Cuando el rock dejó de cambiarnos la vida

La crónica de la anunciada muerte del rock se viene escribiendo desde hace décadas, pero el cadáver, aún caliente, se resiste a dormir en el sepulcro. Tras recibir la extremaunción en varias ocasiones, el fenómeno cultural juvenil más importante del último siglo se debate entre la nostalgia de tiempos mejores, la inquietud por su horizonte y la conversión en objeto de museo

La voz de Josele Santiago canta que “el futuro fue, desapareció, si es que alguna vez estuvo aquí conmigo”. La frase suena en “Siete mil canciones”, el anticipo que su banda, Los Enemigos, lanzó como prólogo del disco Bestieza, publicado en marzo de 2020, días antes del confinamiento. La incertidumbre ante el porvenir que expresa ese verso se puede aplicar al género musical del que sus autores son un importante exponente, el rock. ¿Ha llegado a su final, hay que firmar ya el acta de defunción o aún le quedan cosas que contar?

Se trata, por supuesto, de un viejo debate que periódicamente se repite. Con algunos de sus pioneros —Chuck Berry, Bo Diddley, Fats Domino o Little Richard— y de sus continuadores —Janis Joplin, los Ramones, Lou Reed o Lemmy Kilmister— criando malvas hace tiempo, y con unos hábitos actuales de consumo musical, escucha y gusto muy diferentes, el rock parece haber pasado a mejor vida definitivamente. Ley natural y también ley del negocio. Lejos quedan los días en que tocar la guitarra, formar grupos y dar conciertos ruidosos eran aspiraciones compartidas por adolescentes de medio planeta, inspirados por ídolos que guiaban la rebeldía contra las imposiciones del mundo adulto.

El escritor y músico francés Marc Sastre aborda la cuestión en El fin del rock (Liburuak, 2022), un personal tratado sobre qué significó esta cultura, escrito desde una sugerente perspectiva periférica: la de quien creció escuchando rock en una ciudad de provincias. En su opinión, en la actualidad “lo único a lo que hace referencia el rock es a la manifestación de un espectro. Se ha convertido en un museo en el que se exponen símbolos que ya nadie se toma en serio. Más allá de la pasión que mueve a quienes lo hacen y/o lo escuchan, ya no hay ningún efecto sobre el mundo porque este lo ha absorbido”.

Sastre fecha el inicio de la crisis del rock, en sentido musical y en el de época, a mediados de los años 70, cuando “el hard rock se había cavado su propia tumba y estaba listo para enterrarse en ella. En menos de diez años se había convertido en el acontecimiento de hombres casi maduros que todavía jugaban a ser adolescentes para los adolescentes. A gusto consigo mismo, apoyándose en la inquebrantable fidelidad de su público a la espera de una continuación, su música no pasaba por nuestras calles y era como un mal estudiante esperando la hora de salida, sin expresar lo que le consumía por dentro”.

En el libro, Sastre traza un recorrido a lo largo de casi medio siglo desde el concierto de los Rolling Stones en el festival de Altamont en 1969 —cuando los moteros Ángeles del Infierno fueron contratados para la seguridad del evento y mataron a un chaval negro que llevaba una pistola— al que la banda de Mick Jagger ofreció en La Habana en 2016. Unas décadas en las que la música rock acompañó algunos acontecimientos históricos relevantes y se transformó ella misma en uno. La sensación de peligro que transmitía se domesticó paulatinamente, perdiendo el filo, sabiéndose arte integrado que en momentos puntuales podía enseñar los dientes. Cantantes y guitarristas mutaron en estrellas multimillonarias, modelos estéticos y de conducta para una tribu rockera que se fue haciendo mayor al ritmo de canciones que criticaban aquello en lo que se acabaría convirtiendo.

