de Madrid con las piscinas: Marbella, San Miguel, piscinas del barrio. Entre la necesidad y el recreo

Madrid siempre ha combatido como ha podido los rigores del verano. Desde beber agua en grandes cantidades, merced al botijo y a la extensa tipología de aguadores callejeros, hasta bañarse en los ríos que tenía más a mano: Manzanares, Jarama, Alberche, Guadarrama y numerosos arroyos. Ni su famoso canalillo, ni las charcas originadas en escampados se libraron -llegado el caso- de la lucha contra el calor seco y sofocante que maltrata a la ciudad cada estío.

Que las piscinas llegaran a ser muy requeridas por los madrileños era de esperar. Al parecer, la primera que se abrió en la capital fue en 1879, en la Cuesta de San Vicente nº12, como elemento de una casa de baños llamada El Niágara. Se publicitaba como “Nuevo establecimiento de baños con pilas de natación”. Disfrutó de una larga trayectoria, ofreciendo más tarde cine y siendo luego adquirida por el Atlético de Madrid para su club de natación. En 1931 fue transformada en la primera piscina cubierta de la ciudad. No existían piscinas para el ocio, sino “estadios náuticos”, como decía la prensa, en manos de clubs privados para la práctica deportiva. El Canoe se fusionó con el Atlético de Madrid en 1931 y nació el Real Canoe Club Natación. El Real Madrid era otra de las escasas entidades que contaba con piscina para sus socios.

Hasta los años treinta hubo varios establecimientos con piscina para el baño, pero no fue hasta la llegada de la Segunda República cuando se generalizaron las piscinas abiertas al público que son como las actuales. Causaron furor entre los madrileños, pero eran caras. La gente las comparaba ingenuamente con el mar, echando de menos las olas, y levantaron ampollas entre las mentes más moralistas. Pronto se hicieron famosas las piscinas El Lago, la bellísima La Isla y, sobre todo, La Playa de Madrid, una audaz construcción artificial en el río Manzanares, junto al Puente de los Franceses.

Aliviadas las penurias de posguerra, Madrid conoció un boom de piscinas en los años cincuenta y sesenta. La mayoría de los barrios contaban al menos con una. En Ciudad Lineal había tres: Stella, de elegante figura, la primera en admitir el uso de bikini, que ahora lleva quince veranos cerrada; Formentor y Mallorca. Además, perteneciente a Canillas, estaba la sala de fiestas Parque Jardín Villa Rosa, y no lejos quedaba la de la colonia Banesto, en Hortaleza.

En Barajas surgió la Tabarca, en Canillejas la Alameda y en el entorno de la Dehesa de la Villa continuó la Tritón (abierta en 1935 como club de natación) y se inauguró la Kandusi. En el sur de la capital se hallaban la Moscardó, en Usera; la Miami, en el barrio de la Puerta del Ángel, cerca del paseo de Extremadura, cuyo solar-silueta ha quedado como un fantasma; y la Marbella, en Carabanchel, próxima a la Plaza Elíptica, la única piscina histórica de barrio que sigue viva.
La del Parque Móvil, en Chamberí, y la del Canal de Isabel II, en Vallehermoso, destacaban entre las de empresas. Entre las de hoteles, la más conocida era la del Hotel Olimpia. Nació la del Rayo Vallecano entre las de clubs de fútbol. Otras piscinas muy frecuentadas eran las de Parque Eva Duarte, Delfín, Punta Galea, Mar Menor, Piscina 2000, Los Llanos…

Las piscinas suplían la imposibilidad de viajar al mar, que muchos madrileños conocieron a edad avanzada. Las que contaban con instalaciones adecuadas complementaban el uso ocioso con la participación en competiciones federadas, normalmente nocturnas, de natación, waterpolo o saltos de trampolín. El Canoe, ya en el barrio de La Estrella, era el principal enemigo a batir. Se convertían en personajes populares los socorristas, y en espacios muy deseados las praderas y los solárium, donde las jóvenes se iniciaban en la moda del toples. Columpios y toboganes satisfacían a los niños. El número y altura de los trampolines, las condiciones del bar restaurante (sobre todo si disponía o no de ping-pong) y los rumores sobre ilustres visitantes alimentaban igualmente la fama de las piscinas.

Dos piscinas sobresalían entre todas por su halo particular: la del Parque Sindical, nacida en los terrenos de la Playa de Madrid, inaugurada en 1958 como la piscina más grande de Europa, y donde te tenías que reír porque apenas cabía un alma en las gradas y en el agua; y las Piscinas San Miguel, de Hermandades del Trabajo, en Carabanchel, en la que varones y hembras permanecían separados y se bañaban en instalaciones distintas, no fuera a suceder algo pecaminoso. Ahora, justo en el lugar de la segunda, se halla Go Fit Piscinas San Miguel. Esta cadena intentó levantar otro complejo similar en el casco histórico de Hortaleza, afortunadamente paralizado por los vecinos, y es la que ofrece sus servicios en el histórico estadio de Vallehermoso. Se ve que les interesa unir su suerte al patrimonio madrileño para prosperar.

El Ayuntamiento de Madrid fue creando piscinas públicas que acabaron por tejer, junto a las ya existentes, una red en la ciudad. Las municipales incluían instalaciones deportivas y se prestaba un buen servicio, como seguro que recuerdan los madrileños que utilizaron, por ejemplo, las piscinas del Lago de la Casa de Campo, Aluche, Moratalaz, La Elipa o las de los barrios del Pilar y de la Concepción. Una de ellas, la de Francos Rodríguez, entre Moncloa, Tetuán y el barrio del Pilar, lleva tres veranos cerrada y languidece como un nuevo fantasma.

En los años ochenta se empezaron a levantar nuevos barrios en Madrid que incorporaban piscina, o su posibilidad, en los patios de vecindad. Las piscinas privadas de barrio lucharon contra todo reconvirtiéndose en gimnasios, discotecas, bingos o lo que hiciera falta, pero fueron desapareciendo.

Fuente: Juan Jiménez Mancha en nuevatribuna.es

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