Sastre explica que el rock era, a la vez, uno de los efectos de la americanización del mundo y el hijo no deseado de una cultura europea y africana “cuyo territorio ya no se limitaba a las fronteras del viejo continente. El cine y el rock and roll reavivaban la epopeya, el mito y el héroe. El mundo parecía necesitarlo”. El autor francés también indica dónde arden ahora los rescoldos del incendio: “Lo que queda de su verdad aún sobrevive en fanzines escritos por obsesos de largo recorrido, en las franjas nocturnas de las radios locales, en los catálogos de sellos incansables. En estudios de grabación modestos, guardianes del arte del rock and roll. En bares de barrio, bares de pueblo, casas okupas en las que tocan los llamados grupos amateur, que nunca tienen asegurado que vayan a cubrir gastos y les da igual”.

Antes de continuar, conviene detenerse para aclarar de qué hablamos cuando hablamos de rock. En lo formal, y generalizando, se trata de música ruidosa hecha con guitarras eléctricas, batería y bajo, habitualmente en formación de trío o cuarteto, con canciones construidas mediante melodías y estribillos, empleando un lenguaje procaz y manteniendo una actitud desafiante. Es heredera del blues negro y del rock and roll también negro pero popularizado por un blanco, Elvis Presley, y fue creando su propia genealogía, con la conocida ‘invasión británica’ —protagonizada en los años 60 por los Beatles, Stones, Kinks o los Who, como recrea la estupenda novela de David Mitchell Utopia Avenue (Random House, 2022)— y con evoluciones posteriores más duras (el metal y sus ramificaciones) o más aceleradas (el punk y el hardcore). También se desarrolló una millonaria industria discográfica. El rock fue dominante en la música popular occidental especialmente durante los años 60 y 70, perdió fuerza en los 80 con el éxito del pop electrónico y el hip hop, y vivió un notable renacimiento en los 90 a raíz del fenómeno Nirvana y el llamado rock alternativo. 

En tanto que expresión cultural, más allá de la forma, Marc Sastre destaca en su libro la paradoja a la que se enfrentó el rock al ser la banda sonora de unos tiempos revueltos: “Querer liberar la vida compartiendo camino con las fuerzas que pretendían, en su lugar, contenerla. Inocencia, sinceridad, romanticismo, radicalismo, oportunismo, mentiras, pantomimas y posturas: el rock había sido todo eso al mismo tiempo”. Y también aporta un matiz a tener en cuenta: “El rock disfrutaba de un estatus que exageraba sus propias cualidades al atribuirle unas potencialidades revolucionarias que en realidad no tenía”.

Música para otra juventud perdida

Bremen no existe (Montgrí, 2022) es el cuarto disco del grupo Biznaga, uno de los lanzamientos más significativos de este año por muchas razones. En él se escucha música para otra generación perdida, hay mucho enfado y desengaño con lo que les ha tocado vivir a quienes hoy cumplen treinta y tantos y, al menos, un par de sus canciones tienen madera de himno. A pequeña escala —mas de garito que de estadio—, sin romanticismo —para corear con el puño cerrado, no enfocando con el móvil—, pero himnos al fin y al cabo. 

El cuarteto emplea el lenguaje de la última sacudida que pegó el rock, el punk a finales de los años 70, pero en sus canciones se intuyen las ganas de escapar de la ortodoxia. “La discusión no se plantea en términos de rock sí o rock no, es motivo de discusión la canción como unidad de significado: su estructura y los elementos que la componen, los arreglos, la temática o el sonido, pero siempre desde una posición que no sea dogmática, abierta a introducir elementos a priori inesperados o insospechados por la música que se supone que hacemos o se espera que hagamos”, confirma Jorge Navarro, bajista y autor de las letras de Biznaga. Él despeja una de las incógnitas que suelen acechar a las bandas que viven en el ecosistema rockero: “Mientras nuestra aproximación al rock siga siendo inquieta y periférica, no creo que el aburrimiento deba ser una de nuestras preocupaciones”.

Si en su disco anterior, Gran pantalla (Slovenly Recordings, 2020), Biznaga le atizaban duro al orden de cosas fijado por la dictadura GAFAM (Google, Apple, Facebook, Amazon y Microsoft), en Bremen no existe pintan un retrato crítico —también autocrítico— de una generación alumbrada cuando la estafa de los fastos del 92, que creció con el despertar colectivo del 15-M y ahora, ya adulta, comparte un meme —“Emosido engañado”— porque es mejor reír que llorar, aunque no haya muchos motivos para la carcajada. La música, para Biznaga, sigue cumpliendo la misión de vehicular un mensaje, sin importar que la audiencia sea de una persona o de un millón.

Según Navarro, el rock no está muerto en vida ni mucho menos, sino que “sigue funcionando como rito colectivo aglutinador y suscitando interés a un número amplio de personas, ya sea desde una perspectiva esencialmente capitalista —festivales, macroconciertos, etcétera— como en entornos minoritarios a través de iniciativas más marginales y subterráneas construidas en torno a afinidades o afectos”. 

Como expresión cultural que responde a ciertas necesidades de la juventud, el rock comparte rasgos con otras formas artísticas, anteriores y posteriores. Para el bajista de Biznaga, no cabe achacar esta circunstancia a la casualidad: “Las pulsiones juveniles son más o menos las mismas siempre, aunque varíen los vehículos de expresión, los códigos estéticos, las costumbres sociales o los referentes. Se trata en gran medida de una rebelión libidinal, un deseo de confrontación con el mundo de los adultos, que es su antítesis. El capitalismo aprendió esa lección hace tiempo y, por eso, convenientemente coopta las expresiones culturales juveniles de cada época, renovándose y perpetuándose a través de estas”. 

En opinión del músico, lo propio del rock, aunque no sea exclusivo de este, tal vez se encuentre en “la posibilidad de una creatividad colectiva en torno a la experiencia física del sonido, algo así como una camaradería a todo volumen”. Él cree que su capacidad de expresión seguirá teniendo vigencia “en la medida en la que sea capaz de seguir siendo híbrido y plural, y digo ‘seguir siendo’ porque el rock es un género de origen bastardo y tradición espuria, y eso conviene no olvidarlo”. Navarro concreta su postura sobre el estado de la cuestión: “Dicen que el rock ha muerto, pero llevan dos décadas hablando de su funeral, no sé si me explico”. Bastante claro, pierde cuidado.

Anxela Baltar tampoco comparte la idea de que el rock haya expirado o se encuentre cerca del final. Ella es la guitarrista de BALA, dúo que formó en 2013 junto a la baterista Violeta Mosquera. Ambas le dan al rock duro inspiradas en el sonido de algunas bandas de mediados de los años 90, cuando los nombres de L7, Soundgarden, Smashing Pumpkins o Melvins cotizaban al alza en el cartel de los festivales de verano. Baltar señala los motivos de su convencimiento: “Violeta da clase a un montón de niños y niñas que tienen muchísimo más interés en coger una guitarra y una batería en sus ratos libres que en cualquier otra actividad. Eso demuestra que hay esperanza, pero, además, cada mes descubro nuevas bandas que me alucinan y me sorprenden”.

Maleza (Century Media, 2021), el tercer disco grabado por BALA, estaba listo en 2019 pero tardó casi dos años en ver la luz. Es su primer álbum con canciones en castellano y también en gallego, y obtuvo una apreciable recepción tras su lanzamiento. La guitarrista alude a la sinceridad y la apetencia como las razones principales para hacer la música que hacen, aunque esta no sea la que más se escucha en un presente dominado por el trap y la denominada música urbana. “No soy consumidora de esos géneros, pero los respeto —reconoce Baltar—. Las letras ya son otra cosa, ese sí es otro debate… pero también en el rock. Pero nosotras somos afortunadas, nuestra propuesta gusta a la gente y estamos en un momento bueno, aunque un grupo como el nuestro nunca vaya a llenar un estadio a día de hoy… Pero tampoco es eso lo que buscamos. Simplemente queremos pasarlo bien, hacer lo que nos sale… Y si tenemos la suerte de que a la gente le gusta, pues maravilloso”.

Preguntada por el futuro del rock, la guitarrista de BALA opina que perdurará: “No tengo claro cómo será el relevo generacional ni si mi hija, de cinco meses, irá a conciertos de rock el día de mañana o le parecerá ‘cosa de personas viejas’… pero quiero pensar que el rock siempre estará ahí, en estilo y en actitud”.

Se puede afirmar que, de alguna manera, Ainara LeGardon se despidió del rock en 2017. Ese año grabó y publicó su sexto disco en solitario, el primero con letras en castellano y un trabajo que soltaba amarras con todo lo que había hecho anteriormente. Un disco que también anticipó algunos de los caminos que su autora ha recorrido desde entonces, marcados por la búsqueda y el alejamiento consciente del rock. “Me aburrí de los patrones establecidos —en todos los sentidos, no solo en lo meramente musical, sino en las ‘formas de hacer’ y de relacionarse en el mundo del rock—, y de enfrentarme a los procesos creativos de una forma repetitiva: los ensayos como meras repeticiones hasta que todo sale lo más cercano a una perfección que no existe, los conciertos como repeticiones de esas repeticiones…”, explica la compositora, cantante y guitarrista vasca. 

Así, sus últimos movimientos han ido de la mano de la experimentación, la improvisación, las intervenciones sonoras y el acompañamiento musical de piezas escénicas, tanto de danza como de teatro. Un acercamiento distinto al proceso creativo que daba vueltas en su cabeza y había alterado sus presentaciones en directo, como recuerda: “Desde hace ya un tiempo procuro que mis conciertos no sean nunca iguales, es decir, que no estén ‘acabados’. Aunque interprete canciones, intento que estas vayan mutando, desvistiéndose, tomando formas diferentes cada vez que cobran vida. Es la única forma en la que yo puedo disfrutar y en la que creo que esa faceta mía ‘rock’ aún puede seguir viva”.

De joven, LeGardon cantaba al frente de Onion, grupo de rock que en 1997 colocó una de sus canciones en la banda sonora de Abre los ojos, la película dirigida por Alejandro Amenábar. Una experiencia que resultó muy negativa e hizo que se empezara a interesar por las cuestiones relativas a la propiedad intelectual y los derechos de autoría, de las que hoy es especialista. En 2003 inició una trayectoria en solitario, guiada por el rock de raíz estadounidense y siempre bajo el manto de la autoedición, que la ha llevado a estas costas menos convencionales. “Hay una serie de ideas, formatos, que nunca hubieran aflorado de no ser por la posibilidad de independencia, de investigación, de experimentación y de querer descubrir cosas por ti misma. De alguna manera, de ponerte al límite para ver qué ocurre contigo, a través de ti, y con el público. Y, por supuesto, hay cosas que descubres tú por primera vez y que te hacen emocionarte, pero que ya descubrieron otras personas hace 70 años. No pasa nada, lo importante es el proceso, las preguntas que te has hecho y la sensación única del descubrimiento”, afirma.

LeGardon describe una de esas intervenciones sonoras en las que afronta una nueva relación con la música y con el público. En esta, montó un instrumento con cuatro peines de un telar antiguo, el soporte de una máquina de coser y un par de poleas: “Estuve varios meses investigando en el pasado de la industria textil de la zona, y para esa pieza tomé las formulaciones de los tintes que se usaban hace un siglo. Dos días antes de la intervención, una anticuaria me llevó a su almacén y me enseñó los peines del telar. Cogí una llave, la pasé por las púas y me di cuenta de que tenía cuatro notas diferentes, y que podía hacer una escala con ellas. Fue en ese momento cuando convergió toda la investigación anterior, y tuve claro que ese era el instrumento que iba a tocar. La adrenalina que sentí probándolo microfoneado y amplificado por primera vez fue increíble”. Frente a esas sensaciones, se encuentra con el hastío que le provoca el formato rock. “Hace mucho que no me emociono viendo un concierto o escuchando un disco que podamos enmarcar en la etiqueta de ‘rock’. Siempre me surge una pregunta: ¿qué necesidad tiene el mundo de esto? Y la mayoría de veces la respuesta es ‘ninguna’. Y la segunda pregunta sería qué necesidad tendrá esta persona de hacer esto. Ahí es donde no puedo opinar, pero respeto totalmente cualquier música surgida de la necesidad vital, incluso la que no me gusta”.

Una iguana en el palacio de la ópera

El rechazo que suscitó inicialmente el rock —expresado en términos similares a los que se emplean hoy para denigrar la música ligera actual: véase, por ejemplo, lo que Frank Sinatra opinaba en 1957 sobre Elvis—, su ninguneo como forma artística respetable y los reiterados anuncios sobre su final no son novedad. En una entrada fechada en enero de 2006 de su blog Kpunk, recopilado en tres volúmenes por la editorial Caja Negra, el crítico británico Mark Fisher señalaba que nada muere realmente cuando se habla en términos culturales: “En cierto momento —que en general solo es discernible retrospectivamente—, las culturas llegan a puntos muertos, dejan de renovarse, se osifican hasta convertirse en tradición. No desaparecen, permanecen muertas en vida, sobreviven a partir de una energía vieja, moviéndose solo por el peso de la inercia…”.

¿Se encuentra hoy el rock en ese estado comatoso? El periodista Héctor García Barnés observa con sorpresa que hay “ciertos entornos ‘del rock’ donde el público se ha rejuvenecido, pero lejos de los clichés de las bandas clásicas”, y pone un ejemplo singular: “Un festival como el Canela Party, con un cartel tan variado, basado en coordenadas más psicodélicas o festivas, arrastra a gran parte de público joven. Ahí no hay inercia. Pero es verdad que se trata de una visión del rock hedonista, más cercana a ir a una sesión de electrónica que a comprar un disco de tu artista preferido porque va a alumbrar los rincones más oscuros de tu alma. Quien quiere canciones que le cambien la vida ya no escucha rock”.

García Barnés es autor de Futurofobia (Plaza&Janés, 2022), un ensayo acerca de las dificultades para imaginar un futuro próspero, acrecentadas por la pandemia de covid19. En el capítulo dedicado a la música, apunta cómo esta ha ido perdiendo la capacidad de abrir puertas, crear mitos, fomentar la imaginación, y cómo se ha desvanecido la promesa de un porvenir diferente que albergaba el rock. La música reciente, se lee en el libro, ha renunciado a la pretensión de darte algo que no has escuchado nunca. Incluso la más experimental tiene algo de conformista, opina este crítico. Él considera que el rock ha perdido la centralidad en el panorama musical y que está agotado en su vertiente “más rockista y purista, donde sobrevivirá, como ocurre con todos los purismos, en el circuito de la nostalgia”. Sin embargo, entiende que tendrá recorrido en su orientación menos convencional: “Creo que se está recuperando en los últimos años e incorporándose a la música contemporánea de moda —Motomami no sonaría como suena sin Nine Inch Nails—, seguirá sobreviviendo, pero integrándose como una música más de una amplia paleta que va desde el blues, la copla, el jazz, la música africana, la cumbia, la música experimental…”. Y destaca un nombre a seguir, el del trío londinense black midi, porque “han recuperado parte del lenguaje rock que se había olvidado: los polirritmos a lo Talking Heads o la escena No New York, la complejidad de King Crimson…”.

En su libro, García Barnés deja una frase que resume un cambio de época: “El trap les da a los jóvenes de hoy lo mismo que les daban los Rolling Stones a los de su época, una vida sin límites”. Preguntado por ese giro, se retrotrae al momento en que el rock empezó a perder pie entre la juventud: “La reivindicación de la comunidad negra o latina y de las mujeres en Estados Unidos marcó el comienzo de su declive, desde los años 70, con la música disco y más tarde el hip hop. Eso ha terminado llegando a todas partes, y a medida que pasaban las décadas, el rap, la electrónica, el trap u otros géneros se convirtieron en el lenguaje ‘por defecto’ de los jóvenes, mientras que el rock se orientaba hacia un público mayor como ya había ocurrido con el blues o el jazz”. Y tira de una anécdota personal para ilustrar esa conversión de la música rock en nicho: “Como dice siempre un amigo con guasa pero creo que lo resume muy bien: ‘Tío, hace 20 años, cuando teníamos 18, éramos los más jóvenes en los conciertos de los Dictators… y 20 años después seguimos siéndolo’”.

Este crítico opina que los grandes nombres de la historia del rock se han convertido en parte central de la cultura y le llama la atención la veneración con que “mucha gente joven se refiere a los grupos clásicos”, una relación similar a la que esos mismos chavales establecen con artistas como Goya o Velázquez. También propone una explicación al respecto: “Antes se mataba al padre, ahora se le acepta como algo que está ahí, quizá porque no es ya el padre, sino el abuelo venerable. No hace falta rebelarse contra él porque ya no molesta, de igual manera que no hace falta rebelarse contra el abuelo. Ha pasado a formar parte del canon, con todo lo malo que tiene”.

El 26 de julio tuvo lugar un acontecimiento que confirma las palabras de García Barnés: Iggy Pop, la otrora temida iguana de los fieros Stooges, actuó a sus 75 años en el Teatro Real de Madrid, uno de los espacios de referencia de la ópera. “Los Beatles ya actuaron en una gala de la realeza británica en los años 60, no es algo nuevo”, puntualiza el periodista Ignacio Julià, quien destaca que lo importante de este ejemplo es que “la última gira de Iggy Pop se ha vivido como una cierta despedida de una forma de entender el rock como expresión artística salvaje, ruidosa, transgresora, visceral”. Julià habla con conocimiento de causa: lleva escribiendo sobre rock más de 40 años y fundó en 1985 junto a Jaime Gonzalo la revista especializada Ruta 66, que aún codirige. Esta voz cualificada en la materia —autor de biografías autorizadas de la Velvet Underground y Sonic Youth— considera que el rock es hoy “otro elemento más de ese universo de entretenimiento que nos han proporcionado internet y las redes sociales” y pronostica que no volverá a tener la fuerza para “producir cambios sociales que tuvo a partir de los Beatles en los años 60”.

Abundando en esa idea, Julià afirma que los Fab four señalaron el camino hacia una liberación no solo musical, de peinados y forma de vestir, sino también de “verdadera transformación social”. Sin ellos y otros como Dylan o los Stones, asegura, la sociedad occidental “no hubiese avanzado y progresado como lo hizo hasta mediados de los 70, cuando la primera crisis del petróleo acabó con la bonanza económica y la utopía hippy rubricaba su fracaso. Cada nueva canción de los Beatles era un paso adelante creativo que tenía su reflejo social: digamos que del corte de pelo a lo tazón fueron evolucionando hacia bigotes, barbas y melenas. Y los jóvenes de la época con ellos. El mundo adulto había perdido la partida”.

Sobre la tensión entre jóvenes y adultos, Julià tira de memoria para establecer una comparación intergeneracional desde la primera persona que puede resultar sorprendente. “Ya en los años 70 —recuerda—, el rock fue para nosotros lo que las redes sociales son hoy para los más jóvenes: una actitud y un lenguaje propios, alejados del mundo de nuestros padres. Un medio de informarnos y comunicarnos que podía convertirse en una postura ante la vida y ayudarnos a entrar en la edad adulta sin dejarnos aborregar. Esa clase de energía y significación ya no son posibles hoy, pero siempre nos quedará su carácter lúdico y artístico. Lo mismo le pasó al jazz, y sigue practicándose”.

El 20 de noviembre de 1975, Ignacio Julià se acercó al centro de Barcelona y compró el disco Born to run de Bruce Springsteen, publicado durante el verano de ese año. ¿Gesto para celebrar la muerte de Franco u otra cosa? Hoy lo interpreta como “un acto de escapismo más, algo a lo que nos habíamos acostumbrado al alimentarnos del imperialismo cultural anglosajón: las películas, los discos, los libros” y cree que un joven ahora “lo celebraría de otras mil maneras”, pero le resta significado político: “Quedaba bonito explicarlo como prueba de que había vida para los jóvenes más allá de las restricciones de la dictadura y la adscripción a las ideologías de quienes lucharon contra el franquismo”.

Este veterano crítico cultural concluye preguntándose dónde se encuentra en la actualidad esa expresión disidente vinculada en su momento con el rock: “Alguien me dijo una vez que el punk hoy pasaría por luchar para conseguir un menú escolar vegano o por crear una app liberadora que subvierta otras apps esclavizantes. ¿Los punks de hoy son los hackers?”.

El gran calambre final

Volvamos al libro de Marc Sastre con el que comenzamos, El fin del rock. En sus páginas se valora la última explosión del rock y a sus protagonistas de la siguiente manera: “Al estallarle en la cara al mundo, al tocar una música sin demasiada música, Nirvana resucitaba la clara línea de los pioneros, cuando las orquestas de rhythm and blues se deshicieron de la sección de viento metal y se convirtieron en grupos de rock. Tres instrumentos, una voz. Nada de ornamentos ni de florituras. Energía bruta y regreso del estribillo. Regreso del grito, exagerado como nunca”. Héctor García Barnés opina, precisamente, que no ha habido ningún movimiento importante basado en el rock “desde hace 30 años, con el grunge/rock alternativo. Me da risa considerar que el ‘retorno del rock’ de principios de siglo con Strokes y la escena de Nueva York o White Stripes tuviese alguna clase de impacto cultural”.

En una conversación con Simon Reynolds en 2010, cuando este publicó su ensayo Retromanía, la adicción del pop a su propio pasado, Mark Fisher explicaba por qué ese estallido protagonizado por Nirvana era el último capítulo: “Los años 90 se encontraban al final de un proceso que había comenzado con el veloz desarrollo de la industria discográfica después de la II Guerra Mundial. La música se transformó en el centro de la cultura porque fue capaz de darle una forma palpable a lo nuevo, era un tipo de laboratorio que enfocaba e intensificaba las convulsiones que la cultura estaba atravesando. Hoy no hay una sensación de lo nuevo en ninguna parte”.

Sea como fuere, seleccionamos los 25 espasmos más destacados de los estertores del rock, registrados en el último cuarto de siglo, después de Nirvana y camino de la tumba de esta cultura. Vimos luz, oímos truenos.

EL VIAJE DE SEPULTURA A SUS RAÍCES

En 1996, el cuarteto brasileñó Sepultura revolucionó el metal con un disco brutal, producto del acercamiento a las culturas indígenas de su país. No hicieron turismo, el viaje realmente les atravesó.

UN ANDROIDE PARANOICO

Sin que nadie lo esperara, Radiohead, el grupo liderado por Thom Yorke, creó una obra adelantada a su tiempo, que sería imitada hasta la saciedad y objeto de polémicas enconadas.

EL BLUES DE LA BANDERA MUERTA

El colectivo musical de Quebec Godspeed You! Black Emperor salió del anonimato con una música impresionante, tensa y amenazadora al mismo tiempo. Canciones larguísimas tocadas por una suerte de orquesta clásica pero contemporánea compuesta por gente atrapada en el vientre de una máquina horrible que se desangra. Ojo cuando dan zapatilla.

EL PUNK DEL FUTURO YA ESTUVO AQUÍ

Cogiendo de aquí y de allí, el cuarteto sueco Refused compuso una bomba que dinamitó los límites de la escena hardcore en la que se movían. Nuevo ruido para los desheredados por el sistema. Cómo siguen estallando esas guitarras.

WILCO Y BILLY BRAGG, CONTRA EL FASCISMO

En 1995, Nora Guthrie, la hija del músico cuya guitarra mataba fascistas, encargó al cantautor británico Billy Bragg que pusiera música a letras de su padre que nunca habían visto la luz. El proyecto dio para dos discos en los que Bragg junto a los estadounidenses Wilco cumplieron de sobra con el trabajo.

SOBRE INFORMACIÓN Y CREENCIAS

A finales de los años 90 existió un bullicioso movimiento de grupos que, operando bajo premisas cercanas a las del hardcore, trataron de darle la vuelta. June of 44 fue uno de los más destacados. Otro rock era posible, demostrado queda en sus canciones. Lástima que poca gente las escuchara.

EXHIBICIÓN DE ATROCIDADES

Convertido en la mayor estrella del rock durante los años 90, Trent Reznor construyó bajo la marca de Nine Inch Nails un discurso propio a partir del sonido industrial, el pop electrónico y el rock duro.

Hay muchos más… si quieres verlos tendrás que ir a la fuente: Jose Durán Rodríguez en elsaltodiario.com

También podría interesarte